Theodor Herzl

Un típico judío asimilado

Theodor Herzl (1860-1904) es considerado el fundador del movimiento sionista. Si bien no fue el primero en hablar de un Hogar Nacional judío, llegó a esta idea de manera independiente a aquellos pocos que la habían pensado antes (es decir, no fue influenciado por ellos) y, más importante, fue el que fundó el movimiento sionista y lo desarrolló hasta transformarlo en un movimiento de masas. Es decir, antes de Herzl, ya existía un embrión del sionismo: ya había grupos vanguardistas que promovían la inmigración a la Tierra de Israel y el establecimiento de un Estado judío como solución de los graves problemas del pueblo judío en la Modernidad. Sin embargo, fue Herzl el que transformó a ese movimiento de vanguardia en un movimiento de masas: de un grupo de iluminados, que eran vistos como ingenuos idealistas, el sionismo pasó a ser, vía Herzl, un movimiento masivo, al que muchos judíos adhirieron y adhieren hasta el día de hoy. De esta manera, hablar de Herzl como “padre de la nación judía” o como “padre fundador del Estado de Israel” es correcto y justo. Sin embargo, la visión que tenía Herzl sobre el sionismo, los medios para lograr el establecimiento de un Estado judío y los alcances de ese concepto eran muy diferentes de los de muchos de sus seguidores, lo que causó no pocos debates ideológicos.

Herzl nació en el seno de una familia judía asimilada en Budapest, Hungría, y él mismo fue un perfecto judío asimilado hasta el caso Dreyfus. Escritor y periodista, trabajó en varios periódicos escribiendo artículos de no ficción, folletines y obras de teatro. Hasta 1895, su obra literaria (de escaso valor artístico, dicho sea de paso) no deja traslucir en ningún momento gota alguna de identidad judía: ninguna de sus obras tiene personajes, temas o inquietudes judías. Tanto es así que si fuesen anónimas, no habría forma de indicar que su autor es judío. En pocas palabras, Herzl estaba totalmente asimilado a la civilización ambiente. ¿Es posible que una persona sin ningún vínculo con el pueblo judío decida retomar la relación con su antiguo pueblo y fundar lo que será uno de los movimientos más revolucionarios y masivos de la historia judía?

El caso Dreyfus

Evidentemente, la respuesta a la pregunta que hicimos arriba es: sí, es posible, la historia lo demuestra. El caso de Herzl es la prueba más contundente. Si es así, ¿qué fue lo que le hizo cambiar tan radicalmente de opinión y de vida? ¿Qué fue lo que llevó a Herzl a considerar por primera vez que el judaísmo era relevante y, en base a esta convicción, dedicar toda su vida a fundar, desarrollar y llevar a la acción el movimiento sionista? La respuesta es simple y posiblemente dolorosa: el antisemitismo. En 1894, Herzl fue enviado como corresponsal a Francia por el periódico Neue Freie Presse (el diario en el que trabajaba en aquel momento). Su trabajo: cubrir el caso Dreyfus.

El caso Dreyfus fue un juicio famoso en el cual acusaron falsamente de traición y espionaje a Alfred Dreyfus, un militar francés de ascendencia judía. Más allá de que usó, como tantas veces en la historia, a un judío como chivo expiatorio, lo más importante del caso fue que desencadenó una ola de antisemitismo impensable para la época. Esto fue un shock para muchos. Piensen que estamos hablando de Francia, la cuna de la Revolución Francesa, de la Libertad, Igualdad y Fraternidad, esa meca de la democracia moderna ….¡que de repente demuestra estar llena de antisemitas que odian a los judíos! Ese antiguo prejuicio que parecía haber quedado en el pasado de repente vuelve a resurgir. Si bien para nosotros, que ya conocemos lo que pasará en la Europa del siglo XX, con la שואה (“Shoá”, Holocausto) como máximo exponente, esto puede parecer menor, para los contemporáneos fue un verdadero cachetazo: todos los sueños de igualdad se derrumbaban frente a la realidad del antisemitismo popular. Herzl forma parte de ese grupo que se asombra e indigna frente al antisemitismo, y esta situación es la que lo impulsa a volver a su propio pueblo y dar forma al sionismo.

La situación psicológica de Herzl moldea su concepción de la cuestión judía: es el antisemitismo el que lo hace retornar a Herzl al pueblo judío; es el antisemitismo el que hará retornar al pueblo judío a su tierra. En otros términos, Herzl toma su propia experiencia y la universaliza hacia todo el pueblo judío. Así, se puede decir que recorre el camino que va desde su experiencia a la experiencia colectiva judía por medio del antisemitismo.

En este punto creo que podemos sintetizar en una frase las ideas principales de Herzl: el antisemitismo es consecuencia de la propia dinámica de la sociedad moderna y el único agente social que puede modificar esta situación es la nación judía, que debe presionar a las naciones del mundo para formar un Estado judío. Dividamos esta frase en sus distintos componentes y analicemos en profundidad cada uno de ellos:

  • El antisemitismo es consecuencia de la propia dinámica de la sociedad moderna.
  • El único agente social que puede modificar esta situación es la nación judía.
  • Presionando a las naciones del mundo.
  • Para formar un Estado judío.

El antisemitismo es consecuencia de la propia dinámica de la sociedad moderna

Para Herzl, como dijimos antes, el antisemitismo es constitutivo de la sociedad moderna y no puede ser resuelto solamente por la buena voluntad. Ahora bien, ¿por qué existe el antisemitismo? ¿Cuál es la fuente del odio al judío?

Probablemente éste sea uno de los principales aportes de Herzl: para él, el antisemitismo no es causado por el odio religioso sino que es un resultado de la Emancipación de los judíos europeos. Dicho de otra manera, el antisemitismo moderno tiene un origen distinto del medieval: este último tiene una raíz religiosa mientras que el primero tiene una raíz nacional.

Herzl va a hacer notar dos causas del antisemitismo: una, resabio de la Edad Media, es la incapacidad del judío como individuo para asimilarse; la segunda, propia de la Modernidad, es la estructura económica de la nación judía en el seno de los países europeos.

La primera es clara: el judío, por más que quiera asimilarse, es rechazado por sus pares cristianos por ser diferente,no solamente por ser de otra religión sino principalmente por ser de otro pueblo; en definitiva, por no ser un verdadero francés, un verdadero alemán o un verdadero ruso, lo cual equivale a decir que el judaísmo no es una religión. Herzl descubre, quizás con asombro, que un judío francés no puede ser un francés de fe mosaica: se es judío o francés pero no las dos cosas simultáneamente.

La segunda es bastante más compleja. Herzl hace referencia a lo siguiente: el proletariado judío, oprimido, se inclina hacia la revolución socialista; la clase alta judía, al capitalismo hecho y derecho con afán de riquezas; en el medio, el grueso del pueblo judío –la clase media-, sufre los embates de ser acusado tanto de ser socialista como de ser capitalista. Herzl es consciente de la situación política terriblemente convulsionada de su época y detecta que los judíos ya son acusados tanto de ser revolucionarios que quieren destruir la sociedad establecida como de ser los sostenedores más importantes del régimen actual. Lo más interesante es que encuentra la causa de estas acusaciones no en agentes externos sino en la propia constitución económica de cierto sector de la población judía europea. Herzl va a decir: la clase alta judía es percibida como contraria a los intereses del pueblo; la clase baja judía es más oprimida que la clase baja en general; en el medio, aparece la clase media judía, acorralada y acosada por los antisemitas, que la culpan de todos los males de la sociedad. Este análisis clasista es claramente sintomática de la época (estamos hablando de 1896) pero va mucho más allá. El antisemitismo es un círculo vicioso: dentro de la burguesía, el avance económico del judío permite cierto nivel de asimilación, que provoca recelos en las masas, que perciben que el judío rico los oprime, lo que, a su vez, provoca odio hacia el pueblo judío en su totalidad, lo cual lleva a que la clase media judía sea rechazada como grupo diferenciado e indeseable. No hay manera de romper esta dinámica dentro de la sociedad europea: es una consecuencia inevitable de la Emancipación.

En palabras de Herzl:

La miseria de los judíos es un anacronismo; el Iluminismo de hace 100 años solamente alcanzó a unos pocos espíritus elegidos (…) Todo depende de la fuerza motriz, ¿y cuál es esa fuerza? La miseria de los judíos.

Como pueden ver, Herzl no cree que las naciones europeas puedan integrar en su seno a los judíos: el problema no puede ser dirimido dentro de Europa porque es la propia constitución social y económica de Europa la que provoca el antisemitismo.

Entonces, el sionismo, para Herzl, es consecuencia del antisemitismo: no hay contenido propio en sí mismo en el judaísmo. El sionismo no es un acto creativo en sí mismo sino una reacción frente a las circunstancias adversas. Esto va a ser criticado duramente por el sionismo espiritual de Ajad Haam y sus seguidores.

El único agente social que puede modificar esta situación es la nación judía

Entonces, ¿qué nos queda? ¿Cómo romper el círculo vicioso del antisemitismo, que se retroalimenta y se hace cada vez más fuerte e imparable? Muy sencillo: desde afuera. El judío debe entender que forma parte de una nación, la nación judía. Dice Herzl:

Lo queramos o no, somos y seguiremos siendo un grupo histórico con características comunes que nos diferencian.

O si lo prefieren: el judaísmo es un pueblo, una nación, no una religión. Todo depende de nuestras fuerzas: hay que actuar como pueblo, no como individuos aislados. Esto, por supuesto, implica un cambio de mentalidad: hay que reevaluar toda la situación judía desde parámetros bien diferentes de los que habíamos utilizado hasta ahora.

Quizás a nosotros nos parezca una obviedad pero hay que remarcarlo porque éste es el segundo gran aporte de Herzl: la idea de que el pueblo judío conforma una nación. No importa si una persona cumple los preceptos religiosos o no (es más, Herzl no los menciona en su obra El Estado judío y solo lo hace de manera muy colateral en su otro libro sobre el tema, La Nueva-Vieja Tierra) sino que se identifique como miembro de la nación judía. Esto quiere decir, y Herzl lo explicita, que, una vez creado el Estado judío, un judío francés que decida quedarse a vivir en Francia y asimilarse ya no debe ser considerado como judío sino como francés. En este sentido, el sionismo es también es positivo para el asimilacionista: le va a permitir mimetizarse a la sociedad ambiente sin ser sospechoso de doble lealtad. Si decidió quedarse en Francia en vez de irse al Estado judío, es porque es leal a Francia y no a la nación judía. Así, centrándose en el elemento nacional de la identidad judía, Herzl va a afirmar que el parámetro que debe definir al judío en la Modernidad es enteramente diferente del que lo definió en el Medioevo o en la Antigüedad.

Presionando a las naciones del mundo

El sionismo de Herzl es denominado político justamente por esta característica: es la presión internacional la que permitirá la formación del Estado judío. El reconocimiento internacional debe anteceder a la colonización y al pionerismo. Posteriormente esta lo va a llevar a un choque muy fuerte con el sionismo חלוצית (realizador, pionero o jalutziano).

En palabras de Herzl:

El antisemitismo es una cuestión nacional, que solo puede resolverse transformándola en un asunto político mundial a ser debatido y resuelto por las naciones civilizadas del mundo.

En la concepción de Herzl, la diplomacia internacional ocupa un lugar fundamental: el sionismo debe encargarse en primer lugar de convencer a la comunidad internacional de la justicia de su causa, y de los beneficios que conlleva. Posteriormente, ya asegurado el favor internacional, podrá dedicarse a poblar el territorio de ese Estado. En otras palabras, Herzl acepta que el Estado judío solo puede ser creado con la ayuda de las potencias y piensa que de nada sirve colonizar el país sin el apoyo explícito de éstas. Primero se precisa que en los papeles se acepte la existencia de un Estado judío; recién en ese momento podemos encargarnos de materializarlo en la práctica.

Herzl propone la creación de dos grandes instituciones judías internacionales que antecedan al Estado: una Sociedad de judíos y una Compañía judía. La primera debe presionar a la comunidad internacional y dar a conocer el ideario sionista al mundo, así como servir de embrión del futuro Estado; la segunda, encargarse de tareas administrativas, como ayudar a los inmigrantes judíos a asentarse en su nuevo país.

Para formar un Estado judío

Herzl explora dos soluciones que ya se habían ensayado en su tiempo y las rechaza porque, según él, no solucionan el problema judío: la asimilación y la colonización en Estados ya existentes.

Sobre la primera, el judío no puede asimilarse porque, como dijimos antes, forma una nación diferente de las otras naciones. Como tal, tiene rasgos propios y diferenciados. Herzl dice que el judío asimilado no se da cuenta de lo fútil de su intento: en el fondo, sigue siendo un extranjero y es señalado como apátrida, traidor o simplemente diferente a la media. Por más que la ley permita los casamientos mixtos y consagre la igualdad, lo cierto es que en la práctica hay antisemitismo.

Sobre la segunda, Herzl hace referencia a los intentos de colonización judía amparados en el aporte de algún filántropo, como las colonias argentinas en Basavilbaso o Moises Ville. La crítica es muy clara: estos intentos lo único que hacen es trasladar el problema judío de un país a otro pero no solucionan el problema de fondo, que es la falta de un marco estatal propio en el cual los judíos sean los que definan su propio destino y, por lo tanto, no sufran los desmanes de la mayoría no judía. O sea, la filantropía, si bien loable por sus buenas intenciones, lo único que hace es exportar antisemitismo.

Rechazadas estas dos soluciones, llegamos al elemento clave del sionismo, y claramente el aporte más fundamental de Herzl: la idea de que la nación judía debe formar su propio Estado. Este Estado debe ser un modelo para las otras naciones del mundo y acabará, de manera automática, con el antisemitismo. Los judíos vivirán en este Estado, como los italianos viven en Italia o los alemanes en Alemania. Es decir, el pueblo judío debe tener su propio Estado-nación, como toda nación lo tiene:

Dennos soberanía sobre un territorio lo suficientemente grande como para satisfacer nuestra legítima demanda como nación, y el resto lo haremos nosotros.

Es decir, que la comunidad internacional dé soberanía a la nación judía sobre un territorio; los judíos se encargarán de construir y mantener al Estado.

Esta tercera solución que propone Herzl es increíblemente radical para la época: crear un Estado judío (algo que para nosotros es una realidad diaria) era una idea audaz y, para muchos, descabellada. Por eso, Herzl declara una y otra vez que no es una utopía romántica y dedica muchas páginas a explicar cómo funcionará este nuevo Estado, cómo se conformará y cómo vivirán sus habitantes.

Herzl no es ingenuo: sabe muy bien que los judíos acomodados y ricos no tienen ningún tipo de interés en irse de sus respectivos países. Por eso, propone un plan escalonado: primero, irán al nuevo Estado judío las clases bajas, que movilizarán la economía mediante el trabajo productivo y, principalmente la construcción y el trabajo manual; luego, la clase media, que aportará una buena dosis de comerciantes; finalmente, la clase alta, que, mientras tanto, deberá apoyar la empresa sionista desde su país de origen.

Antes de avanzar, una aclaración: en un primer momento, Herzl dudaba sobre cuál debía ser el territorio en el cual se asentaría este nuevo Estado judío. Barajó distintas posibilidades más allá de la Tierra de Israel, entre ellas la Patagonia Argentina (en ese momento, prácticamente inhabitada; piensen que hacía pocas décadas había finalizado la Campaña del Desierto) y Uganda. Cuando vio que la gran mayoría de los judíos rechazaban cualquier posibilidad que no sea la Tierra de Israel, se decantó por esta opción.

La nueva sociedad

Hasta ahora todo lo que escribí aparece en su primer libro sobre la cuestión judía, El Estado judío, escrito en 1896. En 1902, publicará el que será su segundo libro sobre el tema, La Antigua-Nueva Tierra. El primer libro es un panfleto; el segundo, una novela utópica, en la cual muestra cómo se imagina que será el Estado judío. A la sociedad que vive en este Estado la denomina nueva sociedad, y es un modelo de prosperidad, desarrollo y tolerancia. Aclaración fundamental: todo lo que van a leer de aquí en adelante es fruto de la imaginación de Herzl y no tiene nada que ver con lo que efectivamente es el Estado de Israel.

Podría decirse que Herzl es un tecnócrata: cree en el poder de la ciencia y en el método científico como forma de solucionar los problemas políticos. Su visión de la nueva sociedad es increíblemente ingenua y, a la vez, maravillosamente estimulante.

Herzl imagina una sociedad multifacética, con un sistema económico utópico, basado en el mutualismo y la cooperación mutua, unido por una red estatal sólida. Dedica muchísimas páginas a explicar en detalle cómo funcionará el comercio, la agricultura, la industria y la construcción. Sus ideas podrían resumirse de la siguiente manera: una economía fuerte, próspera y floreciente redimirá no solo a la nación judía sino también a otros grupos oprimidos. Herzl recalca una y otra vez que el nuevo Estado instituirá una jornada laboral de siete horas, que mostrará con orgullo al resto del mundo como modelo de esfuerzo comunitario y desarrollo sin opresión.

El sionismo civilizará a los árabes: el nuevo Estado judío traerá el progreso europeo a Medio Oriente. Aun así, Herzl deja bien claro que este nuevo Estado judío debe ser neutral en los asuntos por los que se enfrenten la civilización europea con la árabe y, en todo caso, ser un puente entre esos dos mundos.

En cuanto a la política, Herzl tiene una visión bastante particular: cree en la necesidad imperiosa de una Constitución moderna pero su ideal es una república aristocrática o, en su defecto, una monarquía democrática. Ve a las modernas democracias como utópicas y caóticas porque alientan la formación de una clase política profesional, no son adecuadas a la complejidad de la vida moderna y las masas no tienen la virtud necesaria como para elegir conscientemente y de manera responsable.

En cuanto al aspecto militar, existirá un ejército solo a los efectos de defensa, pero nunca para atacar o agredir. Para Herzl, el ejército no es más que una institución estatal entre otras y no le asigna mayor importancia, más que señalar que tiene que ser solo de autodefensa.

Los judíos del nuevo Estado no van a hablar hebreo: para Herzl, es un idioma muerto, que no puede adecuarse a la Modernidad. ¿Cómo pediremos el boleto de tren en hebreo?, se pregunta no sin ironía. Tampoco acepta al idish: para él, es una jerga que hablan las masas ignorantes. Propone que cada contingente hable el idioma de su país de origen y que, con el paso del tiempo, la propia población judía en el nuevo Estado decida qué idioma adoptar.

Un punto interesante es la bandera que propone Herzl: blanca con siete estrellas doradas. Fondo blanco representando la pureza de esta nueva vida nacional; siete estrellas doradas representando la jornada laboral de siete horas.

¿Y el judaísmo? ¿Dónde está el judaísmo en el Estado judío de Herzl? La verdad, en casi nada. Si bien habla del Templo como un lugar de peregrinación internacional y de encuentro de las distintas religiones, menciona de pasada al Shabat y habla de un majestuoso Seder de Pesaj entre amigos (en el cual están sentados en la mesa cristianos), lo cierto es que el Estado judío de Herzl no es un Estado con contenido judío, probablemente porque él mismo no conocía la herencia cultural judía en todo su esplendor.

Cualquiera que haya visitado o conozca de oídas el moderno Estado de Israel sabrá que toda esta utopía no deja de ser eso: una utopía. Lo cierto es que Israel funciona de manera enteramente diferente de como lo imaginó Herzl: irónicamente, más allá de todos sus logros, el ideal herzliano está claramente alejado de lo que es nuestra realidad actual. Más todavía, su sueño de aplicar la ciencia para el correcto funcionamiento de la sociedad nos parece marcadamente arcaico, propio de positivistas ingenuos; su visión de la democracia, retrógrada; su ingenuidad cuando retrata las relaciones entre árabes y judíos, pasmosa; su rechazo del hebreo, despectivo; la liviandad con la que trata festividades religiosas, exótica. En La Antigua-Nueva Tierra, Herzl muestra su lado más romántico, utópico y hasta aventurero. En cierta manera, es su obra más personal: vuelca su visión de la política, la economía, la educación, el Estado y la ciencia, entre otros temas. El problema es que esa visión ha quedado obsoleta y anclada en el tiempo. No nos compele ni nos atrae. Sin embargo, su idea fundamental, la idea de un Estado judío para la nación judía, sigue siendo ineludible y ciertamente actual.

Para cerrar, quisiera citar el final de La Antigua-Nueva Tierra. Creo que expresa claramente el estilo y la personalidad de Herzl en lenguaje poético:

Finalmente, Friedrich preguntó, y cada uno respondió a su manera: “Vemos una forma de vida nueva y feliz aquí, ¿qué la creó?”.

-¡La necesidad!-dijo Littwak el viejo.

-¡El pueblo reunido!-dijo Steineck el arquitecto.

-¡Los nuevos medios de transporte!-dijo Kingscourt.

-¡Conocimiento!-dijo Dr. Marcus.

-¡Voluntad de poder!-dijo Joe Levy.

-¡Las fuerzas de la naturaleza!-dijo el profesor Steineck.

-¡Tolerancia mutua!-dijo el reverendo Mr. Hopkins.

-¡Confianza en nosotros mismos!-dijo Reschid Bey.

-¡Amor y dolor!-dijo David Litwwak.

Pero el venerable Rab Samuel se levantó y exclamó: “¡D-s!”.

…Pero, si no lo desean, todo esto que les relaté va a seguir siendo una fábula.

Mi objetivo era componer un poema instructivo. Algunos dirán que contiene más poesía que instrucción. Otros, que tiene más instrucción que poesía.

Ahora, querido libro, después de tres años de trabajo, debemos separarnos. Y nuestros sufrimientos van a empezar. Vas a tener que hacerte camino entre la enemistad y la tergiversación como si caminases por un bosque oscuro.

Sin embargo, cuando estés entre gente amigable, dales saludos de parte de tu padre. Diles que él cree que los Sueños también son el cumplimiento de los días de nuestro peregrinar por la Tierra. Los Sueños no son tan diferentes de las Acciones como algunos piensan. Todas las Acciones del hombre no son sino Sueños al principio. Y al final, sus Acciones se disuelven en Sueños.

_________________________

Para profundizar

En inglés

The Jewish State: el famoso panfleto de Herzl. Online.

The Jewish State: el famoso panfleto de Herzl. Incluye un prólogo y una biografía bastante correctos. Ebook, online, Kindle y otros formatos.

Altneuland: la novela utópica de Herzl en la que describe su Estado judío ideal. Online.

En español

Herzl, T. (1944). Vieja y nueva patria, Buenos Aires: editorial Gleizer.

Herzl, T., (1971). Seis discursos, Buenos Aires: Biblioteca Popular Judía.

Issaev, B. (1971). Teodoro Herzl, Buenos Aires: Biblioteca Popular Judía.

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