Golda Meir (parte 1)

Hora de volver a escribir en el blog. Sí, pasó mucho tiempo, más de lo que me hubiera gustado, pero, para serles sincero, lo necesitaba: siento que ahora voy a poder escribir más relajado. Hace mucho que tenía ganas de escribir sobre el tema de esta nueva serie de artículos: vengo masticándolo hace bastante y espero traer una perspectiva nueva.

Quiero empezar con una aclaración: Golda Meir es una excusa. Podría haber sido Shulamit Aloni o Marcia Freedman (y quizás hubieran sido más adecuadas). Desde otra perspectiva, podría haber sido Nejama Leibowitz, Flora Sassoon o Regina Jonas. Incluso Rachel Adler, Blu Greenberg o Judith Plaskow. Si elegí a Golda Meir, fue por dos motivos: por su popularidad y porque nos va a permitir no sólo explicar al feminismo sino también ponerlo en juego. La idea de esta serie de artículos es explicar la vida de Golda Meir a partir del uso de conceptos feministas, poniendo así también en cuestión esos mismos conceptos. Usar el feminismo para entender a Golda, y a Golda para entender el feminismo. Quiero que quede claro que mi objetivo no es ni censurar ni condenar sino simplemente presentar una mirada distinta, acorde al tiempo en el que vivimos, que salga del “Golda, qué ídola” o “Golda, qué mala”. Una última aclaración: estoy convencido de que el feminismo es una herramienta que puede (y debe) llevar a la crítica y el replanteo de parte de la tradición judía. Sin embargo, creo que el desarrollo de ese punto nos desviaría demasiado del eje central.

Ahora sí, empecemos…

Rebelde con causa

Golda Meir nació en Kiev en 1898 y falleció en 1978. Su familia emigró a Milwakee, Estados Unidos, cuando tenía ocho años y ahí hizo contacto con la realidad americana, tan distinta de los pogroms, el hambre y la judeofobia imperantes en el Imperio Ruso. De adolescente, se peleó con su madre porque se negó a dejar la escuela y casarse: se escapó de la casa y fue a vivir con su hermana en Denver. Fue maestra y militante de Poalei Tzion. En 1921, emigró a Israel (en ese momento, colonia británica), se unió a un kibutz y empezó a trabajar con la Histadrut (el órgano que nuclea a los sindicatos en Israel, y que en la época pre-estatal era una de las principales instituciones judías en la Tierra de Israel; de allí salieron casi todos los líderes políticos de los primeros años del Estado de Israel). Cuando fue el famoso Shabat negro (una operación de las autoridades británicas, que secuestraron a unas 2700 personas, entre ellas a casi todos los líderes del yishuv), Golda Meir quedó a cargo de la Agencia Judía, la principal judía institución pre-estatal. Golda fue una de las firmantes de la declaración de independencia israelí y viajó a distintos países como diplomática y propagandista: su misión más famosa fue a Estados Unidos, en donde utilizó sus conocimientos de inglés y la cultura estadounidense para recaudar fondos para Israel y ganar los corazones de los judíos en una época en la cual el sionismo no era mainstream todavía. Fue miembro de la kneset, ministra de trabajo y de relaciones exteriores hasta que, finalmente, entre 1969 y 1974, primer ministra. En su mandato ocurrió la infame Masacre de Munich. La Guerra de Yom Kipur minó su credibilidad política y terminó renunciando al cargo.

Hasta acá, los detalles biográficos que todos más o menos conocen. No dije ninguna novedad.

Pero ahora empieza lo interesante…

Olas de feminismo

Para poder entender al feminismo, hay que meterse una idea en la cabeza: todo movimiento es complejo. No existe “un feminismo”: existen varios tipos de feminismo, que pueden o no ser compatibles entre sí. Por supuesto, hay algo de fondo que une a todos los feminismos: el reconocimiento de que nuestra sociedad oprime (de una u otra manera) a las mujeres, y la búsqueda de una alternativa más justa e igualitaria. Caer en las acusaciones del tipo “feminazi” oscurece la complejidad del feminismo, reduciéndolo a sus variantes más extremas y radicales con el fin de acallar todo un espectro de voces.

En términos históricos, se pueden distinguir cuatro olas de feminismo: la primera ola (1900-1960) se enfocó en los derechos económicos y políticos (como el derecho al sufragio femenino, derechos de propiedad, divorcio y manutención); la segunda ola (1960-1990) fue mucho más amplia: junto con la revolución sexual, se expandieron los debates sobre sexualidad libre, violaciones dentro de la pareja, violencia doméstica y abuso, al tiempo que se ponía en discusión la asimetría legal entre hombres y mujeres y se buscaba que las mujeres tengan acceso a las mismas oportunidades que los hombres en términos de trabajo, política, etc; la tercera ola (1990-2008) se enfocó en la diferencia, destacando la feminidad, e introdujo la teoría queer, la interseccionalidad y la lucha por los derechos de los homosexuales, transexuales y otras minorías sexuales; la cuarta ola (2008-actualidad) se apoya muchísimo en el uso de redes sociales y es la responsable de que todos hoy estemos hablando de acoso sexual, ambientes seguros, brecha salarial, lenguaje inclusivo, #MeToo, #NiUnaMenos, y el feminismo del goce.

No hace falta ser un genio para darse cuenta que cada ola es una respuesta a las anteriores: integra y critica a lo que vino antes, y construye a partir de ahí. Y por supuesto, las olas se superponen: hoy todavía tenemos “feministas de la primera ola”, en el sentido que reivindican las conquistas de esa ola pero rechazan lo que vino después. Alguien puede defender fervientemente el derecho a voto de la mujer, el divorcio y la patria potestad compartida, pero criticar la idea de una “cultura de la violación”, el lesbianismo y la homosexualidad. Esta persona (dejemos de lado los prejuicios por un momento) está reivindicando ciertas conquistas feministas. A todo esto agreguemos que cada ola, a su vez, tiene una dinámica compleja, cambiante y paradójica: acá estoy resumiendo, pero es obvio que al interior de cada ola hay debates muy fuertes y polarizantes.

En definitiva, lo que quiero mostrar es una idea sencilla: el feminismo evoluciona con el tiempo, por lo que quedarnos con una foto estática sería perder buena parte de su riqueza.

El espacio público y la mujer: el voto femenino en Israel

En 1919, estalló una polémica pública en la Tierra de Israel: se acercaban las primeras elecciones de la comunidad organizada judía pre-estatal. Había que definir una pregunta que hoy es motivo de risa pero que en ese momento estaba en el ojo de la tormenta en muchos países europeos: ¿las mujeres pueden votar? Sí, ya sé lo que estás pensando: ¡obvio que pueden! Bueno, esa respuesta automática tenés que agradecérsela a la primera ola feminista: sin Elizabeth Cady Stanton o Emmeline Pankhurst, no estarías pensando de esa manera. Para la época, era una disputa abierta entre conservadores y progresistas: ¿las mujeres pueden votar o no? ¿Cuáles serían las consecuencias del sufragio femenino? El caso es interesante porque la disputa no se expresó necesariamente en términos de feminismo vs antifeminismo, aunque es claro que de fondo reverberan muchas de las mismas ideas que hoy se ponen en discusión a la hora de plantear el tema del feminismo.

El conflicto surgió al interior del yishuv, y, como en tantos otros casos, los bandos eran claros: el nuevo yishuv contra el viejo yishuv. Es decir, los judíos sionistas y modernistas (tanto seculares y religiosos) frente a los judíos más cerrados y “tradicionalistas”. Pero claro: hubo una vuelta de tuerca interesante. Rab Kook -el gran líder del mundo dati leumi y, en ese momento, Rabino jefe de Jerusalén- se opuso terminantemente al voto femenino. Supongo que no hace falta aclarar que recibió duras críticas de los seculares. Lo que resulta más sorprendente es que buena parte de los datim leumim (sionistas religiosos) también lo criticaron y rechazaron su decisión. Incluso los sefaradim tradicionales criticaron en duros términos sus argumentos. Así, Rab Kook quedó en la incómoda posición de estar defendiendo las posiciones más retrógradas del mundo jaredí, sin el apoyo del público que normalmente lo seguía. Rab Kook intentó buscar un compromiso: propuso crear una asamblea “general” (donde voten hombres y mujeres) y otra “religiosa” (donde voten solo hombres); también propuso que haya lugares específicos donde voten solo los jaredim hombres y que su voto valga doble (uno por el hombre y otro por su esposa).

Más allá de que (con toda justicia) la posición de Rab Kook nos resulte prehistórica y parezca la de un dinosaurio, es interesante entender sus argumentos: esto nos va a permitir apreciar la influencia de la primera ola feminista. Rab Kook argumenta que hay una conexión entre el derecho al sufragio femenino, el cambio de roles del hombre y la mujer en la Modernidad y la disolución de la familia tradicional: para él, el hombre dirige, domina y se encarga de la política y todo lo relacionado con la arena pública; la mujer se recluye en lo privado, en la intimidad de la casa. Rab Kook es estricto en su llamado a la separación de sexos y la clara distinción entre hombres y mujeres: cada uno tiene su lugar en el orden natural cósmico. Cualquier intento de alterar ese orden solo llevará al desastre y la anarquía. Para Rab Kook, el derecho al voto femenino no es más que una moda pasajera europea, que nada tiene que ver con la santidad que debe tener la vida nacional judía. Creo que estamos de acuerdo todos en un punto: la historia refuta los argumentos de Rab Kook. Nos suenan anacrónicos y ridículos.

En contraste, Rab Ben Tzion Meir Jai Uziel – en ese momento Rabino jefe de Tel Aviv y luego Rabino jefe sefaradí de Israel- apoyó decididamente el voto femenino (¿vieron que los sefaradim somos re-feministas?): en su responsa, es enfático. Rab Uziel pregunta retóricamente: ¿cómo puede ser que la mujer no vote a sus propios representantes? También refuta con maestría a los que citan sin contexto palabras de la Torá y la Guemará: si las mujeres no pueden votar porque “su pensamiento es débil” (palabras literales del Talmud), ¡entonces que todos los hombres con “pensamiento débil” tampoco voten! Noten que Rab Uziel está desencializando la frase: las mujeres no son por naturaleza de “pensamiento débil”. La generalización es tonta, porque choca con la misma realidad. Rab Uziel también pasa factura al argumento que dicta que las mujeres no tienen nada que hacer en el espacio público: si es así, arguye, entonces deberíamos prohibir a las mujeres salir a la calle o ir a comprar algo a un negocio. La idea misma es absurda. Finalmente, Rab Uziel va más allá: las mujeres también pueden ejercer cargos públicos. No hay peligro de falta de recato ni de faltar el respeto a la comunidad: el mismo hecho que los votantes elijan a una mujer demuestra que no les molesta que una mujer sea su dirigente. En definitiva, Rab Uziel demuestra tener una posición mucho más abierta, realista e inteligente. Y por supuesto, no hace falta aclarar que, en la práctica, ganó sin lugar a dudas esa voz: hoy en día, no hay ningún sector del pueblo judío que plantee que la mujer no deba votar.

Bien, al final voy a terminar publicando más de lo que pensaba hoy. La próxima retomamos a Golda Meir: vamos a preguntarnos cuál era el rol de la mujer en el kibutz y pondremos en cuestión la tan mentada igualdad entre hombres y mujeres en la utopía jalutziana.

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