Nathan Birnbaum (parte 10)

El hebreo y el Yiddish: la evolución de Birnbaum

Un eje muy rico para analizar en el pensamiento de Birnbaum es el idioma: en su etapa sionista era decididamente hebraísta, luego se hizo un férreo yiddishista y finalmente en su etapa ortodoxa cambió nuevamente su concepción filosófica del idioma.

En su juventud, Nathan Birnbaum fue uno de los que dio forma a la postura usual de los sionistas con respecto al yiddish:

Esta mezcolanza no es digna de ser el idioma de una nación culta, mucho menos el idioma de un pueblo que quiere sacarse de encima dos mil años de exilio y lograr su autonomía nacional.

En esta primera etapa sionista, Birnbaum era muy crítico de aquellos que defendían al yiddish: para él, era una jerga de judíos exiliados, imposible de elevarse para ser el idioma nacional de un pueblo en libertad. Decía que aquellos judíos nacionalistas que querían reemplazar al hebreo por el yiddish como idioma nacional del pueblo judío eran tan poco nacionalistas como aquellos judíos que querían hacer “la gran América” y crear una “Nueva Jerusalén” en Estados Unidos. El yiddish, entonces, no era más que un reflejo del exilio, un idioma diaspórico por esencia, al que había que abandonar en pos del hebreo.

Paradójicamente, al poco tiempo, Birnbaum pasaría a abrazar al yiddish como el idioma de las masas judías, utilizando aquellos mismos argumentos que tanto había criticado: el yiddish es un idioma nacional del pueblo judío, tanto o más que el hebreo, porque es el lenguaje que utiliza la gente en la calle. Incluso Birnbaum llegaría a defender al yiddish como un producto genuinamente judío y un ejemplo concreto de la lucha contra la asimilación, escribiendo por ejemplo que:

(El yiddish) es un resultado de la difícil batalla por el individualismo, la resistencia férrea y vital del alma nacional judía frente a su germanización.

Pueden ver muy claramente algo que hemos mencionado antes: el rescate de la cultura yiddish como una forma de resistencia contra la cultura alemana, decididamente asimilacionista. Fíjense que en esta etapa el yididsh se transforma en un símbolo del alma nacional judía, lo que evidencia un contraste notable con respecto a las posturas de Birnbaum con respecto al idioma durante su etapa sionista.

En esta etapa yiddishista, Birnbaum ya no considera que el yiddish sea, por esencia, diaspórico. Esta diferencia en su apreciación del idioma yiddish como aglutinador de la identidad judía muestra un cambio en sus concepciones generales con respecto al exilio: ahora el exilio está dentro del judío mismo. El hecho de que el pueblo (y, por lo tanto, su cultura, incluyendo su lenguaje) esté o no en exilio ya no depende de factores territoriales sino, fundamentalmente, de su propia situación interna. Dicho de otra manera, el yiddish puede ser o no una manifestación del Galut, dependiendo de la situación espiritual-cultural del alma judía: si el judío, en su interior, está en Galut (básicamente, porque toma patrones culturales de la cultura no judía), entonces el yiddish es galútico; si el judío, internamente, no está en Galut, entonces el yiddish no es galútico sino que, por el contrario, es un arma más en la lucha por la liberación nacional.

En su etapa ortodoxa, Birnbaum nuevamente cambió sus concepciones con respecto al idioma:

Ahora, como consecuencia de mi retorno a la Torá y a los judíos que no pueden vivir sin ella, veo con preocupación cómo los partidos extremistas pretenden monopolizar el yiddish para sus propios propósitos.

Birnbaum notaba, muy preocupado, que los yiddishistas querían usar al yiddish como un puente para la revolución, o para sus propios intereses partidarios, destruyendo así todo lo que tenía de judío el yiddish y transformándolo en un mero idioma, como cualquier otro idioma europeo, despojado de toda creatividad auténtica. Decía también que hacer del idioma el parámetro principal para definir la pertenencia nacional de una persona era un error capital: de esta manera, el lenguaje se transforma en un mero juguete en manos de un grupito de intelectuales.

Creo que una frase muy reveladora es esta:

Queremos que este idioma (el hebreo) siga siendo el Idioma Sagrado (Lashon HaKodesh), sin impureza ni deshonra. Queremos y amamos al yiddish, porque es el idioma de nuestros antepasados, el idioma que los judíos de Europa del Este han hablado por cientos de años.

Fíjense que en esta cita Birnbaum defiende al yiddish, pero también remarca que el hebreo es Lashon HaKodesh, el idioma en el que hemos recibido la Torá. Una cuestión esencial es captar que Birnbaum, en esta última etapa ortodoxa, transforma al idioma en un mero subrogado de la Torá y el servicio íntegro a D-s, enfatizando que el amor a D-s y a la Torá están por encima del amor a cualquier idioma. Hay una argumentación en favor de la pureza del alma judía, que se eleva por encima de las diferencias partidarias y lingüísticas, en busca de conectarse con D-s, la Torá y las Mitzvot. Estamos frente a un análisis que intenta basarse en la metafísica, y no en argumentaciones meramente culturales, políticas, económicas o sociales.

¿Por qué nadie se acuerda de Nathan Birnbaum?

Cuando me encontré por primera vez con Nathan Birnbaum, quedé sorprendido. A medida que leía más y más sobre él, me preguntaba: ¿cómo puede ser que una persona tan influyente en su época haya sido prácticamente olvidada? Enumeremos: fue uno de los primeros sionistas, al punto tal de acuñar la palabra “sionismo”; fue uno de los fundadores del yiddishismo como movimiento organizado y dio forma al Primero Congreso de Yiddish en Czernowitz; fue uno de los fundadores de Agudat Israel y escribió ininterrumpidamente por casi treinta años, intentando formalizar sus bases ideológicas; presentó conferencias en el Lehrhaus, la academia de estudios judíos para adultos más importante de Alemania y una de las más influyentes de su época, captando la atención de gigantes como Rosenzweig, Buber y Kafka. Y sin embargo…¡Nathan Birnbaum es un completo desconocido para la amplia mayoría de los judíos del mundo! ¿Cómo se explica el olvido de una figura tan importante y, a la vez, fascinante?

Hay varias explicaciones. Una es su retorno a la religión tradicional: hacer Teshuvá a los cincuenta años, cuando la tendencia era contraria (asimilarse, secularizarse, politizarse), le costó credibilidad. Para muchos de sus contemporáneos, esta decisión era inexplicable: sencillamente, no entendían por qué había hecho un giro tan drástico hacia lo que, ellos percibían, era un dinosaurio pronto a desaparecer bajo los escombros de la historia. Dicho de manera más clara: los que habían seguido a Birnbaum simplemente dejaron de leerlo y le perdieron el rastro porque ya no compartían los mismos intereses. De esta manera, Birnbaum habría tomado bando por el “lado oscuro de la fuerza”, condenándose a la irrelevancia. Una segunda explicación se enfoca en sus continuos cambios: la inestabilidad de su carrera le hizo perder potencia e influencia. Cada vez que Birnbaum lograba formar un nuevo movimiento, terminaba yéndose del mismo porque cambiaba sus ideas. Esto puede ser visto como una muestra de inestabilidad, falta de perspectiva y paciencia, ambición desmedida y un ego exaltado o como una muestra de honestidad intelectual en una búsqueda constante y sincera por la verdad. Así, la inestabilidad puede ser negativa o positiva, dependiendo del cristal con el que se mire. Una tercera explicación alude a un cambio en la concepción de Birnbaum: según esta visión, Nathan Birnbaum viró de un activismo político público y masivo, dirigido hacia las mayorías, hacia un trabajo subterráneo y gradual, enfocado en las élites y grupos pequeños. Dicho de otra manera, la marginalización de la figura de Birnbaum es un resultado directo de los propios cambios de su pensamiento, y no una tendencia negativa.

Un hombre, múltiples ideologías

Sionista, nacionalista, yiddishista, autonomista, jaredí, ortodoxo; realista, idealista romántica… ¿Cuál de todas estas caracterizaciones hace justicia a Birnbaum? La respuesta corta es: ninguna. Paradójico y amplio como pocos, Nathan Birnbaum es una figura en la que pueden inspirarse muchos y contradictorios movimientos de la vida judía actual. Quizás podemos pensar que una constante en la vida de Birnbaum fue la búsqueda de una cultura judía auténtica. En un contexto en el cual muchos judíos buscan reconectarse con sus raíces (tanto en contextos religiosos como seculares), creo que Birnbaum es una persona a la que vale la pena revisitar.

Una última anécdota antes de terminar. En 1924, Nathan Birnbaum cumplió sesenta años. En homenaje a su cumpleaños, se publicaron dos libros: un libro en yiddish, escrito por algunas de las figuras más destacadas de Agudat Israel y la ultraortodoxia europea; y otro libro en alemán, con ensayos y poemas escritos por muchos de los intelectuales más importantes de la judería europea, como Simon Dubnow, Martin Buber, Franz Rosenzweig y Shmuel Yosef Agnon. ¿Conocen muchas personas que hayan sido homenajeadas (por motivos válidos) por personas tan distintas y de forma tan diferente? ¿Hace falta que les diga más?

Anuncios

Nathan Birnbaum (parte 9)

Los Olim, la vanguardia jaredí

En los últimos artículos sobre Birnbaum, mencionamos que había fundado un grupo, los Olim. ¿Quiénes eran, qué hacían y cuál era su ideología? Era un movimiento de personas jaredim dedicadas a un camino espiritual y a la santidad, cuyo objetivo era la elevación espiritual del pueblo judío, la diseminación de la ortodoxia y, a largo plazo, el renacimiento religioso-espiritual del pueblo judío. En sus palabras:

Debemos trabajar en conjunto para: sentir la presencia de D-s, por amor a Él; amar a nuestro prójimo; buscar la modestia, como manifestación de la Gloria de D-s.

Birnbaum enfatizaba especialmente la importancia del estudio profundo y sistemático de la Torá, haciendo hincapié en la necesidad de un examen riguroso de los conocimientos y la piedad de los Olim. También remarcaba la importancia de la historia judía, siempre de acuerdo a las fuentes tradicionales, como una muestra de la devoción religiosa del pueblo judío a lo largo de distintas épocas y en distintos contextos. Un dato interesante es que Birnbaum resaltaba que los Olim debían tener una conducta intachable, casi ascética, vistiéndose y hablando de manera decorosa, revisando su conducta para mejorar como personas y alejándose de los deportes y las apuestas (aparentemente, Birnbaum consideraba que el deporte físico, especialmente el competitivo, era algo ajeno al acervo cultural judío, porque promovía el culto al cuerpo, el individualismo y la competencia entre pares): en pocas palabras, los Olim debían ser vistos como ejemplos a seguir de moralidad, ética y amor a D-s. Otro detalle interesante es que Birnbaum llamaba a purificar la estética de los templos: había que recrear su arquitectura, poesía y música para liberarlos de la influencia extranjera. La importancia que le da al arte como forma de transmisión es una constante en su obra: rezar no es solo decir palabras sino que es toda una experiencia estética, que necesita de un ambiente propicio, una música acorde, una arquitectura y decoración coherente, etc.

En un primer momento, Birnbaum consideraba a los Olim como un grupo dentro de Agudat Israel: mientras que los primeros eran la fuerza moral y espiritual del movimiento, los segundos eran la pata organizativa y política. Con el paso del tiempo, pasó a considerar a los Olim cada vez más como una organización independiente, con una agenda propia. Paralelamente, el tema del Mashiaj (Mesías) empezó a ocupar un rol cada vez más prominente en su pensamiento: el camino de la santidad de los Olim se convirtió en un medio para pavimentar el camino para llegada del Mashiaj, haciendo que los judíos actúen como un grupo coordinado en vez de simples individuos aislados. Además, Birnbaum enfatizaba los aspectos negativos de la vida urbana y llamaba a los judíos a establecerse en Eretz Israel (la Tierra de Israel), en colonias y comunidades agrícolas, para llevar a la práctica un modo de vida más natural y sencillo, en concordancia con la Torá. La idea era reconectarse con la Tierra de Israel, recrear la vida judía bajo un sistema económico más justo y construir una comunidad ortodoxa productiva, no dependiente del dinero ni de la filantropía de los no ortodoxos. Pero, ¿todo esto no les suena llamativamente similar al sionismo religioso? Si es así, ¿por qué Birnbaum rechazaba tan virulentamente al sionismo en todas sus variantes?

Birnbaum y Breuer: antisionismo, la Tierra de Israel y el trabajo rural

Yo creo una buena comparación que nos va a servir para entender mejor a Nathan Birnbaum es ver las diferencias y coincidencias entre él y Rab Isaac Breuer.

Los dos remarcaron la importancia de volver a la Tierra de Israel, para trabajar su tierra y fortalecer al pueblo judío, a la vez que pugnaban por una ortodoxia pujante, productiva y separada tajantemente de los seculares y sionistas de todo tipo. Los dos se declaraban antisionistas, aunque bien podríamos decir que eran sionistas en un sentido amplio: los dos creían que el pueblo judío debía asentarse en la Tierra de Israel y generar una revolución en el seno de sí mismo, para así promover la llegada del Mashiaj. Los dos consideraban que la vanguardia del pueblo judío debían ser los jaredim, más específicamente Agudat Israel, que, mediante una conducta ejemplar basada en la Torá, influenciaría al resto del pueblo judío para retornar a un modo de vida basado en la Torá y las Mitzvot. Los dos veían al sionismo como herético o equivocado, por ser un movimiento esencialmente secular, pero también -y paradójicamente- como un primer paso hacia la Redención Mesiánica: solo había que rectificar sus errores, purificarlo y superarlo mediante una especie de dialéctica histórica, por la cual los jaredim terminarían por dar vuelta las premisas del sionismo, retomando su agenda nacional pero con la Torá como base.

Y acá quiero detenerme y hacer la misma acotación que hice con respecto a Breuer en su momento: lo cierto es que, más allá de sus propias palabras y sus críticas al sionismo, no son demasiado diferentes del sionista religioso promedio ni del rabino más grande del sionismo religioso, Rab Kook. Dicho de otra manera, considerando una definición más o menos amplia del sionismo, deberíamos decir que Birnbaum, al presentar su programa para los Olim y especialmente al alejarse progresivamente de Agudat Israel, abrió la puerta para pensar que hay una cuarta etapa en su vida: el sionismo religioso (aunque, repito, él nunca se haya definido a sí mismo bajo ese rótulo). De ser así, Birnbaum habría sido sionista secular, yiddishista, jaredí y sionista religioso…pasando así por prácticamente todas las ideologías dentro del pueblo judío en el siglo XX. ¡Impresionante!

Birnbaum no está solo: los judíos alemanes que redescubrieron la religiosidad “auténtica” de los judíos de Europa del Este

Me parece que podemos captar mejor a Birnbaum intentando ver las cosas desde otra óptica: pensemos a Birnbaum como parte de un grupo más abarcativo. Lo digo porque es relativamente común ver a Birnbaum como una especie de aberración, un judío vienés secular que rechazó a su entorno y se hizo religioso, un héroe contra la adversidad que lucha contra la corriente. Si bien no quiero disminuir para nada los sufrimientos y la fuerza de voluntad de Birnbaum, creo que es interesante hacer notar que no está solo: hubo todo un movimiento (no necesariamente organizado) de judíos austríacos y alemanes que se sintieron atraídos por la religiosidad de los judíos ucranianos, polacos, lituanos y rusos. Muchos de estos jóvenes judíos austríacos y alemanes (algunos seculares y otros ortodoxos criados bajo el molde de Torá Im Derej Eretz), que veían a la cultura judía alemana (y, por extensión, austríaca) como algo cosificado, intelectualista y falto de vida, riguroso y poco inspirador, se embarcaron en un camino de autodescubrimiento y encontraron en la religiosidad de sus contrapartes jasídicas y mitnagdim un camino de vida que los inspiraba y daba fuerzas. Muchos de estos jóvenes consideraban que la religiosidad de los judíos rusos, lituanos, polacos y ucranianos (vista como supersticiosa y atrasada por muchos alemanes) era, en realidad, más auténtica y honesta. Esta atracción por la cultura judía de Europa de Este cobró distintas formas: Martin Buber, Jiří Langer o Gershom Scholem son ejemplos de judíos nacidos en familias seculares, que encontraron en los textos jasídicos y la Cabalá un espacio para el desarrollo de una religiosidad propia, ajena a los marcos de la ortodoxia; Ahron Marcus e incluso Rab Isaac Breuer y, de manera más extrema y paradójica, Rab Shimon Schwab son ejemplos de judíos ortodoxos alemanes, que encontraron inspiración en el jasidismo, las yeshivot de Lituania y la Cabalá, resignificando así buena parte de lo que era la filosofía de Torá Im Derej Eretz. No quiero entrar en polémicas innecesarias: simplemente quiero remarcar que aquello que había saciado la búsqueda espiritual de los judíos alemanes era, de repente, visto por una parte de la juventud más brillante como una cultura burguesa y acomodaticia, inauténtica y tristemente decadente. A mí me parece que Birnbaum es parte de esta misma tendencia: judíos de cultura alemana, alineados de la misma, que buscan en el judaísmo una respuesta, y la encuentran en partes de la cultura judía que habían sido minimizadas, menospreciadas o ridiculizadas por la judería alemana como supersticiones, estupideces o irrelevancias.

Llamativamente, Nathan Birnbaum hizo sus últimas apariciones públicas de importancia en Lehrhaus (la “academia” fundada por Franz Rosenzweig y Martin Buber, entre otros, que se proponía como un espacio de estudio judío abierto y desafiante): allí habló de la importancia de un renacimiento espiritual del pueblo judío en la Tierra de Israel, basado en las fuentes religiosas (o sea, la Torá). Una anécdota para que dimensionen la fuerza de su discurso: Franz Kakfa (sí, el escritor) iba al Lehrhaus a escuchar distintas clases y conferencias, pero muy pocas veces prestaba atención a lo que se decía: se distraía mirando las caras y gestos de los asistentes. Hubo solamente dos personas que lo hipnotizaron con sus palabras: Franz Rosenzweig (de quien cuenta que no entendió demasiado de lo que dijo y que terminó por aburrirlo) y Nathan Birnbaum (a quien escuchó con asombro y sorpresa, profundamente conmovido).

Terminamos por hoy. La semana que viene veremos el final de esta serie sobre Nathan Birnbaum y, D-s mediante, avanzaremos con otros personajes de la historia del sionismo y el pueblo judío. ¡Nos vemos!

Nathan Birnbaum (parte 8)

La crítica al sionismo religioso

Vimos que Nathan Birnbaum se había transformado en un jaredí tan convencional que Agudat Israel lo tomaba como símbolo del Baal Teshuvá, del judío asimilado/reformista/secular que vuelve a la tradición milenaria del pueblo judío y se reencuentra con D-s y la Torá. En esta línea, la postura de Birnbaum con respecto al sionismo religioso no era demasiado distinta de la que muchos jaredim siguen tomando hasta la actualidad:

Los sionistas religiosos son buenos judíos, pero la realidad es que son dirigidos por el movimiento sionista: son una facción pequeña de esta organización sionista, la cual se opone a la ortodoxia, así que no puede ser considerados ortodoxos en serio. No digo que no tengan derecho a llamarse ortodoxos sino que la organización sionista, eventualmente, engullirá a Mizraji.

Mizraji (siglas de “Mercaz Rujani”, “Centro espiritual”), recordemos, es la principal organización del sionismo religioso. La crítica de Birnbaum es clara: los sionistas religiosos son “buenos judíos” (o sea, cumplen con la Torá y quieren servir a D-s de la mejor manera posible) pero, al formar parte del movimiento sionista, cometen un error táctico. ¿Cuál es este error? Cuando el sionismo religioso decide convivir en un mismo marco con el sionismo secular, está dando legitimidad a este sionismo secular: está diciendo que es válido negociar con ellos, que es correcto sentarse en una misma mesa, que su camino es aceptable. Por otro lado, hay un problema de asimilación: como los sionistas seculares son mayoría, la consecuencia de la colaboración entre seculares y religiosos será la supresión de la agenda religiosa en pos de la secular. Dicho de otra manera, para Birnbaum la colaboración es un error táctico, que provocará la disolución de Mizraji (o sea, del sionismo religioso) dentro de un movimiento más vasto, el sionismo, que, en sí mismo, nada tiene que ver con la Torá. En 1921, por ejemplo, Birnbaum visitó Londres y dio una charla sobre los peligros de dejar el liderazgo del pueblo judío a los seculares: según él, esto era un síntoma que podía tener consecuencias irreparables en la vida judía

Este enfoque de Birnbaum no es demasiado diferente de lo que se escucha constantemente de parte de distintos referentes de la ultraortodoxia actual: no hay que negociar con los seculares ni hay que dar lugar al diálogo con el reformismo ni el conservadurismo, para dejar en claro que esos movimientos son desviaciones del camino de la Torá y las Mitzvot. El otro argumento de Birnbaum es menos principista y más pragmático: los ortodoxos somos una minoría dentro del pueblo judío así que compartir espacios con no ortodoxos nos llevará a imitar su comportamiento y diluir nuestra identidad. Finalmente, tenemos un argumento político: negociar con los seculares provocará, por el hecho mismo de que ellos son mayoría, que se imponga la agenda secular, haciendo que los asuntos relevantes para los religiosos sean dejados de lado.

¿Cuál es el problema con esta postura? Yo creo que la respuesta más evidente al planteo de Birnbaum es: pasaron 100 años y el movimiento sionista religioso sigue vivo. Es más, tiene una posición de mayor fortaleza que la que tenía hace 100 años atrás: basta observar la sociedad israelí, leer sus periódicos y ver a los intelectuales y políticos más importantes del país. Israel no es Estado religioso ni regido por la Halajá y tiene una mayoría de ciudadanos que no se identifican como “religiosos”; pero hay una tendencia interesante hacia el sionismo religioso, al punto tal que varios académicos aseguran que hoy por hoy la principal vanguardia en Israel es sionista religiosa. De ser así, estaríamos frente a una situación que refutaría la hipótesis de Birnbaum. Por supuesto, bien puede ocurrir que todo esto no sea más que un gran globo de colores, que explote en el aire y que demuestre que Birnbaum tenía razón. Lo cierto es que, hoy por hoy, un sionista religioso en Israel siente orgullo de salir a la calle con kipá y muchos han llegado a ser altos mandos en el ejército, trabajar como dueños o gerentes de empresas de high-tech, ser académicos reconocidos y políticos importantes.

La crítica a la ultraortodoxia

Después de la Primera Guerra Mundial, en 1919, los líderes de Agudat Israel se reunieron en Zurich: ahí estuvo presente Birnbaum. Sin embargo, a principios de la década de 1920, empezó a alejarse de Agudat Israel: consideraba que las prioridades debían cambiar. Para Birnbaum, había que transformar a Agudat Israel en el puntapié inicial de un movimiento de cambio social, que trabaje para que los judíos se reencuentren con la ortodoxia, la Torá y las Mitzvot. Dicho de otra manera, Birnbaum empezó a decir que los ortodoxos debían empezar a hacer kiruv: acercar a los judíos seculares, trabajar en la educación para generar un movimiento masivo de Baalei Teshuvá. Esto, para la época, era revolucionario: piensen que el kiruv recién empezó a tener verdadera fuerza en los últimos 20 o 30 años. Además, Birnbaum estaba decepcionado con Agudat Israel porque consideraba que se focalizaba demasiado en asuntos minúsculos y burocráticos, dejando de lado temas fundamentales como la justicia social. Finalmente, Birnbaum acusaba a los ultraortodoxos, al igual que a los sionistas religiosos, de cooperar con los seculares. Algunos consideran todas estas críticas no eran más que una fachada y que nuevamente Birnbaum se dejó llevar por su ego y su inestabilidad emocional: por su personalidad, no estaba dispuesto a ser un mero seguidor y quería ser un líder. Lo cierto es que, dejando las cuestiones psicológicas de lado, las críticas de Birnbaum me parecen bastante razonables.

¿Cómo siguió la carrera política de Birnbaum? Con los Olim. ¿Se acuerdan que habíamos dicho que había escrito, junto con Tuvia Horowitz, un panfleto llamado Divrei HaOlim? Bueno, a partir de este panfleto, se había formado un pequeño grupo de seguidores de esta filosofía, judíos jaredim comprometidos con las ideas de Birnbaum. Tenía seguidores en Varsovia, Munich y Paris, entre otras ciudades de Europa.

Más adelante, veremos más sobre este grupo.

 Más allá de Agudat Israel

Birnbaum se distanció de Agudat Israel: consideraba, como hemos visto más arriba, que era un partido demasiado centrado en asuntos triviales. También vimos que Agudat Israel había hecho uso (y abuso) de Nathan Birnbaum, presentándolo como un Baal Teshuvá ejemplar. Algunos conocidos de Birnbaum decían que esto lo rebajaba a un mero reflejo de lo que verdaderamente era: los jaredim solo veían la parte exterior de Birnbaum (por ejemplo: que rezaba y se ponía tefilin; o sea, que era un judío que cumplía al pie de la letra con la Halajá) pero no la profundidad interior de su alma ni su búsqueda de autenticidad emocional y honestidad intelectual. Además, Birnbaum criticaba la falta de una mirada general y amplia en Agudat Israel, que tenga en cuenta la pobreza material y espiritual de las masas judías, y argumentaba a favor de un activismo positivo en pos de la llegada del Mesías. Según esta lectura, Birnbaum necesitó alejarse de Agudat Israel para liberarse de la opresión de un ambiente saturado de conformismo, superficialidad y estrechez de miras.

Para generar un cambio, Birnbaum estableció los Olim, un grupo vanguardista de judíos ortodoxos. En el próximo artículo veremos más en detalle su programa pero una de las cosas que más llaman la atención es que retomó una idea que había dejado atrás: volver a la Tierra de Israel. Para Birnbaum, la vida de los judíos europeos generaba una situación de pobreza y opresión estructural, así que había que volver a la Tierra de Israel y trabajar la tierra allí para regenerar el tejido social del pueblo judío. Así, Birnbaum cierra el círculo: sionista en su juventud devenido en yiddishista y luego ortodoxo, volvió a una visión sionista, aunque esta vez bebiendo de fuentes religiosas. El retorno a la Tierra de Israel, que había rechazado por ser poco práctico primero y herético luego, se transformó nuevamente en un pilar de su visión: era una solución concreta a la pésima situación socio-económica de los judíos europeos y al antisemitismo. Llamativamente, los miedos de Tuvia Horowitz, que había intentando tantear a Birnbaum en los comienzos de su proceso de Teshuvá para ver si no estaba intentando formar un nuevo movimiento político nacionalista judío pero esta vez surgido de las masas religiosas, se volvieron realidad. Sin embargo, Birnbaum siguió siendo intransigente en un punto: se negó tajantemente a colaborar con los judíos seculares. Esto, obviamente, provocó que su movimiento quede marginado y tenga poca fuerza política. Otro punto interesante es que Birnbaum era muy consciente de los desafíos de la vida en la Tierra de Israel, como el poco desarrollo económico y la oposición de los árabes a la inmigración judía, por lo que tampoco trazó un programa coherente de inmigración masiva.

En la próxima parte de esta serie, vamos a entrar más en detalle en los Olim y compararemos a Birnbaum con otros pensadores que hemos visto en este blog. No quiero asegurar nada, pero no creo que falten más de dos o tres artículos sobre Birnbaum así que en breve veremos otros pensadores. Nos vemos la próxima.

Nathan Birnbaum (parte 7)

Retorno a la religion tradicional: el camino hacia la santidad

Cuando Nathan Birnbaum se hizo jaredí, muchos quedaron sorprendidos: no podían creer este cambio en su forma de vida y pedían una explicación. Birnbaum escribió varios panfletos, artículos y ensayos en donde desarrolló sus nuevas posturas. El más importante, escrito en conjunto con su amigo Tuvia Horowitz, fue Divrei HaOlim, un panfleto en el que detalló un ambicioso proyecto religioso-político (más adelante, veremos más en profundidad el tema).

Birnbaum decía que el cambio había empezado a operar cuando entró en contacto con los judíos polacos (hacia 1907) pero que le había llevado un tiempo de decantación: se había dado cuenta que había que fundar el análisis del pueblo judío en la metafísica, y no en un crudo materialismo. De hecho, una de las bases de su nuevo enfoque con respecto al judaísmo, el pueblo judío, la nacionalidad y la religión fue una presentación dicotómica del materialismo (“Materialismus”) y el espíritu (“Geist”) como dos polos opuestos: el primero representa una visión antropocéntrica de la identidad judía, en la cual el ser humano está en el centro del análisis; el segundo, una visión teocéntrica, con D-s como eje y fundamento del pueblo judío y su destino como pueblo elegido. Birnbaum argumentaba que los judíos tenemos una idea cultural absoluta, que refleja de manera perfectamente objetiva a D-s, y esta cultura es nuestra religión, que se ha mantenido intacta durante varios miles de años. Esta herencia religioso-cultural es el legado judío, y su misión específica. En esta misma línea, Birnbaum decía que:

(La forma) es darle corporalidad mística a la idea misma; de hecho, completa la imagen. Acerca al hombre la verdad interior y hace aprehensible una idea inalcanzable.

Es decir, Birnbaum destacaba la importancia de la estética y la apariencia exterior como un símbolo del interior: la supervivencia del pueblo judío, sagrado, santo y puro, solo puede lograrse mediante la transmisión de su profundidad espiritual, concretizada en símbolos (el Talit, los tefilin, el Sefer Torá, etc).

La esencia del pueblo judío radica, según Birnbaum, es que aspira a la santidad: Israel es עם קדוש (“Am Kadosh”), un pueblo santo, un pueblo sagrado, conectado con D-s por intermedio de la Torá. Birnbaum pensaba que había que revivir esta santidad o sacralidad primigenia en el seno del pueblo judío. ¿Cómo? Veamos sus palabras:

Creo que este ideal solamente será una fuerza viva si encontramos individuos capaces que acepten los sacrificios y estén dispuestos a llevarlo a la práctica con todas sus fuerzas. Deben hacerlo sin cesar, sin miedo, con toda la fuerza que sea posible. Es más, tiene que surgir un pequeño grupo de pioneros que se santifiquen a sí mismos y que sirvan como ejemplo y modelo para todo el pueblo de Israel.

Una crítica a Birnbaum: los usos políticos del “Baal Tshuve”

En 1921, una comitiva de Agudat Israel viajó a Estados Unidos para recaudar fondos y dar a conocer su ideario en el Nuevo Mundo. Birnbaum formó parte de esta comitiva. Comento brevemente para quienes no lo saben que Agudat Israel es la organización política jaredí (ultraortodoxa) más importante en el mundo. Fue creada en 1912, en Katovice, en la actual Polonia (en ese momento era parte del Imperio Alemán). Su objetivo es velar por los intereses de los jaredim y se opone al sionismo en todas sus variantes, ya sean seculares o religiosas. Nathan Birnbaum fue el primer secretario de Agudat Israel y estuvo muy involucrado en su formación tanto a nivel organizativo como ideológico.

Cuando la comitiva de Agudat Israel llegó a Estados Unidos, fue recibida con escepticismo: para muchos judíos estadounidenses, incluidos los ortodoxos, los miembros de Agudat Israel, vestidos con ropajes anticuados y con barbas largas, eran anacrónicos. Parecían reliquias del pasado, de un mundo viejo y decadente: piezas de museo de la judería europea, que habían quedado estancados en el shtetl y en la Edad Media. Para los judíos estadounidenses, completamente integrados en la sociedad norteamericana, era incomprensible el enfoque traían los representantes de Agudat Israel: ¿qué pretendían estos religiosos anticuados? Para el judío estadounidense promedio de la época, los rabinos de Agudat Israel eran una muestra de lo que habían dejado atrás: un mundo estrecho, cerrado y antiguo.

Agudat Israel, por su parte, presentaba a Nathan Birnbaum como un ejemplo: era el “Baal Tshuve”, el hombre que dio forma al sionismo y al yiddishismo y que terminó por volver a la tradición religiosa; el símbolo de que retornar a la tradición era posible y necesario; la prueba viviente de que la Torá es la verdad absoluta y que es incomparable con cualquier otra cosa en este mundo. El argumento, implícito o explícito, era claro: si Birnbaum, que era el arquetipo del judío secular, encontró su camino en la ultraortodoxia, ¿por qué ustedes no siguen su camino? Si Nathan Birnbaum, este hombre renombrado y conocido por todos por su genio, este hombre culto y educado, vio la luz al final del túnel y se hizo jaredí, es porque algo tenemos, ¿no? En definitiva, además del rol organizativo de Birnbaum, Agudat Israel hizo uso de su figura pública para hacer propaganda.

Algunos artículos periodísticos de la época ayudan a entender las reacciones de los judíos estadounidenses de la época: mientras que algunos presentan a Birnbaum como un intelectual descarriado, otros lo consideran una muestra de una forma de religiosidad desconocida para la judería estadounidense. En un artículo especialmente interesante, Avrom Koralnik, un escritor y periodista que escribía en yiddish y que tenía una ideología socialista y humanista, critica a Birnbaum pero, simultáneamente, lo toma en serio: argumenta que representa un tipo de judaísmo negativo. Para Koralnik, Birnbaum se había transformado en una especie de apóstol del judaísmo jaredí, un misionero que buscaba “salvar” las almas de los pobres judíos heréticos, mostrándoles el camino correcto de la Torá: en pocas palabras, era un moralista de bajo nivel. Birnbaum, bajo un ropaje de misticismo, religiosidad y poesía, escondía una visión reaccionaria, anacrónica, anticuada y antimodernista. Esta visión idealizaba el pasado, creando una narrativa histórica en la cual los judíos siempre habían sido buenos y religiosos. Koralnik escribió que Birnbaum, a pesar de sus protestas de lo contrario, no entendía a los judíos ni al pueblo judío: en su discurso, eran meras caricaturas. ¿Quién conoció a ese pueblo del que hablaba Birnbaum, que nunca había pecado, que siempre había sido kosher y que siempre había cumplido la voluntad de D-s? Esa era una construcción literaria: era un invento, una ficción que inventaba un pasado glorioso para justificar una visión estrecha y rezagada. Esta postura romántica e irracional fue duramente criticada por Koralnik: Birnbaum simplemente no entendía lo que buscaban ni lo que necesitaban los judíos estadounidenses y les traía una ideología rancia. Esto era especialmente triste porque Birnbaum, dada sus propia biografía, debería haberse dado cuenta de las fallas de la narrativa creada por Agudat Israel y de las necesidades espirituales y religiosas de los judíos estadounidenses. Lo más interesante es que Koralnik decía que toda esta gran narrativa del pueblo kosher y que cumple la voluntad de D-s hasta que llegan el Renacimiento, los Maskilim y la Modernidad (de hecho, Birnbaum explícitamente escribe que el Renacimiento fue una rebelión contra D-s y la emancipación, una calamidad para el pueblo judío), esta gran narrativa creada por Agudat Israel y reproducida por Birnbaum, es una muestra de la falta de autenticidad y honestidad intelectual del propio Birnbaum: lo acusa de crear un pasado imaginario y ficcional para justificar sus ideas y, por lo tanto, de no ser honesto intelectualmente. Estas críticas tienen ecos muy actuales: el ejemplo más concreto que se me viene a la mente son las biografías de la editorial Artscroll, una de las editoriales judías más ortodoxas más importantes del mundo: muchos acusan a Artscroll de editar libros, principalmente biografías de rabinos famosos, en las que nos presentan a personajes del pasado como individuos perfectos, que nunca pecaron ni que se equivocaron, dedicados íntegramente al estudio de la Torá y el cumplimiento de las Mitzvot, sumergidos en un ambiente puro. Mientras que algunos argumentan que esto es bueno porque inspira al lector a llegar a ese nivel, otros consideran que es un error y una ingenuidad que subestima al lector y que crea y reproduce el mito de que “todo tiempo pasado fue mejor”, haciéndole creer al lector que los líderes del pueblo judío nunca se equivocaron, dudaron ni cometieron errores.

En la próxima parte de esta serie de artículos sobre Birnbaum, profundizaremos en su filosofía religiosa y su programa político y místico-religioso. Luego, veremos sus críticas a la ultraortodoxia y la formación del grupo de los Olim. ¡Nos vemos!

Nathan Birnbaum (parte 5)

Pueblo y populismo

¿Qué es el “pueblo”? ¿Es algo definido y concreto o una gran masa líquida y amorfa? ¿Es un colectivo uniforme y disciplinado o una colección de individuos en tensión unos con otros? ¿Es un ente con voluntad propia o una suma de intereses enfrentados? ¿Existe en lo concreto o solo como construcción teórica-conceptual?

En un mundo en el que se habla del “populismo” como una gran amenaza a la democracia y como un gran cuco al que hay que tenerle miedo porque “vienen por todo”, en un mundo en el que el “populismo” pasó a ocupar un lugar preponderante en el discurso político, como aglutinador de todo lo que se sitúa por fuera del esquema convencional de la democracia liberal (desde Chávez hasta Trump, pasando por Putin, Kirchner, Le Pen, Stalin y Perón), es importante hablar de los orígenes del término. Es importante también porque nos va a dar una clave interpretativa para entender a Nathan Birnbaum.

En su origen, el término “populismo” fue acuñado a fines del siglo XIX en Rusia: Narodnichestvo (“populismo”) significaba una ideología que rechazaba que los socialistas sean líderes vanguardistas que guíen, eduquen y enseñen al pueblo desde una relación de superioridad, en una jerarquía en la cual una vanguardia de iluminados dirigía a las masas hacia la revolución. Por el contrario, el “populismo” proponía que debía ser el propio pueblo el principal sujeto político, y que había que aprender del pueblo mismo, de sus instintos, sus luchas y sus propuestas. El pueblo, según esta concepción, eran los campesinos (no los obreros industriales, como plantearían los marxistas).  El “populismo”, entonces, era un tipo de socialismo rural, nacionalista, campesino y antivanguardista. ¿Les suena a lo que estuvimos hablando anteriormente de Nathan Birnbaum? Él proponía un nacionalismo popular y socialista y una cultura popular campesina y rural, rechazaba las vanguardias y proponía dejar de ver a las masas como receptores pasivos para pasar a considerarlas el sujeto político por excelencia. Indudablemente, acá hay una influencia clara del pensamiento político ruso en la obra política de Birnbaum.

(Si quieren profundizar sobre la historia del término “populismo”, les recomiendo enfáticamente esta nota de Ezequiel Adamovsky en la revista Anfibia).

Por otro lado, también podemos pensar en el Volk (“pueblo”) y el movimiento völkisch (“populista”, “nacionalista”, “popular”). El movimiento völkisch es, de alguna manera, el “populismo alemán”. También se enfocaba en el campesinado, que está enraizado en la tierra, el contacto primigenio con la naturaleza y el folklore rural pero, a diferencia del populismo ruso, enfatizaba la importancia de los lazos de sangre y la raza. Era una concepción nacionalista mucho más exclusivista que, con el paso del tiempo, evolucionó y degeneró en un chovinismo radical y fue una de las patas del nazismo. También es posible que esta concepción, que circulaba en los círculos nacionalistas alemanes, haya sido recogida por Birnbaum. Si bien se cuidó muy bien del racismo (de hecho, lo rechazó categóricamente y sin concesiones), es indiscutible que, para él, la raza era un factor importante porque era ineludible y marcaba la identidad nacional. Dicho de otra manera, la concepción nacionalista de Birnbaum era relativamente similar a la del movimiento völkisch, salvo el componente chovinista y exclusivista.

Así, es interesante notar que, en el contexto del pensamiento político de Nathan Birnbaum, volvemos a retomar un tema del que hablamos en diversas ocasiones: la tensión entre nacionalismo y socialismo. Tensión que, en el caso de Birnbaum, paradójicamente aumenta en su etapa yiddishista: el yiddishismo de Birnbaum es una consecuencia directa de la evolución de su nacionalismo y de su socialismo, no de un quiebre directo con uno de estos dos polos de su pensamiento. Para Birnbaum el yiddish no crea al pueblo judío sino que es una función del mismo: lo organiza y lo une a través de símbolos y experiencias comunes, como un canal de comunicación popular. O sea, el pueblo judío existe y el idioma yiddish es una consecuencia directa de su existencia: es una forma de unión entre los judíos como tales. Para Birnbaum el Jüdische Volkspartei (“Partido del pueblo judío”) debía surgir como una consecuencia de esta percepción común de pertenecer a un mismo colectivo, del mismo ser nacional judío, y no de una doctrina política particular. La idea, como ya vimos antes, no era olvidarse del nacionalismo judío sino expandirlo, dando lugar a diversas corrientes, todas unidas bajo el paraguas del ser nacional judío, más allá de diferencias programáticas, ideológicas o doctrinarias.

Birnbaum y Simon Dubnow

Nathan Birnbaum estaba a favor de la autonomía político-cultural judía en el contexto de un Estado plurinacional (en este caso, el Imperio Austro-Húngaro). Simon Dubnowtambién. Birnbaum era yiddishista. Dubnow también. Birnbaum era un socialista no revolucionario. Dubnow también. Birnbaum proponía la constitución de un partido político nacionalista judío para ingresar al parlamento y luchar por los derechos civiles y nacionales del pueblo judío. Dubnow también. Birnbaum era un populista. Dubnow también.

Como pueden ver, eran muy parecidos. Encima, los dos eran –salvando la distancia entre el sionismo cultural y el autonomismo cultural–  cercanos a Ajad Haam. Quizás una diferencia de forma pueda establecerse atendiendo a que Birnbaum no recalca tanto la relación centro-preriferia: es mucho menos jerárquico, precisamente por su enfoque “popular”, basado en el pueblo como un sujeto con vida propia, independiente de lo que digan o hagan los intelectuales. Otra diferencia relevante parte de la biografía de cada uno: Dubnow era un judío bielorruso, que había nacido en un pueblo de campesinos judíos pobres y que había sido criado bajo los parámetros religiosos tradicionales, mientras que Birnbaum era un judío vienés, educado en las normas de la sociedad occidental, en un ambiente propenso a la asimilación. Dubnow era alguien que se había criado en la cultura yiddish, mientras que Birnbaum llegó de grande al yiddish: uno era un vienés recién llegado, mientras que el otro era un bielorruso que nunca se fue.

Birnbaum y el Bund

Hay puntos en común entre el Bund y Birnbaum. Quizás los más evidentes sean la defensa de la cultura yiddish, la lucha por la autonomía político-cultural y el impulso al foklore judío. Sin embargo, también hay notables diferencias: los bundistas se declaraban “neutrales” en cuanto a la asimilación, mientras que Birnbaum era un notable crítico de la asimilación; los bundistas eran antinacionalistas, mientras que Birnbaum argumentaba que su yiddishismo se basaba en el nacionalismo judío; los bundistas eran socialistas revolucionarios radicales, mientras que Birnbaum era un socialista gradualista.

Hay un punto de encuentro entre Birnbaum y el Bund que me parece interesante. Cuando hablamos del origen de la idea bundista de la autonomía político-cultural, explicamos que estaba basada en la “autonomía nacional personal”. Vimos también que, aparentemente, Vladimir Medem llegó de manera independiente (para la nación judía) a las mismas conclusiones que Otto Bauer y Kar Renner (para la nación austríaca). Birnbaum es explícito: según él, extrae su autonomismo de su par austríaco.

Lo que nos faltaba hasta ahora era un marco para nuestra actividad. Ahora, sin embargo, se nos presenta una oportunidad clara, con la idea de la así llamada “autonomía nacional” que ronda por las mentes austríacas.

La “autonomía nacional personal” es un desarrollo teórico que argumenta que la nacionalidad no se define por un territorio en común, la raza o los lazos de sangre, sino por la libre determinación de sus miembros: “soy judío porque me siento judío”. Según esta concepción, era posible una convivencia pacífica de diversas naciones en un mismo marco estatal, bajo una “autonomía nacional”: cada nación podía, dentro de lo que dictaba la ley estatal, determinar la mejor forma de organizar su vida nacional. No debía haber coerción: cada persona podía decidir, de acuerdo a su propio criterio, a qué nación pertenecer.

Por otro lado, el Bund boicoteó el Congreso, alegando que no era lo suficientemente clasista: al negar el carácter obrero del yiddish, el Congreso de Czernowitz dejaba de lado la principal característica del mismo, el ser el idioma del pueblo trabajador judío. En realidad, precisamente Birnbaum quería evitar ese tipo de declaraciones porque consideraba que había que superar las contradicciones ideológicas y de clase y unirse bajo el amparo de la cultura yiddish. Si para los bundistas el yiddish era el sello distintivo de una clase social determinada (la clase obrera), para Birnbaum era un eje que unía a los judíos de todas las clases sociales. Para unos, era la línea de demarcación entre el pueblo y los burgueses; para otro, el elemento aglutinador de la identidad judía, más allá de clases sociales. Para que quede claro: los bundistas argumentaban que Birnbaum era un “nacionalista burgués” y Birnbaum argumentaba que los bundistas eran “dogmáticos”.

Creo que con esto terminamos la etapa yiddishista de Nathan Birnbaum. En próximos artículos nos meteremos de lleno en una nueva etapa en su obra, la religiosa ultraortodoxa, y analizaremos cuáles fueron las motivaciones que lo llevaron a hacer un cambio tan brusco y decisivo en su vida.

Nathan Birnbaum (parte 4)

Judíos alemanes y del Este: Kulturjuden y Ostjuden

Habíamos dicho que Nathan Birnbaum era un judío vienés: nació y se crió en Austria. Cuando lo comparamos con Herzl, explicamos que esto era importante para entender sus posiciones ideológicas: en aquella época, los judíos alemanes (y, por extensión, los austríacos, que se veían a sí mismos como parte de la cultura alemana) consideraban a sus pares rusos, ucranianos y polacos como pobres campesinos supersticiosos culturalmente atrasados. Cuando Nathan Birnbaum entró en contacto directo con estos judíos rusos, ucranianos y polacos, se dio cuenta que, contrario a sus prejuicios, tenían una cultura viva y floreciente.

Esta oposición entre los Kulturjuden (los judíos alemanes, educados según las normas de la cultura moderna occidental y cristiana) y los Ostjuden (los judíos polacos, ucranianos o rusos, simples, rústicos, oprimidos, pobres y supersticiosos) era un lugar común de la época.

Contra el sentido común, que dictaba que el judaísmo alemán debía civilizar y educar a las masas de judíos polacos, ucranianos y rusos, con una actitud paternalista y condescendiente, Birnbaum empezó a argumentar que, en realidad, había que hacer el camino inverso: que los judíos alemanes tomen la vitalidad, la frescura y la autenticidad de la cultura de los Ostjuden. Para que dimensionen la importancia del gesto de Birnbaum al hacer este movimiento, piensen que es él mismo el que acuñó la palabra Ostjuden. Dicho de otra manera, dio un nombre a los oprimidos, a las masas, a la chusma: quiso empoderarlos y hacerlos sentir orgullosos de su propia cultura y su propio folklore. Birnbaum se veía a sí mismo como una especie de mediador entre los judíos alemanes y los judíos de habla yiddish (o sea, entre los Kulturjuden y los Ostjuden): quería hacer de puente entre estos dos mundos para enriquecerlos mutuamente.

Para los Ostjuden, el judío alemán era un extraño, que hablaba un idioma que no conocían, que se vestía de manera exótica y que traía una cultura desconocida y temida a partes iguales; para los Kulturjuden, el judío ruso, ucraniano o polaco era una reliquia del pasado que seguía viviendo en la Edad Media pero que, precisamente por eso mismo, mostraba una pureza, una ingenuidad y una frescura de la que carecían los judíos alemanes.

El “nacionalismo galútico”

Aunque algunos intentan argumentar que Nathan Birnbaum se hizo antinacionalista en su etapa yiddishista, lo cierto es que la verdad es precisamente lo contrario. Hablando de su proyecto de un Partido Judío escribe lo siguiente:

Sión tiene que seguir siendo el objetivo último del partido. También tenemos que luchar por lo que podamos obtener por el bien de nuestro pueblo antes de Sión, y unirnos con los oprimidos en contra del opresor común.

Fíjense que Birnbaum no rechaza, a priori, la idea sionista: simplemente remarca que hay cosas más urgentes, y que debemos unirnos para conseguir mejoras graduales. Birnbaum propuso un proyecto político muy claro: los judíos debían unirse más allá de sus diferencias y luchar por sus derechos políticos y civiles en Europa del Este (principalmente, los derechos nacionales asociados a la autonomía y la libre determinación de los pueblos), presionando a las autoridades centrales mediante la llegada de judíos al Parlamento. Para lograrlo, había que unirse con todos aquellos que sufran la opresión del poder central, como otros pueblos menospreciados (los ucranianos, por ejemplo).

Ahora bien, quizás la principal diferencia del enfoque de Birnbaum con el de un sionista mainstream sea que, para él, el Galut dejó de tener una connotación puramente negativa: si para Nordau (por poner un ejemplo) el Galut representaba todo lo malo que había en la vida judía de su época, para Birnbaum el Galut no era horripilante y tenía cosas positivas. Por otro lado, tampoco hay que deducir de esto que Birnbaum haya tenido una visión fundamentalmente positiva del Galut: a diferencia de Rosenzweig, que transformó al Galut en una categoría fundamental de su pensamiento y que consideraba que el Galut era la condición básica, esencial e inalterable del pueblo judío, Birnbaum lo consideraba un accidente histórico susceptible de ser alterado mediante la acción (política, educativa, cultural, social, económica) de los seres humanos.

En cuanto a su postura respecto al yiddish, Birnbaum también se alejaba del sionismo mainstream: consideraba que el yiddish era un idioma del pueblo judío y que no era esencialmente galútico. Para Birnbaum, el yiddish había quedado asociado, por una cuestión histórica, al Galut, pero esto podía modificarse. La mayoría de los sionistas, por el contrario, consideraban al yiddish como un idioma esencialmente galútico, porque se había formado en el Exilio, y, por lo tanto, como irredimible: el yiddish era un idioma de exiliados y había que dejarlo atrás para poder redimirnos.

Podemos comparar la postura de Birnbaum con la de Borojov, uno de los pocos sionistas yiddishistas. De esta manera, veremos que, en el fondo, Birnbaum no estaba tan alejado del sionismo y que, de hecho, la etapa yiddishista de su carrera puede ser pensada como una extensión de su sionismo: hay más continuidades que quiebres. Tanto Borojov como Birnbaum consideraban que el yiddish era el idioma de las masas del pueblo judío: esto no era una conclusión precipitada, sino simplemente algo que podía ver cualquier observador más o menos atento. Los judíos, en su amplia mayoría, hablaban yiddish. Por lo tanto, lo que hay que hacer es fomentar la cultura yiddish, porque es la cultura que surge orgánicamente de abajo hacia arriba, desde el pueblo mismo. En base a esto, Borojov criticaba fuertemente a los hebraístas, a los que acusaba de ser intelectuales encerrados en la torre de marfil, lejos del sentir popular: Borojov podía aceptar que en la Tierra de Israel se hable hebreo, luego de un proceso gradual de educación; pero le parecía utópico que los judíos rusos, americanos o polacos abandonen el yiddish. Birnbaum tenía una postura bastante similar: reconocía la importancia de la labor de los hebraístas y consideraba que eran un paso más hacia la Emancipación. El problema no era tanto el hebraísmo como las grandes proclamas carentes de fundamento popular.

El ”nacionalismo galútico” de Birnbaum, entonces, era un resultado de su búsqueda por ampliar los horizontes del nacionalismo judío: buscaba integrar a la mayor cantidad de judíos, desde Dubnow hasta Herzl, pasando por Ajad Haam, Yosef Trumpeldor y Aaron David Gordon. La idea era abrir el espectro de la identidad judía, permitiendo que distintas formas de nacionalismo judío convivan bajo un mismo marco, aceptándose todas como legítimas y como parte de un movimiento abarcativo por el cual sus labores, más que competir por anularse, se combinan y complementan.

“Gegenwartsarbeit”, sionismo y autonomismo

¿Gegenwartsarbeit? ¿Eso con qué se come?  Es la lucha del pueblo judío por obtener la autonomía cultural-nacional en Galut. Es también la búsqueda de un espacio cultural propio por parte del pueblo judío. Es, podríamos decirlo, la piedra angular de la concepción nacionalista de Nathan Birnbaum en la etapa yiddishista de su vida.

El problema es que el Gegenwartsarbeit era algo en lo que estaban de acuerdo muchísimos judíos de Europa del Este, de todas las ideologías (sionistas, autonomistas, antisionistas, yiddishistas, hebraístas, ortodoxos, seculares, etc): en la Rusia zarista y el Imperio Austro-Húngaro, esta idea de que los judíos debían luchar por lograr la autonomía cultural-nacional era aceptada por amplias capas del pueblo judío. La discusión no era tanto “Gegenwartsarbeit sí o Gegenwartsarbeit no” sino sobre las prioridades prácticas: el arco iba desde Yaakov Klatzkin hasta Vladimir Medem, pasando por Ajad Haam y Nathan Birnbaum.

Klatzkin, un sionista político que tradujo a Spinoza al hebreo, crítico feroz del sionismo espiritual o cultural de Ajad Haam, se oponía frontalmente al Galut: pensaba que la Diáspora o el Exilio eran desviaciones que no podían ni debían superar el examen de la historia y que el Galut terminaría por desaparecer. Sin embargo, aceptaba que, a la luz de que la amplia mayoría de los judíos vivían en Galut, había que realizar un trabajo educativo en el Exilio y cultivar la cultura nacional judía en la Diáspora. Por su parte, Ajad Haam argumentaba que había que crear un centro cultural/espiritual judío en la Tierra de Israel que irradiase su influencia hacia el resto del pueblo judío, que residiría en el Galut. En este esquema, el Galut no iba a desaparecer sino que iba a vigorizarse gracias al sionismo: la condición implícita era que el centro dominaba a la periferia y, por lo tanto, la Tierra de Israel al Galut. En el otro extremo del espectro ideológico, Vladimir Medem era un líder bundista, socialista revolucionario y antisionista, que rechazaba toda forma de sionismo, caracterizándolo de utópico y reaccionario. Para Medem, el Galut era el lugar natural del pueblo judío y Europa del Este, el lugar donde se concentraban las masas judías. Según su concepción, todo el esfuerzo político debía dirigirse al Gegenwartsarbeit: luchar por la autonomía cultural-nacional judía en el contexto de un Estado socialista plurinacional.

Nathan Birnbaum puede ser considerado un intermedio entre Ajad Haam y Vladimir Medem: no rechaza frontalmente al sionismo ni la actividad pionera en la Tierra de Israel pero prioriza el Gegenwartsarbeit. Es socialista, sí, pero no un revolucionario tan radical como Medem.

Lo interesante es que la idea del Gegenwartsarbeit surgió, contra lo que uno esperaría, de los círculos sionistas, no de los antisionistas. O sea, ¡la idea de desarrollar una cultura judía en la Diáspora se desarrolló dentro del movimiento sionista, no fuera de éste! ¿Cómo explicar esto? Creo que podemos pensar que el sionismo, como movimiento político de liberación nacional del pueblo judío, abarca un montón de facetas, entre ellas la cultura: significa crear un espacio propio para que el pueblo judío desarrolle sus potencialidades, más allá de las tendencias mayoritarias de las sociedades en las que viven los judíos. Desde este enfoque, creo que, en el fondo, tanto Ajad Haam como Klatzkin, ambos sionistas, tienen una actitud en común: obviando sus claras diferencias, lo que subyace es una actitud subjetiva negativa con respecto al Galut (“no me gusta la situación galútica del pueblo judío”) pero una actitud objetiva positiva con respecto al mismo (“hay muchos judíos en Galut y debemos trabajar para ayudarlos a desarrollar sus potencialidades”), junto a un objetivo general similar (“despojar al judío del Galut, entendido en el sentido amplio”). Por el contrario, Nathan Birnbaum no necesariamente tiene una actitud subjetiva negativa con respecto al Galut. De esta manera, su solución no pasa exclusivamente por acabar con el Galut (entendido, repito nuevamente, en su sentido amplio: no exclusivamente como un lugar geográfico sino como una forma de pararse frente al mundo del individuo judío como tal) sino por desarrollar una cultura judía vital en la Diáspora. La negación del Galut, elemento fundamental del sionismo en todas sus vertientes (aunque, claro está, el Galut puede significar distintas cosas para distintos tipos de sionismo), brilla por su ausencia en la etapa yiddishista de Birnbaum.

Ya para terminar con el tema del Gegenwartsarbeit, me parece interesante pensar esta idea de la autonomía cultural-nacional en otros contextos, como Europa Occidental, Alemania o América. Digo esto porque la lucha por derechos nacional y la autonomía cultural tenía sentido  en el contexto de Estados plurinacionales, enfervorizados por la revolución, como lo eran la Rusia zarista o el Imperio Austro-Húngaro. Sin embargo, en países como Alemania, Italia, Francia o Inglaterra estas propuestas políticas estaban fuera de lugar: estos eran (y siguen siendo) Estados nacionales, en las que los judíos se identificaban como “de fe mosaica” (o sea, como miembros de un colectivo religioso, no nacional). El caso de América es distinto: cuando los judíos llegaron a Argentina o Estados Unidos, se encontraron con países receptivos a la inmigración, con una amplitud étnica enorme, sociedades con un crisol de razas que aceptaban una integración bastante pacífica, sin necesidad de renunciar a nacionalismos. Piensen, por poner un ejemplo sencillo, en cómo vivieron la Guerra Civil Española los españoles que emigraron a Argentina y sus descendientes: no tuvieron que renunciar a sus simpatías políticas ni esconder su origen étnico o nacional para ser considerados argentinos. Esto restringió el espacio para el Gegenwartsarbeit en América, que quedó reducido al desarrollo de instituciones comunitarias y un sistema educativo judío, antes que a un gran movimiento político de lucha por la autonomía cultural-nacional.

En el próximo artículo sobre Nathan Birnbaum, más sobre su enfoque del nacionalismo judío y el yiddishismo. Veremos más en profundidad la idea de “pueblo” y compararemos a Birnbaum con distintas figuras del movimiento autonomista judío.

Nathan Birnbaum (parte 3)

Más allá del sionismo: la amplitud del nacionalismo judío

Gradualmente, Nathan Birnbaum empezaría a sentir que el sionismo era “demasiado débil y estrecho” (según sus propias palabras). Para él, los sionistas estaban achicando el espectro de lo que significaba ser judío: al focalizar todas sus energías en el establecimiento de una patria judía en la Tierra de Israel, relegaban al olvido otros aspectos esenciales de la vida judía. En este punto, me quiero detener y aclarar un malentendido común: muchos piensan que Birnbaum, al abandonar el sionismo y abrazar el yiddishismo, se hizo antinacionalista. Nada más alejado de la realidad. Según Birnbaum, existían grupos más o menos organizados que buscaban un despertar nacional judío, una renovación del alma del pueblo judío mediante el nacionalismo: estos grupos eran “sionistas” o “judíos nacionalistas”. Sin embargo, con el tiempo, la gente empezó a unir estos dos términos (“sionistas” y “judíos nacionalistas”) y confundirlos: se transformaron, en la mente de muchas personas, en sinónimos. Desde el punto de vista de Birnbaum, esto es un error: todo sionista es, por definición, un judío nacionalista; pero no todo judío nacionalista es sionista. Más sencillo y de manera esquemática:

  • Todo sionista es un judío nacionalista
  • Algunos judíos nacionalistas son sionistas
  • Otros judíos nacionalistas no son sionistas

Para decirlo de otra manera, se puede ser un judío nacionalista sin ser sionista. El sionismo no es más que una rama dentro del frondoso árbol del nacionalismo judío.

Esto quiere decir que, a diferencia de lo que uno podría suponer al escuchar que Birnbaum se hizo yiddishista, él no renegó del nacionalismo: siguió siendo un firme defensor del nacionalismo judío, solo que direccionó sus esfuerzos hacia otro tipo de nacionalismo, que no necesariamente estaba conectado con la creación de un Estado judío en la Tierra de Israel. Para Birnbaum, la insistencia de los sionistas en la Tierra de Israel se basaba en una premisa errónea: que la existencia de un Estado judío solucionaría la cuestión judía. El foco de Birnbaum se trasladó de la tierra hacia la cultura (y, como veremos más adelante, un tipo de cultura en específico): los judíos debían fortalecer a la nación, no conquistar la tierra.

En esta línea, Birnbaum amplía el espectro del nacionalismo judío: Simon Dubnow, por ejemplo, desde este punto de vista, que es nacionalista pero no sionista, es parte del proceso de renacimiento nacional del pueblo judío. Birnbaum argumenta que el problema de los sionistas (especialmente, de Herzl) es su sectarismo, porque se intentan apropiar de todo el arco del nacionalismo judío, haciéndole creer a la gente que ellos son los únicos nacionalistas “verdaderos”. En sus palabras:

…Partidos, no un partido. El movimiento de Renacimiento judío no pertenece a un solo partido, sino a una multitud de partidos del pasado, presente y futuro. No aceptar este hecho es subestimar las posibilidades de actuar más allá de los estrechos límites partidarios. Aquellos que solo buscan fanáticamente la unidad niegan la posibilidad y necesidad de un pluralismo organizativo, que resulta de una multitud de perspectivas sobre el movimiento de Renacimiento judío. Aquellos que no entienden que la diversidad es fuente de vida, que la diversidad es el futuro, nunca entenderán a aquellos que pugnamos por un despertar del pueblo judío, más allá de afiliaciones políticas.

Este llamado a pluralismo y a la diversidad es interesante: Birnbaum está escribiendo hace unos cien años, época en la cual el pluralismo y la diversidad no estaban precisamente de moda. Además, también puede leerse como una crítica velada al personalismo de Herzl. En términos generales, es una exhortación a evitar el sectarismo y rebalsar los límites partidarios, aceptando que la actividad nacional judía puede encontrarse en distintos lugares y que creerse que el único espacio político relevante es el propio es un error capital. Birnbaum entiende que la osificación resultante de todo movimiento político organizado lleva a una parálisis cultural: según su criterio, es más importante lo que puede hacer una persona como individuo que lo que puede hacer un partido. ¿Cuáles serían las actividades nacionalistas que son importantes, pero que rebalsan los límites partidarios?

Los así llamados “poetas del gueto”, que escriben para sus pobres lectores, las editoriales que publican libros o periódicos en hebreo, o para los judíos, y que tratan la cuestión judía, los sindicatos judíos que enseñan a las masas a entender los medios de producción modernos, cualquier actividad colonial real y tangible…todas estas cosas importan mucho más para el futuro, miles de veces más, para el Renacimiento del pueblo judío que todos los programas y acciones de todos los partidos judíos nacionalistas combinados.

En otras palabras: la actividad espontánea del pueblo es más importante que lo que digan o hagan las vanguardias. Fíjense que Birnbaum empieza a correr el foco: el partido, o los partidos, no son más que instrumentos de un ente mayor, el pueblo, que es lo verdaderamente relevante. Podemos pensar la evolución del pensamiento de Birnbaum como un cambio de foco: de una vanguardia nacionalista al pueblo mismo.

La etapa yiddishista

Llegamos, entonces, a una nueva etapa en la vida de Birnbaum: el yiddishismo. Es fundamental (perdón que me repita) tener en cuenta que Birnbaum no renunció al nacionalismo judío: simplemente se alejó del sionismo por considerarlo un paradigma demasiado estrecho y abrazó al yiddishismo como una forma distinta de nacionalismo judío. ¿Qué lo hizo dar este giro en sus concepciones? Viajó a Polonia como líder del movimiento sionista, para hacer propaganda política. Allí, nos dice:

Me encontré un pueblo con todas las características de una nación viva y única, y se me hizo cada vez más claro que una nación que ya existe no necesita ser creada nuevamente…Así, desarrollé el “nacionalismo galútico”.

(Importante: a partir de ahora, voy a hablar de “nacionalismo galútico”, que me parece una traducción digna del yiddish “נאַציאָנאַליזם גלות”; también podría traducirse como “nacionalismo del Exilio”, “nacionalismo diaspórico”, “nacionalismo del Golus” o “nacionalismo del Galut”)

Sigamos. La cuestión es que Nathan Birnbaum encontró en los judíos de Europa del Este un pueblo vital, con una cultura propia, una nación en sí misma: se dio cuenta que, contrario a sus prejuicios, los judíos polacos, ucranianos y rusos (que muchas veces eran menospreciados por sus pares alemanes o austríacos y considerados vulgares campesinos) tenían un folklore propio y una vida nacional llena de vida y energía.

En la mente de Birnbaum, los judíos de Europa del Este pasaron de ser una masa de pobres campesinos sin cultura ni orgullo propio, necesitados de la acción caritativa y civilizadora de los judíos alemanes y austríacos, a sofisticados judíos con una cultura única y particular, que estaba a la vanguardia del Renacimiento nacional judía. Birnbaum se encontró con los judíos polacos, rusos y ucranianos, con los reales y no con los que imaginaban los “modernos” alemanes y austríacos, y tuvo que dejar sus prejuicios de lado: adoptó una nueva concepción que seguía respaldando la acción nacionalista judía en la Tierra de Israel pero que, simultáneamente, enfatizaba la importancia de la cultura y el idioma yiddish.

La campaña por un “Partido judío”

En base a la revalorización que hace Birnbaum del judío polaco, propone una estrategia política muy diferente de la que venía proponiendo en su etapa sionista. Miren:

La autonomía nacional enfrenta su mayor desafío en el Oeste. Aquí, la comunidad judía no tiene un idioma nacional. Obviamente, el idioma no es la esencia de una nacionalidad, sino que simplemente es una forma de su expresión, que organiza el espíritu nacional en una forma natural e insuperable, y, por ende, da lugar a cumbres elevadas del espíritu y una obra independiente. No es el idioma en sí sino sus fuerzas organizativas las que elevan la cultural y la creatividad. Pero, ¿y si fuera posible reemplazar la fuerza organizativa natural, al menos en parte, por una fuerza social deliberada, acaso no sería posible revigorizar el alma colectiva de los judíos del Oeste? ¿Qué mejor para lograrlo que la autonomía nacional, que, a través de elecciones nacionales, actualmente está eligiendo representantes de distintos partidos con un sentido de responsabilidad cultural?

Birnbaum propuso una salida política complementaria al sionismo: presentar candidatos judíos para el parlamento del Imperio Austro-Húngaro. Más específicamente, formar un partido político judío, nacionalista, presentarse a elecciones y, desde el parlamento, luchar políticamente por la autonomía nacional judía. Para eso, Birnbaum impulsó una alianza con los nacionalistas ucranianos. Hubiera ganado las elecciones en Galicia (la polaca, no la española, obviamente; era una zona en donde se concentraban la mayoría de los judíos europeos, y en donde la cultura yiddish se desarrolló intensamente) en 1907 si los políticos polacos locales no hubieran hecho fraude para asegurarse el control del territorio.

Para Birnbaum, la autonomía tenía una función fundamental: preservar e impulsar la cultura judía. Noten que Birnbaum no rechaza la posición sionista de plano: de hecho, intentó aliarse con los sionistas para que apoyen al Partido judío. Para él, sionistas y autonomistas tienen que trabajar en conjunto: su objetivo de fondo es el mismo, la regeneración cultural del pueblo judío. En este sentido, podríamos pensar que el alejamiento de Birnbaum del sionismo no es un quiebre radical: está intentando ampliar el horizonte del nacionalismo judío e incluir a distintos tipos de nacionalismo, en vez de quedarse solamente con el sionismo. Llegar al parlamento, ganar poder político y obtener autonomía cultural en Europa del Este no son objetivos en sí mismos sino medios para el Renacimiento judío. Podemos pensar que Birnbaum pensaba, en este momento de su vida, que el sionismo era un camino válido, pero no el único ni el más realista. Para él, el Partido judío tenía que ser lo más pragmático y abierto posible, porque debía estar basado en la percepción común de los judíos de compartir una cierta cultura nacional, y no en una doctrina política particular. El sueño de Birbaum era unir a religiosos, seculares, sionistas y antisionistas, conservadores y socialistas en un mismo partido, todos bajo el estandarte del nacionalismo judío (vale decir: de su pertenencia común a un mismo pueblo).

Los judíos tenían que dejar de sentir lástima por sí mismos, abrazar con orgullo su identidad judía y declararse nacionalistas: esto les iba a demostrar a los no judíos que eran serios en sus planteos. Así la autoestima del pueblo judío mejoraría, y los no judíos dejarían de considerarlos un pueblo pasivo, inerte frente a los embates violentos del exterior. Había que tomar la historia con las propias manos y trabajar para mejorar como nación: construir un futuro mejor, con una cultura judía renovada y autonomía para tomar decisiones propias. A diferencia de los sionistas, Birnbaum pensaba que esto era posible en el contexto de un Estado plurinacional en Europa del Este.

El Congreso de Yiddish de Czernowitz

En 1908, se llevó a cabo el primer y único Congreso de Yiddish. Nathan Birnbaum fue el principal impulsor del Congreso. Lo organizó junto a Jaim Zhitlovsky y Dovid Pinski, entre otras figuras relevantes de la cultura yiddish, y se realizó en Czernowitz.
En un sentido muy amplio, se puede decir que el objetivo del Congreso era apoyar la cultura yiddish y legitimar al idioma yiddish como una parte integral de la identidad judía moderna. Más específicamente, se trataba de apoyar las manifestaciones culturales en yiddish (teatro, literatura, prensa, etc); traducir las fuentes básicas del pensamiento judío del hebreo o arameo al yiddish; ordenar, reglamentar y fijar las reglas ortográficas del yiddish; educar a la juventud para que hable yiddish (en vez de alemán, polaco o ruso), crear escuelas en las que se enseñe yiddish y formar maestros para que trabajen en ellas. La disputa de fondo era el rol del yiddish: ¿era el idioma nacional del pueblo judío o no?
En el Congreso, había autonomistas, bundistas, sionistas, independientes, nacionalistas…Todo un espectro de ideologías. Todos estaban unidos por amor e interés por el yiddish, pero evidentemente no todos compartían un mismo diagnóstico de situación. Los autonomistas y bundistas consideraban, en general, que el yiddish era “el” idioma nacional judío, por encima del hebreo; los hebraístas, que el yiddish no era más que una jerga que debía ser descartada en favor del hebreo, el “verdadero” idioma nacional judío. Entre estos dos extremos, el Congreso de Czernowitz declaró que el yiddish era “un” idioma nacional del pueblo judío, solución de compromiso bastante lógica pero que no terminó de satisfacer a todos.
Por otro lado, el Bund intentó boicotear el Congreso de Czernowitz: alegaban que se ocultaba adrede el carácter obrero del yiddish y se evadía la lucha de clases. Ya veremos más en detalle la diferencia del enfoque de Birnbaum en su etapa yiddishista con el del Bund. Solo quiero mostrarles que el Congreso fue accidentado y estuvo lleno de polémicas.

¿Cuál fue el resultado de todo esto? Si bien el Congreso de Czernowitz es un hito fundamental del movimiento yiddishista por haber declarado por primera vez que el yiddish es un idioma nacional del pueblo judío, lo cierto es que no tuvo consecuencias perdurables: no originó editoriales ni prensa ni literatura, no fundó un movimiento cultural ni consiguió fondos para construir escuelas…Encima, al poco tiempo, Birnbaum, el principal impulsor de esta movida, se empezó a hacer más religioso, hasta llegar a la ultraortodoxia, y abandonó definitivamente el yiddishismo. Aunque podemos pensar al Congreso de Czernowitz como un precursor de la cultura yiddish y el movimiento yiddishista, para entender el ascenso y caída del Bund, el ICUF, el Yiddisher Kultur Farband, el YIVO y el IWO tenemos que profundizar bastante más y meternos más de lleno en la Europa del Este y América de 1920 y 1930.