Rab Abraham Itzjak Hacohen Kook

Un polímata
El rabino Abraham Itzjak HaCohen Kook (para abreviar, llamémoslo “Rab Kook” de aquí en adelante) nació en 1865 y falleció en 1935. Es la autoridad rabínica más importante que apoyó el sionismo en sus comienzos y, sin lugar a dudas, una figura clave para entender el desarrollo del sionismo religioso en particular y del sionismo en general. Más allá del sionismo, destaca como halajista, filósofo, místico, talmudista y cabalista. Estamos frente a una personalidad notable, que destacó prácticamente en cualquier área en la que incursionó. Podría explayarme sobre cada uno de estos temas y escribir tomos y tomos de libros pero hoy nos enfocaremos en su sionismo y dejaremos de lado las otras facetas de este grande del pueblo judío. Antes de avanzar, aclaremos algunos malentendidos comunes:
1)Rab Kook no fue el único rabino que apoyó al sionismo.
2)Rab Kook no fue el primer rabino que apoyó al sionismo.
3)Rab Kook no creó el movimiento sionista religioso.
4)Rab Kook no estuvo afiliado a ningún partido político en particular.
Expliquemos cada uno de estos tres puntos brevemente.
El punto 1) es un error muy común. Mucha gente cree que había un consenso absoluto en el establishment rabínico: todos se oponían al sionismo, y Rab Kook fue una excepción, que fue contra la corriente. Esto es totalmente falso: Rab Kook no fue ni es el único rabino sionista; en todo caso, fue el más influyente. Hay muchos otros rabinos que apoyaron y apoyan al sionismo, en mayor o menor medida, y por diversos motivos. Ya hablaremos en otra oportunidad sobre la ortodoxia y el sionismo y no quiero entrar en detalles ahora pero dejemos asentada la siguiente idea: Rab Kook no estuvo solo.
El punto 2) es otro error básico y uno en el que incluso incurren personas que admiran profundamente a Rab Kook y que se declaran seguidores suyos. No, Rab Kook no fue el primer rabino que apoyó al sionismo. Hubo muchos que se adelantaron a él. Algunos ejemplos rápidos: los rabinos proto-sionistas Alkalai y Kalischer (quienes llamaron a la inmigración en masa y la creación de un Estado judío en la Tierra de Israel antes del establecimiento del sionismo como movimiento organizado) y los rabinos Glasner y Reines, fundadores de la organización Mizraji (el órgano principal del sionismo religioso). La originalidad de Rab Kook no radica en ser el primer rabino sionista sino en su enfoque particular, que analizaremos en esta publicación.
El punto 3) es otro error lamentablemente común. ¡Rab Kook no creó el movimiento sionista religioso! Ni por casualidad. El principal fundador de Mizraji fue Rab Itzjak Yaakov Reines, injustamente olvidado por el gran público. Rab Reines es una figura fascinante por derecho propio y es una verdadera lástima que sea un completo desconocido para la mayoría de las personas.
El punto 4) es muy importante para entender los desafíos actuales que atraviesan los discípulos y seguidores de Rab Kook. Contra lo que mucha gente piensa, Rab Kook no fue de derecha. De hecho, se intentó mantener al margen de las controversias partidarias. Defendió a los ateos frente a los religiosos; a los religiosos, frente a los seculares; a los revisionistas, frente a los socialistas. Su único puesto público fue el de Gran Rabino en la época del Mandato Británico, un puesto apartidario. Nunca se afilió a ningún partido político, ni siquiera a Mizraji. Esto es importante porque mucha gente lee la obra de Rab Kook a través del filtro de las acción política de Rab Zvi Yehuda Kook (el hijo de Rab Abraham Itzjak Kook) y esto puede llevar a confusión. Yehuda Mirsky, un académico, muestra en su reciente libro “Rav Kook: Mystic in a Time of Revolution” (una excelente biografía, dicho sea de paso) que Rab Kook adrede se intentó mantener lo más neutral posible, aunque pareciera que simpatizaba especialmente con Poalei HaMizraji (la rama obrera y socialista del movimiento sionista religioso, fundadora del Kibutz Hadati; en próximos artículos profundizaré sobre el tema). Rab Kook, a diferencia de todas las personas que vimos hasta ahora, no fue un político. Es probable que se haya visto a sí mismo por encima de las diferencias partidarias. Ya veremos más adelante cómo se cargó al hombro la tarea de unir al pueblo judío y cómo esta tarea se desprende claramente de su obra filosófica y mística.
Una última aclaración antes de avanzar: a Rab Kook hay que leerlo en hebreo. Hay traducciones al inglés y al español pero créanme cuando les digo que se pierde demasiado del vigor del pensamiento de Rab Kook en una traducción. Por más que tengamos al mejor traductor del mundo y este traductor conozca absolutamente todos los recovecos de la obra de Rab Kook, el hebreo de Rab Kook es tan rico, profundo y complejo que es imposible de traducir: está lleno de referencias a versículos del תנ”ך (“Tanaj”, Biblia Hebrea), pasajes de la משנה (“Mishná”), ideas del תלמוד (“Talmud”) y conceptos de la קבלה (“Cabalá”). Para colmo, el lenguaje es extremadamente poético y muchas veces reinterpreta los conceptos para darles una nueva vuelta de tuerca y redimensionarlos. Si ya con Jabotinsky o Ajad Haam mencionaba la importancia de saber hebreo para comprenderlos cabalmente, con Rab Kook la cuestión es todavía más clara: ¡hay que aprender hebreo!
Kodesh y Jol
Comencemos con dos conceptos básicos en el pensamiento de Rab Kook: קודש (“Kodesh”) y חול (“Jol”). La traducción usual de קודש es “sagrado” y la de חול, “profano”. Estas dos traducciones son horriblemente malas pero el problema no es el traductor: es que no hay un concepto en el idioma español que se asemeje al de קודש ni al de חול. Pero aceptemos provisoriamente las palabras “sagrado” y “profano” como puntos de partida. Hagamos una asociación mental rápida: ¿qué pensamos? Sagrado=Relacionado con el culto, espiritual, casto, separado del mundo material, apegado a lo ritual, honrado, venerado, respetable, divino, trascendente; Profano=Material, bajo, pecaminoso, indigno, carnal, mundano. Creo que todas las personas criadas en la cultura occidental y cristiana tendrán más o menos estos conceptos de lo sagrado y lo profano. Para entender, aunque sea en un nivel simple y básico, a Rab Kook es necesario desprenderse de estos conceptos.
Veamos las palabras de Rab Kook:

Hay un mundo de lo חול y un mundo de lo קודש. Estos mundos se contradicen, pero esta contradicción es relativo: es el ser humano el que no los puede conciliar. Sin embargo, sí se concilian en lo más alto, en el lugar del קודש הקודשים.

Probablemente ustedes se estén preguntando: ¿qué nos quiere decir Rab Kook? ¡No se entiende nada! Por eso les decía al principio: es muy difícil traducir a Rab Kook. Su lenguaje es poético, usa conceptos cabalísticos, mezcla filosofía y mística…No estamos frente a un político que quiere resolver pragmáticamente los problemas cotidianos sino frente a un religioso que quiere entender la profundidad filosófico-mística de la realidad. Teniendo en cuenta esto, quiero que entiendan que Rab Kook no nos trae un programa político definido sino una obra profundamente conceptual, llena de metáforas. Su objetivo no es decir: “hagamos esto” sino “pensemos cuál es el sentido Divino de esto”.
Así que expliquemos el pasaje. Lo que nos dice Rab Kook es que el קודש y el חול son relativos: es solo nuestra limitada visión humana la que divide a la realidad en dos. En un sentido profundo, esta distinción es falsa: el קודש y el חול forman una unidad. Desde el punto de vista de D-s, no podemos hacer esa división casi intuitiva קודש=bueno, חול=malo. Ese simplismo está equivocado. En el plano de D-s, todo forma una unidad. Pero -y esto es fundamental- esta unidad no es una unión de iguales sino una unión de opuestos. O sea, no es que las diferencias entre el קודש y el חול se diluyen porque, en el fondo, son lo mismo. No, el קודש y el חול son diferentes y es precisamente esa diferencia la que permite que se unan. Dicho de otra manera, nuestra visión está equivocada no porque קודש y חול en realidad sean lo mismo sino porque creemos que uno es bueno y el otro, malo.
Para graficarlo, piensen lo siguiente. En la visión tradicional, hay dos niveles:
1)Profano.
2)Santo.
Si les digo que hay otro nivel llamado קודש הקודשים (“Santo de los santos”), ustedes pensarían, haciendo una síntesis bien hegeliana:
1)Profano.
2)Santo.
3)Santo de los santos.
Pero Rab Kook nos dice una cosa bien distinta:
1)קודש-חול (Santo-Profano).
2)קודש הקודשים (Santo de los santos).
Usando el lenguaje de la filosofía occidental, no hay tesis, luego antítesis y finalmente síntesis sino una coexistencia de tesis y antítesis, una unión de opuestos que conviven en tensión. Digamos (tómenlo con pinzas, no es tan así, solamente tomo referencias de la filosofía occidental para que entiendan los que lean esto y no sepan mucho del pensamiento judío) que Rab Kook es más heideggeriano que hegeliano.
¿De dónde saca Rab Kook su concepto de קודש (santo) y חול (profano)? Piensen en una fruta. En una naranja. Quieren comerse la naranja. ¿Qué hacen? Agarran la fruta, le sacan la cáscara y se comen el interior (la pulpa, digamos). Nos dice Rab Kook: en la realidad, hay cáscara -חול- y pulpa -קודש-. Las dos son necesarios y, a diferencia de la fruta, no es que la cáscara sea descartable: hay que comerse la fruta con la cáscara y la pulpa. O si lo prefieren en otros términos: lo santo y lo profano forman parte del mundo. Los dos son necesarios para que el universo funcione correctamente.
Agreguemos una última metáfora que nos va a ayudar a afinar las ideas. Piensen en la luz y la oscuridad. Un rayo de luz, más específicamente. Este rayo de luz está iluminando una parte determinada de un objeto. Digamos que ilumina el centro. Pero también la luz llega, probablemente más tenue e irregular, a otros puntos del objeto. Así, tenemos un centro de luz rodeado de oscuridad; pero esta oscuridad, a su vez, tiene puntos de luz. La luz es el קודש y la oscuridad, el חול. Es un concepto relativamente similar al yin y el yang, para que tengan una referencia más conocida: la luz y la oscuridad coexisten.
Es importante entender que קודש y חול no son simplemente estados psicológicos sino principios cósmicos: están ligados a la propia Creación. D-s creó el mundo de esta manera y por eso los dos son importantes.
Hagamos un resumen de lo que dijimos hasta ahora para no confundirnos. Ya sé que puede resultar pesado que repita lo mismo varias veces pero solamente si entienden estos conceptos básicos podrán comprender lo que viene a continuación. Lo que haremos de ahora en adelante no será más que aplicar estos conceptos a distintos aspectos de la realidad. El קודש y el חול forman una unidad de opuestos. Esta unidad no se da por la anulación de las diferencias. Es importante tener en claro los límites de uno y otro. En un nivel profundo, los dos son necesarios.
Las naciones: el lugar del pueblo de Israel
Empecemos aplicando nuestro modelo conceptual del קודש y el חול a los pueblos del mundo. La nación קודש es el pueblo judío; el resto son חול. Repito: tengan en sus mentes los conceptos de los que venimos hablando hasta ahora. No piensen en los conceptos occidentales de lo santo y lo profano. Rab Kook no está hablando de que el pueblo judío sea superior por naturaleza a la manera nazi ni que tenga necesariamente que apartarse del resto del mundo porque esté consagrado a D-s. Sí, Rab Kook habla de la elección de Israel, sí, Rab Kook nos habla de una misión especial del pueblo judío; pero solo si se sacan de sus cabezas las ideas convencionales de todas estas ideas van a poder captar la profundidad del pensamiento de Rab Kook.
Dice Rab Kook:

La קדושה (santidad) del hombre, revelada a través del pueblo judío, se encuentra dentro de cada hombre simple, dentro de toda la humanidad.

Retomando la metáfora de la que hablábamos antes de la fruta: el pueblo judío es la pulpa y el resto de las naciones, la cáscara. Pero recuerden que la cáscara también es importante porque sostiene a la fruta y es parte integral de la misma. Más todavía: la protege. Una y la otra -pulpa y cáscara, pueblo judío y resto de las naciones- son necesarias: una no puede existir sin la otra. O sea, para Rab Kook el pueblo judío tiene una misión especial, y esa misión es ser el recipiente de la revelación Divina en el mundo; pero simultáneamente hay un cierto tipo de revelación Divina que es común a toda la humanidad. Más aún, se encuentra en el hombre común, en el hombre de la calle.
Siguiendo con esta línea de pensamiento, Rab Kook tiene una visión muy positiva de lo que él llama חקי המוסר הטבעיים (“leyes de la moral natural”). ¿Qué es esto? La intuición moral. Todo inviduo tiene un instinto ético natural. Este instinto está dentro de todos nosotros y surge de la chispa Divina en nuestro interior. Esta moral natural es un nivel de revelación.
De nuevo, recuerden nuestro modelo básico de קודש y חול. El pueblo judío es קודש y los otros pueblos son חול. Sin embargo, no estamos hablando de una relación unilateral ni jerárquica sino una de mutua interrelación. No se olviden que para Rab Kook no solo lo santo o sagrado es positivo sino que también lo profano o mundano tiene elementos positivos.
El tiempo: exilio y redención
Sigamos avanzando. Apliquemos nuestro modelo de קודש y חול al exilio y la redención. Recordemos brevemente el esquema clásico de la historia judía:
1)Época del Primer y Segundo Estado.
2)Exilio.
3)Redención.
Tenemos una primera etapa dorada, en la que vivieron los profetas, el בית המקדש (“Beit HaMikdash”, Gran Templo de Jerusalén) estaba en pie y la revelación Divina era clara y evidente para todos; una segunda etapa en la que el pueblo judío es exiliado por sus pecados, se acaba la profecía y el בית המקדש (Gran Templo) es destruido; la tercera etapa es la redención, una época futura en la cual llegará el Mesías y se acabará el exilio. No quiero profundizar en el tema porque es complejo pero tengan en cuenta este esquema básico: época dorada-época negativa-restauración milagrosa. ¿Hasta ahora estamos?
A partir de esto, llegamos a la conclusión que la etapa 2), el exilio, es negativa pero tiene un valor expiatorio: el pueblo judío fue al exilio para expiar sus pecados. Y así, la conclusión lógica sería decir que uno tiene que aceptar con resignación el exilio como una condición impuesta por D-s frente a la cual nada se puede hacer. Es una situación inevitable, un decreto Divino.
Rab Kook niega la negatividad del exilio. O mejor dicho, busca sus elementos positivos. ¿Por qué? Recuerden nuestro modelo. Sí, ya sé que puedo sonar pesado repitiendo siempre lo mismo pero si lo entienden y manejan, todo se hace más llevadero. Créanme que comprender bien a Rab Kook es difícil. Es muy fácil malinterpretarlo. Pero retomemos. Decía que recordemos nuestro modelo: קודש y חול. El exilio es חול, la Redención es קודש. Hasta aquí, no estamos diciendo nada diferente de la visión clásica del exilio y la Redención.
Pero claro, para Rab Kook incluso lo חול tiene chispas positivas. Acuérdense de la metáfora de la luz rodeada de oscuridad. Y entonces, si decimos Exilio=חול, estamos diciendo que el exilio tiene su elemento positivo. ¿Cuál es? En el exilio hay chispas de Divinidad que hay que recapturar. Esto está basado en la Cábala del Arizal y en pasajes del Talmud y nuevamente no quiero entrar en detalles porque es muy complejo. Vayamos a lo más básico: digamos que el pueblo judío en su largo peregrinar por el exilio tiene que imbuirse de los aspectos positivos de las distintas culturas. Tomar la ciencia moderna o el arte griego, por ejemplo, y reformularlos en términos judíos. O sea, tomar lo mejor de cada nación. Esta apropiación no es pasiva sino que implica un proceso de profunda meditación: la nación judía debe saber tomar los elementos positivos de otras naciones manteniendo su núcleo intacto. ¿No les suena a Ajad Haam? Sí, son parecidos. Pero no se confundan: el punto de partida de Ajad Haam es secular; el de Rab Kook, religioso. Sus diferencias son profundas.
Este tomar los elementos positivos en el Exilio no es simple diversión. Es el verdadero objetivo del mismo: recapturar el קודש encerrado en el חול. Recapturar las chispas de espiritualidad encerradas en la oscuridad del Exilio. La Redención llegará cuando todas estas chispas sean liberadas.
Rab Kook también es muy original en su tratamiento de la Redención. Normalmente, se piensa que la redención va a ser un milagro repentino: de un momento a otro, aparecerá el Mesías y modificará todo el curso de la historia. De hecho, hay fuentes en la tradición judía que apoyan esta visión. Rab Kook la rechaza: para él, la Redención no es un momento puntual sino un proceso. No es obra del Mesías como individuo aislado sino de todo el pueblo judío. Y lo más importante: surge de la propia historia. O si lo prefieren en otros términos, normalmente se piensa a la era mesiánica como un período post-histórico; Rab Kook, en cambio, la piensa como un período que surge de la propia historia. Para graficarlo, imagen una línea recta que representa a la historia: para la visión tradicional, esta recta se quiebra cuando llega el Mesías y surge una completamente distinta; para Rab Kook, la recta se extiende incluso con la llegada del Mesías porque la época mesiánica surge de esa misma recta. Ya volveremos más adelante sobre esto pero fíjense que, para Rab Kook, la Redención exige compromiso activo: hay que trabajar para llegar a ella.
El espacio: la Tierra de Israel
El libro אורות ארץ ישראל (“Luces de la Tierra de Israel”) de Rab Kook empieza con estas palabras:

La Tierra de Israel no es una cosa superficial ni una adquisición superficial para la nación; tampoco es un medio para el objetivo de la unión popular ni para fortalecer su base material ni espiritual. La Tierra de Israel es una unidad independiente con una conexión vital con la nación, relacionada mediante fuerzas espirituales con su existencia.

Es decir, hay una interrelación básica entre el pueblo judío y la Tierra de Israel. Volver a la Tierra de Israel no es, como decía Herzl, una forma de solucionar el antisemitismo; no es tampoco una manera de resolver el problema económico del pueblo judío, como decía Borojov; tampoco es una herramienta para la unión nacional, como podría afirmar Jabotinsky; ni siquiera es un medio para el renacimiento cultural ni espiritual, como decía Ajad Haam. Fíjense cómo en la primera frase del libro ya se rechazan las cuatro posiciones que estuvimos viendo en nuestro blog (y que conforman la base de toda discusión ideológica posterior dentro del sionismo). Para Rab Kook, la Tierra de Israel no es un pedazo de tierra más: no es solamente un territorio físico. La Tierra de Israel  es un principio cosmológico, un canal de conexión con D-s, una fuerza espiritual. Las palabras exactas que utiliza son ארץ ישראל היא חטיבה עצמותית קשורה בקשר חיים עם האומה. חבוקה בסגולות פנימיות עם מציאותה.. Esta cita es muy difícil de traducir porque se entremezclan conceptos cabalísticos, ideas del acervo cultural judío tradicional y conceptos originales de Rab Kook; el lenguaje es poético y metafórico y, a la vez, muy técnico porque cada palabra que usa Rab Kook tiene un significado muy específico dentro de su sistema, que está fuertemente basado en la Cábala del Arizal. Quedémonos con las siguientes ideas:
1)La Tierra de Israel está íntimamente relacionada con el pueblo judío y viceversa.
2)Esta relación es natural y positiva.
El pueblo judío tiene su lugar natural en la Tierra de Israel. Esta relación es orgánica; que el pueblo judío viva en otro lugar geográfico implica una situación espiritual empobrecida y negativa. Fíjense cómo en el pensamiento de Rab Kook la Tierra de Israel es más que un lugar geográfico: es un estado de ánimo, una situación espiritual. El retorno a la Tierra de Israel representa una búsqueda del pueblo judío por renovarse espiritualmente. A Rab Kook no le interesan ni la soberanía política ni la independencia económica ni la autonomía cultural que pueda alcanzar el pueblo judío mediante un Estado judío en la Tierra de Israel sino que se focaliza en el aspecto espiritual del retorno a la Tierra de Israel. Se puede decir que le importa el aspecto mítico del asunto. Tampoco quiero que piensen que Rab Kook vive en un mundo ideal y que se abstrae de lo cotidiano. Todo lo contrario, Rab Kook es una persona comprometida con su contemporaneidad y justamente por eso es admirado por muchas personas que están en las antípodas de su pensamiento.
Retomando nuestro esquema básico del קודש y el חול, podemos arriesgar la siguiente ecuación: Tierra de Israel=קודש; Resto del mundo=חול. Y agregando a nuestra ecuación lo que vimos hace unos párrafos, קודש=Tierra de Israel=Redención; חול=Resto del mundo=Exilio. O sea, la Redención, solo puede lograrse en la Tierra de Israel. Les recuerdo una vez más para evitar confusiones que el קודש y el חול son relativos: dependen de la visión del ser humano ya que desde el punto de vista de D-s todo es igualmente importante.
El sionismo
Hasta ahora nos estuvimos moviendo en un nivel abstracto. Hablamos de conceptos, del tiempo y del espacio. Pongamos los pies sobre la tierra y usemos todo ese bagaje conceptual.
Pongámonos en el lugar de Rab Kook, un rabino que vive entre fines del siglo XIX y principios del XX. Asumamos todo el esquema conceptual del que hablamos hasta ahora. Imaginemos que vemos los grandes sucesos de la historia mundial y judía de esos días: el surgimiento del sionismo, la exaltación de las masas judías seculares por volver a la Tierra de Israel y fundar allí un Estado para el pueblo judío, el quiebre con la tradición religiosa por parte de la gran mayoría de los jóvenes, el auge del socialismo en sus diversas vertientes, la caída de los grandes imperios, las Guerras Mundiales, la aparición del fascismo y los diversos autoritarismos modernos, la industrialización. Muchos de ustedes probablemente estén pensando: un religioso seguro que reacciona negativamente frente a estos cambios profundos. Y si buscan una foto de Rab Kook por internet, van a estar convencidos de que es un reaccionario y que se opone frontalmente a la Modernidad: lleva barba larga, sombrero de piel y saco largo. ¡No! Están equivocados. Rab Kook no ve a la Modernidad como un desastre sino como una bendición. Escribe sobre la importancia de la ciencia, lee filosofía moderna, opina sobre asuntos sociales. Y lo más importante: Rab Kook nos dice que hay que enfrentar el desafío ético de la Modernidad. Si en la Edad Media, el desafío era conciliar fe con razón (o sea, los conocimientos científicos con la religión o la filosofía con la religión), el desafío de la Modernidad es conciliar la ética moderna con la ética religiosa. Para que me entiendan mejor, pensémoslo con el caso de la evolución de las especies. Un enfoque muy común dentro de distintas corrientes religiosas es atacar a la hipótesis científica de la evolución diciendo que no cumple parámetros científicos o que no se comprueba experimentalmente; Rab Kook nos dice: este enfoque era correcto en la Edad Media, pero no en la Modernidad. No se puede atacar a la ciencia desde la religión ni viceversa. Lo que hay que hacer, en todo caso, es atacar al darwinismo social y sacar una enseñanza ética positiva de la evolución: la idea del progreso espiritual, que todo tiende a mejorar, que la historia no es cíclica. Fíjense cómo Rab Kook trastoca el modelo: no se trata de negar a la ciencia porque ella no es un desafío a la fe. El verdadero desafío es ético.
Y así como Rab Kook piensa que en la Modernidad el desafío es ético, se enfrenta al fenómeno del sionismo desde las implicancias éticas del fenómeno. Su respuesta es maravillosa y sorprendente. Mientras que muchos rabinos ortodoxos reaccionan con rechazo, viendo en el sionismo a un movimiento iluso o incluso herético, Rab Kook nos dice:

Encontramos en todo judío, incluso en el más pecador, gemas preciosas de buen carácter y buenas acciones. Se van a elevar mediante la Tierra de Israel y ella los santificará si no a ellos a sus hijos.

Sí, nos dice Rab Kook, estamos frente a una generación rebelde, que se aleja de la תורה (“Torá”) y las מצוות (“Mitzvot”, preceptos tradicionales judíos). Sin embargo, quedarnos solo con eso es simplista y equivocado: hay que ir más allá y ver lo positivo. Los judíos seculares sionistas que sacrifican todo por ir a vivir a la Tierra de Israel y construir un país de la nada están revolucionando al pueblo judío. No podemos descartarlos como pecadores en un segundo sin pensarlo. No, tenemos que buscar los elementos positivos en su conducta. Recuerden nuestro modelo conceptual: la oscuridad tiene puntos de luz.
¿Cuáles son los elementos positivos de la juventud judía sionista secular?
1)Están retornando a la Tierra de Israel, cosa que no hizo el pueblo judío durante toda su existencia diaspórica.
2)Están retomando el equilibrio entre lo material y lo espiritual dentro del judaísmo.
3)Están despertando a los religiosos de su aletargamiento.
4)Están volviendo a la vida nacional judía.
El punto 1) es claro: los que están volviendo en masa a la Tierra de Israel, que, como dijimos antes es el lugar natural del pueblo judío, son los seculares, no los religiosos; el impulso proviene de los seculares. El punto 2) tampoco reviste demasiadas dificultades: el judío se enfocó durante todo el exilio en su vida espiritual y descuidó la material; es hora de revertir esta situación. El punto 3) es un llamado de atención: Rab Kook está convencido de que los religiosos no deben ser indiferentes al sionismo sino actuar en consecuencia, escarbando y renovándose a sí mismos para hacer frente a los desafíos de la secularidad. El punto 4) creo que es el más importante: los seculares están volviendo a ver al pueblo judío como una totalidad. O sea, están actuando en función de los intereses del pueblo judío como un todo, no como comunidades unidas simplemente por un sentimiento de solidaridad. Los sionistas se dedican a la nación judía y creen en su revitalización: están rescatando la dimensión nacional de la identidad judía. Esto es fundamental: para Rab Kook, la nación judía es una unidad orgánica, natural y prístina y los sionistas seculares están reflotando esta unidad cuando enfatizan la idea nacional frente al sectarismo. Digamos que Rab Kook está dispuesto a extender sus brazos al judío sionista secular porque se preocupa por encontrarle lo positivo en vez de ponerse a criticarlo por hereje, antirreligioso o ateo, como sería la reacción usual de gran parte de la ortodoxia tradicional.
Los comienzos de la era mesiánica
Pero, ¿por qué es tan importante la acción de los sionistas seculares? ¿Cuál es la gran revolución del sionismo? ¿Qué relevancia religiosa tiene que los judíos quieran retornar a la Tierra de Israel y fundar allí un Estado? Quiero que vean cómo es el hilo de pensamiento de Rab Kook: ve el retorno masivo de los judíos a la Tierra de Israel, ve la fuerza del sionismo, ve cómo cohesiona al pueblo judío y su reacción es buscar su base espiritual. Intenta ir a la raíz: busca el motivo oculto que se encuentra en el fondo del alma judía.
Y el motivo que encuentra es maravilloso:

El motivo de la insolencia de la epoca inmediatamente anterior al Mesías es que el mundo ya se desarrolló tanto que exige entender cómo las particularidades están unidas con lo general; y, por lo tanto, cada particularidad que no se puede relacionar con la grandeza de lo general incomoda a la mente.

Extraigamos las ideas principales de esta frase:
1)Nuestra generación es insolente.
2)Estamos viviendo en la época inmediatamente anterior al Mesías.
3)Unión de lo particular con lo general.
El punto 1) es lo que estuvimos analizando arriba, en el apartado “El sionismo”. El punto 3) es complejo y no quiero empezar a hablar de él porque, en definitiva, no tiene demasiada relación con nuestro tema y nos iríamos por las ramas. Quedémonos con la idea de la evolución y del progreso: todo tiende a mejorar.
El punto 2) es lo más importante para nuestro tema: para Rab Kook, el sionismo es, en su raíz, un movimiento mesiánico. El sionismo, ese vasto movimiento de liberación nacional que propone que los judíos retornen a la Tierra de Israel, es el puntapié de la Redención. Literalmente. Rab Kook está convencido de que el sionismo es el medio que está utilizando D-s para reunir a las diásporas judías. Es un paso para la Redención. Siendo así, apoya al sionismo no porque esté de acuerdo con sus objetivos declarados -normalizar la situación de los judíos, formar un Estado-nación judío, transformar al judío en ciudadano de su propio Estado- sino porque le encuentra una finalidad oculta: redimir al pueblo judío y, con él, al mundo entero.
Este proceso es denominado por Rab Kook אתחלתא דגאולה: el comienzo de la Redención. Este concepto no es un invento de Rab Kook sino que aparece en el Talmud. Solamente que lo toma y lo aplica a la situación actual del pueblo judío y del mundo. Fíjense lo que ya dijimos antes: para Rab Kook, la Redención no cae de los cielos en un instante sino que es un proceso. Se extiende en el tiempo, tiene idas y vueltas: no es lineal. Y justamente por eso puede decir: sí, es verdad, esta generación tiene defectos y hay que criticarla por esos defectos, sí, el sionismo es problemático en varios de sus planteos…¡Pero no por eso hay que negarle su enorme importancia histórica ni su raíz espiritual! El lugar de esta generación es ser la impulsora de la llegada del Mesías. Esto implica que su actitud insolente no es casual sino que está causada por fuerzas espirituales. Esta insolencia precisamente es la que le permitió a esta generación romper con ciertas vallas mentales que a las generaciones anteriores les impedían volver a la Tierra de Israel.
La vanguardia dentro del pueblo judío
Ya hablamos de la relación entre el pueblo judío y el resto de las naciones. Ahora hablemos del pueblo judío en relación consigo mismo. Analicemos su estructura interna.
Haciendo una simplificación algo forzada, en la época de Rab Kook podemos dividir al pueblo judío en dos grandes grupos: sionistas seculares y religiosos tradicionales. El primer grupo (sionistas seculares) es el de los nacionalistas, los que pugnan por el establecimiento de un Estado judío y cuya definición de lo que es el judaísmo es enteramente nacional y cultural; el segundo grupo (religiosos tradicionales) está formado por los que defienden que el judaísmo es el cumplimiento de los preceptos derivados de la תורה (“Torá”) y son antisionistas o, en el mejor de los casos, indiferentes al sionismo. Ya vimos antes cómo era la relación, en el pensamiento de Rab Kook, de estos dos grupos: uno representa al קודש y otro, al חול. Metafóricamente hablando, los sionistas seculares representan la cáscara y los religiosos tradicionales, la pulpa de la fruta. Si es así, ¿qué los une? ¿Cómo encontrar un lenguaje en común entre estos grupos tan alejados entre sí? ¿Acaso podemos asegurar que forman parte de una misma fruta?
La respuesta de Rab Kook a estas preguntas es muy interesante: hay una vanguardia dentro del pueblo judío. Esta vanguardia son los sionistas religiosos. Este grupo -el tercero en discordia- comparte con los sionistas seculares el lenguaje y las aspiraciones nacionalistas, y con los religiosos tradicionales, el lenguaje y el modo de vida basado en el cumplimiento de la תורה (“Torá”) y las מצוות (“Mitzvot”). Este grupo tiene que ser el que una los intereses y aspiraciones de los otros dos. Tiene que ser el que lidere al pueblo judío: su función es acercar a los seculares a la תורה y a los religiosos a la nación. Los sionistas religiosos son los encargados de encontrar el equilibrio entre la visión nacional y la religiosa. Se puede decir que son los mediadores entre un mundo y el otro. Yendo más allá, son los que deben trabajar para que el futuro Estado judío sea un Estado basado en la הלכה (“Halajá”).
Los sionistas religiosos tienen que ser un ejemplo para el resto del pueblo judío: tienen la obligación de destacar en todos los campos (científico, religioso, moral, filosófico, artístico, militar, político, económico, etc) para demostrar la viabilidad y la necesidad de esta tercer vía. Frente al ateísmo de los judíos seculares y el ensimismamiento de los religiosos, Rab Kook propone una alternativa activa y respetuosa de la tradición.
Los peligros del mesianismo
Con todo lo que ya dijimos, creo que resulta claro que uno de los más grandes atractivos del pensamiento de Rab Kook es también uno de sus mayores peligros: el mesianismo. Rab Kook ve en el sionismo un movimiento mesiánico: está adelantando la Redención. El sionismo no es solamente un movimiento político de liberación nacional sino que es mucho más: es un movimiento redentor no solo del pueblo judío sino de toda la humanidad. ¡Noten la diferencia! Apoyar al sionismo no es solamente apoyar a un pueblo sufrido para huir de sus desgracias sino crear la base para llegada del Mesías. Y esto, evidentemente, es muy inspirador y a la vez muy peligroso. Levanta ánimos y da un poderoso incentivo para llevar a cabo el sionismo. Por otro lado, puede llevar al fanatismo ciego: si estamos activando en pos de la Redención, todo está permitido porque nuestro objetivo final es ni más ni menos que la Redención de la humanidad. Las guerras mundiales o el conflicto árabe-israelí ya no son simples procesos históricos: de repente, se transforman en guerras cósmicas entre el Bien y el Mal, en conflictos irreversibles basados en reglas espirituales inmutables. Noten el traspaso de la historia a la metahistoria o de lo físico a lo metafísico. Aclaro: no digo que Rab Kook diga esto, digo que es factible interpretarlo de esta manera.
Lo mismo ocurre con la idea del sionismo religioso como vanguardia del pueblo judío. Rab Kook no es un político pero de esta idea pueden extraerse conclusiones políticas de vasto alcance (cosa que, reitero, no es el objetivo original de Rab Kook). Dicho de otra manera, Rab Kook no está interesado en formar un partido político o una organización política ni en hacer activismo político precisamente porque quiere que los sionistas religiosos representen a la totalidad del pueblo judío. Pero esto mismo puede ser interpretado -y, de hecho, así será por varios de sus alumnos, discípulos y seguidores- como que el objetivo no debe ser presionar al gobierno para que tome acciones tendientes a mejorar la situación de determinado sector de la población sino que el público sionista religioso debe tomar la batuta del movimiento sionista y encauzarlo por el camino correcto. Más específicamente, la idea de Rab Kook del sionista religioso como vanguardia del pueblo judío puede tergiversarse y transformarse en otra bien diferente y claramente contraria a la idea original de Rab Kook: la del sionista religioso como único portavoz del pueblo judío por ser éste el único que tiene la “Verdad”. El caso del asesinato de Itzjak Rabin es un ejemplo excelente de esto: Igal Amir no fue un loco suelto o un lunático delirante sino que hay toda una ideología que apoya sus acciones y se vanagloria de ellas. Espero poder dedicarle un artículo en el futuro al asunto pero lo que quiero que vean es cómo el legado de Rab Kook puede ser utilizado para justificar muchas cosas, tanto buenas como malas, y por eso es fundamental prestar atención al elemento mesiánico en su pensamiento y andar con cuidado.
Renovando la Halajá
Rab Kook no solo fue un fenomenal pensador. También fue un פוסק הלכה (“Posek Halajá”): un legislador de la ley judía tradicional. En su función de tal, se encargó de enfrentar un desafío enorme producto del retorno del pueblo judío a la Tierra de Israel: la actualización y puesta en práctica de leyes que fueron dejadas de lado durante miles de años. ¿De qué estoy hablando? De las leyes de שמיטה (“Shemitá”), por ejemplo. Leyes que solamente son obligatorias, según el judaísmo, dentro de la Tierra de Israel. Exiliado el pueblo judío, estas leyes cayeron en desuso y solamente eran estudiadas teóricamente. Solamente unos pocos פוסקים (“Poskim”, legisladores) se dedicaron a ellas y casi siempre en comentarios marginales o en el contexto de discusiones más amplias. Quizás la excepción más importante a esta regla haya sido Maimónides. Aún así, la cuestión es que Rab Kook se aprestó al desafío de estudiar las fuentes de estas leyes, sus bases teóricas y sus ramificaciones prácticas para así aplicarlas a esta nueva situación histórica, que es el retorno de gran parte del pueblo judío a la Tierra de Israel y la posterior conformación del Estado de Israel.
También, en su función de Gran Rabino, Rab Kook se encargó de trabajar en pos de la unión del pueblo judío y de buscar soluciones para situaciones conflictivas desde el punto de vista de la הלכה (“Halajá”). Por ejemplo: el שבת (“Shabat”). Hay instituciones y servicios estatales que deben funcionar sin pausa. Pongamos el caso del ejército. Un país no puede darse el lujo de dejar todos los sábados las fronteras sin vigilancia porque no se puede trabajar en שבת (“Shabat”). Pero tampoco es aceptable simplemente desatender a la הלכה (“Halajá”) y hacer caso omiso de sus directivas. ¿Cómo hacer? Hay que buscar una respuesta halájica, que tenga en cuenta las exigencias preceptuales y, a su vez, las derivadas del mantenimiento de un Estado. Quiero que entiendan que estas preguntas no se hacían desde la destrucción del בית המקדש השני (Segundo Gran Templo) en el año 70 D.C. ¡Casi 2000 años! El esfuerzo que demanda resolver este tipo de situaciones es casi sobrehumano. Rab Kook se encargó de buscar solución a algunas de ellas. Lamentablemente, al día de hoy sigue habiendo conflictos y lo cierto es que Rab Kook tampoco logró -y quizás no se interesó- por resolver todas.
La pelea por el legado
Rab Kook es, sin ningún tipo de duda, el más importante representante del sionismo religioso. Su visión es profunda e inspiradora. También es compleja y original y por eso mismo puede resultar desconcertante e incómoda. Lo que es imposible es ser indiferente a sus planteos.
En hebreo, hay una cantidad impresionante de publicaciones sobre Rab Kook: libros, artículos, ensayos, explicaciones didácticas, comentarios y biografías populares y académicas. Si buscan en Youtube, se sorprenderán de la cantidad de videos que pueden encontrar sobre todas las facetas del pensamiento de Rab Kook. Sus libros son estudiados con avidez tanto en las yeshivot sionistas religiosas como en las universidades. Esta característica es increíble: Rab Kook traspasa fronteras ideológicas.
Pero esto también tiene su contrapartida: Rab Kook es tan complejo y multifacético que hay enormes discusiones sobre qué quiso decir verdaderamente en determinado pasaje de determinado libro. Y esto no es simplemente un debate filosófico o histórico sino algo bien actual porque la enorme mayoría de los sionistas religiosos sigue a Rab Kook hasta el día de hoy. O sea, una pregunta usual ante un desafío que nos presenta la actualidad es: ¿qué hubiese hecho Rab Kook? La acción del movimiento sionista religioso está profundamente influenciada por todo lo que hemos dicho en este artículo. Es absolutamente imposible comprender, aunque sea en lo más básico, al sionismo religioso sin estudiar a Rab Kook.
Y aquí entramos en un asunto espinoso: ¿cuánto de lo que hace y piensa hoy el sionismo religioso surge con Rab Kook y cuánto es un desarrollo posterior? Esta pregunta no es inocente. Piensen que Rab Kook no publicó ningún libro en su vida. Todo lo que leemos de él fue publicado luego de su fallecimiento; y hasta hace unos diez años todo a lo que teníamos acceso eran antologías de sus diarios y clases recopiladas por sus alumnos. O sea, cuando leemos su célebre serie de אורות (“Luces”, serie de libros antológicos del pensamiento de Rab Kook sobre diversos temas) estamos leyendo a Rab Kook filtrado por su hijo, Rab Zvi Yehuda Kook, y por uno de sus discípulos más cercanos, HaRab HaNazir, pero no estamos leyendo directamente a Rab Kook. Hay un proceso de edición: estamos leyendo una parte del pensamiento de Rab Kook, que es la que sus alumnos decidieron que era relevante. Esto no implica necesariamente que haya censura pero sí una selección, y es muy importante saber que esta selección no tiene por qué ser perfecta ni exhaustiva. A lo que quiero llegar es que durante muchos años el único acceso a Rab Kook era mediante el filtro de sus alumnos. Si bien es posible argumentar que por ser sus alumnos son los más calificados para hacer este filtro, también es verdad que, con la publicación de los diarios personales de Rab Kook en el año 2006, accedimos a toda una parte oculta del pensamiento de Rab Kook, que lo hace aún más complejo. No es que sea malo que lo que tengamos de Rab Kook sean antologías; pero sí hay que tenerlo en cuenta.
Escarbando más, algunos se están haciendo otra pregunta más fuerte todavía: ¿no es excesiva la influencia de Rab Kook en el sionismo religioso? Sin negar la profundidad de su pensamiento ni la enormidad de sus acciones ni mucho menos la originalidad de sus planteos, ¿no estaremos olvidando a otros grandes activistas y pensadores del campo sionista religioso? ¿Acaso no deberíamos buscar inspiración en otras fuentes igualmente ricas? Estos cuestionamientos provienen de algunos pensadores que creen que es hora de rescatar otras posturas dentro del sionismo religioso. Sin entrar en detalles, este planteo relativamente reciente no busca cuestionar a Rab Kook en sí sino a la utilización de su figura. El objetivo es ampliar el panorama y destacar la variedad del sionismo religioso en vez de limitarlo a una sola personalidad.
En definitiva, Rab Kook es imprescindible para cualquier interesado en entender al sionismo y, en específico, a la rama religiosa del mismo. Pero su influencia no se limita a esto: es posible encontrar en él ideas estimulantes en el área de la espiritualidad, la metafísica, la filosofía, la mística, la ciencia, la moral, la religión, la política, el arte y el activismo social, entre otras áreas. No exagero si digo que Rab Kook está entre el top 5 del pensamiento judío en la Modernidad. Y solamente por eso es ineludible dedicarnos a él si nos interesa el judaísmo.

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Zeev Jabotinsky

Un nuevo Herzl

Zeev Jabotinsky, originalmente Vladimir Yevgenyevich Jabotinsky, nació en 1880 y falleció en 1940. Fue el fundador y principal líder del sionismo revisionista, corriente que fue la principal oposición al sionismo laborista hasta el año 1977, en el que Menajem Beguin llegó a ser Primer Ministro de Israel. Pero no nos adelantemos. En esta publicación me voy a enfocar en Jabotinsky y en su legado, no en el revisionismo en su totalidad.

Podemos empezar diciendo que Jabotinsky fue un activista y pensador increíblemente prolífico: destacó como soldado, escritor, propagandista y orador. Sin embargo, subordinó todas estas habilidades al quehacer político: puso su oratoria al servicio de la política; su carrera militar está estrechamente asociada con su visión del Estado judío; su habilidad propagandística la enfocó hacia el sionismo; utilizó sus dotes literarios para justificar sus posiciones.

Jabotinsky era un escritor exitoso y un judío asimilado hasta que el pogrom de Kishinev en 1903 le hizo cambiar radicalmente de vida y volcarse de lleno al sionismo. ¿Les suena a Herzl? Un escritor judío asimilado ve la profundidad del antisemitismo europeo, se replantea su posición frente al pueblo judío y se dedica al sionismo con todas sus fuerzas. Esta similitud no es menor: el propio Jabotinsky se ve reflejado en Herzl, se considera su discipulo espiritual y su seguidor más fiel. Así, Jabotinsky dice que sus enemigos ideológicos laboristas no entienden ni siguen el legado de Herzl y, por lo tanto, se declara su verdadero heredero. Así, modifica la línea de líderes sionistas: el estandarte del verdadero sionismo solamente lo llevan Herzl y Jabotinsky. Los otros -el sionismo laborista- son sionistas a medias. Esta ruptura con el sionismo laborista, que era mayoría en ese momento y lo seguirían siendo por muchos años, incluso después de la muerte de Jabotinsky, es significativa: aún aceptando que pueda haber objetivos pragmáticos comunes, Jabotinsky se siente muy lejos del sionismo obrero y se para definitivamente de la vereda de enfrente.

Monismo ideológico

¿Por qué esta posición? Porque para Jabotinsky el único objetivo del sionismo debe ser el establecimiento de un Estado judío en la Tierra de Israel. Ni más ni menos. Las consideraciones de orden social, económica o política se subordinan a ese ideal. En palabras de Jabotisnky:

Lo que distingue a Betar de los otros movimientos sionistas juveniles es que los otros intentan “coordinar” dos ideales: sionismo y socialismo. Esto provoca que no haya una línea clara entre uno y otro: en cuanto sionistas, se regocijan cuando los capitales privados ayudan a la colonización y la inmigración judía; en cuanto socialistas, consideran esto como explotación lisa y llanamente. El resultado de esta confusión de conceptos es que ni en una cosa ni en la otra están en lo correcto.

Dicho de otra manera, los sionistas socialistas o laboristas están mezclando dos ideales que, a la larga, son incompatibles. No es que el socialismo sea malo: es la mezcla entre sionismo -vale decir: nacionalismo judío- y socialismo la que resulta imposible. Jabotinsky dice que debemos poner todo nuestro esfuerzo en el sionismo, que, para él, significa el establecimiento de un Estado judío en la Tierra de Israel. Solamente luego de logrado ese objetivo, podemos dedicarnos a discutir sobre socialismo o capitalismo. En términos bien simplistas, Jabotinsky nos propone dos opciones: o bien el sionismo es el objetivo básico, nuestro valor supremo, o bien no tiene valor alguno porque está subordinado a otro valor, que es, en definitiva, el más importante. Si somos sionistas y también socialistas, nuestro corazón se divide en dos: si tenemos que elegir entre uno y otro, ¿cuál tomamos? Jabotinsky afirma que esta es una disyuntiva bien real, y considera que la única manera de evitarla es tomando al sionismo y poniéndolo por encima de cualquier otra consideración ideológica.

Esto, por supuesto, provoca una reacción en el movimiento sionista socialista, que no se queda callado frente a esta acusación. Ya vimos una respuesta muy común: Borojov distinguía entre el nacionalismo burgués y el nacionalismo obrero, afirmando que el primero era perjudicial y el segundo, positivo. Supongo que no hace falta ser un experto ni un genio para comprender hacia dónde va dirigida esta distinción, ¿no? Borojov está diciendo: el sionismo socialista se corresponde con el nacionalismo obrero y es, por lo tanto, bueno; el sionismo revisionista (la corriente fundada por Jabotinsky) se corresponde con el nacionalismo burgués y es, por lo tanto, malo. Jabotinsky responde sin amedrentarse:

Betar rechaza esta mezcolanza de ideales, que puede ser denominada con el vocablo bíblico שעטנז (“Shaatnez”, mezcla prohibida entre dos tipos de cosas). Para nuestra postura, tomamos el término חד נס (“Jad nes”, una bandera). No tenemos un alma dividida por dos valores. Todo lo que se opone al establecimiento del Estado judío, ya sean intereses privados, un grupo o una clase social, tiene que subordinarse, sin discusión, al valor supremo, el mandamiento más alto, el ideal máximo: el Estado judío.

Tenemos dos visiones contrapuestas: una -la de Borojov- intenta conjugar marxismo con sionismo; la otra -la de Jabotinsky- subordina todo ideal al sionismo. Esto no quiere decir que Jabotinsky sea un imperialista sin freno. Él mismo hace una distinción entre nacionalismos positivos y negativos. Sin embargo, esta distinción no se funda, como la de Borojov, en términos clasistas. Veamos:

Hay dos tipos de nacionalismo: si una nación tiene su propia patria pero quiere anexar la de sus vecinos, es mal nacionalismo; por otro lado, cuando una nación no tiene patria y demanda una porción en la Tierra de D-s, es buen nacionalismo, y no hay nada de qué avergonzarse en ello.

Podemos ver que Jabotinsky es bien enfático en su distinción: el imperialismo es negativo porque es mal nacionalismo; el buen nacionalismo no hace más que reclamar lo que a una nación le corresponde. La distinción se funda en la motivación del nacionalismo, no en las clases sociales que lo sustentan. Una crítica muy obvia a esta concepción es: muy bien, entiendo que el imperialismo español en América fue malo y comprendo que el imperialismo inglés, francés y alemán en África y Asia fue terrible; pero, ¿qué hacemos cuando dos naciones tienen legítimas demandas sobre un mismo pedazo de tierra? O sea, en casos muy groseros esta distinción funciona sin complicaciones pero hay situaciones mucho más finas, en las cuales no es tan sencillo distinguir quién es el “bueno” y quién, el “malo”.

No al acuerdo con los árabes

Y esto, obviamente, nos lleva al conflicto árabe-israelí. Más allá de quién tiene razón o quién llegó primero al país, lo cierto es que tenemos dos pueblos -el judío y el palestino- que demandan, con razones más o menos convincentes, un mismo territorio para conformar su propio Estado. ¿Qué hacemos?

Frente a la respuesta clásica del sionismo -los árabes verán el florecimiento de su economía y cultura por el sionismo y no podrán menos que aceptar nuestra presencia aquí, nos agradecerán, vendrán a abrazarnos y seremos todos felices-, Jabotinsky es mucho más realista y duro. De hecho, se ríe y burla de los que sostienen esta opinión tan simplista e ingenua. Es bien consciente de la situación y lo dice sin tapujos: nunca en la historia de la humanidad se hizo una colonización con el consentimiento de la población nativa. No importa si esta colonización es justa o no, buena por naturaleza o no, lo cierto es que toda población nativa, por más atrasada o desarrollada que sea, tiene un instinto a la autopreservación y va a reaccionar contra una colonización desde el exterior. Todo pueblo ama la tierra en la que vive y no se lo puede convencer de lo contrario con mejoras económicas o sociales: para un árabe que reside en la Tierra de Israel, que venga un sionista y le diga que van a prosperar juntos no solo es irrelevante sino que es un soborno. ¿Vender a su pueblo por mejoras en su vida económica o social? ¡Solamente un traidor haría eso!

Aquí vemos cómo Jabotinsky capta la psicologia de los árabes nacidos en la Tierra de Israel: son un pueblo y no van a vender su propio nacionalismo. Jabotinsky es claro:

No hay nada que podamos dar a los árabes a cambio de la tierra.

Pero, entonces, ¿qué hacer? ¿Quedarse de brazos cruzados? Después de todo, ya hay un pueblo en la Tierra de Israel, ¿cómo luchar contra ello? Y aquí entramos en una parte bastante polémica del pensamiento de Jabotinsky, aunque cien por ciento coherente con su aproximación al conflicto y ciertamente realista viendo el curso de los acontecimientos. Citemos un párrafo de Jabotinsky en su fundamental “El muro de hierro” (1923) y analicémoslo:

Mi relación emocional con los árabes es la misma que con los otros pueblos: amable indiferencia. Mi relación política se caracteriza por dos principios. Primero, la expulsión de los árabes de Palestina es absolutamente imposible. Siempre habrá dos pueblos en Palestina. Segundo, estoy orgulloso de haber sido parte del grupo que formuló el Programa Helsingfors. Lo formulamos no solo para los judíos sino para todos los pueblos, y su base es la igualdad de todas las naciones. Estoy dispuesto a jurar, por nosotros y por nuestros descendientes, que nunca destruiremos esta igualdad ni intentaremos expulsar u oprimir a los árabes. Nuestro credo, como puede ver el lector, es completamente pacífico. Pero otro tema es que podamos alcanzar nuestros pacíficos objetivos por medios pacíficos.

Vayamos por partes. Primero Jabotinsky nos dice que no tiene una relación emocional especial con los árabes. Es decir, no los ve como un grupo que merezca especial atención, salvo por el hecho de que residen en la misma tierra que demanda el pueblo judío. Si se preocupa por ellos, no es por amor universalista o unión clasista (como proponían los sionistas socialistas) sino porque hay que lidiar con su presencia en la Tierra de Israel.

¿Por qué le preocupa la presencia de los árabes en la Tierra de Israel? Porque Jabotinsky considera que el objetivo del sionismo debe ser el establecimiento de un Estado judío con mayoría judía. Si no hay mayoría judía, por más que los papeles digan otra cosa, serán los árabes los que decidirán el futuro del Estado. Dada la situación, ¿qué hacer? Expulsar a los árabes no es una opción válida para Jabotinsky: es inmoral y materialmente imposible. Para Jabotinsky, recordemos, el sionismo tiene una base moral: o bien es moral o bien no tiene sentido alguno. En sus palabras:

O bien el sionismo es moral y justo o bien es inmoral e injusto. Pero esta es una pregunta que tuvimos que haber respondido antes de hacernos sionistas. En realidad, ya la respondimos, y nuestra respuesta es afirmativa: consideramos que el sionismo es moral y justo. Y como es moral y justo, se debe hacer justicia, y no importa si Yosef, Shimon o Ajmed están de acuerdo o no.

¿Por qué si el sionismo es tan moral y tan justo Jabotinsky hace una diferencia entre objetivos pacíficos y medios pacíficos? Por el mismo motivo por el que afirma que no le importa si Yosef, Shimon o Ajmed están de acuerdo o no: ve que el conflicto es inevitable. Cuando hay dos naciones que reclaman por un mismo trozo de tierra, no hay otra solución que la lucha. ¿Esto quiere decir que judíos y árabes están condenados a matarse entre sí sin tregua, hasta el infinito? No, siempre está la opción del acuerdo, ¿no? Dividimos la tierra en dos, de manera justa, y se acaba el problema. Jabotinsky se opone a esta solución. Para él, venir desde el principio y decirles a los árabes: “Muchachos, negociemos, con un pedacito de tierra los judíos nos conformaremos” es una claudicación y un error estratégico. Los árabes no son tontos e interpretarán esa apertura a las negociaciones como un signo de debilidad y reclamarán, sin concesiones, que el sionismo renuncie a sus pretensiones. Tenemos que aceptar que no somos bienvenidos por los árabes y hay que empezar por reforzarnos a nosotros mismos, sin importar la opinión de los árabes:

La colonización sionista debe parar, o bien proseguir sin pausa, sin importar la reacción de los árabes.

Jabotinsky sabe que los árabes reaccionan violentamente, que se despierta su nacionalismo y que cada día éste será más fuerte. No le importa: lo ve como una consecuencia inevitable porque es parte de la naturaleza de las cosas que una población nativa reaccione a la inmigración masiva de un grupo extraño. Para él, es más importante concretar el sionismo que la reacción árabe. No hay malentendido alguno entre los árabes y los sionistas: la reacción árabe no surge de no comprender las verdaderas intenciones del sionismo. De hecho, son irrelevantes la buena voluntad y el optimismo. Lo cierto es que hay dos naciones, y estas dos naciones reclaman soberanía sobre una misma tierra.

Lo que tiene que hacer el sionismo no es acercarse a los árabes sino reforzarse a sí mismo: aumentar la inmigración a la Tierra de Israel, ya sea legal o ilegal, conseguir armamento militar, movilizar a la población judía y mostrarle a los árabes su poderío. En pocas palabras, no dejarse amedrentar. Entonces, se refuerza nuestra pregunta inicial: todo esto provoca un círculo vicioso de violencia. ¿Cuál es la solución?

La única manera de llegar a un acuerdo en el futuro es abandonar la idea de llegar a un acuerdo en el presente.

Sobre los hechos consumados, los árabes vendrán a hacer las paces. Cuando vean que el sionismo es imparable, cuando sea evidente para todos que el pueblo judío no va a renunciar a sus pretensiones, la única salida que tendrán los árabes será negociar. En ese momento, y nunca antes, se podrá llegar a un acuerdo.

Antes de avanzar, quiero hacerles notar tres puntos. El primero, que Jabotinsky desplaza la responsabilidad del lado judío al árabe: son ellos, y no nosotros, los que deben tomar la batuta y pedir negociaciones. A diferencia de la visión tradicional, los sionistas no son culpables de la reacción árabe y nada pueden hacer para impedirla: los árabes son responsables por sí mismos y ellos son los que tienen que querer negociar. En cierta manera, Jabotinsky está entre los primeros en reconocerle responsabilidad al árabe y no verlo como un oprimido o un pueblo atrasado. Segundo, un hecho fundamental: Jabotinsky reconoce la legitimidad de las demandas árabes. Contra el consenso popular, resulta claro que Jabotinsky acepta que los árabes tienen parte de razón cuando reclaman la Tierra de Israel como propia. Lo que rechaza de manera contundente es negociar con ellos porque recalca que es contraproducente. Tenemos dos derechos que se contradicen mutuamente, nos dice, y, por lo menos en el presente, no hay salida a esta situación. Noten que precisamente porque acepta que los árabes tienen con qué justificar su posición es que se niega a entablar negociaciones con ellos por el momento. Tercero, el énfasis que hace Jabotinsky en el poderío militar. Desarrollemos con más profundidad este tercer punto.

El soldado judío

Para Jabotinsky, el poderío militar es fundamental: la adquisición de armas y el entrenamiento militar de la juventud son claves para lograr el establecimiento del Estado judío. Esto, obviamente, provoca que sea acusado de ser un fascista y un militarista. Esta acusación proviene tanto de círculos sionistas como no sionistas. Sin entrar en mucho detalle (más que nada porque esto va a ser tema de otros artículos), podemos decir que Jabotinsky era un liberal parlamentarista, aunque no caben dudas de que se sintió atraído por la figura de Mussolini y claramente amaba la disciplina militar. Esta tensión entre liberalismo-fascismo es una clave bastante interesante para analizar el desarrollo del sionismo revisionista. Aunque nuevamente, no quiero adelantarme.

Volviendo al tema, Jabotinsky fue un militar modelo y, junto a Trumpeldor, fundaron la Legión Judía dentro del ejército inglés para luchar en la Primera Guerra Mundial contra el Imperio Otomano. Esto es parte integrante de su visión del sionismo: es necesario crear un ejército judío. ¿Por qué? Hay varios motivos:

  1. El ejército es una de las instituciones que conforman un Estado. Se necesita un aparato militar para el Estado judío, como para cualquier otro.
  2. Hay que defenderse contra el terrorismo árabe, y eso implica acciones de represalia.
  3. El pueblo judío debe involucrarse en los conflictos mundiales para exigir, como pago, el establecimiento del Estado judío.
  4. Modificar la escala de valores del judío.

El primer punto es bastante claro: todo Estado tiene un ejército, el futuro Estado judío debe tener uno, hay que crear grupos paramilitares para que sean el germen de ese ejército oficial. El segundo, también: estos grupos paramilitares tienen que defender a la población del terrorismo y, si es necesario, devolver el golpe. Para el tercer punto, pongamos un ejemplo: involucrándose en la Primera Guerra Mundial, el pueblo judío puede lograr, de paso, su cometido de quebrar el Mandato del Imperio Otomano sobre la Tierra de Israel (adrede dejo de lado la segunda guerra mundial y la actuación de los grupos paramilitares en la época del Mandato Británico porque pienso explayarme sobre eso en otra publicación). El cuarto punto es el que más me interesa y precisa de un desarrollo más prolongado.

Para Jabotinsky, es fundamental que el judío modifique su escala de valores. Un Estado judío implica no solo un cambio en el status político del pueblo judío sino también un cambio cultural. Dice el manifiesto de Betar, el grupo juvenil del sionismo revisionista, fundado y dirigido por Jabotinsky:

El deber de Betar es muy sencillo, aunque también difícil: crear el tipo de judío que la nación necesita para construir un Estado judío de la mejor manera y más rápidamente. En otras palabras, crear un ciudadano “normal y saludable” para la nación judía.

O sea, Betar tiene que encargarse de transformar al judío en ciudadano de su país, el futuro Estado judío. Ahora bien, ¿qué significa ser un “ciudadano” en oposición a un mero “miembro” del pueblo judío? Básicamente, y sin entrar en detalles, los deberes cívicos. Pero también, y esto va a ser fundamental en el pensamiento de Jabotinsky y en sus seguidores, que el judío vuelva a ser soldado después de 2000 años. El pueblo judío durante su existencia diaspórica se mantuvo al margen de los grandes acontecimientos históricos. No quiero decir que no fue influenciado por ellos (nadie vive en el vacío, evidentemente) sino que se negó a actuar dentro de la historia: no se preocupó en demasía por lo que pasaba afuera de sí mismo ni se interesó en el curso de las guerras o la política internacional. El pueblo judío vivió más o menos aislado de manera consciente: fue una elección deliberada alejarse de las otras naciones para autopreservarse. El sionismo viene a romper con esa lógica de introspección: implica entrar nuevamente en la historia, estar implicado en el proceso histórico y formar parte del entramado mundial. Y eso debe provocar un cambio de valores en el judío mismo: para mantener la existencia del pueblo judío ya no alcanza con el poder del estudio y los preceptos religiosos. Se necesita un ejército, el uso de la fuerza y, fundamentalmente, de un vigoroso espíritu guerrero. Jabotinsky nos está diciendo que el ideal del judío ya no debe ser el תלמיד חכם (“Talmid Jajam”, estudioso sabio de la Torá) sino el soldado judío. Empuñar un rifle, disparar un revolver, golpear con la espada son la necesidad de la hora. Hay que romper con la mentalidad galútica del judío pacifista y tomar las armas. El gran arquetipo de este tipo nuevo de judío, para Jabotinsky, es Trumpeldor: un soldado que fue un héroe y que murió defendiendo a la patria. Este arquetipo del judío ideal también se contrapone con la visión del sionismo socialista, que hablaba del judío trabajador o del judío campesino. Lo más interesante es que Trumpeldor va a ser resignificado como soldado por el sionismo revisionista y como trabajador de la tierra por el sionismo socialista. Pero eso es tema de otra publicación.

Jabotinsky detesta al pacifismo: le parece una ingenuidad que aplicaron durante demasiados años los judíos en el ghetto. Ya no, es hora de cambiar las cosas. Para él, a veces es necesario derramar sangre, y eso no le parece mal si el objetivo es noble y moral. Contra la visión predominante, Jabotinsky escribe que las masas judías aman una mano fuerte: es un mito que el pueblo no quiera héroes militares. ¿Por qué la fuerza es necesaria? Porque, sin resistencia, todo se permite. El ejemplo que pone Jabotinsky es brillante: si tomamos una vasija sagrada y le ponemos un cartel que diga “Toquen esta vasija”, veremos cómo, en pocos minutos, la gente empezará a profanar la vasija. La única manera de cortar con esto es mediante la fuerza: un hombre con una espada, incluso si no la usa, hará que la gente se despeje en un instante.

No creamos tampoco que Jabotinsky es masoquista. Para nada. Es muy claro al respecto: necesitamos héroes guerreros, no mártires. La muerte de Trumpeldor se transforma en símbolo de grandeza no por la muerte en sí sino porque luchó hasta el único instante y, ya desfalleciente, persiguió y mató a sus asesinos. La grandeza del héroe no es el sacrificio en sí sino el sacrificio en función de algo más, de un objetivo más elevado.

Así, Jabotinsky resignifica חנוכה (“Januca”): lo relevante no es el milagro del aceite, que es lo que se hizo hincapié durante tantos años de exilio en el ghetto, sino el heroísmo de los Jasmoneos. Para Jabotinsky, חנוכה (“Januca”) no es una cuestión meramente espiritual: no es el espíritu judío contra el espíritu griego. Todo lo contrario: es la lucha física entre dos pueblos, y, en todo caso, esta lucha física se refleja en una espiritual. Pero lo fundamental es la guerra, no las cuestiones metafísicas.

Ahora bien, todo esto que dijimos va a ser tomado por los opositores de Jabotinsky, quienes lo acusarán de militarista. A esto responde: sí, si defenderse del enemigo es ser militarista, soy militarista. Y esto nuevamente es un límite difuso: en la era preestatal, la diferencia entre un grupo paramilitar, una banda patotera, un soldado y un terrorista no siempre resulta clara. Los opositores de Jabotinsky lo acusarán de ser un mero gamberro y, a la vez, de ser perjudicial a los intereses del pueblo judío con su énfasis en lo militar. A su vez, posteriormente a la muerte de Jabotinsky, va a haber un debate dentro del sionismo revisionista sobre cuál es el papel que debe cumplir lo militar dentro del movimiento. Más allá de esto, lo importante es que Jabotinsky mismo destacó el aspecto militar y la idea del soldado judío como un llamado para que el judío cambie sus valores galúticos más que como un llamado literal al terrorismo contra el colonialismo inglés o como contrapunto al terrorismo árabe.

Tagar

Relacionado con lo militar, aunque más amplio, encontramos un concepto que Jabotinsky repite una y otra vez y que es, al día de hoy, fundamental en la ideología de Betar: תגר (“Tagar”). Traducido muy sencillamente, תגר significa “militancia” o “activismo”. Se refiere, como pueden imaginarse, al simple hecho de que los miembros de Betar tienen una obligación con el movimiento: deben movilizarse. Esta movilización puede ser tanto política como militar o cívica y se basa en el principio que aparece en la canción oficial de Betar:

El silencio es despreciable.

תגר significa, de manera general, activismo contra toda forma de antisemitismo y apoyo sin restricciones al pueblo judío y al Estado judío. Y esto implica, por supuesto, trabajo en conjunto y organización. Estos rasgos son fundamentales para Jabotinsky, y son precisamente los rasgos que no tuvo el pueblo judío durante su largo período diaspórico. En sus propias palabras:

A lo largo de 2000 años de exilio, la nación judía perdió la costumbre de concentrar su voluntad de poder en los asuntos de importancia; perdió el hábito de actuar al unísono como pueblo; perdió la habilidad de, armado para casos de emergencia, defenderse a sí mismo. Por el contrario, los judíos se acostumbraron a gritar antes que actuar, al desorden, la desorganización y la negligencia, tanto a nivel social como personal.

Para Jabotinsky, lo que necesita el pueblo judío es disciplina: actuar como una unidad, no como núcleos dispersos. Formar un grupo organizado y cohesivo, cuyos miembros actúen de manera coordinada. En definitiva, actuar como una máquina o un robot, siguiendo las órdenes del líder. Este líder debe expresar la voluntad colectiva, popular y debe surgir del mismo pueblo judío. Esta organización claramente verticalista no es casual. Es evidente que Jabotinsky la toma de la Italia fascista de Mussolini, y no son pocos los que lo acusan de fascista por esto. Betar, al menos en su encarnación original, ciertamente tenía una tendencia fascista y negarlo es simplemente tapar el Sol con la mano. Que de ello se concluya que todo el arco revisionista es fascista o que el propio Jabotinsky lo fue hay un trecho bastante grande.

Pero volviendo al tema, lo importante es que esta jerarquía vertical, que se sustenta en una férrea disciplina, tiene que estar acompañada de hombres deseosos de dedicar su vida al sionismo y a la realización de este ideal. Quizás podemos decir que la diferencia fundamental entre un fascismo tradicional y la organización de Betar sea el hecho de que el primero toma el poder y, una vez en este, instaura un esquema político en el cual no hay voz para disidentes, mientras que Betar, siendo simplemente una organización política más, no tuvo el poder para hacer tal cosa. Por lo tanto, el ingreso o no a Betar es voluntario. Una vez adentro, es probable que esta disciplina y verticalismo sea excesivo pero nadie obliga a nadie a entrar en este esquema de poder.

Hadar

הדר (“Hadar” es otro concepto fundamental. En realidad, yo diría que es “el” concepto fundamental. Más que תגר. Hay múltiples traducciones de הדר: esplendor, nobleza, gloria, resplandor. Jabotinsky toma el concepto y lo une con la idea de אור לגויים (“Luz para las naciones”): el judío debe ser ejemplo para el mundo. Un ejemplo de moralidad, nobleza, buenos modales y, por sobre todas las cosas, dignidad. En la palabra הדר se resume toda la concepción de Jabotinsky sobre el cambio de valores del judío. El término es ambiguo y generó múltiples interpretaciones entre sus seguidores pero básicamente representa eso: el cambio en la escala de valores. La dignidad de no dejar ser oprimidos ni avergonzados; la nobleza de espíritu; los buenos modales frente al mundo. Este código de valores se transforma en raigal para Betar en específico y para todo el movimiento revisionista en general. La canción oficial de Betar (su himno) dice:

“הדר (“Hadar”)

Un hebreo también en la pobreza es hijo de reyes
Sea un esclavo o un vagabundo

Fuiste creado hijo de reyes

Con la corona de David te coronaron

En la luz y en la oscuridad

Recordá la corona

La corona del orgulloso y la militancia.

Más claro, imposible: el judío es hijo de reyes, descendiente del rey David, coronado en gloria, orgulloso, militante, poderoso. No importa la pobreza o la riqueza ni la situación social: lo importante es el sentimiento. Nunca más creerse inferior, nunca más dejarse avasallar. Nuevamente, como ya dije antes, esto lleva a polémicas con los opositores a Jabotinsky: que está diciendo que los judíos son superiores, que está pregonando un orgullo estúpido, que está llamando a creerse mejor que el resto, que todo esto lleva a despreciar al otro. Y la verdad es que hay una buena parte de verdad en estas críticas. Sin embargo, recalco una vez más: lo que quiere Jabotinsky es un cambio de valores. Y evidentemente, lo logra: los judíos cantan orgullosos sobre su judaísmo.

Las dos riberas del río Jordán

Hay una bandera histórica del movimiento revisionista, que surge a partir de Jabotinsky: la vindicación de toda la Tierra de Israel bíblica como parte del Estado judío. O sea, Israel tiene que ocupar todo lo que fue el Estado de Israel en la Antigüedad. Esta definición es bastante problemática: las fronteras del Israel bíblico fueron variando con el paso del tiempo. ¿Cuál es la “verdadera” frontera? El reclamo histórico del revisionismo, entonces es: las dos riberas del río Jordán. El Estado judío debe extenderse hacia un lado y hacia el otro del Jordán. Es decir, Cisjordania y Transjordania. Si a esto le sumamos que Jabotinsky pensaba que era una condición indispensable la mayoría judía, estamos en un problema bastante interesante: ¿cómo alcanzar la mayoría judía en tan vasto territorio ocupado por árabes? Inmigración en masa. Los judíos europeos tienen que irse de Europa porque está por venir una gran catástrofe (noten que esto Jabotinsky lo dice antes de la Segunda Guerra Mundial y de la Shoá). De ese contigente tiene que surgir la mayoría judía.

Ya fallecido Jabotinsky, y con el establecimiento del Estado de Israel mediante el plan de partición de la ONU, surgió el primer desafío serio a esta concepción maximalista de lo que debía ser la futura patria judía. Así, la mayoría de los revisionistas, que eran minoría dentro del movimiento sionista, rechazaron la partición y llamaron a reclamar la totalidad de la Tierra de Israel. Con el paso del tiempo, y vista la situación actual, no todos los herederos ideológicos de Jabotinsky aceptan que sea viable un Estado judío tan extenso. Los que sí, son minoría y casi no tienen poder real. Hoy en día, esta concepción de Jabotinsky es claramente minoritaria.

El lugar del hebreo

Para Jabotinsky, no hay dudas: el hebreo es el idioma nacional judío. Ni el yiddish ni el ladino fueron ni son idiomas judíos. Es verdad, acompañaron al pueblo en parte de su historia y no hay que rechazarlos sin más, pero su base es extranjera y, por lo tanto, extraña. En palabras de Jabotinsky:

Un idioma nacional es aquel que nace simultáneamente con la nación y luego la acompaña, de una manera u otra, a lo largo de toda su existencia.

Así, es el hebreo y solamente el hebreo el verdadero idioma nacional judío. El yiddish o el ladino, si bien fueron relevantes en su momento, no nacieron con la nación: son inventos posteriores. Por lo tanto, en el futuro Estado judío, el idioma oficial y cotidiano tiene que ser el hebreo. Así, tiene que haber una fuerte labor educativa para inculcar el hebreo en la juventud judía. En Israel, el hebreo debe ser el idioma en la vida cotidiana; en la Diáspora, debe enseñarse en la escuela. Todo judío tiene que saber hebreo.

Curiosamente, Jabotinsky escribió poco en hebreo. Hablaba múltiples idiomas: ruso, yiddish, hebreo, francés, italiano e inglés. La mayoría de su obra está en ruso, aunque también hay cosas en yiddish y otros idiomas. Lo poco que escribió en hebreo está compuesto por traducciones de obras suyas y de otros autores (entre los que se cuentan Edgar Allan Poe) y algún que otro ensayo. Esto es llamativo: uno de los grandes defensores del hebreo, un hebraísta como pocos, escribió mayoritariamente en ruso. ¿Por qué? Básicamente, porque Jabotinsky era un político y un propagandista, no un pensador. Como estadista que era, escribía y hablaba en el idioma que entendía su público. Si las masas judías hablan ruso, hay que hablar en ruso para comunicarse con ellas. En este sentido, que escriba en ruso (o en inglés, italiano o en el idioma que sea) es una cuestión estratégica. Así, se puede decir que Jabotinsky fue pragmático: habló y escribió de manera tal de llegar a la mayor cantidad de gente posible. Aún así, sigue siendo terminante en su visión del hebreo como idioma del pueblo judío y no se cansa de explayarse sobre las virtudes de una educación renovada, que dé a la juventud un manejo adecuado del hebreo. A su vez, y reforzando la idea del hebreo como idioma nacional, Jabotinsky se dedica a traducir grandes obras de la literatura universal al hebreo. Esto también demuestra un elemento importante a la hora de estudiar a Jabotinsky: es un judío occidental. Es decir, ama y admira la cultura occidental moderna. Especialmente, la cultura inglesa: su parlamentarismo y los modales del gentleman le parecen admirables. Y esto, por supuesto, le trae un gran problema cuando se encuentra en la encrucijada entre rebelarse frente al Imperio Británico, que coloniza la Tierra de Israel finalizada la Primera Guerra Mundial, o negociar con ese mismo imperio, al cual ama por su cultura y desprecia por su imperialismo. O sea, Jabotinsky había formado una Legión Judía dentro del ejército británico en la Primera Guerra Mundial, confiando que esto ayudaría a expulsar al Imperio Otomano de la Tierra de Israel y que, como recompensa, los británicos le darían a los judíos la Tierra de Israel. En vez de ocurrir eso, los británicos se apropiaron de la Tierra de Israel, limitaron severamente la inmigración judía y persiguieron a los sionistas, incluido el mismo Jabotinsky, que fue encarcelado y condenado a quince años de prisión (de los cuales solo cumplió uno ya que fue liberado por presión popular). Sin detallar todo el episodio porque es largo, lo que quiero que vean es que se empieza a formar una situación en la cual Jabotinsky y su generación, imbuida de los valores occidentales, se desilusiona de una u otra manera con esos mismos valores, y la generación siguiente será mucho más crítica de la sociedad europea.

Simultáneamente, y volviendo al motivo literario, Jabotisnky traduce grandes obras de la literatura hebrea a otros idiomas, como forma de expandir el conocimiento de la moderna literatura hebrea y de dar a conocer al mundo la belleza de esta expresión artística judía. Para él, esta labor de traducción es parte del trabajo educativo.

Es relevante remarcar que Jabotinsky es un gran escritor y traductor y que sus obras son disfrutables y entrañan calidad artística más allá del análisis ideológico que se pueda extraer de ellas. Mientras que Herzl es un autor bastante menos digerible (no porque sea malo sino más bien porque es olvidable), Jabotinsky es un escritor notable, con novelas como Sansón, en las que demuestra una habilidad técnica y un manejo del lenguaje admirables. Yo diría que se puede analizar la obra de Jabotinsky en cuanto literatura, dejando de lado los aspectos políticos, y sale bastante bien parado. Y aclaro esto porque creo que es importante tener en cuenta que Jabotinsky es, fundamentalmente, un periodista y novelista que, viendo las dificultades de su época, decidió dedicarse de lleno al activismo político.

Por eso, el uso de palabras y slogans en hebreo (הדר y תגר son los ejemplos que desarrollé pero hay muchos más) no es al azar sino que es parte de su proyecto de renacer nacional. La juventud tiene que imbuirse del hebreo, tiene que volver a captar el significado del hebreo como raíz de su identidad. Hablar en yiddish, ladino, italiano o japonés es perpetuar la Diáspora, es seguir siendo un judío galútico. Pero también es interesante que Jabotinsky tiene una habilidad especial para resignificar los términos que utiliza. No toma las palabras hebreas y las utiliza tal cual son sino que las agarra con sus manos, las da vueltas y les da un nuevo significado o las ilumina desde otro lado. Así, enriquece el lenguaje.

Jabotinsky hace un uso muy interesante del lenguaje religioso: utiliza al יובל (Jubileo) y al שבת (“Shabat”) como fundamento del orden social ideal, repite una y otra vez la idea de ארץ ישראל השלמה (“La Tierra de Israel completa”) y cita constantemente ideas y frases del acervo cultural y religioso judío. Pero lo notable es que Jabotinsky no es para nada un judío religioso ni tradicional y utiliza estas ideas como disparadores: las resignifica de acuerdo a sus propios fines. El יובל de Jabotinsky, por ejemplo, no es el יובל Bíblico ni guarda relación con los preceptos tradicionales. Es más, Jabotinsky es relativamente ignorante de la literatura talmúdica y religiosa tradicional. Sin embargo, el uso que hace del lenguaje religioso es significativo: denota interés en revalorizar los conceptos judíos en oposición a los occidentales. Si lo logra o no, es otro tema. Lo cierto es que, en muchos casos, lo único que hace es revestir de nombre judaico conceptos claramente occidentales y, de esta manera, hacerlos más apetecibles a los judíos nacionalistas más tradicionales. Por otro lado, Jabotinsky no duda en discutir con determinados conceptos de la tradición judía o en dotarlos de un significado extra, que muchas veces oscurece u opaca al original. Como ejemplo:

El significado del קדיש (“Kadish”) es que el שם הקודש (“Nombre sagrado”) que es alabado no es el nombre de nuestro D-s sino el D-s del fallecido: representa esa קדושה (“Santidad”) por la que vivió y quizás murió.

En una frase vemos tres conceptos judíos tradicionales (quizás cuatro si sumamos el de D-s): קדיש, la oración que se dice para rememorar a un difunto; שם הקודש, el nombre de D-s; קדושה, pureza o santidad. Pero lo notable es que estos tres conceptos no significan lo mismo que en un contexto tradicional. En el קדיש  no se alaba a D-s sino a la persona muerta; el שם הקודש no es un atributo Divino o una forma de hablar de D-s sino que representa los ideales por los que vivió el fallecido; קדושה no es pureza en sentido ritual sino la santidad con la que vivió la persona, el sentido que dio a su vida el muerto. Noten cómo Jabotinsky reconstruye cada uno de estos significados y les da una nueva vuelta de tuerca.

Líder de la oposición, múltiples significados

Ya para finalizar, quisiera escribir sobre la figura de Jabotinsky. Es decir, no sobre él mismo sino sobre lo que representa. Esto nos podría llevar libros enteros. La riqueza de Jabotinsky radica precisamente en su amplitud. ¿Por qué? Porque durante mucho tiempo fue el gran líder sionista opositor, la figura por excelencia del anti-establishment: la alternativa frente al sionismo socialista. Y eso quiere decir que todos los que, de una manera u otra, se negaron a aceptar el ideal socialista pero formaron parte del movimiento sionista se unieron bajo la figura de Jabotinsky. Una buena descripción gráfico es: Jabotinsky fue el paraguas bajo el que se agrupó toda la oposición al laborismo. Liberales, fascistas, centristas, derechistas, seculares, religiosos nacionalistas, sefaradíes, sionistas diplomáticos, antibritánicos, filobritánicos, negadores de la Diáspora, judíos diásporicos, capitalistas y estatistas, todos se conjugaron. Toda esa diversidad de ideologías se sintió representada por Jabotinsky y ayudó a agrandar su mito. Cada una tomó cierta parte del pensamiento y del accionar de Jabotinsky y lo explotó y desarrolló de acuerdo a sus ideales; cada una de estas ideologías, a su vez, rompió con otra parte del legado de Jabotinsky. Todos estos grupos lucharon entre sí por definir quiénes eran legítimos herederos y quiénes, falsas imitaciones. Y, como en toda lucha política, hubo ganadores y perdedores. Pero también hubo una inmensa movilización de ideas y personas.

Los liberales se sintieron orgullosos de remarcar el amor que profesaba Jabotinsky por el parlamentarismo; los fascistas, de reivindicar la estructura verticalista de Betar y la fascinación de Jabotinsky por Mussolini; los centristas, el afán de Jabotinsky por la unidad del pueblo judío; los derechistas, su inquebrantable demanda de una Tierra de Israel indivisa para el pueblo judío; los seculares alabaron el ateísmo de Jabotinsky y su preparación científica y artística; los religiosos nacionalistas se identificaron con su uso del lenguaje religioso; los sefaradíes utilizaron la figura de Jabotinsky como alternativa al poder del sionismo laborista, al que percibían como discriminador; los diplomáticos encontraron en Jabotinsky a un conocedor de los vericuetos de la diplomacia internacional y un convencido de las bondades de la cultura europea; los antibritánicos vieron en el llamado a la rebelión un llamado a la resistencia pasiva y activa frente al régimen colonialista británico; los filobritánicos enfatizaron la admiración de Jabotinsky por la cultura inglesa; los negadores de la Diáspora vieron en el famoso grito de Jabotinsky -“Aniquilen la Diáspora o ella los aniquilará a ustedes”- una profecía; los judíos diaspóricos, inspiración para no dejarse subyugar y alzar la voz contra las autoridades cuando hay antisemitismo en la sociedad o hay que resolver algún otro problema que atañe a la población judía; los capitalistas vieron a un filoso crítico del socialismo y del marxismo; los estatistas, a un ferviente defensor del verticalismo. Noten cómo esta herencia puede resultar contradictoria entre sí pero todos estos grupos, sin excepción, rastrean su origen ideológico a Jabotinsky.

Jabotinsky, visto como la figura que cohesiona la oposición al sionismo laborista, se transforma en mito. Y es precisamente ese mito el que ayuda a comprender el desarrollo del revisionismo en toda su complejidad. Por eso, reducir al revisionismo a simple “sionismo burgués” o “sionismo de derecha” es una simplificación terriblemente injusta. Más allá de nuestro acuerdo o no con Jabotinsky, una personalidad tan fascinante y que atrae y atrajo a tantas personas de tan distinto origen e ideología ciertamente tiene algo para aportar a nuestro entendimiento del sionismo.

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Para profundizar

En hebreo

Ensayos, discursos, poemas, novelas y cuentos de Jabotinsky

Majon Jabotinsky

En inglés

Ensayos, discursos y poemas de Jabotinsky

Artículos de Jabotinsky

En español

Vladimiro Jabotinsky. (1946). Sansón, Buenos Aires: Editorial Israel.

Vladimiro Jabotinsky. (1941), La nación judía y la guerra, Buenos Aires: Biblioteca Oriente.

Yehuda Benari. (1970), Vladimir Zeev Jabotinsky, Buenos Aires: Biblioteca Popular Judía.

Joseph Schechtman. (1957), La vida de Jabotinsky, Buenos Aires: Candelabro.

Dov Ber Borojov

Sionista y marxista

Dov Ber Borojov (1881-1917) fue uno de los principales ideólogos del sionismo socialista. Nacido en Ucrania (en ese momento parte del Imperio ruso) en una familia judía de tendencia sionista, fue un ferviente marxista que intentó adaptar la doctrina marxista a la cambiante situación social de sus días. Viendo el avance del nacionalismo en la clase obrera, buscó demostrar que éste no era necesariamente reaccionario y que podía ser un motor para la revolución social. Acusado de heterodoxo y hereje por sus compañeros en el Partido Obrero Socialdemócrata de Rusia, se volcó hacia la militancia en פועלי ציון (“Poalei Tzión”, literalmente “Trabajadores de Sión”), el partido sionista socialista de tendencia marxista, y se transformó en uno de sus principales activistas y pensadores.

Clase social y nacionalismo según Marx

Borojov parte de la posición marxista clásica: el ser humano es un ser social. Esto quiere decir que vive en sociedad: no existe ser humano que viva en un vacío. El individuo siempre está inmerso en un contexto social que determina sus acciones y pensamientos.

En toda sociedad se entablan relaciones de producción: hay individuos que son dueños de los medios de producción y otros que no. Los medios de producción son los recursos que permiten la realización del trabajo. Esto incluye bienes tangibles, como maquinaria o infraestructura, e intangibles, como conocimientos técnicos. Las clases sociales se forman de acuerdo a la relación con los medios de producción: si es es dueño o no de los medios de producción y de qué medios de producción se es dueño. Dependiendo de cuáles sean los medios de producción existentes, las relaciones de producción que haya entre las distintas clases sociales y el uso de las fuerzas productivas, estaremos frente a un tipo de sociedad u otro. Las sociedades se denominan modos de producción porque, para Marx, lo más importante es la base económica, no las cuestiones ideológicas o políticas. La ideología de una clase social en una sociedad determinada no es más que un reflejo de su situación económico-social. Por eso el marxismo es materialista: considera que la base material (la economía) determina las formas de pensar y vivir. En la sociedad capitalista moderna, el medio de producción más importante es la fábrica.

Así, Marx habla de dos clases sociales básicas en el modo de producción capitalista: la burguesía (dueña de las fábricas) y el proletariado (que no es dueño de los medios de producción y que, por lo tanto, tiene que vender su fuerza de trabajo para subsistir). Este es el modelo básico. Después lo hace bastante más completa, y agrega categorías intermedias, teniendo en cuenta medios de producción no tan relevantes (a su modo de ver) en el sistema capitalista: burguesía financiera (banqueros), burguesía industrial (dueños de fábricas), terratenientes (dueños de tierras, resabio del feudalismo), pequeñoburgueses (comerciantes y dueños de fábricas pequeñas), campesinos (trabajadores asalariados en el campo, resabio del feudalismo), proletariado (obreros urbanos) y lumpemproletariado (indigentes). Pero olvidemos este modelo más complejo y realista, y centrémonos en el modelo simple: burgueses y obreros. No es necesario complicarnos la existencia para entender el análisis de Borojov y el porqué es tildado de hereje por los marxistas más ortodoxos.

El marxismo clásico afirma que el nacionalismo es una ideología burguesa. Vale decir: es producto del capitalismo y la sostienen los dueños de los medios de producción en dicho modo de producción. ¿Por qué? Porque la burguesía necesita de un mercado unificado relativamente grande pero que pueda controlar, con una lengua y cultura en común. Estos mercados son los Estado-nación: no son solo unidades políticas sino principalmente económicas. Citemos al propio Borojov, que hasta este punto sigue siendo un marxista en toda regla:

El territorio y sus fronteras, en cuanto conciernen al burgués, representan una base operativa para el mercado mundial.

Dicho en otras palabras: el nacionalismo permite delimitar los distintos mercados que se reparten los burgueses. Así, según la ortodoxia marxista, el proletariado es, por definición y de manera antitética a la burguesía, cosmopolita e internacionalista. Los obreros del mundo tienen que unirse para luchar contra la burguesía: solo la acción conjunta puede acabar con el capitalismo y la opresión que trae consigo este modo de producción.

Clase social y nación según Borojov

Borojov critica esta concepción y dice: hay un nacionalismo burgués, que es reaccionario, pero hay otro nacionalismo, proletario, que es revolucionario. ¿De dónde surge esta distinción?

Esta distinción surge de un elemento sumamente original que Borojov introduce en la teoría marxista, pero que no deja de ser fruto del sentido común: la sociedad no es uniforme a lo largo de la geografía mundial. O si lo prefieren: así como los modos de producción se suceden unos a otros con el paso del tiempo, también coexisten simultáneamente en un mismo tiempo pero en distinto lugar. Por ejemplo: en la actualidad, no podemos decir que el modo de producción imperante en Estados Unidos sea el mismo que en Uganda. Por ende, cada sociedad (o modo de producción en el lenguaje marxista) forma una civilización distinta, pero es posible hablar de distintas civilizaciones o sociedades en un mismo momento histórico. En palabras de Borojov:

La humanidad puede ser considerada actualmente como una suma de entidades relativamente distintas entre sí.

Esto implica que cada nación, al ser una entidad separada (aunque no aislada), tiene sus propias inquietudes y necesidades. Es posible que lo que es revolucionario en una sea reaccionario en otra y viceversa. Más todavía: cada clase social en cada nación debe ser considerada una entidad separada. O sea, ya no hablamos, a la manera del marxismo clásico, de una única burguesía mundial y un único proletariado internacional sino de múltiples burguesías y múltiples proletariados: la burguesía italiana y la inglesa; el proletariado chino y el francés; y así sucesivamente.

Pero, ¿de dónde proviene la existencia de distintas naciones? Borojov, como buen marxista, busca una causa económica: las condiciones de producción. Esta nueva variable, que introduce Borojov, es la base a partir de la cual se desarrolla una economía cualquiera: el suelo y las materias primas disponibles en un territorio dado. Esas condiciones son naturales. Y justamente las naciones luchan por mejores condiciones de producción para así poder desarrollar y mejorar su modo de producción.

Veamos lo que dice Borojov:

El problema nacional aparece cuando el desarrollo de las fuerzas de producción de una nación se contradice con el estado de las condiciones de producción.

O sea, ahora tenemos dos variables: los medios de producción, cuyo conflicto se expresa en la lucha de clases; y las condiciones de producción, cuyo conflicto se expresa en la lucha nacional.

Cuando hay armonía en una sociedad, se desarrolla la solidaridad clasista (entre las distintas clases sociales) y la conciencia nacional, que es compartida por todas las clases sociales, aunque por motivos bien distintos. El terrateniente, por ser el dueño del territorio, valora el territorio, y, por ende, a la nación porque ésta es el lugar de su territorio; el burgués y el pequeñoburgués, porque la nación es la base para expandir el mercado al que accede; el proletario, porque la nación es su lugar de trabajo.

La nación y el nacionalismo

La nación, para preservarse, recurre a distintos instrumentos: la unidad política, las instituciones, el idioma, la educación nacional y el nacionalismo en sí. Esto, para Borojov, a diferencia de un marxista ortodoxo, no es negativo de por sí: todo depende del tipo de nacionalismo del que estemos hablando. Así, distingue entre nacionalismo burgués y nacionalismo proletario. Borojov dice abiertamente que el nacionalismo varía de acuerdo a la clase social. Esto no quiere decir que estos dos nacionalismos sean irreconciliables: más allá de su diferencia básica, es posible que se unan por motivos tácticos para alcanzar un objetivo común.

Antes de avanzar, aclaremos que el nacionalismo no es universal: para Borojov, como para Marx, es una creación burguesa y es un rasgo propio de la Modernidad capitalista. Borojov dice que hay dos condiciones básicas para que se desarrolle el nacionalismo: segregación del exterior y unidad interna. En el feudalismo, se cumplía la primera condición pero no la segunda. Es solamente en el modo de producción capitalista, con las comunicaciones modernas, que se llega la segunda condición y surge el nacionalismo propiamente dicho.

Otra distinción conceptual importante es la distinción entre pueblo y nación. Un pueblo es aquel que ha alcanzado todas las condiciones objetivas como para ser una nación pero no tiene la autoconciencia de serlo: no se ve a sí mismo como una nación y, por lo tanto, le falta conciencia nacional. Podemos decir que el pueblo es un eslabón anterior a la nación: toda nación fue, en su momento, un pueblo; pero no todo pueblo se transforma necesariamente en nación. La nación es, entonces, no solo una comunión económica, social o política sino también una psicológica: es más importante el sentimiento de unidad que la historia en común. Como dice Borojov:

Los miembros individuales sienten esta afinidad como algo asociado con su pasado en común. En realidad, esto no significa necesariamente que siempre tengan un pasado en común. A veces la antigüedad de este pasado en común no es más que una ficción.

La nación, entonces, se crea un pasado en común para justificar su unión actual. Pero esta unión no es aleatoria: se basa tanto en factores objetivos como subjetivos, como dijimos anteriormente.

Nacionalismo burgués y nacionalismo proletario

Ahora sí estamos en condiciones de definir el nacionalismo burgués y el nacionalismo proletario.

El primero -el nacionalismo burgués- se basa en la propaganda: pone a la nación como objetivo último. La patria está por encima de todo interés particular. Este diagnóstico, que se cumplió de manera aterradora en la época del nazismo en Alemania o del fascismo en Italia, entre tantos otros países, es del texto “La cuestión nacional y la lucha de clases” del año 1905: al menos en este punto, Borojov fue un verdadero visionario.

El segundo -el nacionalismo proletario- es aquel que no pone como objetivo último a la nación. La patria no es más que un medio para el logro del objetivo fundamental: la revolución socialista. En palabras de Borojov:

El nacionalismo genuino es el nacionalismo que no oscurece la conciencia de clase. Solamente lo encontraremos entre los elementos progresistas de las naciones oprimidas”.

Esta definición, del mismo texto que la anterior, también es del año 1905 y otra vez hay que remarcar la visión de Borojov: se adelanta a los movimientos de liberación nacional de la década de 1950, 1960 y 1970 en los países del Tercer Mundo.

Pueblo y nación judía

Aplicando todo este bagaje conceptual a la situación del pueblo judío en la Modernidad, Borojov escribe:

La causa del movimiento nacional judío es el sufrimiento real y concreto de las masas del pueblo que se arraiga en su alienación; pero el objetivo ideal del movimiento se nutre del contenido espiritual de la nación judía. Este contenido está formado por la totalidad de los valores nacionales judíos. Esta totalidad, liberada de sus bases religiosas y místicas a través de la normalización del גלות (Exilio, Diáspora), trae como resultado un Sión terrenal con una triple unidad: nación, cultura y patria. Todos los valores nacionales vitales son necesarios para la realización del movimiento de liberación nacional

Expliquemos este párrafo. El primero punto a tener en cuenta: el pueblo judío debe transformarse en una nación. Dicho de otra manera: ya están dadas las condiciones objetivas: ya somos un pueblo. Nos falta la autoconciencia para transformarnos en una nación: el pueblo judío tiene que transformarse en nación si quiere sobrevivir a la Modernidad. Y obviamente la única manera de lograrlo es organizándose como tal.

El problema básico de la nación judía es que vive en territorio ajeno, y esto le provoca una situación económica insostenible, que repercute en su cultura de manera negativa. En este sentido, Borojov se acerca en su análisis a Herzl,con dos diferencias claves. La primera, Herzl se focaliza en la clase media judía; Borojov, en la clase obrera. El motivo puede ser rastreado a su propia experiencia vital: Herzl vivió en Viena y allí la mayoría de los judíos eran de clase media; Borojov, en el Imperio ruso, donde la inmensa mayoría de los judíos eran obreros o directamente campesinos. La segunda, para Herzl, el problema es el antisemitismo; para Borojov, la falta de creatividad de la cultura judía. El pueblo judío está agonizando. El judío como individuo es oprimido por partida doble: en cuanto obrero, por la burguesía; en cuanto judío, por vivir en el seno de naciones extrañas. La única solución al problema nacional es la creación de un Estado judío en la Tierra de Israel; la única solución al problema social es la revolución socialista. En palabras de Borojov:

פועלי ציון (“Poalei Tzion”) busca responder al problema social a través del socialismo y al problema judío, a través del sionismo.

Esta doble filiación -sionista y socialista- es importante: Borojov va a llamar a todos los sionistas (o sea, a todos los judíos nacionalistas) a unirse en un frente en común para conseguir el objetivo de una patria para los judíos; a su vez, va a llamar a todos los socialistas a unirse para luchar contra el capitalismo. Este doble juego entre los ejes nación-cuestión social puede ser utilizado para explicar las diferencias entre las distintas corrientes del sionismo socialista: a mayor importancia al sionismo, menor importancia al socialismo; y viceversa. Borojov busca un equilibrio entre estos dos polos, consensuando entre el sionismo burgués y el marxismo cosmopolita. No olvidemos que para Borojov la revolución nacional en muchos casos es condición necesaria para la posterior revolución social y, por eso, va a conceder mucha importancia a la liberación de la nación judía. Para él, la fundación de un Estado judío es un paso más hacia el socialismo. Así, Borojov no piensa que deba renunciar al socialismo. Todo lo contrario: dice que el suyo es un sionismo que no renuncia a la lucha de clases.

Borojov, a diferencia de otros en el campo sionista socialista, no hace especial hincapié en el trabajo rural pero sí se preocupa por aclarar una y otra vez que el sionismo no es colonialista: el judío no busca explotar a los árabes originarios de la Tierra de Israel sino cooperar con ellos para el desarrollo del país. Y aclara también constantemente que la nación judía necesita de una patria propia: no es un capricho sino una necesidad vital. Es eso, o la inevitable desaparición del pueblo judío.

Borojov se considera un socialista anarquista. Es decir, para él la futura socialización de los medios de producción en el socialismo no debe ser hecha por parte del Estado sino por las mismas masas. Es antiestatista porque considera que el Estado solamente tiene como función cuidar la propiedad privada de los medios de producción. Como en una sociedad socialista los medios de producción son colectivas, ya no hay necesidad de un Estado. Aun así, deja muy en claro que es necesaria la unión entre los socialistas de las distintas corrientes -anarquistas, estatistas, federalistas- para luchar contra el enemigo común: la burguesía y el capitalismo. Borojov subsume las diferencias ideológicas a la estrategia política.

Sionismo sin mística

A diferencia de Ajad Haam, Borojov no cree en la esencia espiritual del judaísmo. Como buen marxista que es, se concentra en lo concreto, y no en esencias o en el espíritu. De hecho, Borojov es un ateo férreo y un ferviente antirreligioso: para él, la religión no es más que el opio del pueblo y un fósil remanente de épocas pasadas. Ni siquiera se preocupa de analizar el legado religioso del judaísmo y prácticamente no menciona los preceptos tradicionales. Cuando lo hace, siempre es en función de los valores socialistas: Borojov intenta demostrar cómo podemos extraer de determinadas prácticas judías tradicionales valores como la igualdad, la libertad o la dignidad humana pero lo cierto es que, en su esquema conceptual, la religión ni siquiera se tiene en cuenta. Digamos que es un factor que no entra en la ecuación. Así, Borojov no cree que la nación judía tenga una misión especial entre las naciones del mundo: es una más entre tantas, y tiene que integrarse al concierto de las naciones sin miedo y en condición de igualdad.

El yiddish y la polémica con los hebraístas

A contramano de la mayoría de los sionistas, Borojov es un ferviente yiddishista. El yiddish fue el idioma de las masas judías en Europa Oriental durante muchos siglos y Borojov lo valora como tal. Para él, el yiddish es el idioma del pueblo y lo defiende contra los que quieren instaurar nuevamente el uso del hebreo. Es más, Borojov es uno de los primeros -si no el primero- investigadores del yiddish: le interesa explorar la historia y el desarrollo de ese idioma porque lo ve como el idioma de los judíos. Al comienzo de su monumental investigación sobre el yiddish escribe:

De todas las ciencias, la filología tiene el rol más importante en el renacimiento nacional de los pueblos oprimidos.

O sea, a través de la filología y del estudio del folklore de un pueblo, es posible revivirlo y despertarlo de su letargo. Sus objetivos como investigador del yiddish pueden resumirse en tres:

  1. Demostrar que el yiddish es un idioma nacional judío.
  2. Ayudar al pueblo judío a reencontrarse con su propio legado, revalorizando la producción literaria y filosófica del yiddish.
  3. Sistematizar las reglas gramaticales y sintácticas del yiddish.

Con respecto al primer punto, lo logra de manera espectacular: Borojov demuestra que el yiddish tiene por lo menos 800 años, por lo que no es una jerga ni un idioma bastardo sino parte integral de la cultura judía europea por casi un milenio. Más aún, es su afán de sacarle de encima al yiddish el mote de jerga del alemán, intenta desgermanizarlo lo máximo posible y volver a las raíces eslavas del idioma siempre que sea posible.

Con respecto al segundo punto, la cuestión es más ambivalente. Por un lado, encuentra y revaloriza muchas obras escritas en yiddish desde la Edad Media hasta la Modernidad. Por el otro, fracasa rotundamente en su objetivo de llegar a las masas judías: el espectacular crecimiento del hebreo es acompañado por un igualmente espectacular declive del yiddish como idioma vivo. Hoy en día, la gran mayoría de los judíos no habla ni entiende yiddish, salvo alguna que otra palabra suelta. O sea, su visión del yiddish como idioma del pueblo, si bien correcta en su momento, no pasó con éxito la prueba del tiempo: hoy solo los investigadores y gente especializada hablan yiddish. O la gente mayor, por supuesto, de más de setenta años. O sea, paradójicamente, el enorme éxito de Borojov en su investigación es seguido de un enorme fracaso en su apreciación del lugar del yiddish en el futuro de la nación judía.

El tercer punto dará un fuerte impulso al IWO, que es el organismo encargado de regular las reglas del yiddish. Algo así como el equivalente de la RAE, para que se entienda de manera simple.

A la par de su defensa del yiddish, Borojov es muy crítico de los hebraístas (o sea, de los que quieren revitalizar al hebreo e imponerlo como idioma vivo nuevamente). Dice en su clásico ensayo “Hebraismus Militans” (del año 1913):

El caso contra el yiddish es tan antiguo y tan conocido que en los últimos 125 años los hebraístas no presentaron ningún argumento nuevo. Mientras tanto, el yiddish, junto a su pueblo, recorrió un largo camino, cambiando su apariencia: se sacó el caftán de la camisa de trabajo, se arregló el cuello y los guantes y salió a dar una vuelta en escote y con trenzas.

En palabras menos poéticas: el yiddish sigue vivo y se adapta a las circunstancias. El yiddish es el idioma del pueblo, y éste lo atesora. Ya dejó de ser el idioma de un pueblo oprimido y se está transformando en el lenguaje de una nación liberada, sin ataduras, que ya no se deja oprimir como antaño.

Y con respecto a los hebraístas Borojov es duro:

¿A quién le declararon la guerra los hebraístas? Con fervor, lucharon contra…el hebreo. No la “jerga” sino el לשון הקודש (“Lashon Hakodesh” en hebreo o “Loshn HaKoidesh” en yiddish; literalmente “idioma sagrado”, se refiere al hebreo bíblico y mishnáico y al arameo talmúdico) y el hebreo moderno son sus verdaderos objetivos. En el camino, los hebraístas se transformaron en el hazmerreír de todos: el corazón del pueblo le dio la espalda al mismo idioma que tanto reverencian los hebraístas.

En otras palabras, los hebraístas se creen una élite de iluminados, pero no captan el corazón del pueblo y por eso todo su trabajo es en vano: de nada sirven sus sutiles distinciones y discusiones sobre el hebreo si este no se transforma en una herramienta del pueblo. Más allá de sus buenas intenciones, los hebraístas cavan su propia tumba cuando siguen insistiendo en sus debates académicos de intelectuales en la torre de Marfil sobre el hebreo.El verdadero hebreo no es el de los hebraístas sino el que surge espontáneamente del pueblo.

Sin embargo, también ve un elemento positivo en la postura hebraísta:

Lo positivo del hebraísmo es la idea de un idioma revivido. El hebreo comenzó a vivir nuevamente en las bocas de una nueva generación y muestra su vitalidad. Ahora, hay que darle el crédito a los hebraístas pero, ¿a cuáles de ellos? ¿Y dónde lograron esto? El hebreo revivió en Palestina, aunque no totalmente. Esto no lo lograron los hebraístas que luchan contra el yiddish aquí sino por quienes hacen lo que predican. Hasta ahora, todo lo que se hizo en Palestina puede ser catalogado más o menos como un experimento. Es posible experimentar con el hebreo, y yo creo en esa clase de experimento. Pero, ¿debemos experimentar aquí, en גלות (“Galut”, Diáspora)?

Es decir, el yiddish tiene que seguir siendo el idioma del pueblo judío, al menos en la Diáspora. En la Tierra de Israel, que es el lugar donde los judíos van a formar su propio Estado, es posible experimentar porque hay mayor margen de maniobra. Sin embargo, el yiddish es demasiado valioso para ser negado. En este sentido, se puede decir que Borojov se opone a la negación de la Diáspora: para él, es posible que la cultura judía se desarrolle tanto dentro como fuera del futuro Estado judío. Más importante todavía, el valor de un idioma se determina no por lo que digan los especialistas sino por su vitalidad para un pueblo: es mucho más importante que los judíos hablen hebreo en la Tierra de Israel que todos los estudios y análisis filológicos que puedan hacer los hebraístas. Y mucho más importante aún son los cientos de años que el pueblo judío habló yiddish.

Precursor del nacionalismo marxista

Borojov es uno de los grandes exponentes del sionismo socialista. Como tal, es una referencia insoslayable para entender el desarrollo del sionismo. La corriente sionista socialista dominó la política sionista prácticamente desde principios del siglo XX hasta mediados de la década de 1970. Si bien no siempre se siguieron los lineamientos borojovianos -su postura con respecto al yiddish, por ejemplo, es bastante extraña y marginal dentro del movimiento sionista-, es una figura puntal para entender varias de las posturas de esta corriente, como el equilibrio entre objetivos nacionales y sociales.

Ya a nivel general, Borojov adelanta de manera notable los movimientos de liberación nacional y es una referencia para todos los interesados en articular una postura marxista con un nacionalismo popular.

En definitiva, más allá del sionismo, es indudable la importancia de Borojov; y dentro del mismo, su influencia es básica.

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Para profundizar

En inglés

Textos de Borojov

Textos y discursos de Borojov

Biografía, textos y discursos de Borojov

En español

El nacionalismo del proletariado judío

Borojov, D. (1951). Nuestra plataforma. El problema nacional y social judío, Buenos Aires: Pueblo Judío.

Borojov, D. (1971). Nuestra plataforma. El problema nacional y social judío, Buenos Aires: Diálogo.

Borojov, D. (1953). Ber Borojov. Su vida y su obra, Buenos Aires: Biblioteca borojovista.

Borojov, D. (1972). Bases del sionismo proletario, Tel Aviv: Dror.

Finkielsztein, J. (1968). Ber Bórojov, Buenos Aires: Biblioteca Popular Judía