Leon Pinsker (parte 8)

Sionismo y liberación nacional: el nacionalismo como mito moderno

Lo vengo repitiendo ya varias veces, pero nunca está demás decirlo: la emergencia del sionismo como fenómeno político de masas solo puede entenderse en el contexto de los nacionalismos europeos modernos. Aunque la idea del Estado-nación no necesariamente está presente en la obra de los primeros sionistas (sin ir más lejos, Pinsker nunca se refirió a un Estado judío), sí tenemos que considerar la importancia que adquirió en Europa la idea de la autodeterminación de los pueblos, el ascenso del nacionalismo y la importancia que se le daba a la nación como depositaria de la cultura y como forma de organización política. Dicho de otra manera, para el europeo promedio del siglo XIX y de principios del siglo XX, la nación era una categoría fundamental, que definía su identidad de manera tajante y terminal: el nacionalismo daba forma ideológica explícita a este sentimiento identitario. No podemos escindir al sionismo temprano de su contexto histórico: hacer este ejercicio de disociación nos llevaría a no comprender el fenómeno. Por supuesto, es completamente lícito extrapolar la ideología sionista a nuevos contextos, pensarla en sus fundamentos y replantearla para adaptarla a las circunstancias cambiantes de la historia pero siempre debemos tener en cuenta que su actualización práctica (como la de cualquier otro movimiento político) está anclada a un contexto específico. En otras palabras, la ideología abstracta, “en el aire”, sin sustento material, es interesante pero se transforma en un fenómeno político, transformador de la realidad, cuando se arraiga en un escenario concreto que le da fuerza y vitalidad. Entender al sionismo no es solamente entender la ideología que lo sustenta sino también las causas materiales que provocaron que se transforme en un movimiento de masas, revolucionario para la nación judía.

Siguiendo con esta línea de pensamiento, tenemos que sumar la situación interna del pueblo judío en la época: ya hablamos de la judeofobia, la Emancipación fallida, la cuestión judía y las distintas soluciones propuestas a la compleja situación del judaísmo moderno europeo (reformismo, autonomismo, etc). También explicamos cómo estas propuestas antecedieron al sionismo y pavimentaron el camino para su concreción. Vimos también que los primeros sionistas fueron tanto tradicionalistas como Maskilim que reinterpretaron al judaísmo como fenómeno nacional, y no solo religioso. Esta dimensión nacional recuperada del judaísmo les permitió explicar la situación del pueblo judío desde una nueva perspectiva y proponer una solución novedosa y radical para viejos problemas.

¿Cuál era esta solución novedosa y radical? La renacionalización del pueblo judío: volver a llenar de contenido nacional al judaísmo. Esto implica una acción política con un objetivo claro: obtener soberanía en un territorio para el pueblo judío. Ya veremos más adelante exactamente qué significa “soberanía” y a qué “territorio” se refería Leon Pinsker. Por ahora basta mencionar algo importante: la idea de la nación soberana (mejor dicho: la idea de que una nación debe ser soberana de un territorio para constituirse como tal) es una idea moderna.

Fíjense – no me voy a cansar de repetirlo- que la idea fundamental es que lo que une a los judíos no es la religión sino la nacionalidad. Esto es clave y creo que explica muy bien la actual situación del pueblo judío: hoy no nos unen las creencias ni las prácticas religiosas (la amplia mayoría del pueblo judío no come kosher ni Shabat; muchos judíos se definen como ateos, sin que eso implique rechazar su afiliación judía; una ínfima minoría acepta dogmas como los trece principios de fe de Maimónides como vinculantes y normativos) sino un sentimiento de hermandad. Hoy por hoy la mayoría de los judíos define su judaísmo en términos de su apoyo al Estado de Israel. Incluso quienes rechazan fuertemente las políticas del gobierno de turno israelí (un porcentaje creciente de los judíos de la Diáspora, especialmente entre la juventud y los grupos más progresistas) no rechazan la existencia misma del Estado de Israel y justamente consideran que su existencia es un componente fundamental de su identidad: por eso mismo critican con vehemencia políticas que consideran erradas o alejadas de su concepción de los valores judíos. Podríamos preguntarnos si alcanza con el mero sentimiento y si no sería necesario un compromiso más activo, ya sea en términos de observancia religiosa como de acción política, pero es indiscutible que hoy la dimensión religiosa se queda corta para explicar la identidad judía.

(No deberíamos obviar las dinámicas diferenciadas de Israel con respecto a la Diáspora: indudablemente, los israelíes tienden a tener una concepción más nacional que los judíos diásporicos. Más allá de esto, es innegable que los lazos religiosos por sí solos explican solamente un muy reducido número de casos de identidad judía. Incluso quienes afirman que el judaísmo es una religión antes que una nación siguen, en su vida cotidiana, un patrón de conducta que no se explica desde el punto de vista religioso: se preocupan por lo que pasa en Israel, siguen de manera más o menos constante las noticias de Israel y se ponen contentos/indignan cuando Israel actúa de manera que cumple/defrauda sus expectativas).

En resumen, el proyecto de Pinsker, por lo menos en este sentido, se concretó con éxito: los judíos hoy estamos unidos por lazos nacionales antes que religiosos.

Mesianismo y nacionalismo moderno

Cuando expliqué el pensamiento de Max Nordau, me explayé bastante en la distinción que hacía entre el mesianismo judío clásico y el sionismo moderno, enfatizando que no debían ser confundidos. Algo parecido escribe Pinsker (refutando así mi idea original de que era Nordau el primero en enfatizar esta distinción):

Y luego está la fe en el Mesías, la creencia en la intervención de un poder sobrenatural favorable a nuestra resurrección política, más el supuesto religioso de que teníamos que soportar con paciencia los castigos que Dios nos enviara, todo lo cual nos ha llevado a descuidar nuestra liberación nacional, nuestra unidad e independencia. Así, abandonamos de hecho la idea de la patria, y lo hicimos con tanto más deseo cuanto mayor era nuestro cuidado del progreso material. Y nos hundimos cada vez más profundamente. Los sin patria llegaron a olvidar la patria.

En palabras más claras: la fe en el Mesías (es decir, el mesianismo), la idea de que la salvación vendrá desde Arriba, independientemente de nuestra propia voluntad, producto de la Gracia Divina antes de que nuestras acciones y la idea del Galut (Exilio) como castigo Divino inmutable e inamovible salvo por Voluntad Divina fueron y son frenos a la liberación nacional. Distinguir entre acción política y escatología mesiánica es fundamental para transformarnos en sujetos políticos y actuar en la historia. Dejar a un costado las esperanzas mesiánicas y enfocarnos en el aquí y ahora es lo que nos dará la oportunidad de alcanzar la independencia nacional. No ideas vagas sobre un futuro lejano mejor sino trabajo concreto en el presente.

La relectura sionista del pasado judío

En términos generales, podemos pensar en el nacionalismo como una reimaginación del pasado a la luz del presente para iluminar un futuro posible para la nación. En otras palabras, el nacionalismo implica crear un relato: una narrativa que cohesiona el pasado, presente y futuro de la nación. Más todavía: muchas veces este relato tiene el objetivo de refundar, revivir o incluso crear a la nación a la que hace referencia. En cuanto nacionalismo judío, el sionismo tuvo que crear un relato: esta narrativa es la que da sentido a su forma de pensar y entender a la nación judía, su historia, sus vicisitudes, sus fortalezas y debilidades y así abre la puerta para propuestas futuro novedosas.

Ya vimos varias veces la narrativa clásica sionista: un período de gloria en la Antigüedad, con la conquista de la Tierra de Israel en la época de Yehoshúa (Josué) y la extensión máxima en la época de los reyes David y Shlomo (Salomón), seguido de un período de decadencia que comienza en la división entre Israel y Judea y termina con el exilio. Hasta ahora, nada demasiado diferente al relato clásico judío. La diferencia radica más bien en dónde está puesto el foco: para el sionismo, el exilio es una calamidad nacional, no un designio Divino. El problema del Galut (exilio) no es que D-s se esconda ni que su presencia deje de ser evidente (esta sería la visión judía clásica) sino que el pueblo judío quede disperso, sin fuerza política. Si para el judaísmo clásico el Beit HaMikdash (Gran Templo) era un símbolo de la soberanía de D-s sobre el mundo, para el sionismo clásico el Beit HaMikdash era un símbolo de la soberanía judía sobre su territorio nacional. Este nuevo foco permite iluminar aspectos inexplorados de la historia judía (por ejemplo: enfocarse en los distintos regímenes políticos que imperaron a lo largo de la historia del pueblo judío y las diferentes relaciones que entablaron los dirigentes judíos con sus pares no judíos o identificar instancias de mayor o menor autonomía, independencia y soberanía) pero también oscurece otros aspectos (por ejemplo: la importancia que tenía para el judío antiguo o medieval  la observancia de las Mitzvot –preceptos o mandamientos- como fundamento de su identidad, los períodos de relativa calma y prosperidad en el exilio o las visiones dispares en las fuentes judías clásicas con respecto a la primacía de la Tierra de Israel vis a vis la observancia “religiosa”).

Así como hubo una relectura de la historia, también hubo un intento de reestructuración cultural: ya vimos este tema con Ajad Haam o Martin Buber. Sionismo significa no solo actividad político sino un intento de recrear la cultura judía: basta pensar en los periódicos como medios de comunicación masivos y la existencia de una dinámica prensa judía, escrito por y para judíos o la proliferación de un arte judío moderno, con ideas, tópicos y problemáticas judías. Pueden pensar también en la apropiación de símbolos judíos y en su reinterpretación. Veamos dos ejemplos Pesaj pasó de ser una fiesta que rememora la salida milagrosa de Egipto, gracias a la Mano Divina, a un día de liberación nacional; Tu Bishvat pasó de ser una festividad muy menor relacionada con el ciclo agrícola a un día de celebración de lo natural y la ecología. Este es un tema fascinante y en otro momento espero poder dedicarle una serie de artículos en profundidad. Lo que quiero mostrar hoy es solamente que el sionismo significó agarrar al judaísmo y resignificarlo y que esto se expresó tanto a nivel político y práctico como cultural e ideológico.

Basta por hoy. En el próximo artículo, más sobre Leon Pinsker: veremos su concepción del Hogar Nacional Judío y sus ideas con respecto a la Tierra de Israel. Después (no sé si en el mismo artículo o en uno más, todo dependerá de qué tan extenso me quede), veremos la actualidad del pensamiento de Pinsker.

Nos vemos cuando nos veamos.

Leon Pinsker (parte 7)

La Diáspora como accidente histórico

¿Qué es el Galut? La Diáspora, el Exilio. Uno de los grandes objetivos del sionismo fue eliminar el Galut. Dependiendo del tipo de sionismo, esto fue entendido de diversas maneras: sacar al judío del Galut o sacar el Galut del judío; el Galut puede ser considerado un fenómeno estrictamente político, o un fenómeno socio-económico, o un fenómeno cultural, o un fenómeno espiritual-religioso; el Galut puede ser culpa de los judíos o de los gentiles. En donde todos los sionistas nos unimos – y en este punto radica la innovación de Leon Pinsker- es en pensar al Galut como un fenómeno histórico modificable, un accidente de la historia, y no un hecho esencial de la naturaleza. Dicho en otras palabras, quienes somos sionistas entendemos que el Galut (sin importar cómo lo definamos) no es un Decreto Divino inapelable sino que depende de factores humanos y, por lo tanto, de nuestras propias decisiones. No es exógeno ni está predeterminado: depende de nosotros.

Armados con este bagaje, podemos entender esta cita de Pinsker:

Hoy día, cuando nuestros confraternos de una pequeña parte de la tierra comienzan a respirar y a ser partícipes del sufrimiento de sus hermanos; hoy día, cuando algunos pueblos sojuzgados y oprimidos están readquiriendo su independencia, tampoco nosotros podemos ni por un instante permanecer con los brazos cruzados, ni conceder tampoco que se nos deba condenar en el futuro a escenificar la causa perdida del “judío errante.

Lo que nos dice Pinsker es una consecuencia directa de lo que decíamos arriba: si el Galut es un fenómeno moldeado por decisiones humanas, entonces su finalización dependerá también de decisiones humanas. Si es así, debemos prestar atención al contexto histórico: solamente si entendemos en dónde estamos parados, podremos encontrar las herramientas que nos sean útiles para poder resolver nuestros problemas nacionales. Para Pinsker, el sionismo – la idea de que el pueblo judío debe hacerse cargo de su propio destino- surge en un contexto bien claro: la Europa de los nacionalismos, las revueltas populares, las democracias parlamentarias modernas y la libre determinación de los pueblos. El pueblo judío debe aprovechar ese contexto favorable y el movimiento sionista debe verse a sí mismo como parte de este proceso de autoemancipación de los pueblos.

¿Cuál es el problema del Galut?

No podemos morir, pese a los golpes de los enemigos, y no queremos morir por voluntad propia, mediante apostasía o suicidio. Mas tampoco podemos vivir, de lo cual se cuidan nuestros enemigos. Tampoco queremos empezar a vivir una vida como nación, par a los demás pueblos, por mor de esos patriotas fanáticos que consideran necesario sacrificar el derecho a toda vida nacional independiente a fin de probar algo de suyo evidente: nuestra lealtad de ciudadanos. Tales patriotas fanáticos niegan su peculiar esencia originaria en pro de cualquier otra nacionalidad existente, mejor o peor, sin importar cuál.

El Galut es alienación: es un fenómeno negativo. El pueblo judío no va a desaparecer, ni por la fuerza de sus opresores ni por voluntad propia, ni el judío debería ser obligado a vivir siguiendo los dictados de otros pueblos. Pongamos un ejemplo concreto: el judío alemán que se sacrificó por la nación alemana en la Primera Guerra Mundial, yendo al frente de batalla, enfrentando al enemigo, exponiéndose al peligro, con valentía y coraje, fue desechado como un sub-humano, condenado a un campo de concentración y asesinado en una cámara de gas unos veinte o veinticinco años después. ¿Valió la pena el sacrificio? Si este judío alemán quería demostrarle a sus compatriotas alemanes no judío que él era un “alemán verdadero”, un patriota orgulloso de Alemania, fracasó contundentemente. Para Pinsker, hubiera sido mucho mejor que este judío alemán dedique sus esfuerzos a apoyar al pueblo judío, uniéndose al movimiento por la autoemancipación, en vez de dedicarse a ilusorias promisorias de emancipación nunca concretadas. El problema no es solo político: tiene un transfondo cultural, que ya hemos mencionado: la tendencia del judío asimilado a exagerar su lealtad y compromiso con la nación y/o cultura a la que se ha asimilado, muchas veces a niveles ridículos.

“Ayúdense y D-s los va a ayudar”

Autoemancipación termina con una frase famosa, casi un grito de batalla:

Ayúdense y D-s los va a ayudar.

Piensen el contexto: un panfleto con ideas novedosas y revolucionarias, un llamado a la acción y a tomar las riendas del propio destino y una frase contundente para cerrar de manera polémica y fuerte. Podemos compararlo (salvando las evidentes diferencias) con el Manifiesto Comunista de Marx y Engels: un panfleto que busca generar un cambio en la realidad, y para lograrlo intenta bajar a las masas un mensaje sencillo y contundente, que las incite a modificar su conducta. Que quede claro que la comparación la hago solamente desde este punto de vista: si vamos al contenido, es obvio que son dos panfletos completamente alejados en su sustancia. Cuando hago la comparación, me refiero más bien al aspecto exterior: a la forma que toma un panfleto que presenta una ideología que se pretende revolucionaria que tiene como función principal convencer y provocar un cambio radical en el público al que va dirigido. El panfleto busca tener un efecto práctico: causar acciones concretas en la arena política. En el caso del Manifiesto Comunista, el objetivo es la revolución y el fin del capitalismo; en el caso de Autoemancipación, la liberación nacional del pueblo judío.

El grito de batalla elegido es interesante: ¿por qué “Ayúdense y D-s los va a ayudar” y no otra frase? Creo que que hay un obvio intento de sacar a D-s de la ecuación: dejemos de confiar en que D-s va a venir y, milagrosamente, va a cambiar nuestra situación. Hagámonos cargo: asumamos la responsabilidad por nuestra paupérrima situación. En vez de adscribir al Galut causas externas, metafísicas y místicas, reconozcamos que tenemos parte de la responsabilidad y trabajemos para mejorar nuestra situación:

Al igual que apenas si tenemos derecho a responsabilizar a los demás pueblos de nuestro infortunio nacional, tampoco estamos legitimados para depositar única y exclusivamente en sus manos nuestra fortuna nacional. El género humano, y nosotros con él, se halla apenas en la primera etapa del camino incalculablemente largo que conduce al humanismo a su práctica plenitud, caso de que se deba llegar hasta ahí. Por ello hemos de renunciar a la ilusoria representación de que con nuestra dispersión estamos cumpliendo una misión providencial: una misión en la que nadie cree, desempeño privilegiado al que, hablando claramente, con gusto renunciaríamos si con ello cupiera expulsar del mundo el ignominioso epíteto de “judío”. Nuestro honor, nuestra salvación, tenemos que buscarlos no en las vanas ilusiones con las que nos engañamos, sino en la restauración de nuestra propia unidad nacional.

Creo que queda claro el objetivo de Leon Pinsker: no confiemos en factores externos (la misericordia de D-s, la bondad de las naciones del mundo o la benevolencia de las potencias). Aquí y ahora, asumamos nuestras responsabilidades y busquemos un camino para solucionar nuestros problemas, sin pedirle permiso a nadie. Más todavía: renunciemos a entender al Galut como una bendición. Contra pensadores como Franz Rosenzweig, que decían que el pueblo judío tiene una misión especial en el Galut y que, por lo tanto, éste no es un accidente histórico sino parte constituyente y esencial de la conformación del pueblo judío, Pinsker afirma que debemos renunciar a esta misión providencial: tenemos que dejar la pretensión de ser el “pueblo elegido”. De esta manera, la Autoemancipación significa un cambio de actitud en cuanto al Galut: dejar de ser pasivos, actuar en pos de nuestros propios intereses, renunciar al cosmopolitismo y a la idea del “judío errante”. El objetivo es ambicioso: implica recalibrar la mira y enfocarse en una “autoayuda nacional” (para usar la expresión de Nathan Birnbaum).

En la obra de Pinsker, en el sionismo primitivo anterior a Herzl, ya encontramos las raíces del sabra y la juventud hebrea y una relectura del mito del Galut. Esta actitud permea hasta la actualidad en la sociedad israelí: hay un cierto desprecio por el Galut, como si todo judío que vive en la Diáspora eligiese una vida de segunda y como si la historia judía desde la destrucción del Segundo Beit Hamikdash hasta la creación del Estado de Israel hubiera sido una sucesión de pogroms, matanzas y Holocaustos. El Galut ya no es visto como un castigo Divino ni como una purificación por nuestros pecados sino como una decisión (consciente o inconsciente) de las generaciones pasadas de judíos, que no lucharon por su derecho a su propia tierra sino que se dejaron pisotear, maltratar y oprimir por sus enemigos. En este sentido, la advertencia original de Pinsker es importante: solamente en la medida en que se despliega el contexto político, cultural, social y económico moderno es posible pensar en la Autoemancipación. En otras palabras, echarle la culpa a Rashi, Rambam o Rab Saadia Gaón por su pasividad política y su falta de interés en crear un Estado judío es irrisorio: la necesidad de tal Estado solo surge por una constelación particular de hechos, la Modernidad. Antes pudo haber habido esfuerzos esporádicos, utopías ilusionadas y teorías abstractas pero de ninguna manera un esfuerzo coordinado, organizado y programado, con fines claros y medios concretos. Simplemente – y por feo que le suene al judío contemporáneo- el judío medieval no consideraba problemática su situación y/o no la consideraba pasible de solucionarse por medios humanos.

El pueblo judío como sujeto en vez de objeto

En este punto, tenemos que introducir otra distinción que aparece en la obra de Leon Pinsker. Es similar a la que hemos visto en otros pensadores, como Rab Soloveitchik (aunque es evidente que sus respectivos enfoques no podría ser más diferente): la distinción entre sujeto y objeto. Para Pinsker, solamente en la medida en que los judíos se vean a sí mismos como sujetos autárquicos (“Autoemancipados”, podríamos decir) podrán ser sujetos políticos. O sea, solamente cuando el judío se libere de las ataduras extranjeras, cuando sea verdaderamente él mismo, cuando sea independiente, podrá emprender una empresa política propia, libre de influencias extrañas. Esto no significa una estrategia aislacionista sino todo lo contrario: como ya hemos remarcado anteriormente, la Autoemancipación es un paso hacia la Emancipación, no su sustituto. La idea del pueblo judío como un sujeto significa que el pueblo judío se transforma en protagonista activo de la vida política y de la historia universal, tomando en sus manos su propio destino y actuando para modificarlo. En contraste, la actitud tradicional del pueblo judío en la Diáspora de ser un objeto de la historia, de los caprichos de los gobernantes y de los deseos del populacho, significa dejarse arrastrarse por los acontecimientos, como si estos fueron irreversiblemente trágicos, inexorables e inmodificables.

Terminamos por hoy.

En próximas entregas, más sobre Leon Pinsker, el mesianismo y el nacionalismo moderno. No creo que falte mucho para terminar con Pinsker, a lo sumo dos o tres artículos más.

Nos vemos cuando nos veamos.

Leon Pinsker (parte 6)

Autoemancipación y Emancipación

El título del panfleto que hizo famoso a Leon Pinsker, lo puso en el mapa de la historia judía y lo transformó en una figura esencial en el judaísmo moderno es “Autoemancipación”. ¿Por qué este nombre? Ya explicamos que “Autoemancipación” vendría a ser una Emancipación propia, que surge de nuestros propios esfuerzos, en vez de la buena voluntad de otros. Sin embargo, acá hay algo más profundo e interesante.

Uno de los debates más conocidos con respecto al sionismo es el siguiente: ¿el sionismo es un movimiento antiguo o moderno? Quienes afirman que el sionismo es un movimiento antiguo, invocan los versículos del Tanaj que hablan de la Tierra de Israel, los Midrashim que desarrollan la relación del pueblo judío con la Tierra de Israel, los pasajes de la Mishná y el Talmud que remarcan el vínculo inalterable y eterno de los judíos con la Tierra Prometida, las Halajot que regulan la vida judía en la Tierra de Israel y todas las fuentes tradicionales que se explayan sobre el tema. Por el contrario, quienes afirman que el sionismo es un movimiento moderno enfatizan que el sionismo es un nacionalismo, nacido al calor de la gran ola de nacionalismos europeos modernos. Creo que la solución intermedia es la correcta: el sionismo como idea abstracta pudo haber existido durante miles de años pero su activación concreta, en un programa político determinado, organizaciones específicas y una ideología particular, se explica por las circunstancias coyunturales de la Europa de mediados del siglo XIX: los movimientos nacionales modernos, la idea del Estado-nación, la judeofobia racial moderna, la Emancipación fallida de los judíos, el liberalismo, el marxismo, la industrialización, la cristalización de los Estados europeos modernos, entre otros factores. En otras palabras, el sionismo como tal –como movimiento político de liberación nacional- puede rastrear sus orígenes lejanos a la misma Torá pero sus motivaciones concretas deben encontrarse en la situación de los judíos europeos del siglo XIX. A partir de esto, Shlomo Avineri (uno de los historiadores del sionismo más reconocidos) afirma que el sionismo es un fenómeno post-Emancipación: solo el contexto del siglo XIX europeo explica que aquellas fuerzas latentes y dormidas hayan adquirido forma concreta y hayan cristalizado en un movimiento organizado de retorno a la Tierra de Israel y formación de un Estado judío.

El sionismo surge como reacción frente a dos soluciones que habían fracaso en lograr sus objetivos: frente a los modernos Estados europeos, se había propuesto o bien modificar al judaísmo, para adaptarlo a los nuevos tiempos y así adquirir la plena ciudadanía en los países en los que vivan judíos (Reformismo) o  bien directamente rechazar de plano toda filiación judía, abrazando la nacionalidad francesa, alemana o rusa, sus costumbres y su cultura (asimilacionismo). Frente a estas dos posturas extremas, surgieron intentos intermedios, como el plan de ganar la autonomía cultural como forma de mantener la cultura judía, a la vez que el pueblo judío se integrara a la nueva configuración del orden internacional (Autonomismo). La idea que subyace a todas estas propuestas (Reformismo, asimilacionismo y autonomismo) es que la Emancipación de los judíos europeos es posible pero que exige un cambio interno en la propia constitución y autodefinición de pueblo judío, ya sea definiéndose como religión (Reformismo), negándose a sí mismo (asimilacionismo) o definiéndose como cultura (autonomismo). Contra estas propuestas, el sionismo presupone que la Emancipación europea no puede resolver por sí sola el problema judío sino que exige una acción política fuerte del pueblo judío, esta vez con el objetivo de retirarse de Europa, formar un Hogar Nacional propio y adquirir así un espacio para una política autónoma. Acá quiero detenerme, porque la propuesta de Leon Pinsker no es exactamente la misma que la de Herzl y es muy común borrar estas diferencias, lo que genera confusiones conceptuales importantes. Miremos una frase de Pinsker. Leánla con atención:

Una paz universal eterna aún por largo tiempo habrá de esperarse; pero hasta ese momento sí cabe regular ordenadamente las relaciones de las naciones entre sí por medio de un convenio condicionado, un convenio basado en el derecho internacional, en tratados, pero más aún en una cierta igualdad de actitud y de recíprocas exigencias, así como en un respeto mutuo. En las relaciones de los demás pueblos con los judíos no cabe reconocer una tal igualdad de actitud. Se echa de menos el fundamento de dicho respeto mutuo que el derecho internacional y los tratados se cuidan de regular y garantizar. Sólo cuando se cree semejante fundamento, cuando la igualdad entre los judíos y los otros pueblos sea un hecho, podrá considerarse resuelta la cuestión judía.

De acá podemos extraer algunas conclusiones interesantes. La fundamental para nuestros propósitos es la idea de que la Autoemancipación no implica una retirada del mundo: no significa formar un Estado propio, separado del orden internacional. Todo lo contrario: el objetivo de conformar un Hogar Nacional es lograr estar en pie de igualdad con las naciones del mundo. Dicho de otra manera, llegar a tener relaciones simétricas, en las que las negociaciones se den en el marco del derecho internacional y sus instituciones: en términos actuales, diríamos que para Pinsker el Estado de Israel debe formar parte de la ONU y reclamar sus derechos y hacer sus demandas dentro de ese marco. En pocas palabras, la propuesta de Leon Pinsker es buscar una puerta de acceso al sistema-mundo, no una retirada para un pueblo que mora solo y extraño. En un contexto como el actual, con una desprestigio internacional cada vez más grande del Estado de Israel y una resignación y hastío cada vez mayor por parte de los judíos y sionistas del mundo por lo que se percibe como injusticias por parte de la ONU, la UNESCO y otras organizaciones internacionales, esta idea de Pinsker vuelve a cobrar vigencia.

Para Pinsker, la Autoemancipación, entonces, no significa dejar de luchar por la Emancipación sino una nueva ventana por la cual se podrá lograrla. Para Pinsker, el sionismo no implica que todos los judíos inmigren a Israel ni la disolución de la Diáspora sino su reconfiguración por intermedio de una institución (un Hogar Nacional o, en términos actuales, el Estado de Israel) que permita a los judíos estar en pie de igualdad con el resto de la comunidad internacional.

Pueden ver que hay un punto en común entre el sionismo y sus antecesores a los que vino a destronar (Reformismo, asimilacionismo y autonomismo): todos asumen que el pueblo judío debe cambiar su forma de relacionarse con el mundo y definirse de una manera distinta a como lo venía haciendo hasta ahora. Sin embargo, la solución  del sionismo, a diferencia de las anteriores, implica un cambio político colectivo de las relaciones del pueblo judío con el mundo.

Acá entramos en un punto clave: tanto el movimiento por la Emancipación en sus distintas variantes como el movimiento por la Autoemancipación (sionismo) asumieron como dado un sistema-mundo determinado, presuponiendo un orden internacional que es ni más ni menos que el moderno: el Estado moderno como marco. La diferencia fue el método: integración dentro de una sociedad dada y un Estado ya existente (Emancipación) o creación de una sociedad nueva en un nuevo Estado (Autoemancipación). La diferencia fue de enfoque, pero no de fondo: los dos aceptaron como premisa un orden internacional ya definido y no intentaron modificarlo sino adaptarse al mismo.

De esta manera, se daría un movimiento del pueblo judío: de postergados a parte de la sociedad. En otras palabras, el judío pasaría de ser un outsider, al margen del sistema, apartado de la toma de decisiones políticas, a un miembro legítimo de la sociedad, aceptado como un igual. Para la Emancipación, esto se daría por medio de la integración a los Estados europeos; para la Autoemancipación, por medio de la integración de un Estado judío al orden mundial.

Sin embargo, si el objetivo del sionismo de Pinsker era la erradicación de la judeofobia, entonces tenemos que decir que su propuesta fracasó: el moderno antisemitismo ahora se expresa fundamentalmente en antisionismo. Más todavía: si bien el Estado de Israel participa de las organizaciones internacionales como la ONU, su participación es puesta en entredicho por varios países (fundamentalmente, los países árabes musulmanes) y la opinión pública se vuelca cada vez más hacia un rechazo si no a la existencia misma del Estado de Israel sí a sus políticas. No estoy diciendo con esto que toda crítica al gobierno de Israel sea una expresión de judeofobia (nada más alejado de mi forma de pensar) ni que el sionismo no haya sido sumamente exitoso en varios aspectos: hoy en día nadie discute que los judíos argentinos, ingleses o franceses tenemos derechos y somos aceptados como miembros legítimos y ciudadanos de nuestros países de origen, el Estado de Israel es una realidad concreta y somos testigos y partícipes de una época histórica excepcional en las relaciones entre judíos y no judíos. Simplemente afirmo que la entrada de la nación judía a la orquesta de las naciones fue y es accidentada, compleja y trabajosa.

¿Autoemancipación como antecedente del post-colonialismo?

Veamos una cita de Pinsker:

Lo que nos falta no es el genio, sino el sentimiento de auto-confianza y la conciencia de la dignidad humana que nos habéis robado.

Cuando se nos maltrata, roba, saquea o ultraja no nos atrevemos a defendernos y, lo que es aún peor, casi nos parece natural. Si se nos abofetea, enfriamos la mejilla encendida con agua fría, y si nos sale sangre le aplicamos una venda. Cuando se nos expulsa de la casa que hemos construido suplicamos humildemente la gracia, y si no logramos conmover el corazón de nuestro opresor, nos ponemos nuevamente en marcha en busca de… otro exilio. Si por el camino escuchamos la voz de algún ocioso espectador que nos grita: “Judíos, pobres diablos, desde luego merecéis compasión”, nos llega a lo más hondo; y si de un judío cualquiera se dice que hace honor a su pueblo, ese pueblo se muestra tan necio como para sentirse orgulloso de ello. Hemos caído tan bajo que casi exultamos de alegría cuando, como en Occidente, una parte menor de nuestro pueblo es equiparada a los no judíos.

Analicemos ahora las palabras de Leon Pinsker: ¿qué nos está diciendo? El judío perdió su sentimiento de amor propio y se desprecia a sí mismo porque acepta los juicios valorativos del mundo no judío. Acepta que los insultos y epítetos del judeófobo son ciertos y los toma como propios: se siente un ser miserable e inferior. Este sentimiento de auto-desprecio es resultado de una dinámica particular entre el judío el no judío: el gentil tiene el poder y domina sobre el judío, oprimiéndolo y humillándolo. El judío intenta alcanzar la cúspide socio-económica o adquirir posiciones de prestigio cultural o poder político dentro de la sociedad y sucumbe a la tentación de asimilarse al no judío, aceptando así como válidos sus prejuicios y deformaciones. El resultado es un judío que se desprecia a sí mismo, que enmascara su identidad y hace una caricatura de sí mismo: un judío que se deja humillar, maltratar y agredir sin reaccionar ni indignarse. Pinsker dice que a tal nivel llega el auto-desprecio que para ciertos judíos no hay mayor halago que ser comparados con no judíos: se me viene a la mente el ejemplo de Los Gauchos Judíos, de Alberto Gerchunoff. En este libro, el autor, de una tendencia indudablemente asimilacionista, considera a América y a la Argentina como la “Tierra Santa”, compara al patriarca Abraham con Jesús y genera todo un mecanismo literario legitimador de la asimilación judía en América. Lo interesa es cómo Gerchunoff adopta como propios los valores impuestos por la intelectualidad oficial y se transforma en una especie de intelectual orgánico al servicio del proyecto oficial de integración y asimilación de los inmigrantes judíos en Argentina, haciendo exactamente lo que criticaba Pinsker.

Podemos traducir todo lo que hemos dicho hasta ahora a los términos de Albert Memmi o Frantz Fanon: la relación entre el colonizado y el colonizador genera una dinámica que crea y reproduce una imagen distorsionada del colonizado, quien se siente inferior al colonizador. La única forma de acabar con este sentimiento de inferioridad es romper con esa dinámica, acabando con la relación colonizador-colonizado. Así, podemos considerar a Leon Pinsker como un antecedente del anticolonialismo y el post-colonialismo.

Hasta acá por hoy. En próximas entregas, más sobre Leon Pinsker, esta vez enfocándonos en sus ideas con respecto al Galut y la percepción de los judíos sobre sí mismos. Hasta la semana que viene.

Leon Pinsker (parte 5)

Jovevei Tzion y la unión de las facciones del pueblo judío

Una de las características más destacadas del movimiento fundado y liderado por Leon Pinsker, Jovevei Tzion, fue que estaba conformado por personas de ideologías y formas de vida distintas, pero unidas por su apoyo al nacionalismo judío y el asentamiento de los judíos en la Tierra de Israel: había ortodoxos y seculares, Maskilim y tradicionalistas. Esta característica me parece importante porque podemos pensar a Jovevei Tzion como un paraguas que contiene bajo suyo a distintas facciones con ideas divergentes, pero unidas bajo un objetivo común. Voy a decir más: el hecho mismo de compartir un mismo marco organizativo, a pesar de las diferencias que pueda haber, es por sí mismo un avance indiscutible en términos de nacionalismo: aceptar al otro como un hermano, y no como un enemigo porque piensa o actúa distinto, es un eje clave a la hora de hablar de sionismo y del pueblo judío como una nación. Bajo esta óptica, Jovevei Tzion se nos presenta no solo como un antecedente de lo que luego serían los Congresos Sionistas liderados por Herzl sino también como un movimiento con vida propia y como el verdadero origen del sionismo moderno: acá no vale hablar de revisionistas y socialistas, o Likud y Avodá, porque estas divisiones son posteriores. Si queremos saber la fuente del sionismo a secas, sin adjetivos, debemos retrotraernos a Jovevei Tzion: aquí, por primera vez, bajo el paraguas de la idea nacional judía, se unen grupos distintos y trabajan en conjunto.

Por supuesto, la convivencia bajo un mismo marco de facciones divergentes no estuvo exenta de polémicas: en 1887, Leon Pinsker, aquejado de una enfermedad coronaria, decidió renunciar a su cargo como líder del movimiento. Las intrigas y polémicas entre la facción de los Maskilim y la de los ortodoxos estaban a la orden del día y lo forzaron a Pinsker a mantenerse en el cargo para no poner en peligro la continuidad del movimiento y evitar una pugna de poder que lo destruya por dentro. Por más que el mito popular declame que los fundadores del sionismo fueron en su gran mayoría seculares, lo cierto es que estas intrigas políticas muestran que las dos facciones en pugna (Maskilim y ortodoxos) tenían la suficiente ambición y estaban lo suficientemente igualadas en términos de influencia y fuerza al interior del movimiento como para luchar de igual a igual por el liderazgo. Por supuesto, es importante recalcar que estamos hablando de un grupo minoritario en relación al total del pueblo judío: Jovevei Tzion, a pesar de haber tenido un crecimiento sostenido, nunca llegó a ser un movimiento de masas sino que tiene que ser considerado un movimiento vanguardista. La amplia mayoría de los judíos, principalmente los occidentales, veían con recelo y desconfianza la idea nacional del pueblo judío. Incluso quienes querían ayudar a las masas atrapadas por la judeofobia y apoyaban la emigración hacia la Tierra de Israel consideraban que hablar de “nacionalismo” o “nación judía” podía despertar odios y que era mejor hacer este tipo de acciones de manera despolitizada y apartidaria. A pesar de sus indiscutidos logros, Jovevei Tzion no hubiera pasado a la historia de no ser porque hubo otras organizaciones que, en años posteriores, continuaron y expandieron sus ideas y actividades hasta llegar a la creación del Estado de Israel y a nuestros días.

El sionismo como remedio a la judeofobia

Para Pinsker, la solución frente a la judeofobia es clara: organización y acción política unificada con el fin de revivir a la nación judía. Acá hay un punto fundamental: Leon Pinsker argumenta que el problema judío no se va a solucionar por acción de los gentiles sino de los judíos. La judeofobia es un problema endógeno, interno, de la sociedad: no se va a solucionar simplemente a partir de una evolución natural de su cultura o de su política. Repito la idea porque me parece fundamental: la judeofobia no se soluciona por el desarrollo natural o el progreso de la sociedad. De hecho, Pinsker argumenta que, incluso si así fuera, no resulta aceptable: incluso si aceptásemos que la judeofobia se soluciona con más progreso, más secularización, más libertad o más igualdad (o el ideal que ustedes gusten), puede ocurrir que el tiempo necesario para que eso ocurra sea demasiado extenso. O sea, supongamos que la judeofobia desaparecerá de manera “natural”, por el desarrollo social, en el transcurso de doscientos años. ¿Mientras tanto los judíos debemos aceptar la judeofobia pasivamente, como un dato inmutable de la realidad? En otras palabras, ¿quién dijo que nosotros no podemos actuar para aliviarlo, eliminarlo o aunque sea protegernos?

Hasta acá por hoy. Es corto pero es lo que hay: perdí el archivo en el que tenía armado todo el artículo sobre Leon Pinsker (me faltaba redactarlo, escribirlo y darle forma pero ya tenía los lineamientos básicos) y tuve que empezar de cero. Por eso la tardanza.

Nos vemos cuando nos veamos.