Leon Pinsker (parte 10)

 

Una nación en construcción

Miremos una cita de Leon Pinsker:

Hemos de demostrar que el infortunio de los judíos se funda ante todo en no sienten la necesidad de alcanzar la independencia nacional; que es menester despertarles y avivarles dicha necesidad si no quieren quedar para siempre expuestos a una existencia ignominiosa. En una palabra: que han de llegar a ser una nación.

Además de lo que ya hemos hablado sobre el orgullo nacional judío, la crítica al Galut, la búsqueda de independencia nacional y la exhortación a una nueva perspectiva de análisis sobre la situación del pueblo judío, acá hay un punto novedoso e interesante: para Pinsker, el pueblo judío no era una nación sino un colectivo humano que estaba en condiciones de formar una nación. Dicho de otra manera, Pinsker inaugura un modo de pensar sobre el pueblo judío en el cual enfatiza el aspecto nacional pero sin cerrar las posibilidades a futuro por lo que ya está dado en el pasado y el presente: todavía no somos una nación, pero si actuamos de tal o cual manera y hacemos tal o cual cosa nos transformaremos en una nación. Desde este punto de vista, Pinsker nos incita a pensar al judaísmo como un proyecto que hacemos entre todos día a día, como algo que es moldeable por nuestra voluntad y nuestras acciones, y no como un ente cerrado, homogéneo, ya determinado desde arriba y sin posibilidades de ser modificado. Esto es importante para nosotros, en la actualidad: nos incita a pensar en el judaísmo e Israel como proyectos abiertos al futuro, no como imposiciones. Desde esta visión, el pueblo judío es una nación en construcción.

Evidentemente, para Pinsker ser una nación implicaba ser un pueblo “normal” en el sentido occidental y moderno del término. Para él, seguramente la existencia misma del Estado de Israel significaría que Israel entra al concierto de las naciones, tiene relaciones de igualdad con otros colectivos nacionales y, por lo tanto, se transforma en nación: por la mera organización política de acuerdo al orden internacional y su aceptación en pie de igualdad por otros conglomerados nacionales, la nación judía se erige como tal. Sin embargo, podemos darle un giro actual a la idea de “la nación en construcción” entendiéndola en el sentido que expliqué en el párrafo anterior: el Estado de Israel como un modelo para armar y un marco para un desarrollo de la nación en formas novedosas. La nación judía como un proyecto, conformado por todos nosotros, y como una puerta hacia nuevas posibilidades. Este enfoque implica hacernos responsables: ya no aceptar la realidad como dada sino intentar transformarla.

Me parece que esta forma de encarar al sionismo (un proyecto a futuro antes que una serie de dogmas o instrucciones escritas en piedra) puede servirnos para entender al Estado de Israel como un espacio de desarrollo de potencialidades, un lugar en donde podemos concretizar nuestras propias utopías, en vez de un espacio ya dado y cerrado. En otras palabras, un espacio propio en vez de ajeno. Esto puede ser un buen punto de inicio a la hora de debatir con el post-sionismo: según esta perspectiva, el sionismo es un ideal infinito, que nunca termina de concretizarse, porque siempre surgen nuevos desafíos.

Pinsker, Herzl, Ajad Haam y Birnbaum: el sionismo como paraguas

Para poder pensar en perspectiva a Leon Pinsker, podemos compararlo  con otras figuras que hemos visto en este blog: Theodor Herzl, Ajad Haam y Nathan Birnbaum.

Empecemos con la comparación con Ajad Haam: la diferencia fundamental es que Pinsker piensa desde una perspectiva netamente política, mientras que Ajad Haam tiene una perspectiva fundamentalmente cultural. Para Pinsker, la nacionalidad se definía por la soberanía territorial; para Ajad Haam, por la literatura. Acá entra en juego otro elemento, fundamental a la hora de pensar al sionismo y que no aparece en Pinsker: la idea de un espacio o una esfera pública judía. Es decir, la idea de que la “calle también puede ser judía”: contra el slogan de la Haskalá (“sé un judío en tu casa y un hombre en la calle”), nosotros, los sionistas, podemos decir “sé un judío en tu casa y un judío en la calle”.  Desde esta perspectiva, la idea de una cultura sionista o de una cultura judía pública cobra relevancia: la resignificación de elementos de la tradición judía en un nuevo contexto, el de la esfera pública, nacional. Veremos en próximas entradas, con otras personalidades del pensamiento sionista, la importancia que cobró la literatura y el arte en general como modos de configuración de esta nueva forma de pensar al judaísmo como una cosa pública.  No creo que este tipo de cuestiones culturales hayan preocupado especialmente a Pinsker pero sí creo que podemos, retomando lo que decíamos un par de párrafos antes, tomar la idea de una “nación en construcción” y aplicarla a nuestro contexto. La idea de un potencial a explorar, de un judaísmo abierto al futuro y de una nación que hacemos entre todos, día a día, me parece interesante para abrir nuevas perspectivas.

Por otra parte, la comparación con Herzl es bastante jugosa: como ya hemos visto, durante muchos años predominó una lectura que está siendo puesta en duda (creo que con pruebas bastante contundentes) según la cual Pinsker no es más que un reflejo o un antecedente de Herzl. Sin embargo, hay diferencias importantes entre ellos: Pinsker no era un asimilado que volvió judío por medio de la judeofobia ni un desentendido del judaísmo, no era alemán, no hablaba de un Estado judío sino de un Hogar Nacional judío y no pensaba que la Diáspora iba a desaparecer sino que, mediante la Autoemancipación, el pueblo judío lograría igualdad con el resto de las naciones del mundo y obtendría el reconocimiento internacional, logrando así la Emancipación. Todo esto marca diferencias importantes con la forma de encarar al sionismo de Herzl.

Lo interesante es que, a pesar de todas las diferencias, todos se unen en considerar al pueblo judío como una nación y, por lo tanto, en buscar una solución nacional a los problemas que aquejan al pueblo judío. Todos eran Maskilim (con mayor o menor apego al pueblo judío y a sus tradiciones) que se transformaron en sionistas al apoyar la empresa de colonización de la Tierra de Israel. Acá me toca aclarar algo que parece obvio pero tendemos a no prestarle atención: el sionismo no fue un desarrollo natural o espontáneo sino una de las muchas alternativas disponibles en un momento histórico determinado. Fíjense que, a partir de supuestos distintos y de plataformas teóricas muy diferentes, y aún llegando a conclusiones divergentes y utilizando tácticas diferenciadas, todos se unen bajo el paraguas del sionismo. Ir a las fuentes y a los orígenes nos muestra que, bajo el paraguas del sionismo, podemos encontrar diversidad. Tenemos que abrir el juego: volver hacia los orígenes y permitirnos el disenso, el debate y la discusión.

Actualidad de Pinsker

¿Cuál es la actualidad de Pinsker? Hemos hablado de la idea de la “nación en construcción”, que me parece interesante. Está relacionada con el slogan que podemos ver hoy que toma el Estado de Israel: “El sionismo es un ideal infinito”. Esta frase de Herzl abreva de una fuente en común con la de Pinsker y me parece potente como forma de entender al sionismo como un proyectarse al futuro, en vez de un movimiento ya pasado, que cumplió su función en la historia. En otras palabras, estamos en construcción, en camino hacia…

Por otro lado, ideas que nos parecen tan obvias como el derecho de autodeterminación del pueblo judío, la soberanía política sobre la Tierra de Israel o la autonomía de la nación judía para decidir su propio destino aparecen por primera vez en la obra de Leon Pinsker. Por primera vez, bajo un lenguaje moderno y secular, se presenta un proyecto para que los judíos definamos como una nación nuestro porvenir, en vez de depender de los caprichos de otros. Esto, que nos parece tan obvio, en la época de Pinsker no era para nada obvio. La influencia de Pinsker, sus seguidores y los que siguieron sus pasos fue tan profunda que quien pone en duda alguna de estas cuestiones es percibido (con toda la razón del mundo) como un judeófobo.

En el aspecto negativo, podemos decir que, a setenta años de la creación del Estado de Israel, Pinsker se equivocó en algo: la soberanía territorial de la nación judía no acabó con la judeofobia. Todo lo contrario: hoy la judeofobia se expresa principalmente como antisionismo, deslegitimizando la esencia nacional del pueblo judío. Dicho de otra manera, y de manera paradójica, la propia existencia de Estado de Israel es hoy el blanco hacia el cual los judeófobos dirigen sus dardos: la constante demonización del Estado de Israel, las críticas a su mismo derecho a existir y el conflicto incesante con buena parte del mundo árabe musulmán refutan los postulados básicos de la teoría de Pinsker. La Autoemancipación no “normalizó” al pueblo judío.

Y hasta acá llegamos con Pinsker.

En la próxima, arrancamos con una nueva figura, un escritor y poeta con ideas revolucionarias y provocadoras que dieron y dan que hablar.

Nos vemos cuando nos veamos.

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Leon Pinsker (parte 9)

Un Hogar Nacional

De manera más que llamativa, Pinsker no estaba demasiado interesado en la Tierra de Israel: para él, daba lo mismo colonizar Israel o cualquier otro territorio despoblado. Lo esencial era formar una sociedad judía independiente, no su emplazamiento geográfico.

Esta indiferencia por la Tierra de Israel no era para nada accidental: su análisis no era religioso ni espiritual. Su llamado a la unidad nacional provenía de un análisis materialista, anclado en los problemas sociales, económicos y políticos, no en ideas abstractas. Para Pinsker, sionismo significaba soberanía territorial y política para los judíos: el retorno a la Tierra de Israel no era esencial. Por supuesto, esto choca de manera frontal con muchos de los sionistas posteriores. De hecho, el mismo Pinsker fue evolucionando y modificando su pensamiento, cuando vio que el retorno a la Tierra de Israel era demasiado importante para muchos judíos y que difícilmente otro territorio lograría unificar los esfuerzos de las masas judías. Sin embargo, aun cuando al final de sus días Pinsker apoyó decididamente la colonización de la Tierra de Israel, en  contraposición a otros territorios, esto no debería entenderse como un rechazo principista de otras opciones sino como una muestra de pragmatismo político: si los judíos no quieren otro territorio, entonces no vale la pena direccionar nuestros esfuerzos hacia otros territorios. En pocas palabras, Pinsker estaba interesado en lograr soberanía territorial política, no en revitalizar la Tierra de Israel.

Elyahu Stern, en un libro muy interesante y polémico, nos invita a repensar la trayectoria intelectual del judaísmo ruso. Para él, las categorías claves del pensamiento judío ruso son “tierra, trabajo y cuerpos” (si saben inglés, les recomiendo que lean la entrevista de Alan Brill a Elyahu Stern y la respuesta de Joshua Shanes). Desde esta perspectiva, podemos entender a Leon Pinsker como un pensador materialista, interesado en mejorar las condiciones socio-económicas de los judíos, preservar sus cuerpos de la judeofobia y darles un espacio geográfico propio para el desarrollo de sus potencialidades políticas. No estamos hablando de concepciones religiosas, de derechos Divinos basados en el Tanaj ni de cuestiones metafísicas: hablamos de algo bien físico y tangible.

Otro punto que me parece importante aclarar: Leon Pinsker nunca habló de un Estado judío. Hasta donde yo sé, el primero en destacar de manera clara y terminante la importancia de un Estado judío, en contraposición a otras formas de organización política, fue Jabotinsky. El mismo Herzl, cuando escribió su famoso libro El Estado judío, no cerró las puertas a otras formas: para él, lo principal era que los judíos tengan soberanía, sin importar si esta se expresaba mediante un Estado, una Federación, una Confederación o cualquier otro tipo de organización política. Para Pinsker, la esencia de la solución a los problemas de los judíos era obtener un territorio continuo propio, fuera de Europa, para organizar una economía y sociedad propia, en donde ellos impongan las reglas, y así lograr el reconocimiento de la comunidad internacional. En sus propias palabras:

El milenio en el que la “Internacional” desaparezca y las naciones se fusionen en la humanidad aún yace en una lejanía imperceptible. Hasta entonces, las aspiraciones y los ideales de los pueblos han de limitarse a procurar un modus vivendi soportable.

Esta cita me parece importante porque muestra que, contra lo que plantean algunos, Pinsker no piensa que nuestro régimen político internacional sea “ideal” o “natural” sino sencillamente el real, existente. Contra la naturalización del Estado-nación, Pinsker es muy claro: estaría buenísimo que toda la humanidad se una y desaparezcan las naciones pero mientras tanto debemos organizarnos de acuerdo con el régimen internacional en vez de dejarnos pisotear, a la espera de tiempos mejores.

La colonización de la Tierra de Israel

La colonización de la Tierra de Israel fue difícil y mucho más complicada de lo que pensamos. Además de las dificultades materiales y la falta de medios, las pésimas condiciones de vida en la Tierra de Israel y los problemas de intentar sacar frutos de un desierto, Israel quedaba relativamente lejos de los centros sionistas: viajar de Rusia a la Tierra de Israel era toda una odisea. Enviar dinero era un trámite largo y costoso. Encima, los primeros judíos que llegaron a la Tierra de Israel no eran expertos en agricultura: tuvieron que aprender haciendo, cometiendo errores en el camino. Durante los primeros años, dependían financieramente de la bonanza de los judíos europeos. Paradójicamente, esta situación era precisamente lo que querían solucionar los sionistas: la dependencia externa. Los antisionistas aducían que los esfuerzos eran absurdos y desproporcionados con respecto a los resultados obtenidos y afirmaban que era más constructivo dedicarse a mejorar las condiciones materiales de los judíos en Europa o emigrar a América; dentro del propio movimiento sionista, el mayor crítico a la obra colonizadora fue Ajad Haam, quien pensaba que había que replantearse seriamente las prioridades, poniendo el acento en la educación y la cultura antes que en la colonización y el trabajo.

Si somos pesimistas, podemos considerar que los esfuerzos de Leon Pinsker y sus seguidores fueron un fracaso: solamente una ínfima minoría emigró a la Tierra de Israel, allí se enfrentaron a innumerables dificultades y terminaron siendo fuertemente dependientes de la ayuda y beneficencia de los judíos del Galut. Sin embargo, si vemos la película completa y ampliamos nuestra mirada, podemos pensar a Jovevei Tzion como un primer paso, que terminó llevando a la Organización Sionista y los Congresos Sionistas de Herzl y, finalmente, al Estado de Israel. En otras palabras, la foto de 1880 o 1890 nos muestra una comunidad judía en la Tierra de Israel vulnerable, enferma, mal alimentada, dependiente del exterior y pobre; pero si pensamos a largo plazo, estos sufridos y sacrificados pioneros dieron el puntapié inicial para todo lo que vino después.

Hasta acá por hoy. La próxima, cerramos con Leon Pinsker. Veremos alguna idea más para redondear y veremos su relevancia actual.

Nos vemos cuando nos veamos.

Leon Pinsker (parte 8)

Sionismo y liberación nacional: el nacionalismo como mito moderno

Lo vengo repitiendo ya varias veces, pero nunca está demás decirlo: la emergencia del sionismo como fenómeno político de masas solo puede entenderse en el contexto de los nacionalismos europeos modernos. Aunque la idea del Estado-nación no necesariamente está presente en la obra de los primeros sionistas (sin ir más lejos, Pinsker nunca se refirió a un Estado judío), sí tenemos que considerar la importancia que adquirió en Europa la idea de la autodeterminación de los pueblos, el ascenso del nacionalismo y la importancia que se le daba a la nación como depositaria de la cultura y como forma de organización política. Dicho de otra manera, para el europeo promedio del siglo XIX y de principios del siglo XX, la nación era una categoría fundamental, que definía su identidad de manera tajante y terminal: el nacionalismo daba forma ideológica explícita a este sentimiento identitario. No podemos escindir al sionismo temprano de su contexto histórico: hacer este ejercicio de disociación nos llevaría a no comprender el fenómeno. Por supuesto, es completamente lícito extrapolar la ideología sionista a nuevos contextos, pensarla en sus fundamentos y replantearla para adaptarla a las circunstancias cambiantes de la historia pero siempre debemos tener en cuenta que su actualización práctica (como la de cualquier otro movimiento político) está anclada a un contexto específico. En otras palabras, la ideología abstracta, “en el aire”, sin sustento material, es interesante pero se transforma en un fenómeno político, transformador de la realidad, cuando se arraiga en un escenario concreto que le da fuerza y vitalidad. Entender al sionismo no es solamente entender la ideología que lo sustenta sino también las causas materiales que provocaron que se transforme en un movimiento de masas, revolucionario para la nación judía.

Siguiendo con esta línea de pensamiento, tenemos que sumar la situación interna del pueblo judío en la época: ya hablamos de la judeofobia, la Emancipación fallida, la cuestión judía y las distintas soluciones propuestas a la compleja situación del judaísmo moderno europeo (reformismo, autonomismo, etc). También explicamos cómo estas propuestas antecedieron al sionismo y pavimentaron el camino para su concreción. Vimos también que los primeros sionistas fueron tanto tradicionalistas como Maskilim que reinterpretaron al judaísmo como fenómeno nacional, y no solo religioso. Esta dimensión nacional recuperada del judaísmo les permitió explicar la situación del pueblo judío desde una nueva perspectiva y proponer una solución novedosa y radical para viejos problemas.

¿Cuál era esta solución novedosa y radical? La renacionalización del pueblo judío: volver a llenar de contenido nacional al judaísmo. Esto implica una acción política con un objetivo claro: obtener soberanía en un territorio para el pueblo judío. Ya veremos más adelante exactamente qué significa “soberanía” y a qué “territorio” se refería Leon Pinsker. Por ahora basta mencionar algo importante: la idea de la nación soberana (mejor dicho: la idea de que una nación debe ser soberana de un territorio para constituirse como tal) es una idea moderna.

Fíjense – no me voy a cansar de repetirlo- que la idea fundamental es que lo que une a los judíos no es la religión sino la nacionalidad. Esto es clave y creo que explica muy bien la actual situación del pueblo judío: hoy no nos unen las creencias ni las prácticas religiosas (la amplia mayoría del pueblo judío no come kosher ni Shabat; muchos judíos se definen como ateos, sin que eso implique rechazar su afiliación judía; una ínfima minoría acepta dogmas como los trece principios de fe de Maimónides como vinculantes y normativos) sino un sentimiento de hermandad. Hoy por hoy la mayoría de los judíos define su judaísmo en términos de su apoyo al Estado de Israel. Incluso quienes rechazan fuertemente las políticas del gobierno de turno israelí (un porcentaje creciente de los judíos de la Diáspora, especialmente entre la juventud y los grupos más progresistas) no rechazan la existencia misma del Estado de Israel y justamente consideran que su existencia es un componente fundamental de su identidad: por eso mismo critican con vehemencia políticas que consideran erradas o alejadas de su concepción de los valores judíos. Podríamos preguntarnos si alcanza con el mero sentimiento y si no sería necesario un compromiso más activo, ya sea en términos de observancia religiosa como de acción política, pero es indiscutible que hoy la dimensión religiosa se queda corta para explicar la identidad judía.

(No deberíamos obviar las dinámicas diferenciadas de Israel con respecto a la Diáspora: indudablemente, los israelíes tienden a tener una concepción más nacional que los judíos diásporicos. Más allá de esto, es innegable que los lazos religiosos por sí solos explican solamente un muy reducido número de casos de identidad judía. Incluso quienes afirman que el judaísmo es una religión antes que una nación siguen, en su vida cotidiana, un patrón de conducta que no se explica desde el punto de vista religioso: se preocupan por lo que pasa en Israel, siguen de manera más o menos constante las noticias de Israel y se ponen contentos/indignan cuando Israel actúa de manera que cumple/defrauda sus expectativas).

En resumen, el proyecto de Pinsker, por lo menos en este sentido, se concretó con éxito: los judíos hoy estamos unidos por lazos nacionales antes que religiosos.

Mesianismo y nacionalismo moderno

Cuando expliqué el pensamiento de Max Nordau, me explayé bastante en la distinción que hacía entre el mesianismo judío clásico y el sionismo moderno, enfatizando que no debían ser confundidos. Algo parecido escribe Pinsker (refutando así mi idea original de que era Nordau el primero en enfatizar esta distinción):

Y luego está la fe en el Mesías, la creencia en la intervención de un poder sobrenatural favorable a nuestra resurrección política, más el supuesto religioso de que teníamos que soportar con paciencia los castigos que Dios nos enviara, todo lo cual nos ha llevado a descuidar nuestra liberación nacional, nuestra unidad e independencia. Así, abandonamos de hecho la idea de la patria, y lo hicimos con tanto más deseo cuanto mayor era nuestro cuidado del progreso material. Y nos hundimos cada vez más profundamente. Los sin patria llegaron a olvidar la patria.

En palabras más claras: la fe en el Mesías (es decir, el mesianismo), la idea de que la salvación vendrá desde Arriba, independientemente de nuestra propia voluntad, producto de la Gracia Divina antes de que nuestras acciones y la idea del Galut (Exilio) como castigo Divino inmutable e inamovible salvo por Voluntad Divina fueron y son frenos a la liberación nacional. Distinguir entre acción política y escatología mesiánica es fundamental para transformarnos en sujetos políticos y actuar en la historia. Dejar a un costado las esperanzas mesiánicas y enfocarnos en el aquí y ahora es lo que nos dará la oportunidad de alcanzar la independencia nacional. No ideas vagas sobre un futuro lejano mejor sino trabajo concreto en el presente.

La relectura sionista del pasado judío

En términos generales, podemos pensar en el nacionalismo como una reimaginación del pasado a la luz del presente para iluminar un futuro posible para la nación. En otras palabras, el nacionalismo implica crear un relato: una narrativa que cohesiona el pasado, presente y futuro de la nación. Más todavía: muchas veces este relato tiene el objetivo de refundar, revivir o incluso crear a la nación a la que hace referencia. En cuanto nacionalismo judío, el sionismo tuvo que crear un relato: esta narrativa es la que da sentido a su forma de pensar y entender a la nación judía, su historia, sus vicisitudes, sus fortalezas y debilidades y así abre la puerta para propuestas futuro novedosas.

Ya vimos varias veces la narrativa clásica sionista: un período de gloria en la Antigüedad, con la conquista de la Tierra de Israel en la época de Yehoshúa (Josué) y la extensión máxima en la época de los reyes David y Shlomo (Salomón), seguido de un período de decadencia que comienza en la división entre Israel y Judea y termina con el exilio. Hasta ahora, nada demasiado diferente al relato clásico judío. La diferencia radica más bien en dónde está puesto el foco: para el sionismo, el exilio es una calamidad nacional, no un designio Divino. El problema del Galut (exilio) no es que D-s se esconda ni que su presencia deje de ser evidente (esta sería la visión judía clásica) sino que el pueblo judío quede disperso, sin fuerza política. Si para el judaísmo clásico el Beit HaMikdash (Gran Templo) era un símbolo de la soberanía de D-s sobre el mundo, para el sionismo clásico el Beit HaMikdash era un símbolo de la soberanía judía sobre su territorio nacional. Este nuevo foco permite iluminar aspectos inexplorados de la historia judía (por ejemplo: enfocarse en los distintos regímenes políticos que imperaron a lo largo de la historia del pueblo judío y las diferentes relaciones que entablaron los dirigentes judíos con sus pares no judíos o identificar instancias de mayor o menor autonomía, independencia y soberanía) pero también oscurece otros aspectos (por ejemplo: la importancia que tenía para el judío antiguo o medieval  la observancia de las Mitzvot –preceptos o mandamientos- como fundamento de su identidad, los períodos de relativa calma y prosperidad en el exilio o las visiones dispares en las fuentes judías clásicas con respecto a la primacía de la Tierra de Israel vis a vis la observancia “religiosa”).

Así como hubo una relectura de la historia, también hubo un intento de reestructuración cultural: ya vimos este tema con Ajad Haam o Martin Buber. Sionismo significa no solo actividad político sino un intento de recrear la cultura judía: basta pensar en los periódicos como medios de comunicación masivos y la existencia de una dinámica prensa judía, escrito por y para judíos o la proliferación de un arte judío moderno, con ideas, tópicos y problemáticas judías. Pueden pensar también en la apropiación de símbolos judíos y en su reinterpretación. Veamos dos ejemplos Pesaj pasó de ser una fiesta que rememora la salida milagrosa de Egipto, gracias a la Mano Divina, a un día de liberación nacional; Tu Bishvat pasó de ser una festividad muy menor relacionada con el ciclo agrícola a un día de celebración de lo natural y la ecología. Este es un tema fascinante y en otro momento espero poder dedicarle una serie de artículos en profundidad. Lo que quiero mostrar hoy es solamente que el sionismo significó agarrar al judaísmo y resignificarlo y que esto se expresó tanto a nivel político y práctico como cultural e ideológico.

Basta por hoy. En el próximo artículo, más sobre Leon Pinsker: veremos su concepción del Hogar Nacional Judío y sus ideas con respecto a la Tierra de Israel. Después (no sé si en el mismo artículo o en uno más, todo dependerá de qué tan extenso me quede), veremos la actualidad del pensamiento de Pinsker.

Nos vemos cuando nos veamos.

Leon Pinsker (parte 7)

La Diáspora como accidente histórico

¿Qué es el Galut? La Diáspora, el Exilio. Uno de los grandes objetivos del sionismo fue eliminar el Galut. Dependiendo del tipo de sionismo, esto fue entendido de diversas maneras: sacar al judío del Galut o sacar el Galut del judío; el Galut puede ser considerado un fenómeno estrictamente político, o un fenómeno socio-económico, o un fenómeno cultural, o un fenómeno espiritual-religioso; el Galut puede ser culpa de los judíos o de los gentiles. En donde todos los sionistas nos unimos – y en este punto radica la innovación de Leon Pinsker- es en pensar al Galut como un fenómeno histórico modificable, un accidente de la historia, y no un hecho esencial de la naturaleza. Dicho en otras palabras, quienes somos sionistas entendemos que el Galut (sin importar cómo lo definamos) no es un Decreto Divino inapelable sino que depende de factores humanos y, por lo tanto, de nuestras propias decisiones. No es exógeno ni está predeterminado: depende de nosotros.

Armados con este bagaje, podemos entender esta cita de Pinsker:

Hoy día, cuando nuestros confraternos de una pequeña parte de la tierra comienzan a respirar y a ser partícipes del sufrimiento de sus hermanos; hoy día, cuando algunos pueblos sojuzgados y oprimidos están readquiriendo su independencia, tampoco nosotros podemos ni por un instante permanecer con los brazos cruzados, ni conceder tampoco que se nos deba condenar en el futuro a escenificar la causa perdida del “judío errante.

Lo que nos dice Pinsker es una consecuencia directa de lo que decíamos arriba: si el Galut es un fenómeno moldeado por decisiones humanas, entonces su finalización dependerá también de decisiones humanas. Si es así, debemos prestar atención al contexto histórico: solamente si entendemos en dónde estamos parados, podremos encontrar las herramientas que nos sean útiles para poder resolver nuestros problemas nacionales. Para Pinsker, el sionismo – la idea de que el pueblo judío debe hacerse cargo de su propio destino- surge en un contexto bien claro: la Europa de los nacionalismos, las revueltas populares, las democracias parlamentarias modernas y la libre determinación de los pueblos. El pueblo judío debe aprovechar ese contexto favorable y el movimiento sionista debe verse a sí mismo como parte de este proceso de autoemancipación de los pueblos.

¿Cuál es el problema del Galut?

No podemos morir, pese a los golpes de los enemigos, y no queremos morir por voluntad propia, mediante apostasía o suicidio. Mas tampoco podemos vivir, de lo cual se cuidan nuestros enemigos. Tampoco queremos empezar a vivir una vida como nación, par a los demás pueblos, por mor de esos patriotas fanáticos que consideran necesario sacrificar el derecho a toda vida nacional independiente a fin de probar algo de suyo evidente: nuestra lealtad de ciudadanos. Tales patriotas fanáticos niegan su peculiar esencia originaria en pro de cualquier otra nacionalidad existente, mejor o peor, sin importar cuál.

El Galut es alienación: es un fenómeno negativo. El pueblo judío no va a desaparecer, ni por la fuerza de sus opresores ni por voluntad propia, ni el judío debería ser obligado a vivir siguiendo los dictados de otros pueblos. Pongamos un ejemplo concreto: el judío alemán que se sacrificó por la nación alemana en la Primera Guerra Mundial, yendo al frente de batalla, enfrentando al enemigo, exponiéndose al peligro, con valentía y coraje, fue desechado como un sub-humano, condenado a un campo de concentración y asesinado en una cámara de gas unos veinte o veinticinco años después. ¿Valió la pena el sacrificio? Si este judío alemán quería demostrarle a sus compatriotas alemanes no judío que él era un “alemán verdadero”, un patriota orgulloso de Alemania, fracasó contundentemente. Para Pinsker, hubiera sido mucho mejor que este judío alemán dedique sus esfuerzos a apoyar al pueblo judío, uniéndose al movimiento por la autoemancipación, en vez de dedicarse a ilusorias promisorias de emancipación nunca concretadas. El problema no es solo político: tiene un transfondo cultural, que ya hemos mencionado: la tendencia del judío asimilado a exagerar su lealtad y compromiso con la nación y/o cultura a la que se ha asimilado, muchas veces a niveles ridículos.

“Ayúdense y D-s los va a ayudar”

Autoemancipación termina con una frase famosa, casi un grito de batalla:

Ayúdense y D-s los va a ayudar.

Piensen el contexto: un panfleto con ideas novedosas y revolucionarias, un llamado a la acción y a tomar las riendas del propio destino y una frase contundente para cerrar de manera polémica y fuerte. Podemos compararlo (salvando las evidentes diferencias) con el Manifiesto Comunista de Marx y Engels: un panfleto que busca generar un cambio en la realidad, y para lograrlo intenta bajar a las masas un mensaje sencillo y contundente, que las incite a modificar su conducta. Que quede claro que la comparación la hago solamente desde este punto de vista: si vamos al contenido, es obvio que son dos panfletos completamente alejados en su sustancia. Cuando hago la comparación, me refiero más bien al aspecto exterior: a la forma que toma un panfleto que presenta una ideología que se pretende revolucionaria que tiene como función principal convencer y provocar un cambio radical en el público al que va dirigido. El panfleto busca tener un efecto práctico: causar acciones concretas en la arena política. En el caso del Manifiesto Comunista, el objetivo es la revolución y el fin del capitalismo; en el caso de Autoemancipación, la liberación nacional del pueblo judío.

El grito de batalla elegido es interesante: ¿por qué “Ayúdense y D-s los va a ayudar” y no otra frase? Creo que que hay un obvio intento de sacar a D-s de la ecuación: dejemos de confiar en que D-s va a venir y, milagrosamente, va a cambiar nuestra situación. Hagámonos cargo: asumamos la responsabilidad por nuestra paupérrima situación. En vez de adscribir al Galut causas externas, metafísicas y místicas, reconozcamos que tenemos parte de la responsabilidad y trabajemos para mejorar nuestra situación:

Al igual que apenas si tenemos derecho a responsabilizar a los demás pueblos de nuestro infortunio nacional, tampoco estamos legitimados para depositar única y exclusivamente en sus manos nuestra fortuna nacional. El género humano, y nosotros con él, se halla apenas en la primera etapa del camino incalculablemente largo que conduce al humanismo a su práctica plenitud, caso de que se deba llegar hasta ahí. Por ello hemos de renunciar a la ilusoria representación de que con nuestra dispersión estamos cumpliendo una misión providencial: una misión en la que nadie cree, desempeño privilegiado al que, hablando claramente, con gusto renunciaríamos si con ello cupiera expulsar del mundo el ignominioso epíteto de “judío”. Nuestro honor, nuestra salvación, tenemos que buscarlos no en las vanas ilusiones con las que nos engañamos, sino en la restauración de nuestra propia unidad nacional.

Creo que queda claro el objetivo de Leon Pinsker: no confiemos en factores externos (la misericordia de D-s, la bondad de las naciones del mundo o la benevolencia de las potencias). Aquí y ahora, asumamos nuestras responsabilidades y busquemos un camino para solucionar nuestros problemas, sin pedirle permiso a nadie. Más todavía: renunciemos a entender al Galut como una bendición. Contra pensadores como Franz Rosenzweig, que decían que el pueblo judío tiene una misión especial en el Galut y que, por lo tanto, éste no es un accidente histórico sino parte constituyente y esencial de la conformación del pueblo judío, Pinsker afirma que debemos renunciar a esta misión providencial: tenemos que dejar la pretensión de ser el “pueblo elegido”. De esta manera, la Autoemancipación significa un cambio de actitud en cuanto al Galut: dejar de ser pasivos, actuar en pos de nuestros propios intereses, renunciar al cosmopolitismo y a la idea del “judío errante”. El objetivo es ambicioso: implica recalibrar la mira y enfocarse en una “autoayuda nacional” (para usar la expresión de Nathan Birnbaum).

En la obra de Pinsker, en el sionismo primitivo anterior a Herzl, ya encontramos las raíces del sabra y la juventud hebrea y una relectura del mito del Galut. Esta actitud permea hasta la actualidad en la sociedad israelí: hay un cierto desprecio por el Galut, como si todo judío que vive en la Diáspora eligiese una vida de segunda y como si la historia judía desde la destrucción del Segundo Beit Hamikdash hasta la creación del Estado de Israel hubiera sido una sucesión de pogroms, matanzas y Holocaustos. El Galut ya no es visto como un castigo Divino ni como una purificación por nuestros pecados sino como una decisión (consciente o inconsciente) de las generaciones pasadas de judíos, que no lucharon por su derecho a su propia tierra sino que se dejaron pisotear, maltratar y oprimir por sus enemigos. En este sentido, la advertencia original de Pinsker es importante: solamente en la medida en que se despliega el contexto político, cultural, social y económico moderno es posible pensar en la Autoemancipación. En otras palabras, echarle la culpa a Rashi, Rambam o Rab Saadia Gaón por su pasividad política y su falta de interés en crear un Estado judío es irrisorio: la necesidad de tal Estado solo surge por una constelación particular de hechos, la Modernidad. Antes pudo haber habido esfuerzos esporádicos, utopías ilusionadas y teorías abstractas pero de ninguna manera un esfuerzo coordinado, organizado y programado, con fines claros y medios concretos. Simplemente – y por feo que le suene al judío contemporáneo- el judío medieval no consideraba problemática su situación y/o no la consideraba pasible de solucionarse por medios humanos.

El pueblo judío como sujeto en vez de objeto

En este punto, tenemos que introducir otra distinción que aparece en la obra de Leon Pinsker. Es similar a la que hemos visto en otros pensadores, como Rab Soloveitchik (aunque es evidente que sus respectivos enfoques no podría ser más diferente): la distinción entre sujeto y objeto. Para Pinsker, solamente en la medida en que los judíos se vean a sí mismos como sujetos autárquicos (“Autoemancipados”, podríamos decir) podrán ser sujetos políticos. O sea, solamente cuando el judío se libere de las ataduras extranjeras, cuando sea verdaderamente él mismo, cuando sea independiente, podrá emprender una empresa política propia, libre de influencias extrañas. Esto no significa una estrategia aislacionista sino todo lo contrario: como ya hemos remarcado anteriormente, la Autoemancipación es un paso hacia la Emancipación, no su sustituto. La idea del pueblo judío como un sujeto significa que el pueblo judío se transforma en protagonista activo de la vida política y de la historia universal, tomando en sus manos su propio destino y actuando para modificarlo. En contraste, la actitud tradicional del pueblo judío en la Diáspora de ser un objeto de la historia, de los caprichos de los gobernantes y de los deseos del populacho, significa dejarse arrastrarse por los acontecimientos, como si estos fueron irreversiblemente trágicos, inexorables e inmodificables.

Terminamos por hoy.

En próximas entregas, más sobre Leon Pinsker, el mesianismo y el nacionalismo moderno. No creo que falte mucho para terminar con Pinsker, a lo sumo dos o tres artículos más.

Nos vemos cuando nos veamos.

Leon Pinsker (parte 6)

Autoemancipación y Emancipación

El título del panfleto que hizo famoso a Leon Pinsker, lo puso en el mapa de la historia judía y lo transformó en una figura esencial en el judaísmo moderno es “Autoemancipación”. ¿Por qué este nombre? Ya explicamos que “Autoemancipación” vendría a ser una Emancipación propia, que surge de nuestros propios esfuerzos, en vez de la buena voluntad de otros. Sin embargo, acá hay algo más profundo e interesante.

Uno de los debates más conocidos con respecto al sionismo es el siguiente: ¿el sionismo es un movimiento antiguo o moderno? Quienes afirman que el sionismo es un movimiento antiguo, invocan los versículos del Tanaj que hablan de la Tierra de Israel, los Midrashim que desarrollan la relación del pueblo judío con la Tierra de Israel, los pasajes de la Mishná y el Talmud que remarcan el vínculo inalterable y eterno de los judíos con la Tierra Prometida, las Halajot que regulan la vida judía en la Tierra de Israel y todas las fuentes tradicionales que se explayan sobre el tema. Por el contrario, quienes afirman que el sionismo es un movimiento moderno enfatizan que el sionismo es un nacionalismo, nacido al calor de la gran ola de nacionalismos europeos modernos. Creo que la solución intermedia es la correcta: el sionismo como idea abstracta pudo haber existido durante miles de años pero su activación concreta, en un programa político determinado, organizaciones específicas y una ideología particular, se explica por las circunstancias coyunturales de la Europa de mediados del siglo XIX: los movimientos nacionales modernos, la idea del Estado-nación, la judeofobia racial moderna, la Emancipación fallida de los judíos, el liberalismo, el marxismo, la industrialización, la cristalización de los Estados europeos modernos, entre otros factores. En otras palabras, el sionismo como tal –como movimiento político de liberación nacional- puede rastrear sus orígenes lejanos a la misma Torá pero sus motivaciones concretas deben encontrarse en la situación de los judíos europeos del siglo XIX. A partir de esto, Shlomo Avineri (uno de los historiadores del sionismo más reconocidos) afirma que el sionismo es un fenómeno post-Emancipación: solo el contexto del siglo XIX europeo explica que aquellas fuerzas latentes y dormidas hayan adquirido forma concreta y hayan cristalizado en un movimiento organizado de retorno a la Tierra de Israel y formación de un Estado judío.

El sionismo surge como reacción frente a dos soluciones que habían fracaso en lograr sus objetivos: frente a los modernos Estados europeos, se había propuesto o bien modificar al judaísmo, para adaptarlo a los nuevos tiempos y así adquirir la plena ciudadanía en los países en los que vivan judíos (Reformismo) o  bien directamente rechazar de plano toda filiación judía, abrazando la nacionalidad francesa, alemana o rusa, sus costumbres y su cultura (asimilacionismo). Frente a estas dos posturas extremas, surgieron intentos intermedios, como el plan de ganar la autonomía cultural como forma de mantener la cultura judía, a la vez que el pueblo judío se integrara a la nueva configuración del orden internacional (Autonomismo). La idea que subyace a todas estas propuestas (Reformismo, asimilacionismo y autonomismo) es que la Emancipación de los judíos europeos es posible pero que exige un cambio interno en la propia constitución y autodefinición de pueblo judío, ya sea definiéndose como religión (Reformismo), negándose a sí mismo (asimilacionismo) o definiéndose como cultura (autonomismo). Contra estas propuestas, el sionismo presupone que la Emancipación europea no puede resolver por sí sola el problema judío sino que exige una acción política fuerte del pueblo judío, esta vez con el objetivo de retirarse de Europa, formar un Hogar Nacional propio y adquirir así un espacio para una política autónoma. Acá quiero detenerme, porque la propuesta de Leon Pinsker no es exactamente la misma que la de Herzl y es muy común borrar estas diferencias, lo que genera confusiones conceptuales importantes. Miremos una frase de Pinsker. Leánla con atención:

Una paz universal eterna aún por largo tiempo habrá de esperarse; pero hasta ese momento sí cabe regular ordenadamente las relaciones de las naciones entre sí por medio de un convenio condicionado, un convenio basado en el derecho internacional, en tratados, pero más aún en una cierta igualdad de actitud y de recíprocas exigencias, así como en un respeto mutuo. En las relaciones de los demás pueblos con los judíos no cabe reconocer una tal igualdad de actitud. Se echa de menos el fundamento de dicho respeto mutuo que el derecho internacional y los tratados se cuidan de regular y garantizar. Sólo cuando se cree semejante fundamento, cuando la igualdad entre los judíos y los otros pueblos sea un hecho, podrá considerarse resuelta la cuestión judía.

De acá podemos extraer algunas conclusiones interesantes. La fundamental para nuestros propósitos es la idea de que la Autoemancipación no implica una retirada del mundo: no significa formar un Estado propio, separado del orden internacional. Todo lo contrario: el objetivo de conformar un Hogar Nacional es lograr estar en pie de igualdad con las naciones del mundo. Dicho de otra manera, llegar a tener relaciones simétricas, en las que las negociaciones se den en el marco del derecho internacional y sus instituciones: en términos actuales, diríamos que para Pinsker el Estado de Israel debe formar parte de la ONU y reclamar sus derechos y hacer sus demandas dentro de ese marco. En pocas palabras, la propuesta de Leon Pinsker es buscar una puerta de acceso al sistema-mundo, no una retirada para un pueblo que mora solo y extraño. En un contexto como el actual, con una desprestigio internacional cada vez más grande del Estado de Israel y una resignación y hastío cada vez mayor por parte de los judíos y sionistas del mundo por lo que se percibe como injusticias por parte de la ONU, la UNESCO y otras organizaciones internacionales, esta idea de Pinsker vuelve a cobrar vigencia.

Para Pinsker, la Autoemancipación, entonces, no significa dejar de luchar por la Emancipación sino una nueva ventana por la cual se podrá lograrla. Para Pinsker, el sionismo no implica que todos los judíos inmigren a Israel ni la disolución de la Diáspora sino su reconfiguración por intermedio de una institución (un Hogar Nacional o, en términos actuales, el Estado de Israel) que permita a los judíos estar en pie de igualdad con el resto de la comunidad internacional.

Pueden ver que hay un punto en común entre el sionismo y sus antecesores a los que vino a destronar (Reformismo, asimilacionismo y autonomismo): todos asumen que el pueblo judío debe cambiar su forma de relacionarse con el mundo y definirse de una manera distinta a como lo venía haciendo hasta ahora. Sin embargo, la solución  del sionismo, a diferencia de las anteriores, implica un cambio político colectivo de las relaciones del pueblo judío con el mundo.

Acá entramos en un punto clave: tanto el movimiento por la Emancipación en sus distintas variantes como el movimiento por la Autoemancipación (sionismo) asumieron como dado un sistema-mundo determinado, presuponiendo un orden internacional que es ni más ni menos que el moderno: el Estado moderno como marco. La diferencia fue el método: integración dentro de una sociedad dada y un Estado ya existente (Emancipación) o creación de una sociedad nueva en un nuevo Estado (Autoemancipación). La diferencia fue de enfoque, pero no de fondo: los dos aceptaron como premisa un orden internacional ya definido y no intentaron modificarlo sino adaptarse al mismo.

De esta manera, se daría un movimiento del pueblo judío: de postergados a parte de la sociedad. En otras palabras, el judío pasaría de ser un outsider, al margen del sistema, apartado de la toma de decisiones políticas, a un miembro legítimo de la sociedad, aceptado como un igual. Para la Emancipación, esto se daría por medio de la integración a los Estados europeos; para la Autoemancipación, por medio de la integración de un Estado judío al orden mundial.

Sin embargo, si el objetivo del sionismo de Pinsker era la erradicación de la judeofobia, entonces tenemos que decir que su propuesta fracasó: el moderno antisemitismo ahora se expresa fundamentalmente en antisionismo. Más todavía: si bien el Estado de Israel participa de las organizaciones internacionales como la ONU, su participación es puesta en entredicho por varios países (fundamentalmente, los países árabes musulmanes) y la opinión pública se vuelca cada vez más hacia un rechazo si no a la existencia misma del Estado de Israel sí a sus políticas. No estoy diciendo con esto que toda crítica al gobierno de Israel sea una expresión de judeofobia (nada más alejado de mi forma de pensar) ni que el sionismo no haya sido sumamente exitoso en varios aspectos: hoy en día nadie discute que los judíos argentinos, ingleses o franceses tenemos derechos y somos aceptados como miembros legítimos y ciudadanos de nuestros países de origen, el Estado de Israel es una realidad concreta y somos testigos y partícipes de una época histórica excepcional en las relaciones entre judíos y no judíos. Simplemente afirmo que la entrada de la nación judía a la orquesta de las naciones fue y es accidentada, compleja y trabajosa.

¿Autoemancipación como antecedente del post-colonialismo?

Veamos una cita de Pinsker:

Lo que nos falta no es el genio, sino el sentimiento de auto-confianza y la conciencia de la dignidad humana que nos habéis robado.

Cuando se nos maltrata, roba, saquea o ultraja no nos atrevemos a defendernos y, lo que es aún peor, casi nos parece natural. Si se nos abofetea, enfriamos la mejilla encendida con agua fría, y si nos sale sangre le aplicamos una venda. Cuando se nos expulsa de la casa que hemos construido suplicamos humildemente la gracia, y si no logramos conmover el corazón de nuestro opresor, nos ponemos nuevamente en marcha en busca de… otro exilio. Si por el camino escuchamos la voz de algún ocioso espectador que nos grita: “Judíos, pobres diablos, desde luego merecéis compasión”, nos llega a lo más hondo; y si de un judío cualquiera se dice que hace honor a su pueblo, ese pueblo se muestra tan necio como para sentirse orgulloso de ello. Hemos caído tan bajo que casi exultamos de alegría cuando, como en Occidente, una parte menor de nuestro pueblo es equiparada a los no judíos.

Analicemos ahora las palabras de Leon Pinsker: ¿qué nos está diciendo? El judío perdió su sentimiento de amor propio y se desprecia a sí mismo porque acepta los juicios valorativos del mundo no judío. Acepta que los insultos y epítetos del judeófobo son ciertos y los toma como propios: se siente un ser miserable e inferior. Este sentimiento de auto-desprecio es resultado de una dinámica particular entre el judío el no judío: el gentil tiene el poder y domina sobre el judío, oprimiéndolo y humillándolo. El judío intenta alcanzar la cúspide socio-económica o adquirir posiciones de prestigio cultural o poder político dentro de la sociedad y sucumbe a la tentación de asimilarse al no judío, aceptando así como válidos sus prejuicios y deformaciones. El resultado es un judío que se desprecia a sí mismo, que enmascara su identidad y hace una caricatura de sí mismo: un judío que se deja humillar, maltratar y agredir sin reaccionar ni indignarse. Pinsker dice que a tal nivel llega el auto-desprecio que para ciertos judíos no hay mayor halago que ser comparados con no judíos: se me viene a la mente el ejemplo de Los Gauchos Judíos, de Alberto Gerchunoff. En este libro, el autor, de una tendencia indudablemente asimilacionista, considera a América y a la Argentina como la “Tierra Santa”, compara al patriarca Abraham con Jesús y genera todo un mecanismo literario legitimador de la asimilación judía en América. Lo interesa es cómo Gerchunoff adopta como propios los valores impuestos por la intelectualidad oficial y se transforma en una especie de intelectual orgánico al servicio del proyecto oficial de integración y asimilación de los inmigrantes judíos en Argentina, haciendo exactamente lo que criticaba Pinsker.

Podemos traducir todo lo que hemos dicho hasta ahora a los términos de Albert Memmi o Frantz Fanon: la relación entre el colonizado y el colonizador genera una dinámica que crea y reproduce una imagen distorsionada del colonizado, quien se siente inferior al colonizador. La única forma de acabar con este sentimiento de inferioridad es romper con esa dinámica, acabando con la relación colonizador-colonizado. Así, podemos considerar a Leon Pinsker como un antecedente del anticolonialismo y el post-colonialismo.

Hasta acá por hoy. En próximas entregas, más sobre Leon Pinsker, esta vez enfocándonos en sus ideas con respecto al Galut y la percepción de los judíos sobre sí mismos. Hasta la semana que viene.

Leon Pinsker (parte 5)

Jovevei Tzion y la unión de las facciones del pueblo judío

Una de las características más destacadas del movimiento fundado y liderado por Leon Pinsker, Jovevei Tzion, fue que estaba conformado por personas de ideologías y formas de vida distintas, pero unidas por su apoyo al nacionalismo judío y el asentamiento de los judíos en la Tierra de Israel: había ortodoxos y seculares, Maskilim y tradicionalistas. Esta característica me parece importante porque podemos pensar a Jovevei Tzion como un paraguas que contiene bajo suyo a distintas facciones con ideas divergentes, pero unidas bajo un objetivo común. Voy a decir más: el hecho mismo de compartir un mismo marco organizativo, a pesar de las diferencias que pueda haber, es por sí mismo un avance indiscutible en términos de nacionalismo: aceptar al otro como un hermano, y no como un enemigo porque piensa o actúa distinto, es un eje clave a la hora de hablar de sionismo y del pueblo judío como una nación. Bajo esta óptica, Jovevei Tzion se nos presenta no solo como un antecedente de lo que luego serían los Congresos Sionistas liderados por Herzl sino también como un movimiento con vida propia y como el verdadero origen del sionismo moderno: acá no vale hablar de revisionistas y socialistas, o Likud y Avodá, porque estas divisiones son posteriores. Si queremos saber la fuente del sionismo a secas, sin adjetivos, debemos retrotraernos a Jovevei Tzion: aquí, por primera vez, bajo el paraguas de la idea nacional judía, se unen grupos distintos y trabajan en conjunto.

Por supuesto, la convivencia bajo un mismo marco de facciones divergentes no estuvo exenta de polémicas: en 1887, Leon Pinsker, aquejado de una enfermedad coronaria, decidió renunciar a su cargo como líder del movimiento. Las intrigas y polémicas entre la facción de los Maskilim y la de los ortodoxos estaban a la orden del día y lo forzaron a Pinsker a mantenerse en el cargo para no poner en peligro la continuidad del movimiento y evitar una pugna de poder que lo destruya por dentro. Por más que el mito popular declame que los fundadores del sionismo fueron en su gran mayoría seculares, lo cierto es que estas intrigas políticas muestran que las dos facciones en pugna (Maskilim y ortodoxos) tenían la suficiente ambición y estaban lo suficientemente igualadas en términos de influencia y fuerza al interior del movimiento como para luchar de igual a igual por el liderazgo. Por supuesto, es importante recalcar que estamos hablando de un grupo minoritario en relación al total del pueblo judío: Jovevei Tzion, a pesar de haber tenido un crecimiento sostenido, nunca llegó a ser un movimiento de masas sino que tiene que ser considerado un movimiento vanguardista. La amplia mayoría de los judíos, principalmente los occidentales, veían con recelo y desconfianza la idea nacional del pueblo judío. Incluso quienes querían ayudar a las masas atrapadas por la judeofobia y apoyaban la emigración hacia la Tierra de Israel consideraban que hablar de “nacionalismo” o “nación judía” podía despertar odios y que era mejor hacer este tipo de acciones de manera despolitizada y apartidaria. A pesar de sus indiscutidos logros, Jovevei Tzion no hubiera pasado a la historia de no ser porque hubo otras organizaciones que, en años posteriores, continuaron y expandieron sus ideas y actividades hasta llegar a la creación del Estado de Israel y a nuestros días.

El sionismo como remedio a la judeofobia

Para Pinsker, la solución frente a la judeofobia es clara: organización y acción política unificada con el fin de revivir a la nación judía. Acá hay un punto fundamental: Leon Pinsker argumenta que el problema judío no se va a solucionar por acción de los gentiles sino de los judíos. La judeofobia es un problema endógeno, interno, de la sociedad: no se va a solucionar simplemente a partir de una evolución natural de su cultura o de su política. Repito la idea porque me parece fundamental: la judeofobia no se soluciona por el desarrollo natural o el progreso de la sociedad. De hecho, Pinsker argumenta que, incluso si así fuera, no resulta aceptable: incluso si aceptásemos que la judeofobia se soluciona con más progreso, más secularización, más libertad o más igualdad (o el ideal que ustedes gusten), puede ocurrir que el tiempo necesario para que eso ocurra sea demasiado extenso. O sea, supongamos que la judeofobia desaparecerá de manera “natural”, por el desarrollo social, en el transcurso de doscientos años. ¿Mientras tanto los judíos debemos aceptar la judeofobia pasivamente, como un dato inmutable de la realidad? En otras palabras, ¿quién dijo que nosotros no podemos actuar para aliviarlo, eliminarlo o aunque sea protegernos?

Hasta acá por hoy. Es corto pero es lo que hay: perdí el archivo en el que tenía armado todo el artículo sobre Leon Pinsker (me faltaba redactarlo, escribirlo y darle forma pero ya tenía los lineamientos básicos) y tuve que empezar de cero. Por eso la tardanza.

Nos vemos cuando nos veamos.

Leon Pinsker (parte 4)

El sionismo antes de Herzl

En algún momento, hablamos un poco del estado del movimiento sionista en los años anteriores a Herzl: era un movimiento que estaba creciendo, que iba obteniendo seguidores y obteniendo cada vez más influencia pero era un proceso muy gradual y lento. Todavía era un movimiento de vanguardia, visto con recelo por los líderes judíos de la época, que consideraban que podía poner en peligro el status quo. Los primeros sionistas eran, en su mayoría, Maskilim rusos que habían defendido la emancipación, el Iluminismo y la integración con la sociedad no judía pero que, desilusionados por la judeofobia, la resistencia social, las trabas al acceso a la cultura, la economía y la política y el desprecio de la mayoría rusa hacia los judíos, se inclinaron por buscar un nuevo camino emancipatorio, esta vez no enmarcado en el contexto ruso o europeo sino en uno más estrecho, el estrictamente judío. En otras palabras, estos primeros sionistas (entre los que se destaca Pinsker como precursor) proponían una nueva forma de encarar la cuestión judía, advirtiendo que su solución no sería la integración de los judíos en la sociedad europea sino la inmigración de los judíos hacia otro territorio con el objetivo de crear un Hogar Nacional propio, libre de las influencias de la judeofobia.

Por supuesto, esta propuesta fue resistida por el establishment de la época: muchos dirigentes judíos la consideraron un peligro. Un buen número de líderes ortodoxos la veía como un intento de modificar la definición histórica del judaísmo, rechazando los elementos que hacían único al pueblo judío, transformándolo en una caricatura de sí mismo, moldeado a imagen y semejanza de los pueblos europeos. En otras palabras, consideraban al sionismo como una herejía que intentaba romper con la tradición judía, creando una nueva identidad judía secular, separada de la definición estrictamente halájica. Por otra parte, los reformistas veían al sionismo como un movimiento nacionalista de idealistas descarriados, que ponían en peligro la estabilidad política, social y económica de los judíos europeos, trabando el avance del proceso emancipatorio en pos de sueños imposibles de realizar en la práctica. Para estos primeros reformistas, el judaísmo era una religión y su objetivo era demostrar que se podía ser un buen alemán, un buen francés o un buen ruso que, a su vez, profesaba la religión judía. Por el contrario, los primeros sionistas aducían que esto era una contradicción: el pueblo judío conforma una nación, no una religión, y, por lo tanto, la idea de un judío ruso se les antojaba contradictoria. La discusión subyacente era cuál es la definición del ser judío: si ser una religión o ser una nación.

La recepción de Autoemancipación

El nombre completo del panfleto de Leon Pinsker era (prepárense para respirar y leánlo de un tirón; el que lo logra, se gana un chocolate y un caramelo) “Auto-Emanzipation. Ein Mahnruf an seine Stammesgenossen. Von einem russischen Juden” (“Auto-Emancipación. Una advertencia dirigida a sus hermanos, por un judío ruso”. Fue escrito en 1884 y, originalmente, fue publicado de manera anónima. Es interesante destacar que fue publicado en alemán en vez de ruso (que sería lo lógico, teniendo en cuenta que se dirigía a los judíos rusos, no a los alemanes). ¿Por qué? Por el mismo motivo por el cual fue publicado anónimamente: la censura del gobierno ruso. El panfleto no fue leído por mucha gente, pero algunos lectores se sintieron atraídos por sus ideas, se reunieron y conformaron el núcleo de lo que serían los comienzos del movimiento sionista. Al poco tiempo, ya era bien sabido por todos quién había escrito el panfleto: nada menos que Leon Pinsker. Autoemancipación es un panfleto fundamental en la historia del pueblo judío en los últimos siglos: se publicaron más de ochenta ediciones en los idiomas más variados, incluyendo alemán, hebreo, inglés, ruso, yiddish, español, polaco, francés, italiano, húngaro, búlgaro, rumano, danés, griego, ladino, serbo-croata, portugués, persa, checo y sueco. ¡Fíjense la cantidad de idiomas! Simplemente, una locura.

Es interesante que Pinsker haya publicado Autoemancipación en alemán por varios motivos: primero, porque muestra que este idioma se estaba transformando en el medio de comunicación de la elite intelectual judía en Europa del Este, desplazando al hebreo como idioma de los intelectuales; segundo, porque lo escribe en el idioma en el que hablaban los judíos más asimilados a la cultura europea y en uno de los países en los que más había avanzado la emancipación (al menos en términos prácticos) de los judíos europeos; en tercer lugar, porque implica una movida audaz, por la cual Pinsker desafía a estos judíos alemanes a repensar su lugar en la sociedad, llamando a hacer un cambio revolucionario en su status y sus prioridades sociales y políticas; en cuarto lugar, porque Pinsker utiliza el mismo idioma que era usado como promotor principal de la Haskalá, la emancipación, el cosmopolitanismo, la Reforma, la secularización, la integración y, en última instancia, la asimilación para reclamar un giro hacia un movimiento contrario, de retorno hacia el pueblo judío y su particularismo nacional. Si Pinsker tenía como objetivo atraer a los judíos alemanes y convencerlos de que sus ideas eran correctas, fracasó miserablemente: fue recibido con frialdad y hostilidad. Quienes se transformaron en sus primeros seguidores no fueron los acomodados burgueses o pequeño-burgueses que conformaban la elite judeo-alemana sino los pequeño-burgueses y campesinos judíos que vivían en la Rusia zarista. Esto es lógico teniendo en cuenta los contextos de los dos grupos: los primeros estaban relativamente acomodados en la sociedad mayoritaria, se sentían alemanes y se veían a sí mismos como parte integrante de la cultura europea; los segundos eran más pobres, no se identificaban plenamente con Rusia y veían cerrada toda posibilidad de acceso a la cultura de la época, lo que generaba una mayor solidaridad intrajudía y un mayor compromiso con la tradición. En Alemania, a Pinsker lo criticaron por agitar a los judeófobos y antisemitas, porque les daba algo de razón cuando analizaba las causas de la judeofobia, y por no basarse en un análisis religioso sino nacional.

Jovevei Tzion

A partir de la publicación del panfleto Automencipación y de la unión de quienes siguieron a Pinsker, surgió la primera organización sionista: Jovevei Tzion (literalmente, “Amantes de Sión”). Pinsker había organizado una conferencia en Katowitz (en ese momento, Prusia, hoy Polonia) con el objetivo de promover su agenda política y unir a sus seguidores en un movimiento común. Había judíos de Rusia, Rumania, Alemania, Francia e Inglaterra, lo que muestra la rápida penetración que tuvieron sus ideas. Allí se fundaría Jovevei Tzion. Leon Pinsker sería su primer líder y la cabeza del movimiento. Entre sus seguidores había religiosos y seculares, de izquierda y de derecha. Jovevei Tzion, a diferencia de otras organizaciones posteriores, no tenía una agenda particular con respecto a los problemas socio-económicos o religiosos sino que se proponía como un órgano amplio, que unificaba las tendencias nacionalistas en el seno del pueblo judío con el fin de aunar esfuerzos es pos de la colonización de la Tierra de Israel.

En su primer discurso como presidente de la organización, Pinsker dijo:

Volvamos a nuestra antigua madre patria, nuestra tierra, que nos espera con gran fervor.

Así podríamos resumir, en rasgos muy generales, su proyecto político.

También declaró que los judíos europeos, al ser excluidos de los trabajos rurales, se habían concentrado en el comercio en las ciudades, generando una estructura social desequilibrada para el pueblo judío, que solo podía ser remediada volviendo a una vida económica sana y normal en la Tierra de Israel. Este tipo de análisis económico es muy clásico de la época. También Herzl, muchos años después, haría un diagnóstico de situación bastante similar.

Hasta acá por hoy. En próximos artículos, más sobre Pinsker, esta vez centrándonos en las premisas de su sionismo y las ideas particulares que lo diferencian de otros pensadores sionistas. ¡Hasta la vista!

Leon Pinsker (parte 3)

Judeofobia y antisemitismo

Ya dijimos que los pogroms de Odesa en 1871 y 1881 son presentados muchas veces como los puntos de quiebre en la vida de Pinsker: fueron los que lo convencieron que la judeofobia era un fenómeno profundamente arraigado en la sociedad europeo y que había que buscar soluciones innovadoras. Su solución fue contundente: dar origen al movimiento sionista organizado. La cadena básica de pensamientos de Pinsker es más o menos así: la judeofobia existe y no tiene remedio así que los judíos tienen que organizarse, crear un país propio y demostrarle al mundo que son independientes.

Ahora hay que hacer un parate y explicar algo importante que hasta ahora había ignorado olímpicamente: la diferencia entre antisemitismo y judeofobia y la importancia de Leon Pinsker en esta discusión. En pos de la claridad y para evitar confusiones, hasta ahora usé “antisemitismo” y “judeofobia” como sinónimos. Sin embargo, y a pesar de que en el habla cotidiana se los use indistintamente, hay un mundo de diferencia entre los dos términos.  Muchos judeófobos se aprovechan de esta ambigüedad para disfrazar sus verdaderas intenciones y hacerse los buenitos: aducen que no son “antisemitas” porque los árabes, por ejemplo, son semitas, y ellos no tienen nada en contra de los árabes. Algunos hasta llegan a decir la barbaridad de que son los propios judíos los “antisemitas” porque Israel oprime a los palestinos, semitas ellos.

¿Dónde está la trampa?

Básicamente, en la historia de la palabra “antisemitismo”. Wilhelm Marr fue quien acuñó la palabra “antisemitismo”: en 1879, escribió un libro en el que argumentaba que la raza judía controlaba la industria y las finanzas alemanas, producto de la emancipación y el liberalismo imperantes, y que habría una encarnizada lucha entre la raza alemana y la raza judía, que acabaría con la derrota final de una de las dos, y fundó la Liga de Antisemitas, una organización dedicada a purgar la vida política y cultural de judíos y expulsarlos del país. Paradójicamente, al final de su vida, el propio Marr se arrepentiría de su antisemitismo, pidiendo perdón a los judíos. Pero el daño ya estaba hecho: hoy es conocido como el padre del antisemitismo moderno y uno de los primeros precursores de la barbarie nazi.

Ahora bien, la palabra “antisemitismo” se refería pura y exclusivamente a la raza judía. De hecho, así sigue siendo en el habla cotidiana. Y acá está el primer problema: los judíos no somos una raza. Desde el punto de vista de Marr, los judíos éramos una raza. De hecho, ésa es la principal característica de la judeofobia moderna: el componente racial. Es decir, aducir que la propia sangre de los judíos está corrupta: el problema es genético, no meramente religioso o cultural. El problema, como decía antes, es que, sin importar lo que aduzcan los antisemitas, el pueblo judío no es una raza: basta poner un sefaradí, un ashkenazí y un Beta Israel uno junto al otro para comprobarlo.

Entonces, ¿cuál sería el problema con el término “antisemitismo”? Hay cuatro problemas básicos:

  • Le hacemos el juego a los judeófobos, dándole lugar a su jueguito semántico de “Yo no soy antisemita porque no estoy en contra de todos los semitas sino solo de los judíos”.
  • Es un término acuñado por un judéofobo, creado por sus propias necesidades e intereses en vez de uno que refleje la realidad del pueblo judío. O sea, diciendo “antisemita” estamos usando el lenguaje de nuestros enemigos en vez del propio.
  • El antisemitismo se basa en concepto moderno de raza, aduciendo esencialmente que todos los judíos formamos parte de una misma raza, podrida, corrupta e inferior. Sin embargo, cualquiera con un poquito de conocimientos sabe que los judíos no conformamos una raza sino que somos un pueblo.
  • El antisemitismo, en cuanto fenómeno basado en la raza, es un fenómeno moderno. Sin embargo, el odio a los judíos data de la Antigüedad y se extiende hasta nuestros días.

La alternativa correcta al término “antisemitismo” es “judeofobia”. Es mucho más clara y contundente: estamos hablando de una “fobia” (no solo en el sentido de miedo sino también de odio y rechazo) a los judíos, no de una oposición a los semitas.

¿Todo esto qué tiene que ver con Leon Pinsker?

Fácil: fue Pinsker quien acuñó el término “judeofobia”.

Y lo hizo justamente para señalar claramente al odio a los judíos como un fenómeno particular y específico, con características bien definidas.

La judeofobia, eterna e inamovible

En “Autoemancipación”, Leon Pinsker escribe lo siguiente sobre la judeofobia:

“La judeofobia es una psicosis. En cuanto psicosis, es hereditaria: y

en cuanto enfermedad heredada desde hace dos milenios, incurable.

El temor a los espectros, madre de la judeofobia, ha generado ese

odio abstracto, tentado estoy de llamar platónico, merced al cual la nación judía entera ha sido retenida responsable de los delitos, reales o imaginarios, cometidos por cada uno de sus vástagos en particular, lo que la ha llevado a ser calumniada en múltiples modos y ominosamente vejada.

Amigos y enemigos han intentado explicar o justificar dicho odio a

los judíos al tiempo que hacían en contra los judíos toda suerte de acusaciones”.

Acá tenemos varias ideas interesantes y que son importantes para entender el análisis de la situación que hace Pinsker, su diagnóstico y la solución que propone: la judeofobia es una enfermedad, una psicosis, que surge del miedo a los espectros, por la cual se acusa a los judíos de las más variadas calumnias (haber matado a Jesús, asesinar niños cristianos, envenenar los pozos de agua, ser usureros y capitalistas opresores, ser comunistas que quieren destrozar a la sociedad, etc etc etc).

Dijimos que Pinsker diagnostica a la judeofobia como una enfermedad. ¿Qué quiere decir exactamente con esto? ¿Acaso es una patología clínica, que exige un médico que le dé una vacuna a la población para inocularla de la judeofobia? Obviamente no es eso lo que está diciendo. En muchos lugares, Pinsker remarca que la judeofobia es “hereditaria”, por lo cual uno estaría tentado a pensar que para él es una enfermedad genética, que se transmite de padre a hijo a través de la sangre. Así, aparentemente habría un criterio racial que subyace a la judeofobia. En realidad, lo que está diciendo Leon Pinsker es precisamente lo contrario: la judeofobia es una “enfermedad hereditaria” en el sentido que se transmite de generación en generación, de padre a hijo, pero no por cuestiones raciales o de sangre (este criterio, que era el que había preconizado Marr cuando acuñó el término “antisemitismo” es justamente lo que criticaba Pinsker) sino a través de la cultura. La judeofobia puede ser pensada como una enfermedad social o psicológica, una psicosis: no es hereditaria a través de los genes sino a través de hábitos, gestos, tradiciones, palabras y acciones. En otras palabras, la judeofobia se trasmite a través de la socialización: cuando una persona vive en un medio judeófobo, tiende a absorber los prejuicios propios de su ámbito, naturalizarlos, asumirlos como obvios, internalizarlos y así luego transmitírselos a sus descendientes. Esta idea de Pinsker creo que tiene una relevancia actual: muchos judeófobos lo son no por ser malas personas, sino simplemente porque fueron criados con esos parámetros. Esto mismo puede aplicarse a cualquier prejuicio y cualquier tipo de racismo o xenofobia. Esto no quiere decir que esté bien ser judeófobo, pero sí ayuda a poner en contexto las cosas: normalmente, el odio al que es diferente no surge en el vacío, sino que carga toda una historia detrás, que se transmite a través de mitos, tradiciones, ideas, emociones y gestos muchas veces inconscientes o automáticos. Es tarea de quien quiere entender este tipo de fenómenos desentrañar esa historia para entender el origen del odio y cómo combatirlo.

De esta idea de la judeofobia como una psicosis o una enfermedad podemos extraer otra enseñanza actual: la judeofobia es irracional, es una especie de virus, que no se cura a través de argumentaciones racionales o discusiones filosóficas. Si bien no hay que quedarse paralizados frente a la judeofobia, haciendo de cuenta que no existe ni aceptándola como un fenómeno dado inamovible, y si bien es cierto que hay que intentar luchar por todos los medios posibles contra todo tipo de prejuicio, la evidencia empírica demuestra que raramente las personas cambian sus ideas (especialmente aquellas que estiman como fundamentales en la construcción de su identidad) a partir de un debate racional, sopesando pros y contras y llegando a conclusiones lógicas y razonadas. Por el contrario, se comprueba cada vez más que los seres humanos estamos sujetos a sesgos de todo tipo, que nos nublan la vista frente a la evidencia y que, de hecho, tendemos a reforzar nuestras creencias, aún frente a pruebas contundentes en contra de ellas. En este sentido, el diagnóstico de Pinsker de la judeofobia como una enfermedad puede servirnos para captar su carácter irracional, inmune en muchos casos a la crítica racional. Por eso, resulta fundamental distinguir entre el judeófobo por ideología (con quien generalmente no vale la pena ni discutir, por cuanto que ninguna argumentación le hará cambiar su opinión) y el judeófobo por ignorancia (a quien se le pueden enseñar los hechos y convencer). Cabe acotar una distinción: hoy en día, si bien hay judeofobia, ésta, a diferencia de la época de Pinsker, es vista por la sociedad en general como una perversión y un tipo de odio repudiable y desdeñable. Dicho de otra manera, la judeofobia ya no es considerada por la mayoría de la sociedad como una ideología válida sino como lo que es: odio irracional dirigido contra un grupo específico.

El otro punto que toca Pinsker, y que es importante porque adelanta la solución que propone al problema de la judeofobia, es el siguiente: el odio a los judíos surge del miedo a espectros o fantasmas. Es decir, del miedo de las naciones a aceptar el hecho de que el pueblo judío, a pesar de perder su existencia estatal y de no tener soberanía político-territorial durante miles de años, sigue existiendo como una nación en espíritu. La judeofobia surge del miedo, y de allí su carácter irracional. Fíjense que la raíz de la judeofobia, según Pinsker, no es racial (como dirían Marr y, más tarde, los nazis) ni religiosa (como argumentarían ciertos grupos cristianos o musulmanes) sino el miedo a lo diferente: la fuente del odio es un sentimiento negativo. El judeófobo aducirá que odia al judío por ser extranjero, vagabundo, mendigo, explotador, pobre, apátrida, asesino de Jesús o irreligioso, pero su verdadera motivación es el miedo.

Para Pinsker, la judeofobia es un fenómeno universal:

“…Judaísmo y odio a los judíos marchan inseparablemente unidos

a través de la historia. Al igual que el pueblo judío, eterno Asuero, el odio al pueblo judío parece no querer morir nunca. Se debería estar ciego para afirmar que los judíos no son el pueblo elegido del odio universal. En sus relaciones recíprocas, en sus instintos y aspiraciones, los pueblos pueden ser muy diferentes unos de otros, pero en su animadversión a los judíos se estrechan la mano, es un punto en el que todos están de acuerdo.”

Fíjense cómo Pinsker considera a la judeofobia como una enfermedad que persigue a los judíos a donde quiera que vayan: si el pueblo judío es eterno, también lo es la judeofobia. Hay algo que une a todos los pueblos del mundo: el odio a los judíos. Acá creo que deberíamos plantearnos si no hay un victimismo exagerado de parte de Pinsker: es verdad que el pueblo judío ha sufrido persecuciones, vejámenes y difamaciones a lo largo de toda su historia (¿quién podría negarlo?), pero también es cierto que ha habido momentos de calma entre la tempestad. El mundo en el que vivimos hoy es (a pesar de todos los problemas que pueda tener, de la judeofobia dominante en buena parte del mundo árabe musulmán y de la creciente judeofobia en Europa) un mundo relativamente tolerante y respetuoso del pueblo judío, a quien muchos admiran y apoyan con entusiasmo. Dicho de otra manera, es innegable que la trayectoria histórica del pueblo judío está salpicada de odio y destrucción, de Inquisiciones, Holocaustos y expulsiones; pero eso no quiere decir que todos los pueblos del mundo nos odien. Es más, creo que resulta –además de incorrecto- contraproducente: le estamos haciendo el juego a los judeófobos, que, en vez de aceptar su error y rectificarse, ahora proceden a decir “Por algo será” o “Algo habrán hecho”. En otras palabras, me parece que, en vez de destacar solamente cómo hemos sufrido indeciblemente por el odio de los pueblos del mundo, deberíamos intentar destacar también los momentos de tolerancia y respeto.

En base a todo esto, Leon Pinsker describe la judeofobia y propone el camino a seguir en los siguientes términos:

“Habiendo concebido la judeofobia como una enfermedad específica

y congénita del género humano, y expuesto el odio a los judíos como una aberración hereditaria al espíritu humano, llegamos a la para nosotros importante conclusión de que es menester tanto renunciar a la lucha contra esos impulsos hostiles, como a la lucha contra de dicha disposición hereditaria. Idea ésa tanto más importante cuanto que pone finalmente de relieve que es menester dejar de lado toda polémica que suponga un dispendio de tiempo y energías, así como todo devaneo improductivo. Y es que contra la superstición hasta los dioses mismos luchan en vano. El prejuicio o el instinto hostil mal se concilian con ninguna argumentación, por aguda y clara que sea. O se dispone de fuerza material con la que poner límites a tan tenebrosas potencias, como ocurre con cualquier otra fuerza ciega de la naturaleza, o simplemente se aparta uno de su camino”.

La judeofobia es algo dado y determinado: es un dato, un fenómeno imposible de evitar. Es inamovible. Es una enfermedad específica, odio irracional que surge del miedo y que se transmite de generación en generación a través de la socialización. El pueblo judío no puede luchar contra la judeofobia mediante argumentaciones racionales: de nada vale la lucha por los derechos civiles en los países europeos ni las buenas intenciones. El pueblo judío no tiene la fuerza material necesaria como para sobreponerse a los judeófobos. Hay que realizar un cambio de estrategia: apartarse del camino. Dicho de otra manera, en vez de cambiar a la sociedad para que deje de ser judeófoba, crear una nueva sociedad libre de judeófobos. En vez de luchar por generar un cambio en la mentalidad de los europeos, dedicarse a construir un Hogar Nacional para el pueblo judío.

Las fallas de la Emancipación

Al igual que para Max Nordau, para Pinsker la emancipación europea no es la expresión espontánea de la opinión pública sino un resultado de una forma de pensar racional:

“La emancipación legal de los judíos es el punto culminante de los logros de nuestro siglo. Empero, esa emancipación legal no constituye la emancipación social, y pese al establecimiento de la primera los judíos distan aún de haber sido emancipados de su posición social de excepción. La emancipación de los judíos halla naturalmente su justificación en lo que siempre han sido los postulados de la lógica, del Derecho y del interés bien entendido. Nunca se la podrá considerar como expresión espontánea del sentimiento humano”.

En otras palabras, la emancipación de los judíos europeos no se explica por el sentimiento popular: por el contrario, las demandas populares se opusieron fuertemente a la emancipación judía en Europa. La explicación de la emancipación debe explicarse por un silogismo lógico: todos los seres humanos son iguales frente a la ley; los judíos son seres humanos; por lo tanto, los judíos son iguales frente a la ley. Esto es una emancipación legal, loable por cierto, pero insuficiente: las leyes podrán decir lo que sea, pero los judíos siguen siendo discriminados, perseguidos, ultrajados y asesinados. Sin importar lo que diga un papelito firmado por los legisladores, la masa del pueblo ruso odia a los judíos y le echa la culpa de todos los males de la sociedad: ésa es la falla de la emancipación judía en Europa. Fue una emancipación legal, pero no tuvo un correlato en la sociedad. El populacho siguió odiando a los judíos, a pesar del cambio en la situación legal. Y el fallo estriba en que la emancipación europea quiso emancipar al pueblo, pero no a los judíos como tales: no aceptó la especificidad del caso judío, ni las particularidades de su situación ni las circunstancias de su historia.

Esto puede ayudarnos a explicar el comienzo de su panfleto “Autoemancipación”, que explicita el punto de partida de su sionismo:

“Hoy como ayer, el problema inmemorial de la cuestión judía continúa excitando los ánimos. Irresoluble, como la cuadratura del círculo, sigue siendo, a diferencia de ésta, la más acuciante cuestión del orden del día. Ello es así porque no nos las vemos aquí únicamente ante un problema de interés teórico, sino con uno al que la propia vida real reactualiza de día en día y para el que perentoriamente reclama solución”.

La cuestión judía (es decir, la falta de integración de los judíos en la vida social, económica, cultural y política de la sociedad europea del siglo XIX) es consecuencia de las fallas de la emancipación que mencionábamos anteriormente: la disonancia entre la situación legal y la situación real del pueblo judío, y la aplicación de un método racional-general para hacer frente a casos particulares y específicos. La cuestión judía no es un problema teórico sino un problema real, concreto, que afecta la vida cotidiana de millones de personas: exige una solución. No hacerle frente puede llevar a la catástrofe. Las advertencias de Leon Pinsker son premonitorias: piensen en la Shoá y comprenderán el alcance de sus palabras.

¿Cuál es el problema del pueblo judío? La falta de una patria propia:

“Los judíos son extranjeros sin posibilidad de representación, pues carecen de patria. Y puesto que carecen de ella, puesto que su suelo patrio carece de límites tras los que atrincherarse, su miseria tampoco los tiene. Extranjeros por definición, la ley no ha sido escrita para ellos. En cambio, por doquier existen leyes para judíos. Y cuando la ley general es válida también para los judíos, ello debe fijarse expresamente mediante una ley especial. Al igual que los negros, que las mujeres, pero contrariamente a los pueblos libres, tienen aún que ser emancipados”.

El judío es considerado un extranjero: se le aplican leyes específicas que limitan su capacidad de desarrollarse como individuo. Se lo oprime porque no tiene patria. Fíjense que Pinsker relaciona la situación del pueblo judío con la de otros grupos oprimidos: los negros y las mujeres. Unos por su raza, otras por su género, son igual de oprimidos que los judíos: todavía no fueron emancipados. Su situación es desesperante por partida doble: no se lo acepta como miembro pleno de la sociedad ni como ciudadano; se sospecha de él por ser extranjero. Se le aplican leyes agobiantes y discriminadoras, a la vez que se declama que ya ha sido emancipado y que, por lo tanto, debe agradecer la bondad del gobierno.

Fíjense algo: Pinsker escribe que la emancipación europea no tuvo en cuenta la situación específica del pueblo judío, pero luego declara que el judío sufre leyes específicas que lo discriminan. ¿Cómo explicar la contradicción? Creo que la respuesta es simple: hay que distinguir entre el judío como individuo y como parte del pueblo judío. En cuanto individuo, el judío europeo está emancipado (al menos nominalmente, legalmente, aunque no realmente desde el punto de vista social); en cuanto miembro de su propio pueblo, el judío es discriminado (porque no se acepta que exista un pueblo judío merecedor de derechos y deberes dentro del marco de un Estado de derecho). Así, hay una cierta tensión entre la situación individual y la colectiva del judío, que se expresa en esta aparente contradicción entre la emancipación fallida por culpa de la aplicación de ideas generales a un caso particular que no encaja dentro del molde preestablecido y la sanción de leyes específicas claramente discriminadoras, que rompen con el molde preestablecido para así impedir el avance del judío como tal dentro de la sociedad.

Hasta acá por hoy. Nos vemos la semana que viene con más sobre Leon Pinsker.

Leon Pinsker (parte 2)

Contexto cultural e influencias

Leon Pinsker vivió casi toda su vida en Odesa. Este detalle no es menor: Odesa era un centro fundamental en la vida judía de la época, especialmente del movimiento de la Haskalá. Odesa era una ciudad moderna, con una fuerte movida cultural, y una de las más grandes del Imperio Ruso. A fines del siglo XIX, más del 30% de la población de Odesa era judía, lo que ayuda a explicar tanto la vitalidad de la vida cultural judía de la ciudad como los constantes pogroms y el antisemitismo. Estas dos cuestiones ocupan un lugar importante en el pensamiento de Leon Pinsker y son determinantes a la hora de captar los motivos de su evolución ideológica.

En Odesa se editó el primer periódico judío en ruso y se construyó la primera sinagoga con coro (o sea, “moderna”, adaptada a las sensibilidades de la época): esto nos muestra una ciudad en las que los judíos se están integrando a la sociedad mayoritaria. Si no, no se explicaría la necesidad de una prensa judía en ruso (en vez de yiddish o hebreo) ni la construcción de templos modernos, no tradicionales. Odesa fue la ciudad en donde vivieron y editaron sus obras figuras tan importantes de la literatura judía moderna como Mendele Seforim (uno de los padres de la moderna literatura yiddish), Ajad Haam (el fundador del sionismo espiritual o cultural) o Jaim Najman Bialik (considerado por muchos como el poeta nacional de Israel). Estamos hablando, entonces, de un centro cultural para el judaísmo de la época, muy influenciado por la Haskalá. Estamos hablando de una confluencia de Maskilim, yiddishistas, sionistas, hebraístas, asimilacionistas, autonomistas y otros “istas” que se daban una disputa ideológica sobre el presente y el futuro del pueblo judío, debatiendo vehemente la forma en la que debía organizarse el judaísmo en el futuro. En otras palabras, Odesa era, en la época de Pinsker, uno de los centros de la Haskalá.

Como contrapartida, los pogroms se repetían sin descanso: solamente en vida de Pinsker, se sucedieron pogroms en 1821, 1859, 1871 y 1881. Más adelante hablaremos de la visión que tenía Pinsker de la judeofobia y el antisemitismo pero resulta claro que las persecuciones constantes y los vejámenes a los que estaba expuesta la población judía son una variable clave a la hora de entender el pensamiento de Pinsker.

Por otro lado, creo que la formación médica de Leon Pinsker nos da algunas pistas sobre la explicación que da sobre el antisemitismo y la judeofobia y nos ayuda a contextualizar su obra. También me parece que hay una obvia influencia positivista en su método: cuando analiza la situación del pueblo judío, Pinsker utiliza el método sociológico de August Comte y lo calca de manera casi milimétrica. Hay una enfermedad (la judeofobia), un diagnóstico (la judeofobia es inevitable en el Exilio) y un remedio (el sionismo). Ya veremos más adelante en profundidad qué significan exactamente cada una de estas cosas en el conjunto del pensamiento de Pinsker pero en este punto me conformo con hacer notar que, como era usual en los círculos iluministas de la época, Pinsker toma como base las ciencias naturales, extrapolando sus métodos para comprender fenómenos sociales, en este caso la situación diaspórica del pueblo judío y la judeofobia incesante.

Hasta acá llegamos por hoy. Sé que es corto pero lo que viene va a ser más largo y complejo. Hoy simplemente quería terminar de darle forma al contexto cultural en el que se mueve Pinsker para que tengan una idea de sus influencias. En próximas entregas, nos meteremos de lleno en su análisis del antisemitismo y la judeofobia y las soluciones que propone a este flagelo.

Leon Pinsker (parte 1)

El doctor que se hizo político

Leon Pinsker (o Yehuda Leib Pinsker) nació en 1821 en Tomaszów Lubelski, Rusia (hoy, Polonia), y falleció en 1891 en Odessa. Su padre, Simja Pinsker, era un Maskil, que se dedicó a la investigación y a la docencia: era un gramático, filólogo y traductor conocido dentro del círculo de la intelligentsia de los Iluministas judíos (Maskilim), principalmente por su traducción de documentos y fuentes caraítas. Simja también fue, en 1826, uno de los fundadores de la primera escuela judía moderna en Rusia, lo que lo posiciona como un Maskil temprano. Estos antecedentes son importantes para entender el contexto cultural en el que se mueve Leon Pinsker, su educación y los valores que absorbió en su juventud: no provenía de una familia tradicional, encerrada en el mundo de la yeshivá, el estudio de Torá y el cumplimiento de las Mitzvot sino de una familia moderna, abierta al mundo contemporáneo, racionalista, materialista, con una visión científica, que buscaba integrarse a la sociedad rusa de la época.

Leon quería estudiar derecho pero, por culpa de las cotas universitarias que limitaban la cantidad de judíos que podían estudiar en la universidad, terminó por dedicarse a la medicina. Participó como médico en la Guerra de Crimea y fue condecorado por su actuación: esto nos muestra su compromiso con la patria rusa y su relación positiva con el país en el que vivía. Pinsker escribía en periódicos judíos de habla rusa y participaba de organizaciones políticas, todos ellos de tendencia asimilacionista.

Luego de los pogromos en Odessa en 1871y 1881, escribió su libro más famoso, un panfleto llamado Autoemancipación. En este panfleto, uno de los documentos sionistas más importantes, llama a los judíos a organizarse como una nación y fundar un Hogar Nacional propio. Un grupo de personas, influenciadas por las ideas de Pinsker, se unieron y formaron Jovevei Tzion (literalmente, “Amantes de Sión”), la primera red de organizaciones sionistas. Leon Pinsker fue el líder del movimiento, y de allí surgiría la primera camada de sionistas. En otras palabras, Pinsker fue el fundador del movimiento sionista. De todas maneras, en su época el sionismo era todavía un movimiento minoritario y de vanguardia y sería Herzl quien lo transformaría en un movimiento de masas.

La mirada tradicional: del asimilacionismo al sionismo

Normalmente, se suele decir que Pinsker era un asimilacionista que, luego de ver los horrores del antisemitismo en los progromos de 1881, retornó al pueblo judío y fundó el movimiento sionista. Esta presentación de la vida de Pinsker es paradigmática de la experiencia de muchos judíos modernos que encontraron en el sionismo un canal de conexión con el pueblo judío: casos como Max Nordau, Theodor Herzl o Vladimir Jabotinsky, de los cuales hemos hablado en este blog, son típicos y convencionales.

Los apoyos para esta lectura son claros: Pinsker antes de su “etapa sionista” formó parte de la “Gesellschaft zur Verbreitung der Aufklärung unter den Juden” (“Sociedad para la Promoción del Iluminismo entre los Judíos”) o, en ruso, “Obshchestva dlia Rasprostraneniia Prosveshcheniia Mezhdu Evreiami v Rossii”, u OPE, (“Sociedad para la Promoción del Iluminismo entre los Judíos de Rusia”), una organización que fue creada en 1861 con el objetivo de educar a los judíos en las nuevas normas civilizatorias del Iluminismo. Originalmente, fue fundada por judíos rusos adinerados que pretendían que los judíos se dediquen a actividades “productivas” y “útiles”, como el comercio, la agricultura, la artesanía y las profesiones liberales. El objetivo era claro: mostrarles a las autoridades políticas rusas que los judíos podían y querían ser buenos ciudadanos y así obtener derechos civiles. Para eso, intentaron transmitir a los judíos rusos la cultura moderna, difundiendo el conocimiento del idioma ruso como medio de expresión y estudios seculares como la ciencia y la literatura moderna, e incentivando que los judíos se integren al sistema educativo ruso. Obviamente los miembros de la organización eran Maskilim (Iluministas judíos) y, originalmente, muchos de ellos eran hebraístas, por lo que defendían el uso del hebreo en vez del yiddish. Leon Pinsker fue uno de los fundadores de la sede de la organización en Odessa: esta sede era conocida por su radicalismo y su postura marcadamente asimilacionista. Mientras que la organización madre pretendía formar una elite de judíos rusos intelectuales, la rama de Odessa alentaba una “rusificación” intensa de las masas judías. Leon Pinsker llegó a proponer la traducción de la Torá y el Sidur al ruso, y dejar de lado el uso ritual del hebreo. El pogrom de 1871 terminó por desalentar estas esperanzas y el antisemitismo imperante, las sospechas conspiranoicas de las autoridades y la desconfianza del gobierno hicieron que la organización tenga que cerrar por un tiempo. Cuando volvió a funcionar, sus objetivos eran diferentes y poco tenían que ver con los originales. Ya a esta altura, Leon Pinsker se había alejado de la organización y, por lo tanto, no nos interesa demasiado cómo fue su derrotero.

En paralelo, Leon Pinsker trabajó como periodista y corresponsal en distintos periódicos judíos: la mayoría de estos periódicos intentaban transmitir a los lectores judíos la cultura rusa y Occidental, a la vez que intentaban contrarrestar el antisemitismo. Es decir, tenían una doble finalidad: por un lado, educar a los judíos bajo el paradigma del Iluminismo; por el otro, mostrarles a los rusos que los judíos no eran un cuerpo extraño ni seres extraños sino personas normales, como cualquier hijo de vecino. Está claro que había un paradigma que consideraba que la “rusificación” de los judíos y la educación moderna e Iluminista generaría un nuevo escenario de tolerancia y respeto.

En resumen, según esta mirada tradicional, Leon Pinsker era un típico asimilacionista, que pretendía que los judíos tomen el molde civilizatoria de la Rusia moderna y se despojen de su identidad propia, hasta que llegó el antisemitismo, le pegó una trompada y lo obligó a replantearse las cosas.

Una mirada alternativa: del autonomismo al nacionalismo

Una nueva camada de académicos, entre los que destacan Dimitry Shumsky y Steven Zipperstein, pone en duda esta narrativa: según ellos, la conversión al sionismo de Leon Pinsker fue mucho menos brusca de lo que se había asumido. Estos historiadores se basan en la lectura de las notas y artículos periodísticos escritos por Pinsker a lo largo de su carrera para demostrar que éste nunca fue un asimilacionista radical y que, a diferencia de Jabotinsky o Herzl, siempre mantuvo un vínculo con el pueblo judío. Según esta narrativa, las etapas de la vida de Pinsker no se dividen entre una etapa “no judía” (asimilacionista) y una “judía” (sionista) sino en distintas etapas en cuanto a la solución propuesta para los problemas del pueblo judío.

Una cuestión que se destaca es que Pinsker enfatiza, a lo largo de sus artículos, que solamente los judíos ganarán el respeto de sus contrapartes iluministas rusos si defienden sus intereses particulares y enfatizan la historia del pueblo judío en el territorio del Imperio Ruso. Dicho de otra manera, hay que enfatizar la el vínculo de los judíos con la patria rusa, pero también el vínculo de los judíos con su propio pueblo. No se trata de negar el judaísmo para ganar la ciudadanía rusa sino de ser judío y ruso.

Dimitry Shumsky explica algo fundamental, y que se pierde en la traducción: en el idioma ruso, “russkiy” y “rossiiskiy” (ambos traducidos como “ruso”) tienen significados muy distintos. “Russkiy” significa etnia rusa, mientras que “rossiiskiy” significa el territorio ruso. Dicho de otra manera, “russkiy” hace referencia al componente étnico: ser parte de un pueblo, con determinados modelos de conducta y una cultura en común; “rossiiskiy” hace referencia al componente territorial: ser parte de un Estado, con un territorio determinado, independientemente de la cultura, el idioma o la identidad particular da cada individuo. En sus escritos anteriores al sionismo, Leon Pinsker siempre utilizó el término “rossiiskiy”: lo que estaba diciendo es que el pueblo judío podía formar parte del Imperio Ruso sin resignar su cultura particular ni sus lazos de solidaridad con los judíos del mundo. En otras palabras, el modelo emancipatorio que proponía Leon Pinsker no era la asimilación cultural del pueblo judío en el seno de la nación rusa ni la pérdida de su identidad particular sino la conformación de un Estado plurinacional, con varias naciones en su seno unidas por la lealtad a las instituciones estatales. El idioma ruso debía ser el lenguaje que permita la comunicación de las distintas naciones del Imperio Ruso, pero no un medio para la asimilación forzada.

El punto de Shumsky no es para nada menor: demuestra que Pinsker, si bien era un Maskil que quería que los judíos se adapten a la Modernidad, no era un asimilacionista radical. Más importante todavía, nos muestra que, ya en sus primeros escritos, antes del sionismo, Pinsker defendía una definición nacional del judaísmo, en contraposición a la definición religiosa en boga en Alemania en ese momento. Dicho de otra manera, el argumento de Pinsker no era (a la manera de Abraham Geiger o Rab Hirsch, los fundadores del reformismo y la ortodoxia alemanas) “nosotros queremos ser rusos de fe mosaica” (o sea, rusos de religión judía) sino “nosotros queremos ser judíos rusos” (o sea, personas de nacionalidad judía, ciudadanos del Imperio Ruso). Así como en Rusia había lituanos, polacos y ucranianos, entre muchas otras nacionalidades –y todos ellos eran considerados como ciudadanos rusos, sin necesidad de renunciar a sus respectivas nacionalidades-, así también los judíos pueden ser buenos ciudadanos rusos sin abandonar su cultura nacional. Así, se nos presenta una visión muy diferente a la que habíamos visto originalmente: el llamado a los judíos a “rusificarse” no significa resignar su identidad judía sino simplemente aceptar a Rusia como su patria, defender a su Estado y ser leales a sus instituciones. A cambio, los judíos pueden retener su identidad nacional, cultural y religiosa particular.

En esta misma línea, Pinsker destaca que, si bien es necesario resignar algo de los intereses particulares de cada nacionalidades en pos del bienestar común del Estado, sería ridículo hacerlo en pos de una sola nacionalidad. Dicho de otra manera, el Estado no puede estar gobernado exclusivamente por una etnia: si los rusos, los polacos o cualquier otra nación se arrogan la representatividad del conjunto de las naciones que conforman el Imperio Ruso, entonces la parte se hace pasar por el todo, oprimiendo a las minorías. Este es un osado llamado a la reforma del Estado ruso: el Estado no tiene que inmiscuirse en la esfera cultural-nacional, que es dominio exclusivo de cada nación en particular, sino que solamente debe encargarse de las cuestiones administrativas y burocráticas.

Este planteo de Leon Pinsker es muy similar a las propuestas que vimos de Vladimir Medem y Simon Dubnow: autonomía nacional en el contexto de un Estado plurinacional. Lo notable es que se adelanta unos cuarenta años a los dos. Así, la idea de separar entre el “Estado” y las “naciones” que están incluidas en el mismo, rompiendo con la idea de Estado-nación, se nos presenta como una idea que evidentemente era más común de lo que uno imaginaría en la Rusia del siglo XIX. Recordemos que, tal como vimos en el artículo sobre Medem, los marxistas austríacos Karl Renner y Otto Bauer habían propuesto ideas muy similares, distinguiendo claramente entre el Estado como aparato burocrático-administrativo y las culturas nacionales que lo conforman.

Dimitry Shumsky muestra que Pinsker escribió en tres ocasiones sobre la Jevra LeIshuv Eretz Israel (la primera organización proto-sionista de relevancia, fundada por los seguidores de Rab Zvi Kalisher): de manera más que interesante, Pinsker se muestra a favor de las actividades de la organización, aunque critica la idea de reestablecer la independencia política judía en la Tierra de Israel. Dicho de otra manera, en esta etapa pre-sionista de su vida, Pinsker estaba a favor de la actividad nacional judía, pero no de los intentos de ganar soberanía política.

El cuadro según esta mirada, entonces, no es el de un asimilacionista que, decepcionado por el antisemitismo, se transforma en sionista (esta sería la mirada tradicional sobre Pinsker); sino el de un nacionalista judío que cree posible la integración al Estado ruso mediante la educación y la acción política pero que, sorprendido por el persistente antisemitismo, llama a los judíos a crear un Hogar Nacional.