Menajem Beguin

Comandante, opositor y Primer Ministro
Menajem Beguin nació en 1913 y falleció en 1992. Gran orador y comandante del Irgún, durante mucho tiempo fue el líder indiscutido del sionismo revisionista y uno de los mayores opositores a la hegemonía socialista dentro del movimiento sionista. Beguin comenzó a militar durante su adolescencia y estuvo activo en política hasta su muerte. Era un lector voraz y leía y hablaba varios idiomas. Sus ideas, imbuidas del nacionalismo de la primera mitad del siglo XX, pueden ser vistas, en más de un sentido, como contrapuestas a las usuales en el sionismo socialista. De esta manera, Beguin fue el gran adversario de Ben Gurión y su victoria en las elecciones de 1977 fue vista como un cambio radical en la política israelí.
La sucesión de Jabotinsky
Quizás un buen punto de partida sea empezar hablando de la idea popular de que Beguin es el sucesor único e indiscutido de Jabotinsky como líder del sionismo revisionista. Si bien es cierto que Beguin terminaría por erigirse como tal, la lucha por la sucesión fue compleja y larga.
Recordemos que Jabotinsky falleció de manera inesperada a mediados del año 1940. Hasta ese momento, Jabotinsky había sido el líder indiscutido del revisionismo y de las instituciones y organizaciones más importantes asociadas al mismo: Betar (organización juvenil del movimiento), Irgún (grupo paramilitar) y Nueva Organización Sionista (organización escindida de la Organización Sionista Mundial). Con su muerte, hubo que buscar un nuevo liderazgo. Para colmo, Jabotinsky no había señalado a nadie como su preferido. El gran vencedor fue Beguin, que terminó transformándose en comandante del Irgún y posteriormente en el jefe político de Jerut (partido político fundado posteriormente a la creación del Estado de Israel, en 1948, y que logró aglutinar y absorber a todas las organizaciones políticas revisionistas; es el antecesor directo del Likud). Sin embargo, esto no quiere decir que no haya habido otros posibles sucesores a Jabotinsky. Los hubo, y la lista es larga: Hilel Kook (también conocido como Peter Bergson), Eri Jabotinsky, Aharon Propes, Meir Grossman, Aryeh Altman, David Raziel y Abraham Stern quizás sean los más destacados. Beguin tuvo que competir con todas estas personas a nivel político (y en algunos pocos casos, como con Stern, a nivel militar) para llegar a tener el control sobre las organizaciones revisionistas. En algunos casos, como en el de David Raziel, la suerte estuvo del lado de Beguin: Raziel murió en 1941 en una misión del Irgún contra Alemania; en otros, como en el de Eri Jabotinsky e Hilel Kook, hubo una larga y desgastante lucha política, que pareció apaciguarse con la creación de Jerut y la inclusión de los dos en las listas parlamentarias para la כנסת (“Kneset”, parlamento israelí) pero que terminó con la renuncia de los dos a la militancia política. Podríamos seguir: Grossman y Propes, más moderados en sus planteos que Beguin, perdieron poder en la interna del revisionismo y fueron forzados a dar un paso al costado; Stern, más extremista que Beguin, fundó el Leji pero fue asesinado por los británicos y ninguno de sus sucesores tuvo la capacidad para transformarse en una alternativa coherente a Beguin por falta de apoyo en el seno del movimiento o simplemente porque decidieron dejar atrás al revisionismo. Como pueden ver de estos casos, si bien resulta fácil para nosotros decir que Beguin es el sucesor más importante de Jabotinsky, no por eso hay que caer en el error de suponer que no tuvo competidores y que esta sucesión fue automática sino que hay que verla como un proceso.
En base a esto, surge una pregunta: si hubo tantos candidatos a la sucesión de Jabotinsky, ¿cuáles eran las diferencias ideológicas entre ellos? O siendo más específicos,¿cuáles son los rasgos sobresalientes del pensamiento de Beguin que hicieron que él gane la pelea por la sucesión? La respuesta es larga y podría llevarnos un libro entero.
Empecemos destacando los elementos del pensamiento de Jabotinsky que se encuentran presentes en Beguin, cuáles no y cuáles son resignificados por él.
La idea de la Tierra de Israel indivisa es una bandera histórica del sionismo revisionista. Jabotinsky fue un gran impulsor de la idea de que el futuro Estado judío debía extenderse a lo largo de toda la Tierra de Israel. Beguin fue, durante la mayor parte del tiempo, un fiel seguidor de Jabotinsky en este sentido. Como comandante del Irgún, llamó a rechazar el plan de partición de Palestina propuesto por la ONU y liberar toda la Tierra de Israel. Como líder de la oposición en la Kneset, criticó una y otra vez la fórmula de Tierras por paz (es decir, la idea, propuesta principalmente, aunque no exclusivamente, por líderes del sionismo socialista, de que es posible llegar a un entendimiento con los palestinos mediante compromisos territoriales). Sin embargo, contra todos los pronósticos, fue también el primer Primer Ministro de Israel que firmó un acuerdo de paz con un Estado árabe: los acuerdos de Camp David. Sobre el final de esta entrada, veremos con más detenimiento este tema. Lo notable es que una persona que tenía fama bien ganada de duro y radical terminó siendo el responsable de uno de los acuerdos históricos que marcaron la ruta durante muchos años de las negociaciones entre Israel, Palestina y los otros Estados árabes. Como se imaginarán, esto tomó por sorpresa a la amplia mayoría del público.
Jabotinsky hablaba de que era necesario formar soldados judíos. Su ideal era el de un ciudadano de buenos modales pero dispuesto a levantar las armas para luchar contra el opresor y defender su patria. En más de un sentido, Beguin representa ese ideal de Jabotinsky: comandante en jefe de un grupo paramilitar, de modales respetuosos y ampulosos, amante de la espectacularidad y el manejo de las masas. A su vez, resulta llamativo que Jabotinsky, si bien dio legitimidad retrospectiva a algunas de las acciones militares del Irgún, nunca llamó a una guerra de liberación nacional contra los británicos (que, recordemos, eran los que controlaron la Tierra de Israel desde el fin de la Primera Guerra Mundial hasta 1948). Es por eso que, en su excelente biografía “Beguin: Anatomía de un líder”, Sasson Sofer afirma que el significado de la rebelión para Jabotinsky era bien distinto que para Beguin. Mientras que para el primero la rebelión significaba un cambio de valores en la mentalidad del judío y dejar atrás el Galut, para el segundo la rebelión significaba resistencia activa y violenta contra el opresor británico. En otras palabras, Jabotinsky, si bien propició la formación de cuadros militares judíos, los vio más como una muestra al mundo del poderío y la capacidad del judío que como un llamado literal a rebelarse y usar la fuerza para echar a los británicos de la Tierra de Israel. Parece que, hasta el último día de su vida, Jabotinsky creyó que los ingleses comprenderían la situación de los judíos y terminarían con el colonialismo de manera más o menos voluntaria. Por el contrario, Beguin, más joven, creía mucho menos en la buena voluntad británica y entendió a la rebelión como un llamado a la acción paramilitar contra la ocupación. Otro concepto estrechamente relacionado es el de presión: lo que Jabotinsky había enunciado como “presión” se refería a la presión internacional necesaria para obtener el apoyo de las naciones para la creación del Estado judío; Beguin lo transformó en presión militar llevada a cabo mediante asaltos a los depósitos británicos de armas, secuestro de soldados ingleses y ataques a edificios representativos del gobierno ocupante ilegítimo. El ejemplo más claro de esta discrepancia es lo que ocurrió en la tercera convención mundial de Betar, en septiembre de 1938. Citemos a Sasson Sofer:

Como expresión de sus opiniones, Beguin presentó una enmienda a la sección cuatro del juramento de Betar. En lugar de “Prepararé mis brazos para la defensa de mi pueblo, y los levantaré solo para defenderme”, propuso el texto: “Prepararé mis brazos para la defensa de mi pueblo y para la conquista de mi patria”. Finalmente, esta modificación fue aceptada por la convención.

Quizás la diferencia de fondo entre Jabotinsky y Beguin sea su educación y orientación intelectual. Mientras que Jabotinsky era un judío burgués, proveniente de una familia asimilada, probablemente ateo, poco interesado en los asuntos religiosos y que despreciaba al judío del ghetto, Beguin provenía de una familia de clase media baja y religiosa, recibió una educación judía tradicional (aunque con ciertos adimentos sionistas) y era creyente (aunque no por eso דתי -religioso- ni mucho menos). Jabotinsky era un judío que había regresado al judaísmo mediante el sionismo; Beguin nunca vivió tal situación: su sionismo era continuación natural de su judaísmo, y no su camino de retorno. A su vez, hay que tener en cuenta la diferencia generacional entre uno y otro. Israel Eldad, filósofo, comandante del Leji, líder de la ultraderecha israelí y férreo crítico de Beguin, escribe sobre la convención de Betar de la que hablábamos anteriormente:

Nosotros, que en nuestra juventud no sentimos las rimas de Pushkin y Lermontov, que no sufrimos en nuestros corazones como Jabotinsky por el salvajismo de la Revolución Rusa, que nunca habíamos disfrutado de los cielos y el aire italianos y a quienes no nos importaba para nada si el fascismo era una forma aceptable de gobierno o no…Que no pertenecíamos a la generación que luchó por los derechos humanos, el liberalismo y la democracia parlamentaria, que no entendíamos el misterio del amor de Jabotinsky por el parlamentarismo británico y su respeto por el individuo y las libertades individuales…Ése fue el trasfondo del debate.

No creo que las palabras de Eldad representen cabalmente a Beguin. Al contrario, Beguin nunca dejó de admirar al parlamentarismo y el liberalismo. Sin embargo, lo que es indudable es que Eldad capta perfectamente el trasfondo del debate, como él mismo dice, y, en definitiva, la diferencia generacional entre Jabotinsky, el fundador del revisionismo, y la juventud militante en Betar, criada bajo su propia figura.
Guerra de liberación nacional
Como decíamos antes, Beguin consideraba que la única forma de conseguir la creación de un Estado judío en la Tierra de Israel era mediante una guerra de liberación nacional. Esta idea provenía de otra relacionada, aunque no idéntica: la rebelión. Beguin atribuía la idea de rebelión a Jabotinsky pero ya explicamos anteriormente que el significado de esta rebelión era bien diferente para uno y otro. Para Beguin, la rebelión significaba una lucha por todos los medios posibles -incluidos los militares, aunque también los políticos, propagandísticos, diplomáticos y económicos- contra el régimen colonialista de los británicos en la Tierra de Israel. Esto quiere decir que Beguin proponía presionar al máximo posible a Gran Bretaña para que se retire de la Tierra de Israel y dé paso a la formación de un Estado judío. ¿Cómo se lo puede presionar? No pagando los impuestos, obstruyendo los servicios básicos, atacando las bases militares, derrumbando edificios gubernamentales, haciendo propaganda contra el régimen opresor, buscando el apoyo de representantes de países extranjeros a la causa, entre muchas otras cosas. Como pueden ver, se entremezclan medios políticos, diplomáticos, económicos y militares.
La nota saliente del Irgún, del cual Beguin era el comandante, es el énfasis que pone en el aspecto militar. Como ya vimos en la entrada de Jabotinsky, esto es un rasgo que comparte todo el sionismo revisionista en general. Sin embargo, es importante destacar que el uso de lo militar cobra un matiz particular en el Irgún: mientras que en el partido revisionista lo militar estaba confinado a algo secundario y en Betar lo militar asumía una función educativa (crear un nuevo tipo de judío, soldado, que pueda luchar por la patria y ser un ciudadano ejemplar; dejar atrás la imagen del judío debilucho y cobarde), en el Irgún lo militar era lo principal y adquirió un valor político. Miremos lo que escribe el propio Beguin:

La lucha sería política pero llevada a cabo a través de medios militares. Por lo tanto, las acciones militares debían ser acompañadas por explicaciones políticas, claras y concretas.

Expliquemos este último punto: el Irgún, como organización paramilitar, fue fundado como una escisión de la Haganá en rechazo de la moderación y autocontención. Uno de los postulados del Irgún era precisamente que los judíos en la Tierra de Israel no solo debían defenderse sino también devolver los ataques y tomar una posición ofensiva. El judío no puede dejarse golpear y luego poner la otra mejilla: debe devolver el golpe. El enemigo tiene que sufrir las consecuencias de sus acciones.
Es interesante notar que Beguin en el libro “La rebelión”, en el cual cuenta sus memorias sobre el Irgún y lo que él llama la guerra de liberación nacional, el enemigo no son los árabes ni los palestinos sino los británicos. De hecho, escribe explícitamente que la Guerra de Independencia fue provocada adrede por los británicos con el fin de expulsar a los judíos de la Tierra de Israel. Es decir, contrariamente a la opinión generalizada y también a diferencia de Jabotinsky, Beguin piensa, al menos hasta la década de 1950, que los árabes están siendo manipulados por el colonialismo inglés.
¿Por qué es necesaria una guerra de liberación nacional? Básicamente, porque el mundo no escucha el reclamo de la nación judío y el tiempo apremia. La situación es desesperante. Recordemos: estamos hablando de la época de la Segunda Guerra Mundial y la שואה (“Shoá”, Holocausto) estaba en marcha. Para Beguin, la única manera de evitar, o al menos disminuir, la catástrofe es mediante la creación de un Estado judío y la libre inmigración de los judíos europeos, amenazados de muerte, a este Estado. En palabras de él mismo:

Dos hechos determinaron la situación del pueblo judío durante la Segunda Guerra Mundial: primero, Hitler estaba exterminando millones de judío en Europa; segundo, Gran Bretaña continuaba manteniendo las puertas cerradas del Hogar Nacional para los judíos.

Como pueden ver, tenemos dos situaciones:
1) Los nazis están perpetrando la שואה (“Shoá”, Holocausto).
2)Gran Bretaña no deja entrar a los judíos a la Tierra de Israel y coloniza este mismo territorio.
El problema que se plantearon las tres organizaciones paramilitares judías en la Tierra de Israel en ese momento (Haganá, Irgún y Leji) fue justamente cómo reaccionar frente a estas dos situaciones. Por un lado, si queremos combatir a los nazis, lo mejor es unirnos a los ingleses para luchar contra Alemania y propiciar su derrota en la guerra; por el otro, si nuestro objetivo es derrocar el régimen colonialista inglés, apoyar a Gran Bretaña en la guerra es contraproducente. Una de las principales diferencias entre las tres agrupaciones fue cómo reaccionaron frente a este dilema. La Haganá, asociada a grupos sionistas socialistas, se abstuvo de atacar al régimen británico en la Tierra de Israel e intentó alcanzar la independencia política por medios diplomáticos; el Irgún, del que Beguin era comandante, boicoteó al régimen británico pero dilató el anuncio de una rebelión directa hasta 1943; Leji, el grupo más radical y extremista, se rebeló desde el principio contra los británicos, convencido de que no había otro modo de lograr la creación de un Estado judío más que una acción militar fulminante.
Amor a la tierra
Enfoquémonos en el Irgún que es de lo que estamos hablando el día de hoy. La visión de Beguin, el comandante y, por lo tanto, la autoridad máxima en la cadena de mando, era que había que había que rebelarse contra los británicos. Veamos lo que tiene para decirnos:

La rebelión emergió de las entrañas de la tierra. El relato antiguo de Anteo y la fuerza que extraía del contacto con la Madre Tierra es una leyenda. La fuerza renovada que vino a nosotros, especialmente a nuestra juventud, por el contacto con la tierra de nuestra antigua patria no es una leyenda sino un hecho.

Noten que la rebelión, para Beguin, cobra un matiz casi mitológico: la asociación entre Anteo, héroe mitológico griego, y la juventud judía rebelde no es una simple casualidad. Beguin, con esa cuota de exageración y dramatismo común en él, nos está diciendo que la rebelión no es solamente la lucha contra los británicos sino un paso decisivo para la liberación de la patria. La juventud ya no es sumisa: el mismo contacto con la tierra de sus antepasados la revitaliza y le da energías para la dura batalla.
Otro punto importante es que para Beguin la guerra de liberación nacional no es un solo golpe fulminante sino una serie de golpes encadenados unos con otros. Dicho de otra manera, es consciente que, una vez declarada la rebelión, la guerra se extenderá en el tiempo. Su modelo es la guerrilla: células de soldados que atacan y se reagrupan y esconden.
Vanguardia militar
Todo esto nos lleva a otro punto: el Irgún, en su período de rebeldía, en el cual estaba librando lo que Beguin llamaba guerra de liberación nacional, es una organización clandestina. Sus miembros están ocultos, sus reuniones son secretas, las autoridades británicas los persiguen, el establishment sionista los rechaza. Esta situación no es una sorpresa para Beguin. Por el contrario, tiene en claro a la hora de lanzar el plan de lucha contra los británicos que será perseguido y tratado como un criminal político. Tampoco parece extrañarse por la actitud de lo que él denomina los “sionistas oficialistas” (que serían los líderes del sionismo socialista y las organizaciones e instituciones asociadas al mismo, que eran mayoría en ese momento tanto en la Tierra de Israel como en el exterior; a su vez, eran considerados los interlocutores válidos por los británicos). Beguin, en este sentido, es consciente de dónde está parado: la organización que lidera es una minoría y lo seguirá siendo por un tiempo. Sin embargo, Beguin tiene confianza que esta situación eventualmente cambiará y el mundo reconocerá su labor y la importancia decisiva de sus acciones.
Beguin repite reiteradas veces que la principal causa de que el Mandato Británico en la Tierra de Israel haya terminado es la rebelión proclamada por el Irgún. Fueron sus acciones militares las que expulsaron al poder colonial. Beguin está convencido que si no fuese por el Irgún, el Mandato Británico se hubiese extendido indefinidamente. Es más, las veces que alguien se atrevía a discutirle esto, Beguin se enfadaba y empezaba a burlarse de su interlocutor. ¿Es cierta la visión que tiene Beguin? La enorme mayoría de los historiadores coincide en que está equivocado: si bien el Irgún fue un factor más entre otros, de ninguna manera es la causa única ni principal de la finalización del Mandato Británico.
Beguin también creía que la mayoría de la población judía apoyaba al Irgún y a la rebelión. Si no lo hacía abiertamente, era por dos motivos: miedo de las represalias del establishment y de los británicos y la propaganda maliciosa contra el Irgún, que lo pintaba como un grupo de terroristas sanguinarios e ingenuos. De hecho, en sus libros comenta anécdotas del apoyo espontáneo de la población civil a distintas acciones del Irgún. ¿Es verdad esto? Es difícil precisarlo pero lo más probable es que no. La mayoría de la población judía apoyaba a la Haganá y veía al Irgún como extremista y quizás hasta terrorista. Sí es cierto que puede haber habido casos de personas que no decían abiertamente lo que pensaban por miedo y, en el fondo, apoyaban al Irgún pero es muy dudoso que el número de personas en esta situación haya sido alto.
El Irgún, entonces, según Beguin, es la vanguardia del pueblo judío. Es una minoría que se adelanta al resto y milita por todos los medios posibles para llegar al objetivo. Esta vanguardia es la de un grupo de soldados que odia la opresión y la tiranía y que lucha por la libertad: la rebeldía es un deber moral. Son personas que aman la verdad y que soportan estoicamente los sufrimientos.
¿Terrorista o héroe nacional?
Quizás la mayor polémica con respecto a la figura de Beguin es determinar si fue un terrorista o un héroe nacional. El Irgún, como decíamos, se dedicaba a atacar militarmente al régimen colonialista inglés. Esto quiere decir que atacaba cuarteles militares, ponía bombas en edificios gubernamentales, secuestraba soldados ingleses y los colgaba y robaba armas de la policía y los militares, entre otras acciones reprobables moralmente cuanto menos.
Beguin rechaza terminantemente el mote de terrorista y dedica buena parte de sus libros a explicar que todas estas acciones militares fueron respuestas a otras de los ingleses, ciertamente injustas, y que los soldados del Irgún siempre se preocuparon por minimizar las víctimas fatales y evitar las civiles, así como de cuidar el honor del enemigo. Un ejemplo:

No éramos terroristas. En latín, “terror” significa miedo. Si no me equivoco, la palabra “terror” se hizo común en la terminología política durante la Revolución Francesa. Los revolucionarios habían empezado a cortar cabezas con la guillotina para infligir miedo. Por lo tanto, la palabra “terror” define tanto actos de revolucionarios como de contrarrevolucionarios, tanto de luchadores por la libertad como de sus opresores. Todo depende de quién utiliza el término (…) Una revolución puede dar lugar al “terror”, como en Francia (…) Pero la revolución en sí misma no es terror, y el terror no es la revolución. Una revolución, o una guerra revolucionaria, no intenta infligir miedo. Su objetivo es derrocar un régimen y colocar otro nuevo en su lugar. En una guerra revolucionaria, los dos bandos usan la fuerza. La tiranía va armada; de lo contrario, sería rápidamente destruida. Los luchadores por la libertad deben armarse también; de lo contrario, serían eliminados en un instante. Obviamente el uso de la fuerza también provoca miedo. Los tiranos empiezan a sentir miedo por su posición, su vida, o las dos cosas a la vez. Y, en consecuencia, intentan implantar el terror entre la población. Pero el miedo no es el objetivo final. De un lado, el objetivo es derrocar al régimen; del otro, perpetuar la tiranía.

Como pueden ver, Beguin se considera a sí mismo un luchador por la libertad. El uso de la fuerza estuvo justificado por la opresión y la tiranía de los gobernantes. ¿De qué tiranía estamos hablando? Sencillo: los ingleses están oprimiendo al pueblo judío al impedirles tener su propio Estado y ocupando de manera ilegítima e ilegal el territorio que le pertenece a este mismo pueblo.
Una de las acciones militares más conocidas del Irgún es el atentado al hotel King David. En el mismo, fallecieron 92 personas. El Irgún puso una bomba en el sótano y voló el edificio. A primera vista, estamos frente a un atentado terrorista. Sin embargo, Beguin explica que el King David era la sede gubernamental británica y que el ataque fue una respuesta a una razzia de los ingleses, que habían entrado por la fuerza en la Agencia Judía y detenido a miles de judíos a lo largo de todo el país. Más aún, Beguin dice que el Irgún avisó a las autoridades del inminente ataque para que tengan tiempo de evacuar y así evitar víctimas fatales y que los ingleses hicieron caso omiso a las advertencias. Como pueden ver, Beguin intenta demostrar que el ataque no fue terrorista en su naturaleza y que el Irgún hizo todo lo posible para evitar muertes. A todo esto hay que agregar que estamos hablando de un momento en el cual el Irgún se veía a sí mismo como un bando en guerra: la situación no era de paz sino una guerra de liberación nacional contra el imperialismo británico. A pesar de todo esto, el resultado final es espeluznante: 92 muertos. Para algunos, esto es, sin ningún tipo de duda, un atentado terrorista; para otros, un episodio más en la serie de golpes a los ingleses para que se retiren de la Tierra de Israel.
Quiero que entiendan, más allá de la visión personal que tenga cada uno, que Beguin nunca se vio a sí mismo como un terrorista sino como un vanguardista en medio de una guerra contra un poder colonial. Es más, Beguin tiene un fuerte sentido de la moral y del honor y esto se nota en prácticamente todos sus discursos. Hasta tal punto llega su creencia en la moral que él está convencido de que el movimiento de liberación judío venció por su fuerza moral más que por su poderío física.
Seduciendo a los sionistas religiosos
Beguin es un judío חילוני (“Jiloni”, secular) pero no es ateo. Al contrario, es creyente y lo deja en claro en varios lugares de su autobiografía, “Noches blancas”, en los que habla cómo la fe lo ayudó a sobrellevar momentos duros. Esto quiere decir que Beguin conectaba más fácilmente con los דתיים (“Datiim”, religiosos) que los socialistas, que tendían a tener una visión mucho más crítica de la religión.
Es interesante cómo Beguin supo hacer uso del lenguaje religioso para ganar apoyo dentro de los círculos religiosos. Es más, muchos piensan que Beguin era más religioso que Ben Gurión u otros líderes socialistas. Esto es rotundamente falso: él mismo nos cuenta cómo le costó hacerse pasar por un judío ortodoxo durante su período en la clandestinidad. Lo que sí es verdad es que Beguin tenía una sensibilidad mucho mayor a la religiosidad. Sumado a esto, hay otro elemento importante: para Beguin, la Tierra de Israel es una unidad indivisible y, por momentos, cobra dimensiones místicos. La historia marcha, inexorable, hacia un futuro promisorio, en el que la moral imperará. Así, a una persona religiosa, en general, le resulta relativamente sencillo identificarse con Beguin, aún cuando no comparta determinadas posturas de su pensamiento.
En este sentido, es importante destacar que, en líneas generales, el movimiento revisionista fue mucho más respetuoso de la tradición que los sionistas socialistas. Esto lleva a muchos a pensar que el revisionismo es más religioso o que está más cercano al judaísmo tradicional que el sionista socialista. Una vez más, la respuesta es negativa. No es que el revisionismo sea más religioso o tradicional sino que lo que ocurre es que hace uso de los símbolos religiosos tradicionales como forma de marcar su diferencia con el socialismo y también para destacarlos como símbolos nacionales. Miremos lo que escribe Beguin:

La voz de la historia no es mística. Es un factor imponente en la realidad. Esta fue la voz que intentó silenciar el gobierno británico: decretaron que los judíos tenían prohibido hacer sonar el שופר (“Shofar”) en el כותל המערבי (“Kotel HaMaaraví”, literalmente “Muro Occidental”, también llamado Muro de los Lamentos en español). Y cuando los judíos ignoraron la prohibición -como lo hicieron los jóvenes discípulos de Jabotinsky por trece años-, siguió un espectáculo horrible y humillante, que nos enfureció. Vi este espectáculo por mí mismo en el יום כיפור (“Yom Kipur”, Día del Perdón) de 1943 cuando fui con un grupo de amigos a rezar al כותל המערבי (Muro de los Lamentos).

Luego, prosigue contando cómo los británicos intentaron impedir que él y su grupo de amigos recen y toquen el Shofar mediante las armas y cómo ellos se vengaron.
Es interesante porque este fragmento es muy representativo de la actitud de Beguin. Está tomando tres símbolos religiosos muy arraigados y atrayentes para cualquier persona practicante del judaísmo: el día más sagrado (Yom Kipur) en uno de los lugares más sagrados (Kotel HaMaaraví) con uno de los objetos más importantes (el Shofar). Aun así, todo esto no es lo fundamental: subordina estos tres símbolos a la lucha contra la tiranía británica. Vean cómo Beguin no va a rezar al Kotel en Yom Kipur solamente: va a tocar el Shofar. ¿Y por qué lo hace? ¡Porque sabe que está prohibido y quiere mostrarles a los ingleses que ellos no tienen el poder absoluto! Fíjense cómo los símbolos religiosos están presentes pero subordinados a la lucha política.
Lo mismo ocurre con respecto al שבת (“Shabat”). El Irgún no realizaba operaciones militares en Shabat pero no por eso sus miembros eran respetuosos de las reglas preceptuales con respecto a ese día. Era más una cuestión de mostrar cierta reverencia por el pasado y las tradiciones judías que una verdadera muestra de creencia religiosa. Por eso mismo cuando leemos en la plataforma del Jerut (el partido político fundado posteriormente a la creación del Estado de Israel como continuidad histórica e ideológica del Irgún) que el Estado debe cumplir el Shabat, no debemos pensar que se está refiriendo a que hay que buscar soluciones a los problemas halájicos que se suscitan con la creación de un Estado sino que resulta más bien una cuestión de reverencia a la tradición, quizás una concesión a los religiosos o, más probablemente, una forma de demarcarse de la visión del establishment de ese momento (el sionismo socialista).
El gran vuelco
Como ya mencionamos al principio, Beguin sería líder de la oposición durante los primeros 30 años del Estado de Israel. Adversario feroz de Ben Gurión, llegaría al poder recién en 1977. Hasta ese momento, todos los gobiernos de Israel habían tenido mayoría del sionismo socialista y el Primer Ministro había sido de ese mismo movimiento. Era la primera vez que había una alternancia en el partido gobernante pero, más allá de eso, era la muestra de un cambio cultural enorme. Fue un verdadero shock para muchos israelíes, que veían cómo el país había cambiado dramáticamente sus valores.
¿Cómo llegó al poder Beguin? Como pueden ver, pasaron 30 años desde la creación del Estado hasta su llegada al poder. Eso quiere decir que corrió mucha agua bajo el puente y podríamos hablar durante horas, días y meses sobre el tema sin agotarlo del todo. Para resumir, podríamos marcar cinco elementos:
1)El cambio de imagen de Beguin.
2)La desilusión de muchos israelíes con el socialismo.
3)El hartazgo con respecto a la situación de los palestinos y árabes israelíes.
4)Los fuertes reclamos de quienes se sentían relegados por el establishment, especialmente los sefaradíes.
5)El voto de los sionistas religiosos.
Estos cinco elementos marcan, en conjunto, un intenso cambio en la escala de valores del israelí promedio aunado a circunstancias electorales únicas que permitieron el ascenso al poder de Beguin. ¿Por qué aseguro que fue un cambio de valores y no un humor pasajero? Sencillo: porque, desde Beguin, hubo siete primer ministros provenientes del Likud (partido que representa la continuación de Jerut) y cuatro del Alineamiento y de Un Israel (partidos y alianzas del sionismo socialista). Además, el socialismo israelí se ha flexibilizado y ha dado lugar a un espacio más cercano a la socialdemocracia europea que al socialismo de corte revolucionario. En ese sentido, uno podría decir que la sociedad israelí se ha “derechizado” (aunque, en lo personal, no me gusta hablar de derecha e izquierda en el orden político; más de una vez, los extremos se tocan y no creo que la ideología se pueda reducir a una línea recta). Pasemos a explicar cada uno de estos elementos…
El cambio de imagen de Beguin: como comandante y líder del Irgún, Beguin era visto por la mayoría de los israelíes y el mundo en general como un outsider, alguien alejado de los círculos sionistas oficiales en el mejor de los casos y como un terrorista subversivo en el peor. Percibido como extremista y hasta fascista por algunos, Beguin tuvo que trabajar duramente para modificar esa percepción a la vez que criticaba duramente y sin cesar a los sucesivos gobiernos socialistas. O sea, el desafío de Beguin era doble: por un lado, dejar atrás de la imagen del tipo malo; por el otro, dejar en claro que él era diferente del establishment. Mantener este equilibrio es ya de por sí complicado. Beguin logró, con el paso del tiempo, modificar su imagen: a la hora de llegar al poder, era visto como un político liberal, muy respetuoso de los gestos, parlamentario activo pero, a la vez, partidario de la mano dura y mucho menos propenso a las negociaciones de paz con árabes y palestinos que conducían a callejones sin salida.
La desilusión de los israelíes con el socialismo: cuando se creó el Estado de Israel, la mayoría de la población era socialista. Esto no quiere decir que todos eran socialistas ni que todos compartían el mismo socialismo pero sí resultó evidente que el Estado debía tomar una postura socialista en muchos aspectos: un Estado grande, que interviene en la economía, una red de escuelas estatales, salud pública, sindicatos poderosos, medios de comunicación estatales, etc. En un principio, los líderes del recién creado Estado de Israel intentaron un acercamiento a la Unión Soviética. Fueron rechazados. Es así cómo Israel terminó por acercarse a Estados Unidos y, con el paso de los años, formar una alianza fuerte. Aquí podríamos hablar de una desilusión a nivel político o, más específicamente, en el área de las relaciones exteriores. Por otro lado, los Kibutzim, que tantos frutos habían dado desde principios del siglo XX, empezaron a decaer a partir de 1960, producto de la situación económica y del poco interés por el socialismo de la nueva generación. Como resultado, muchos Kibutzim cerraron, cambiaron sus actividades económicas, orientándose a otras áreas aparte de la agricultura o la ganadería, se mecanizaron brutalmente, dejando a muchos miembros del Kibutz sin trabajo u obligados a cambiar de repente cómo proceder en el mismo, o pasaron a formas de organización económica capitalistas, dejando de lado la propiedad común de los medios de producción, la redistribución de ingresos, etc. ¿Resultado? En la actualidad, se puede decir que los Kibutzim son barrios privados. El Kibutz, por diversas causas que no vienen al caso hoy, prácticamente desapareció, al menos tal como se lo imaginó y funcionó en sus principios. Muchos israelíes que vivieron en algún Kibutz se sintieron traicionados por estos cambios; otros aceptaron las nuevas reglas de juego, dejando de lado su ideología socialista o amoldándola a las nuevas circunstancias. Finalmente, muchos israelíes empezaron a considerar que el Estado era demasiado grande y que era necesaria una reforma del mismo.
El hartazgo con respecto a la situación de los palestinos y los árabes israelíes: la población israelí estaba cansada del callejón sin salida en el que parecía encontrarse la situación del Estado de Israel con los palestinos y los países árabes, así como la de los árabes que vivían en Israel. Beguin se presentaba como una alternativa al más de lo mismo. Esto hizo que muchos votasen a Beguin simplemente porque proponía algo diferente a lo que se había hecho históricamente. A su vez, una cantidad nada menor de los israelíes, harta de las conversaciones de paz que no llevaban a ningún lado, empezó a exigir mano dura y una actitud menos tolerante frente a los palestinos y el terrorismo. Beguin capitalizó todas estas demandas.
Los fuertes reclamos de quienes se sentían relegados por el establishment: siendo el mismo Beguin alguien relegado, rechazado y hasta a veces injuriado por las autoridades, resultó sencillo para todos los que se sentían de la misma manera identificarse con Beguin. Esto provocó que grupos que quizás no compartían sus mismos ideales o a los que estos ideales les resultaban indiferentes lo votarán como forma de mostrar rechazo al oficialismo. Un ejemplo muy concreto es el caso de los sefaradíes (me refiero a los judíos de origen árabe, no a los de origen español), que votaron casi unánimamente por Beguin.
El voto de los sionistas religiosos: la corriente religiosa dentro del sionismo fue, en sus comienzos, bastante moderada en relación a los palestinos y la concesión de territorio a cambio de paz. Sin embargo, a partir de mediados de 1960 aproximadamente endureció su postura y empezó a ser de los grupos más militantes en contra de esta solución, argumentando que conceder territorios de la Tierra de Israel está prohibido por decreto Divino. La cuestión es larga y ya tendremos oportunidad de escribir sobre esto pero lo que nos importa ahora mismo es que el sionismo religioso se fue “derechizando” y tomó como una de sus banderas ideológicas el slogan “ארץ ישראל השלמה” (“Eretz Israel HaShelemá”, “Tierra de Israel Completa” o “Tierra de Israel Indivisa”). Es decir, la idea de que el Estado de Israel debe ocupar todos los territorios que D-s le entregó a los judíos según la תורה (“Torá”)  y la exégesis talmúdica. A su vez, los sionistas religiosos rechazaban intensamente la cultura del sionismo socialista por percibirla como contraria a las enseñanzas de la תורה (“Torá”). Beguin, consciente de esto, supo explotar la situación a su favor: siempre fue cuidadoso con respecto a los símbolos religiosos, tuvo gestos en favor de los sionistas religiosos y su discurso con respecto a la cuestión palestina era naturalmente cercano al de esta corriente.
La desilusión de los radicales
Decíamos que la llegada de Beguin al poder fue la muestra de un cambio intenso y radical en los valores del israelí promedio. Sus seguidores más extremistas esperaban que esto se expresase en un cambio igualmente radical en la orientación política del Estado: modificar la orientación de la política exterior, reformar a la sociedad, prepararse para la guerra, rechazar la paz como valor supremo y apostar a la militarización. Beguin no estaba dispuesto a tanto, o quizás no pudo hacerlo. Es verdad que modificó la economía israelí, dando impulso a la iniciativa privada y achicando al Estado; es verdad que intensificó las relaciones exteriores con Estados Unidos a niveles nunca vistos hasta ese momento; es verdad que intentó demostrar el poderío militar del ejército israelí. Sin embargo, no organizó toda la economía israelí en función de la guerra, como proponían extremistas como Eldad, ni intentó despegarse de la influencia estadounidense en la política exterior israelí (de hecho, terminó haciendo lo contrario) ni las Fuerzas Armadas Israelíes se desarrollaron especialmente durante su período como Primer Ministro. Para colmo, contra todos los pronósticos, Beguin firmó el Acuerdo de Camp David, el primer acuerdo formal de paz entre el Estado de Israel y un Estado árabe, Egipto, a cambio de enormes concesiones territoriales, incluida la Península del Sinai, y dando Autonomía a los palestinos. Como resultado, los más extremistas terminaron considerando a Beguin un traidor.
Los Acuerdos de Camp David probablemente sean el legado más importante de Beguin. Paradójicamente, es justamente a lo que Beguin se había opuesto durante toda su vida. Siempre había rechazado conceder territorio de la Tierra de Israel a los árabes, considerando que la Tierra de Israel era una unidad indivisible que pertenecía al pueblo judío, y aquí lo vemos firmando un acuerdo por el cual Israel renuncia a la soberanía sobre vastos territorios; siempre había rechazado que los palestinos sean una nación y que tengan derecho sobre un territorio, argumentando que lo único que querían era destruir al Estado de Israel y a los judíos, comparándolos con los nazis, y aquí lo vemos firmando un acuerdo que les da autonomía y un marco legal y formal para su reclamo como nación independiente. ¿Cómo se explican estas paradojas?
Algunos dicen que Beguin sucumbió a la presión estadounidense. Otros, que vio una oportunidad histórica de intentar hacer la paz. Otros, que malinterpretó, ya sea consciente o inconscientemente, los términos del acuerdo. Lo cierto es que los Acuerdos de Camp David marcan un momento histórico en el desarrollo del conflicto árabe-israelí y resulta llamativo que justamente haya sido Beguin, un histórico halcón partidario de la mano dura, el que los haya firmado.
La desilusión de los moderados
En 1982, Israel se lanzó a la Guerra del Líbano. Esta guerra fue un intento de Israel de modificar radicalmente la situación política de Medio Oriente y erigirse como potencia indiscutida del mismo. Fracasó rotundamente en sus objetivos: en vez de ser una operación corta e intensa, duró varios meses (y a eso hay que sumarle muchos más años de guerrilla y ocupación israelí de territorio libanés); en vez de erigir un líder maronita en Líbano que haría la paz con Israel, Líbano se sumergió en una guerra civil que duraría quince años; en vez de disminuir la influencia islámica radical en Líbano, Hezbolá se involucró activa y abiertamente en la guerra contra Israel. Quizás el único objetivo que logró Israel con esta guerra fue la expulsión de la OLP (Organización para la Liberación de Palestina, grupo terrorista que pugna por el establecimiento de un Estado palestino) del Líbano. Algunos atribuyen a Beguin, como Primer Ministro, la total responsabilidad por la guerra. Otros argumentan que Beguin fue manipulado. Sea como sea, fue otro gran fracaso, por más que Beguin, fiel a su estilo, lo haya presentado como un triunfo histórico contra una amenaza inminente.
Más allá de su fracaso a nivel táctico militar, la Guerra del Líbano fue un shock intenso para los israelíes: por primera vez, en plena guerra, hubo soldados y hasta batallones enteros que se negaron a cumplir órdenes, considerando que se estaban cometiendo errores y atrocidades, y hubo manifestaciones multitudinarias en Israel contra la guerra. ¡Imagen el escenario! Normalmente las guerras unen a la población contra un enemigo en común o, aunque sea, en solidaridad con los soldados que dan sus vidas en combate. En este caso, contrario a lo esperado, una parte importante de la población y de los mismos soldados se opusieron activamente a la guerra, organizando manifestaciones y reclamando al gobierno que rectifique la situación. La Guerra del Líbano desgastó muchísimo a Beguin y nada volvería a ser lo mismo. Ahora no solo había desilusionado a los radicales; había hecho lo propio con sus seguidores más moderados.
El estilo de Beguin
Su estilo muchas veces raya lo patético y sus discursos están llenos de exageraciones: expresiones del tipo “Es un momento histórico” o “Nunca antes en la historia de la humanidad…” son constantes en Beguin. Todo parece ser espectacular. También es posible percibir en Beguin una clara tendencia al maniqueísmo: o sos un opresor o un luchador por la libertad, sin términos medios; o apoyás al Estado de Israel o sos un antisemita. Otro rasgo de Beguin es la exaltación del heroísmo: relata cómo los militantes del Irgún eran admirables, nobles, fuertes, honorables, etc y admira a personajes históricos como Mazzini.
Beguin hace uso constante de la analogía histórica. Por ejemplo: compara constantemente al Irgún con el IRA. Otro procedimiento usual de Beguin es argumentar A y traer un contraargumento B para así refutar a B con un argumento C y luego burlarse de B. La ironía es otra de sus armas retóricas. Uno de los blancos más comunes de Beguin es el comunismo, al que desprecia y critica sin piedad, burlonamente. Sin embargo, también muestra admiración por Lenin como líder, viendo en él un ejemplo de cómo unir a la población y encarnar los deseos de la misma.
Convencido del poder de la moral como determinante de la historia, estaba convencido de que el tiempo le daría la razón. Esto dotaba sus discursos de un aura épica: si uno escucha a Beguin, todo parece urgente y necesario. Todo cobra proporciones trágicas.
La figura de Beguin
Beguin es una de las personalidades políticas más influyentes de la historia del Estado de Israel. Desde sus comienzos como militante en Betar hasta su mandato como Primer Ministro, Beguin recorrió un largo camino. Considerado un héroe nacional por algunos y un terrorista por otros, puede ser visto como un liberal ejemplar o un nacionalista fanático. Más allá de eso, su influencia resulta evidente en el actual Primer Ministro, Biniamin Netanyahu, y en la forma de hacer política en Israel hoy en día.
Beguin puede ser entendido como una figura de quiebre: su llegada al poder marca a las claras el fuerte cambio de valores que se dio en la sociedad israelí y sus consecuencias políticas. También puede ser visto como el artífice, ya sea voluntario o no, del proceso de paz con los palestinos y su reconocimiento a nivel formal. Por otro lado, otros lo ven como el principio de la decadencia israelí a nivel político. Como ven, las lecturas que se pueden hacer de un hombre son prácticamente infinitas.
A su vez, resulta muy interesante leer la historia de la génesis del Estado de Israel según Beguin y comparar ese relato con lo que cuentan Ben Gurión y otros líderes del sionismo socialista. Parados frente a dos narrativas de los mismos sucesos, nos encontramos con grandes sorpresas y puntos de vista contrapuestos en muchos aspectos. Para mí, esto resulta muy enriquecedor para ampliar nuestro espectro de la historia israelí y del pueblo judío en general.

Yosef Trumpeldor

Antes de empezar, quiero disculparme por la tardanza en subir esta entrada. Me hubiese gustado actualizar más seguido pero estuve bastante ocupado este último mes y medio. Si todo sale según lo planeado, tengo pensado subir esta semana (o la siguiente a más tardar) un artículo sobre Menajem Beguin y otra sobre Najman Syrkin. Voy a intentar mantener un ritmo más constante pero no quiero prometer nada. Ahora sí, estamos listo para empezar…

Héroe de guerra

Yosef Trumpeldor nació en Rusia en 1880 y falleció en 1920, asesinado por nacionalistas árabes. Trumpeldor fue militar y pionero: considerado un héroe de guerra por Rusia por su actuación en la Guerra Ruso-Japonesa (en la cual perdió su brazo izquierdo), con el paso del tiempo se fue transformando en un sionista convencido, al que aunaba un socialismo original de raíces tolstoianas.

Muriendo por la patria

Empecemos por el final: la muerte de Trumpeldor. Sé que no es el procedimiento normal a la hora de analizar el pensamiento de una persona, sus acciones y su influencia pero estamos ante una personalidad atípica y su muerte es la llave para entender no solo al propio Trumpeldor sino también mucha de su influencia posterior en el sionismo.

Decía al principio de esta entrada que Trumpeldor fue asesinado por nacionalistas árabes. En realidad, hay mucho más que eso en su muerte: fue asesinado en lo que es considerado por casi todos los historiadores como el primer brote de violencia en el conflicto judeo-árabe en la Tierra de Israel. Dicho de otra manera, su muerte no fue una más: es el punto en el cual se marca el comienzo de la escalada militar entre Israel y Palestina. Esto es importante: hasta 1920, no había habido resistencia violenta por parte de los árabes a la colonización judía. Como consecuencia, la autodefensa judía estaba relativamente desorganizada, era pequeña y se enfocaba en evitar saqueos de bandoleros.

El asesinato de Trumpeldor no fue una emboscada aislada o una pelea de bar. Todo lo contrario, Trumpeldor falleció en combate en lo que se llama la Batalla de Tel Jai. Este es el primer combate del que sepamos entre judíos y árabes por causas nacionalistas. Es probable que anteriormente haya habido trifulcas, peleas aisladas entre individuos o discusiones que terminaron a los golpes pero la Batalla de Tel Jai es el primer caso del que podemos hablar en el que un grupo de árabes y otro de judíos luchan por un territorio (en este caso, Tel Jai). Cabe aclarar que Trumpeldor no fue el único que murió en esta batalla: en total, ocho judíos y cinco árabes fallecieron en el transcurso de la lucha. El nombre de Trumpeldor sobresale entre todos por dos motivos: primero, porque ya era una personalidad conocida (y más adelante veremos exactamente porqué); segundo, porque era el comandante de las precarias tropas de autodefensa judías.

¿Qué era Tel Jai y cómo empezó la batalla? Tel Jai era un asentamiento judío en Galilea. Fue fundado por un pequeño grupo de judíos que se dedicaban a la agricultura. El asentamiento estaba cerca de Siria. En ese momento, Siria recién había sido fundada (de hecho, duraría unos pocos meses) y estaba en pleno conflicto con los franceses. Pero me estoy adelantando. Vayamos más lento porque si no, se nos mezcla todo y no se entiende nada.

Repasemos un poco de historia: el Imperio Otomano fue fundado en el año 1300 y fue el continuador tanto del Imperio Bizantino como del Imperio Selyúdica. O sea, estamos hablando de un imperio gigantesco, que llegó a abarcar Medio Oriente, el norte de África y parte de Europa. Para que dimensionen la importancia del Imperio Otomano para la historia mundial, solo recuerden que uno de los motivos que impulsaron a Colón a buscar un camino alternativo a las Indias (y así llegar a América) fue que los otomanos impedían el paso de los europeos por ruta marítima a las Indias. El Imperio Otomano fue prácticamente herido de muerte en la Primera Guerra Mundial, en la cual formó parte de la Triple Alianza. Seamos cortos: estaba en el bando del Imperio Alemán y el Imperio Austrohúngaro. O sea, del bando perdedor. Y obviamente el perder la guerra le llevó a perder territorios y, hacia 1920, el Imperio Otomano estaba en decadencia. Su disolución final fue en 1923 producto de la Revolución de los Jóvenes Turcos. Ustedes se estarán preguntando: ¿y qué tiene que ver el Imperio Otomano con lo de Trumpeldor y la Batalla de Tel Jai? La respuesta es: todo. Precisamente porque la Batalla de Tel Jai se enmarca dentro de la Guerra Sirio-Francesa y ésta es consecuencia del desmembramiento del Imperio Otomano. Me explico: cuando el Imperio Otomano pierde la Primera Guerra Mundial, es obligado a entregar gran parte de sus territorios a las potencias ganadoras (principalmente a Francia y Gran Bretaña). Entre esos territorios se encuentran lo que es la actual Siria, Irak, Irán, Israel, Jordania, entre otros. O sea, las potencias europeas ganadoras se repartieron Medio Oriente. Paralelamente, empezaron a surgir los nacionalismos en los países árabes, lo cual, por supuesto, llevó a conflictos entre las potencias colonizadoras y los nacionalistas. Uno de estos conflictos fue la Guerra Sirio-Francesa. Siria se había constituido como una nación soberana e independiente pero no duró más que unos meses: los franceses colonizaron el país. Esto provocó la guerra.

Y ahora ustedes me dirán lo que ya me dijeron antes: ¿y qué tiene que ver con Tel Jai? Como dije antes, la Batalla de Tel Jai se enmarca dentro de la Guerra Sirio-Francesa. Tel Jai estaba cerca de Siria y la batalla empezó porque los árabes buscaban franceses infiltrados en los asentamientos judíos. Hay discusión entre los historiadores sobre si esta búsqueda de infiltrados era real o fue simplemente una excusa para atacar los asentamientos judíos. La cuestión es que los árabes atacaron, los judíos se defendieron por las armas y la batalla fue infernal. Entre los caídos, estuvo Yosef Trumpeldor.

Toda esta introducción es para remarcar que el hecho de que nosotros, retrospectivamente, marquemos al ataque y defensa de Tel Jai como el comienzo del conflicto armado entre árabes y judío en la Tierra de Israel no implica que haya sido percibido de la misma manera por sus contemporáneos. Todo lo contrario, por la gran mayoría de sus contemporáneos el ataque de Tel Jai fue visto como un ataque de bandoleros o ladrones árabes, un brote espontáneo de violencia tribal o incluso como un daño colateral de la Guerra Sirio-Francesa. Solamente el paso del tiempo nos da la perspectiva necesaria para decir que la batalla de Tel Jai significa mucho más que eso y que es ni más ni menos que el primer brote de violencia del largo conflicto entre Israel y Palestina.

Una historia popular cuenta que, antes de morir, Trumpeldor dijo una frase famosa: טוב למות בעד ארצנו(“es bueno morir por nuestra patria”). Imagínense la escena: en el medio del fragor de la batalla, el comandante, herido de muerte, rodeado por un médico y sus seguidores, siente que se le van las fuerzas y alcanza a sonreír y decir esa frase. Más poético, imposible. Esta escena es clave para entender a Trumpeldor y su significado para el sionismo y el moderno Estado de Israel. En ella se condensa perfectamente su figura. Ya volveremos a esto más adelante.

Quisiera detenerme en la frase que dice Trumpeldor antes de morir. Es hermosa, es poética…y es extraña. ¿Por qué digo esto? Porque un judío difícilmente hubiese dicho una cosa así antes del advenimiento del sionismo. La frase más común que dice un judío en su lecho de muerte es el שמע ישראל (“Shemá Israel”, Oye Israel…), la oración básica del credo judío, que pregona la unicidad de D-s y la importancia de rendirle culto. Trumpeldor, judío orgulloso de su identidad pero ciertamente indiferente a la religión y probablemente ignorante en materia de cultura judía, balbucea antes de morir una frase muy original. ¿O no? Lo cierto es que se parece demasiado a una frase famosísima de un poema del escritor romano Horacio: “Dulce et decorum est pro patria mori” (“Dulce y decoroso es morir por la patria”). Con menos concesiones poéticas -cosa entendible si atendemos a que estaba muriéndose en ese mismo momento-, Trumpeldor no está haciendo más que repetir esta frase. No tenemos forma de saber si Trumpeldor lo hizo de manera consciente o no -es más, tampoco podemos confirmar si verdaderamente dijo esta frase o no- pero lo que queda claro es que es, cuanto menos, atípico para un judío morir diciendo esas palabras. Más allá de Trumpeldor en sí mismo, es sintomático que el movimiento sionista haya aceptado y aplaudido esta frase: muestra a las claras el cambio de prioridades en la mentalidad judía en el último siglo y medio.

El soldado

¿Cómo llegó Trumpeldor al sionismo? Ya dijimos que había sido un héroe de guerra ruso. De hecho, fue el primer judío en recibir la medalla de la Cruz de San Jorge (la mayor condecoración militar en Rusia en ese momento). Su padre había sido cantonista. O sea, había sido obligado a ingresar al ejército de pequeño y había sido separado de su familia. El objetivo de este procedimiento era asimilar a los judíos que pasaban por esto (y en muchos casos se lograba el objetivo). Su posición económica era estable. Trumpeldor no tuvo educación judía y se identificaba como ruso. Y sin embargo, no era un ignorante de sus orígenes. A pesar de que su padre había sido arrancado del seno de su familia, legó a su hijo el orgullo de ser judío. Dicho de otra manera, no le dio educación judía y, en ese sentido, Trumpeldor era un ignorante del judaísmo; por otro lado, nunca negó su propio origen y le enseñó a Yosef a enorgullecerse de él. Así, cuando Trumpeldor hijo entró al servicio militar, su objetivo era demostrarle a los rusos que los judíos no eran cobardes, debiluchos ni inútiles. De allí su arrojo en la batalla y su persistencia en el combate. Así, uno podría decir que, aún siendo un judío perfectamente asimilado al ambiente ruso, nunca dejó de tener un resabio de identidad judía. Precisamente de ese resabio surgiría su sionismo y, con él, su deseo de emigrar a la Tierra de Israel para ayudar a la fundación de un Estado judío en ella.

Trumpeldor fue llevado cautivo por los japoneses en el medio de la guerra. En cautiverio, se hizo amigo de otros judíos también prisioneros: juntos reflexionaron sobre su posición como judíos y Trumpeldor se decidió a escribir y editar un periódico sobre asuntos judíos y sionismo. Fue en este momento que comenzó el gran giro en la vida de Trumpeldor: se convenció del sionismo y tomó la decisión de irse a vivir a la Tierra de Israel, que, como dijimos anteriormente, estaba bajo dominio otomano.

Ya liberado, decidió irse a vivir a la Tierra de Israel. Se unió al Kibutz Degania. Comenzada la Primera Guerra Mundial, tuvo que exiliarse a Egipto. Allí conoció a una persona de la que ya hablamos antes y que sería fundamental para su futuro: Zeev Jabotinsky. El fundador del sionismo revisionista también se había tenido que exiliar. Jabotinsky admiraba a Trumpeldor porque sintetizaba todo lo que esperaba del nuevo judío, aquel que conquistaría la Tierra de Israel: era un soldado ejemplar, un militar de carrera que había sido condecorado con los más altos honores y que, aún así, lejos de acomodarse en Rusia y dedicarse a disfrutar de su fama, se había dedicado al ideal sionista con fervor. Jabotinsky veía en Trumpeldor al ideal al que aspiraba: un hombre decidido, que empuñaba un arma si era necesario, un militar consumado pero, a la vez, un caballero con un alto sentido de la moral y buenos modales. Un hombre persistente que no había dudado en volver al campo de batalla a pesar de haber perdido un brazo. Un hombre duro que se había alistado voluntariamente para mostrarle al mundo que un judío podía ser valiente. En una palabra, un guerrero. Recíprocamente, Trumpeldor veía en Jabotinsky a un organizador nato, una persona decidida dispuesta a sacrificarse con tal de lograr el ideal sionista, un hombre con un sentido claro del deber y una visión realista y sincera. Así, los dos hombres se admiraban mutuamente. Es más, se hicieron grandes amigos.

Juntos idearon la que probablemente sea una de las mayores revoluciones que introdujo el sionismo en la historia judía: la Legión Judía. Esta Legión Judía era un batallón exclusivo de judíos que lucharía por la Triple Entente en la Primera Guerra Mundial dentro del ejército británico. A cambio del apoyo de los judíos, Trumpeldor y Jabotinsky exigían que Gran Bretaña se comprometa a entregar la Tierra de Israel al pueblo judío. Recordemos que, en ese momento, el Imperio Otomano controlaba todo Medio Oriente, incluida la Tierra de Israel. El Imperio Otomano formaba parte de la Triple Alianza, el bando contrario a la Triple Entente. El acuerdo era sencillo: yo te apoyo en la guerra contra los otomanos, que están usurpando el territorio que me corresponde por derecho; cuando termine la guerra y los invasores sean expulsados, dame el territorio a mí. Después de muchas ideas y vueltas, los británicos aceptaron el trato…para eventualmente no cumplirlo, transformándose ellos mismos en un poder colonial en Medio Oriente, junto con Francia principalmente. No quiero entrar en detalles porque no es el tema de hoy pero básicamente los ingleses no cumplieron su parte del trato, oprimiendo a árabes y judíos por igual hasta 1948.

No se puede menospreciar la importancia de la Legión Judía. Probablemente para muchos de nosotros sea una nimiedad o incluso una obviedad. No lo es. Quiero que entiendan que el último ejército judío organizado y reconocido como tal (o sea, como portavoz y representante del pueblo judío) había sido el de Bar Kojba. ¡Estamos hablando del 135 D.C.! El comienzo definitivo de la diáspora judía fue la derrota de la Rebelión de Bar Kojba contra los romanos. Por casi 2000 años, no hubo un ejército judío. La gran innovación de la Legión Judía es que fue la vuelta del pueblo judío al ámbito militar. Durante casi 2000 años, los judíos habían menospreciado el arte de la guerra y se habían intentado mantener al margen de los grandes conflictos bélicos. Ahora, de repente, surge la idea de que los judíos deben involucrarse nuevamente en los grandes conflictos para así torcer el rumbo de los acontecimientos y exigir algo a cambio. Más todavía, la Legión Judía fue ideada para mostrar a nivel grupal lo que Trumpeldor había mostrado a nivel individual: el judío puede ser un soldado ejemplar. Es así como la Legión Judía es el germen del moderno Tzahal (las Fuerzas de Defensa de Israel).

El pionero

Hasta ahora hablamos de Trumpeldor como soldado. Ahora nos vamos a enfocar en otro aspecto de su personalidad: el pionerismo.

Trumpeldor fue, como escribí anteriormente, un socialista convencido. Ahora bien, es importante destacar que no fue marxista bajo ningún punto de vista. Su socialismo partía del idealismo tolstoiano. Para resumir, la idea socialista de Tolstoi no parte, como la de Marx, del análisis socio-económico del modo de producción capitalista sino de una búsqueda espiritual.

El socialismo tolstoiano tiene su origen en la particular interpretación que hace Tolstoi del cristianismo. El punto de partida de esta interpretación es que el hombre es bondadoso por naturaleza; es la sociedad la que lo hace malvado. Por lo tanto, hay que modificar a la sociedad para propiciar un ambiente positivo para el ser humano. Hasta aquí nada diferente de cualquier otro pensador revolucionario, ya sea socialista o liberal: del mismo lugar parten Rousseau, Proudhon, Marx, Malatesta y muchos otros. Lo original en Tolstoi es el camino para modificar la sociedad: en vez de hacer hincapié en la revolución política o en la insurrección económica, se enfoca en la propia conducta del individuo. Más directo: la revolución que propone Tolstoi no es ni de arriba hacia abajo ni de abajo hacia arriba sino de adentro hacia afuera. Así, enuncia el principio de la no violencia: la revolución se da de manera pacífica (incidentalmente, esto influenció tanto a Luther King como a Gandhi, entre otros). Si es el individuo el que debe cambiar para que así cambie la sociedad y no viceversa, ¿qué debe hacer el individuo? Tolstoi propone una vida ascética, una dieta vegetariana y un duro trabajo de autodescubrimiento; lleva a un altar el mandamiento de amar al prójimo como a uno mismo y en este mandamiento basa su rechazo a toda forma de autoridad externa al individuo, incluyendo al Estado. Así, Tolstoi es un anarquista que preconiza el trabajo de la tierra y una férrea autodisciplina.

Estas ideas tolstoianas calan hondo en Trumpeldor (y otros sionistas socialistas, como ya veremos en otras entradas). Lo interesante es que Trumpeldor no replica mecánicamente el socialismo tolstoiano sino que le da su sello personal. Acepta sin concesiones la vida ascética, el socialismo anarquista, la importancia del trabajo y el contacto con la tierra y la naturaleza (hay una anécdota reveladora: cuentan que, al poco tiempo de llegar a Israel e instalarse en el kibutz, empezó a calzar zapatos incómodos con el fin de probarse a sí mismo que era capaz de esforzarse al máximo) pero simultáneamente rechaza, al menos en la práctica aunque no necesariamente en principio, la idea de la no violencia (de hecho, como ya dijimos anteriormente, Trumpeldor es militar de profesión) y el cristianismo de Tolstoi.

Dos mundos

Como pueden apreciar de lo que vimos hasta ahora, hay dos facetas en el sionismo de Trumpeldor. O si lo prefieren en otros términos, dos maneras de llegar al sionismo:

1)El orgullo judío, que se expresa mediante la idea del soldado judío.

2)El idealismo socialista, que se expresa en la experiencia kibutziana.

Estas dos facetas conviven en Trumpeldor y es imposible escindir una de la otra. Sin embargo, precisamente eso es lo que intentaron hacer tanto el bando socialista como el revisionista. Me explico: tanto unos como otros intentaron apropiarse de su legado y mostrar cómo sus ideales se acomodaban perfectamente a los de Trumpeldor. De esta manera, resaltaron una u otra de estas facetas a conveniencia. Para ilustrar esto con ejemplos concretos, veamos dos homenajes a Trumpeldor en el aniversario de su fallecimiento: uno es un discurso del año 1928 de Jabotinsky, líder y fundador del sionismo revisionista; el otro, un poema de Berl Katznelson, uno de los líderes principales del sionismo socialista.

Empecemos con el discurso de Jabotinsky. La idea principal de este discurso es rescatar la dimensión militar en la figura de Trumpeldor: fue, por sobre todas las cosas, un soldado. Empieza hablando del קדיש (“Kadish”, breve oración que se dice en recordación de familiares cercanos fallecidos) y dándole una interpretación personal, alejándolo del significado religioso original. Prosigue con la cita a continuación:

Entre los que recuerdan esta ocasión, se encuentran algunos de los oponentes más duros contra todo lo que tenga conexión con una espada, un arma y un revolver. Pero el nombre de Trumpeldor está especialmente conectado con estos instrumentos tan horribles. Es verdad, creó Ejalutz (nota mía: organización de tendencia sionista socialista cuyo principal objetivo era preparar a la juventud para que emigre hacia la Tierra de Israel) y esto es una gema resplandeciente en su corona, pero sería tonto negar que, en la memoria de las masas de nuestra nación, Trumpeldor es, en primer lugar, un soldado. La frase “héroe de Tel Jai” les resulta familiar, y es lo único que conocen muchos de ellos de Trumpeldor y la Legión Judía.

Fíjense cómo Jabotinsky subyuga la dimensión socialista a la militar. De hecho, acusa a los socialistas de distorsionar adrede el verdadero significado de la muerte de Trumpeldor y se presenta como el que está restaurando la figura de Trumpeldor y devolviéndolo a su lugar original. A estas palabras de Jabotinsky, hay que agregar que Betar, la organización juvenil del sionismo revisionista, es acrónimo de ברית יוסף תרומפלדור (“Brit Yosef Trumpeldor”, literalmente, “Pacto de Yosef Trumpeldor).

Ahora veamos lo que tiene para decirnos Katznelson. Transcribo su famoso Izkor, un poema en homenaje a los caídos en Tel Jai. Antes de leer el poema, tengan en cuenta que el Izkor es la tradicional oración que se dice en conmemoración de un ser querido fallecido. Katznelson la despoja de su contenido religioso y la reviste de los valores sionistas socialistas. Veamos:

Recuerda, pueblo de Israel, las almas puras de tus hijos e hijas:

Shniur Shaposhnik

Aharon Sher

Debora Drajler

Biniamin Munter

Zeev Sarf

Sara Chizik

Yaakov Tokar

Yosef Trumpeldor

Los fieles y valientes, gente de trabajo y paz, que fueron detrás del arado y sacrificaron sus vidas por el honor de Israel y la Tierra de Israel.

Recuerda Israel y sé bendecido en su descendencia, haz duelo por su gloria juvenil, su amado heroísmo, su voluntad santa y su sacrificio del alma que cayeron en la dura batalla.

No te calles ni te consueles ni termines el duelo hasta que llegue el día del asentamiento de Israel y sea redimida tu tierra robada.

El contraste con Jabotinsky es claro. Primero, Jabotinsky, liberal e individualista, se focaliza en Trumpeldor; Katznelson, fiel a su ideal socialista, menciona a todos los caídos, sin darle un lugar de preponderancia a Trumpeldor. Jabotinsky menosprecia la importancia del socialismo en Trumpeldor; Katznelson lo eleva como el ideal máximo en la vida. Jabotinsky no menciona el trabajo en la tierra; Katznelson específicamente nombra al arado como símbolo de la vida de estos héroes. Jabotinsky glorifica que los judíos hayan peleado y batallado hasta el final; Katznelson menciona la batalla pero no habla en ningún momento de las armas. Por supuesto, también hay puntos en común: los dos utilizan un lenguaje cercano a lo religioso a pesar de ser ateos o, al menos, agnósticos; los dos hablan de recuperar la Tierra de Israel; los dos llaman al pueblo a proseguir el sueño de los caídos.

Héroe nacional

La gran característica de Yosef Trumpeldor es que es una figura que es rescatada por todo el arco político sionista. Esto lo transforma en un verdadero héroe nacional, que traspasa partidismos y divisiones de todo tipo. Esto no implica que esté exento de críticas pero sí lo hace una personalidad peculiar.

Como ya vimos, es bastante seguro que Trumpeldor desconocía gran parte del legado religioso y cultural judío. Esto no impide reconocer que estaba orgulloso de su judaísmo y evidentemente pudo llevar a la práctica ese orgullo. Quizás lo que distinga a Trumpeldor de otras personas sea su constante activismo: desde Ejalutz hasta la Legión Judía, desde el Kibutz hasta la autodefensa, pasando por su trabajo como editor y su rol de líder y organizador.

Es por eso que Trumpeldor es un prócer nacional para el Estado de Israel. Para que puedan dimensionar la importancia de Trumpeldor, piensen que se estudia su vida y su heroica muerte en la escuela. Está a la altura de Belgrano, Bolívar o Washington: para el israelí promedio representa a la nación. Desde el punto de vista de la historiografía idealista, podríamos decir que es uno de esos hombres que hacen historia: uno de los “grandes hombres” que la definen y torcen el destino. Más sencillamente, es uno de esos personajes históricos que los libros de textoo elevan a un altar. Con esto no quiero menospreciar ni disminuir la importancia de la figura de Trumpeldor ni su sacrificio ni mucho menos su vida sino solamente contextualizar a la figura de Trumpeldor y entender que su importancia justamente sobrepasa a sí mismo y se transforma en símbolo de algo mucho más grande.

Trumpeldor fue fuente de inspiración para millones de judíos pioneros, socialistas, que fundaron Kibutzim y, simultáneamente, inspiró a otros tantos a rebelarse contra la autoridad británica y luchar por las armas contra la indiferencia y el antisemitismo. Esta doble faceta, como decíamos antes, es relevante y no puedo dejar de hacerla notar para que se entienda acabadamente a Trumpeldor.