Leon Pinsker (parte 4)

El sionismo antes de Herzl

En algún momento, hablamos un poco del estado del movimiento sionista en los años anteriores a Herzl: era un movimiento que estaba creciendo, que iba obteniendo seguidores y obteniendo cada vez más influencia pero era un proceso muy gradual y lento. Todavía era un movimiento de vanguardia, visto con recelo por los líderes judíos de la época, que consideraban que podía poner en peligro el status quo. Los primeros sionistas eran, en su mayoría, Maskilim rusos que habían defendido la emancipación, el Iluminismo y la integración con la sociedad no judía pero que, desilusionados por la judeofobia, la resistencia social, las trabas al acceso a la cultura, la economía y la política y el desprecio de la mayoría rusa hacia los judíos, se inclinaron por buscar un nuevo camino emancipatorio, esta vez no enmarcado en el contexto ruso o europeo sino en uno más estrecho, el estrictamente judío. En otras palabras, estos primeros sionistas (entre los que se destaca Pinsker como precursor) proponían una nueva forma de encarar la cuestión judía, advirtiendo que su solución no sería la integración de los judíos en la sociedad europea sino la inmigración de los judíos hacia otro territorio con el objetivo de crear un Hogar Nacional propio, libre de las influencias de la judeofobia.

Por supuesto, esta propuesta fue resistida por el establishment de la época: muchos dirigentes judíos la consideraron un peligro. Un buen número de líderes ortodoxos la veía como un intento de modificar la definición histórica del judaísmo, rechazando los elementos que hacían único al pueblo judío, transformándolo en una caricatura de sí mismo, moldeado a imagen y semejanza de los pueblos europeos. En otras palabras, consideraban al sionismo como una herejía que intentaba romper con la tradición judía, creando una nueva identidad judía secular, separada de la definición estrictamente halájica. Por otra parte, los reformistas veían al sionismo como un movimiento nacionalista de idealistas descarriados, que ponían en peligro la estabilidad política, social y económica de los judíos europeos, trabando el avance del proceso emancipatorio en pos de sueños imposibles de realizar en la práctica. Para estos primeros reformistas, el judaísmo era una religión y su objetivo era demostrar que se podía ser un buen alemán, un buen francés o un buen ruso que, a su vez, profesaba la religión judía. Por el contrario, los primeros sionistas aducían que esto era una contradicción: el pueblo judío conforma una nación, no una religión, y, por lo tanto, la idea de un judío ruso se les antojaba contradictoria. La discusión subyacente era cuál es la definición del ser judío: si ser una religión o ser una nación.

La recepción de Autoemancipación

El nombre completo del panfleto de Leon Pinsker era (prepárense para respirar y leánlo de un tirón; el que lo logra, se gana un chocolate y un caramelo) “Auto-Emanzipation. Ein Mahnruf an seine Stammesgenossen. Von einem russischen Juden” (“Auto-Emancipación. Una advertencia dirigida a sus hermanos, por un judío ruso”. Fue escrito en 1884 y, originalmente, fue publicado de manera anónima. Es interesante destacar que fue publicado en alemán en vez de ruso (que sería lo lógico, teniendo en cuenta que se dirigía a los judíos rusos, no a los alemanes). ¿Por qué? Por el mismo motivo por el cual fue publicado anónimamente: la censura del gobierno ruso. El panfleto no fue leído por mucha gente, pero algunos lectores se sintieron atraídos por sus ideas, se reunieron y conformaron el núcleo de lo que serían los comienzos del movimiento sionista. Al poco tiempo, ya era bien sabido por todos quién había escrito el panfleto: nada menos que Leon Pinsker. Autoemancipación es un panfleto fundamental en la historia del pueblo judío en los últimos siglos: se publicaron más de ochenta ediciones en los idiomas más variados, incluyendo alemán, hebreo, inglés, ruso, yiddish, español, polaco, francés, italiano, húngaro, búlgaro, rumano, danés, griego, ladino, serbo-croata, portugués, persa, checo y sueco. ¡Fíjense la cantidad de idiomas! Simplemente, una locura.

Es interesante que Pinsker haya publicado Autoemancipación en alemán por varios motivos: primero, porque muestra que este idioma se estaba transformando en el medio de comunicación de la elite intelectual judía en Europa del Este, desplazando al hebreo como idioma de los intelectuales; segundo, porque lo escribe en el idioma en el que hablaban los judíos más asimilados a la cultura europea y en uno de los países en los que más había avanzado la emancipación (al menos en términos prácticos) de los judíos europeos; en tercer lugar, porque implica una movida audaz, por la cual Pinsker desafía a estos judíos alemanes a repensar su lugar en la sociedad, llamando a hacer un cambio revolucionario en su status y sus prioridades sociales y políticas; en cuarto lugar, porque Pinsker utiliza el mismo idioma que era usado como promotor principal de la Haskalá, la emancipación, el cosmopolitanismo, la Reforma, la secularización, la integración y, en última instancia, la asimilación para reclamar un giro hacia un movimiento contrario, de retorno hacia el pueblo judío y su particularismo nacional. Si Pinsker tenía como objetivo atraer a los judíos alemanes y convencerlos de que sus ideas eran correctas, fracasó miserablemente: fue recibido con frialdad y hostilidad. Quienes se transformaron en sus primeros seguidores no fueron los acomodados burgueses o pequeño-burgueses que conformaban la elite judeo-alemana sino los pequeño-burgueses y campesinos judíos que vivían en la Rusia zarista. Esto es lógico teniendo en cuenta los contextos de los dos grupos: los primeros estaban relativamente acomodados en la sociedad mayoritaria, se sentían alemanes y se veían a sí mismos como parte integrante de la cultura europea; los segundos eran más pobres, no se identificaban plenamente con Rusia y veían cerrada toda posibilidad de acceso a la cultura de la época, lo que generaba una mayor solidaridad intrajudía y un mayor compromiso con la tradición. En Alemania, a Pinsker lo criticaron por agitar a los judeófobos y antisemitas, porque les daba algo de razón cuando analizaba las causas de la judeofobia, y por no basarse en un análisis religioso sino nacional.

Jovevei Tzion

A partir de la publicación del panfleto Automencipación y de la unión de quienes siguieron a Pinsker, surgió la primera organización sionista: Jovevei Tzion (literalmente, “Amantes de Sión”). Pinsker había organizado una conferencia en Katowitz (en ese momento, Prusia, hoy Polonia) con el objetivo de promover su agenda política y unir a sus seguidores en un movimiento común. Había judíos de Rusia, Rumania, Alemania, Francia e Inglaterra, lo que muestra la rápida penetración que tuvieron sus ideas. Allí se fundaría Jovevei Tzion. Leon Pinsker sería su primer líder y la cabeza del movimiento. Entre sus seguidores había religiosos y seculares, de izquierda y de derecha. Jovevei Tzion, a diferencia de otras organizaciones posteriores, no tenía una agenda particular con respecto a los problemas socio-económicos o religiosos sino que se proponía como un órgano amplio, que unificaba las tendencias nacionalistas en el seno del pueblo judío con el fin de aunar esfuerzos es pos de la colonización de la Tierra de Israel.

En su primer discurso como presidente de la organización, Pinsker dijo:

Volvamos a nuestra antigua madre patria, nuestra tierra, que nos espera con gran fervor.

Así podríamos resumir, en rasgos muy generales, su proyecto político.

También declaró que los judíos europeos, al ser excluidos de los trabajos rurales, se habían concentrado en el comercio en las ciudades, generando una estructura social desequilibrada para el pueblo judío, que solo podía ser remediada volviendo a una vida económica sana y normal en la Tierra de Israel. Este tipo de análisis económico es muy clásico de la época. También Herzl, muchos años después, haría un diagnóstico de situación bastante similar.

Hasta acá por hoy. En próximos artículos, más sobre Pinsker, esta vez centrándonos en las premisas de su sionismo y las ideas particulares que lo diferencian de otros pensadores sionistas. ¡Hasta la vista!

Leon Pinsker (parte 3)

Judeofobia y antisemitismo

Ya dijimos que los pogroms de Odesa en 1871 y 1881 son presentados muchas veces como los puntos de quiebre en la vida de Pinsker: fueron los que lo convencieron que la judeofobia era un fenómeno profundamente arraigado en la sociedad europeo y que había que buscar soluciones innovadoras. Su solución fue contundente: dar origen al movimiento sionista organizado. La cadena básica de pensamientos de Pinsker es más o menos así: la judeofobia existe y no tiene remedio así que los judíos tienen que organizarse, crear un país propio y demostrarle al mundo que son independientes.

Ahora hay que hacer un parate y explicar algo importante que hasta ahora había ignorado olímpicamente: la diferencia entre antisemitismo y judeofobia y la importancia de Leon Pinsker en esta discusión. En pos de la claridad y para evitar confusiones, hasta ahora usé “antisemitismo” y “judeofobia” como sinónimos. Sin embargo, y a pesar de que en el habla cotidiana se los use indistintamente, hay un mundo de diferencia entre los dos términos.  Muchos judeófobos se aprovechan de esta ambigüedad para disfrazar sus verdaderas intenciones y hacerse los buenitos: aducen que no son “antisemitas” porque los árabes, por ejemplo, son semitas, y ellos no tienen nada en contra de los árabes. Algunos hasta llegan a decir la barbaridad de que son los propios judíos los “antisemitas” porque Israel oprime a los palestinos, semitas ellos.

¿Dónde está la trampa?

Básicamente, en la historia de la palabra “antisemitismo”. Wilhelm Marr fue quien acuñó la palabra “antisemitismo”: en 1879, escribió un libro en el que argumentaba que la raza judía controlaba la industria y las finanzas alemanas, producto de la emancipación y el liberalismo imperantes, y que habría una encarnizada lucha entre la raza alemana y la raza judía, que acabaría con la derrota final de una de las dos, y fundó la Liga de Antisemitas, una organización dedicada a purgar la vida política y cultural de judíos y expulsarlos del país. Paradójicamente, al final de su vida, el propio Marr se arrepentiría de su antisemitismo, pidiendo perdón a los judíos. Pero el daño ya estaba hecho: hoy es conocido como el padre del antisemitismo moderno y uno de los primeros precursores de la barbarie nazi.

Ahora bien, la palabra “antisemitismo” se refería pura y exclusivamente a la raza judía. De hecho, así sigue siendo en el habla cotidiana. Y acá está el primer problema: los judíos no somos una raza. Desde el punto de vista de Marr, los judíos éramos una raza. De hecho, ésa es la principal característica de la judeofobia moderna: el componente racial. Es decir, aducir que la propia sangre de los judíos está corrupta: el problema es genético, no meramente religioso o cultural. El problema, como decía antes, es que, sin importar lo que aduzcan los antisemitas, el pueblo judío no es una raza: basta poner un sefaradí, un ashkenazí y un Beta Israel uno junto al otro para comprobarlo.

Entonces, ¿cuál sería el problema con el término “antisemitismo”? Hay cuatro problemas básicos:

  • Le hacemos el juego a los judeófobos, dándole lugar a su jueguito semántico de “Yo no soy antisemita porque no estoy en contra de todos los semitas sino solo de los judíos”.
  • Es un término acuñado por un judéofobo, creado por sus propias necesidades e intereses en vez de uno que refleje la realidad del pueblo judío. O sea, diciendo “antisemita” estamos usando el lenguaje de nuestros enemigos en vez del propio.
  • El antisemitismo se basa en concepto moderno de raza, aduciendo esencialmente que todos los judíos formamos parte de una misma raza, podrida, corrupta e inferior. Sin embargo, cualquiera con un poquito de conocimientos sabe que los judíos no conformamos una raza sino que somos un pueblo.
  • El antisemitismo, en cuanto fenómeno basado en la raza, es un fenómeno moderno. Sin embargo, el odio a los judíos data de la Antigüedad y se extiende hasta nuestros días.

La alternativa correcta al término “antisemitismo” es “judeofobia”. Es mucho más clara y contundente: estamos hablando de una “fobia” (no solo en el sentido de miedo sino también de odio y rechazo) a los judíos, no de una oposición a los semitas.

¿Todo esto qué tiene que ver con Leon Pinsker?

Fácil: fue Pinsker quien acuñó el término “judeofobia”.

Y lo hizo justamente para señalar claramente al odio a los judíos como un fenómeno particular y específico, con características bien definidas.

La judeofobia, eterna e inamovible

En “Autoemancipación”, Leon Pinsker escribe lo siguiente sobre la judeofobia:

“La judeofobia es una psicosis. En cuanto psicosis, es hereditaria: y

en cuanto enfermedad heredada desde hace dos milenios, incurable.

El temor a los espectros, madre de la judeofobia, ha generado ese

odio abstracto, tentado estoy de llamar platónico, merced al cual la nación judía entera ha sido retenida responsable de los delitos, reales o imaginarios, cometidos por cada uno de sus vástagos en particular, lo que la ha llevado a ser calumniada en múltiples modos y ominosamente vejada.

Amigos y enemigos han intentado explicar o justificar dicho odio a

los judíos al tiempo que hacían en contra los judíos toda suerte de acusaciones”.

Acá tenemos varias ideas interesantes y que son importantes para entender el análisis de la situación que hace Pinsker, su diagnóstico y la solución que propone: la judeofobia es una enfermedad, una psicosis, que surge del miedo a los espectros, por la cual se acusa a los judíos de las más variadas calumnias (haber matado a Jesús, asesinar niños cristianos, envenenar los pozos de agua, ser usureros y capitalistas opresores, ser comunistas que quieren destrozar a la sociedad, etc etc etc).

Dijimos que Pinsker diagnostica a la judeofobia como una enfermedad. ¿Qué quiere decir exactamente con esto? ¿Acaso es una patología clínica, que exige un médico que le dé una vacuna a la población para inocularla de la judeofobia? Obviamente no es eso lo que está diciendo. En muchos lugares, Pinsker remarca que la judeofobia es “hereditaria”, por lo cual uno estaría tentado a pensar que para él es una enfermedad genética, que se transmite de padre a hijo a través de la sangre. Así, aparentemente habría un criterio racial que subyace a la judeofobia. En realidad, lo que está diciendo Leon Pinsker es precisamente lo contrario: la judeofobia es una “enfermedad hereditaria” en el sentido que se transmite de generación en generación, de padre a hijo, pero no por cuestiones raciales o de sangre (este criterio, que era el que había preconizado Marr cuando acuñó el término “antisemitismo” es justamente lo que criticaba Pinsker) sino a través de la cultura. La judeofobia puede ser pensada como una enfermedad social o psicológica, una psicosis: no es hereditaria a través de los genes sino a través de hábitos, gestos, tradiciones, palabras y acciones. En otras palabras, la judeofobia se trasmite a través de la socialización: cuando una persona vive en un medio judeófobo, tiende a absorber los prejuicios propios de su ámbito, naturalizarlos, asumirlos como obvios, internalizarlos y así luego transmitírselos a sus descendientes. Esta idea de Pinsker creo que tiene una relevancia actual: muchos judeófobos lo son no por ser malas personas, sino simplemente porque fueron criados con esos parámetros. Esto mismo puede aplicarse a cualquier prejuicio y cualquier tipo de racismo o xenofobia. Esto no quiere decir que esté bien ser judeófobo, pero sí ayuda a poner en contexto las cosas: normalmente, el odio al que es diferente no surge en el vacío, sino que carga toda una historia detrás, que se transmite a través de mitos, tradiciones, ideas, emociones y gestos muchas veces inconscientes o automáticos. Es tarea de quien quiere entender este tipo de fenómenos desentrañar esa historia para entender el origen del odio y cómo combatirlo.

De esta idea de la judeofobia como una psicosis o una enfermedad podemos extraer otra enseñanza actual: la judeofobia es irracional, es una especie de virus, que no se cura a través de argumentaciones racionales o discusiones filosóficas. Si bien no hay que quedarse paralizados frente a la judeofobia, haciendo de cuenta que no existe ni aceptándola como un fenómeno dado inamovible, y si bien es cierto que hay que intentar luchar por todos los medios posibles contra todo tipo de prejuicio, la evidencia empírica demuestra que raramente las personas cambian sus ideas (especialmente aquellas que estiman como fundamentales en la construcción de su identidad) a partir de un debate racional, sopesando pros y contras y llegando a conclusiones lógicas y razonadas. Por el contrario, se comprueba cada vez más que los seres humanos estamos sujetos a sesgos de todo tipo, que nos nublan la vista frente a la evidencia y que, de hecho, tendemos a reforzar nuestras creencias, aún frente a pruebas contundentes en contra de ellas. En este sentido, el diagnóstico de Pinsker de la judeofobia como una enfermedad puede servirnos para captar su carácter irracional, inmune en muchos casos a la crítica racional. Por eso, resulta fundamental distinguir entre el judeófobo por ideología (con quien generalmente no vale la pena ni discutir, por cuanto que ninguna argumentación le hará cambiar su opinión) y el judeófobo por ignorancia (a quien se le pueden enseñar los hechos y convencer). Cabe acotar una distinción: hoy en día, si bien hay judeofobia, ésta, a diferencia de la época de Pinsker, es vista por la sociedad en general como una perversión y un tipo de odio repudiable y desdeñable. Dicho de otra manera, la judeofobia ya no es considerada por la mayoría de la sociedad como una ideología válida sino como lo que es: odio irracional dirigido contra un grupo específico.

El otro punto que toca Pinsker, y que es importante porque adelanta la solución que propone al problema de la judeofobia, es el siguiente: el odio a los judíos surge del miedo a espectros o fantasmas. Es decir, del miedo de las naciones a aceptar el hecho de que el pueblo judío, a pesar de perder su existencia estatal y de no tener soberanía político-territorial durante miles de años, sigue existiendo como una nación en espíritu. La judeofobia surge del miedo, y de allí su carácter irracional. Fíjense que la raíz de la judeofobia, según Pinsker, no es racial (como dirían Marr y, más tarde, los nazis) ni religiosa (como argumentarían ciertos grupos cristianos o musulmanes) sino el miedo a lo diferente: la fuente del odio es un sentimiento negativo. El judeófobo aducirá que odia al judío por ser extranjero, vagabundo, mendigo, explotador, pobre, apátrida, asesino de Jesús o irreligioso, pero su verdadera motivación es el miedo.

Para Pinsker, la judeofobia es un fenómeno universal:

“…Judaísmo y odio a los judíos marchan inseparablemente unidos

a través de la historia. Al igual que el pueblo judío, eterno Asuero, el odio al pueblo judío parece no querer morir nunca. Se debería estar ciego para afirmar que los judíos no son el pueblo elegido del odio universal. En sus relaciones recíprocas, en sus instintos y aspiraciones, los pueblos pueden ser muy diferentes unos de otros, pero en su animadversión a los judíos se estrechan la mano, es un punto en el que todos están de acuerdo.”

Fíjense cómo Pinsker considera a la judeofobia como una enfermedad que persigue a los judíos a donde quiera que vayan: si el pueblo judío es eterno, también lo es la judeofobia. Hay algo que une a todos los pueblos del mundo: el odio a los judíos. Acá creo que deberíamos plantearnos si no hay un victimismo exagerado de parte de Pinsker: es verdad que el pueblo judío ha sufrido persecuciones, vejámenes y difamaciones a lo largo de toda su historia (¿quién podría negarlo?), pero también es cierto que ha habido momentos de calma entre la tempestad. El mundo en el que vivimos hoy es (a pesar de todos los problemas que pueda tener, de la judeofobia dominante en buena parte del mundo árabe musulmán y de la creciente judeofobia en Europa) un mundo relativamente tolerante y respetuoso del pueblo judío, a quien muchos admiran y apoyan con entusiasmo. Dicho de otra manera, es innegable que la trayectoria histórica del pueblo judío está salpicada de odio y destrucción, de Inquisiciones, Holocaustos y expulsiones; pero eso no quiere decir que todos los pueblos del mundo nos odien. Es más, creo que resulta –además de incorrecto- contraproducente: le estamos haciendo el juego a los judeófobos, que, en vez de aceptar su error y rectificarse, ahora proceden a decir “Por algo será” o “Algo habrán hecho”. En otras palabras, me parece que, en vez de destacar solamente cómo hemos sufrido indeciblemente por el odio de los pueblos del mundo, deberíamos intentar destacar también los momentos de tolerancia y respeto.

En base a todo esto, Leon Pinsker describe la judeofobia y propone el camino a seguir en los siguientes términos:

“Habiendo concebido la judeofobia como una enfermedad específica

y congénita del género humano, y expuesto el odio a los judíos como una aberración hereditaria al espíritu humano, llegamos a la para nosotros importante conclusión de que es menester tanto renunciar a la lucha contra esos impulsos hostiles, como a la lucha contra de dicha disposición hereditaria. Idea ésa tanto más importante cuanto que pone finalmente de relieve que es menester dejar de lado toda polémica que suponga un dispendio de tiempo y energías, así como todo devaneo improductivo. Y es que contra la superstición hasta los dioses mismos luchan en vano. El prejuicio o el instinto hostil mal se concilian con ninguna argumentación, por aguda y clara que sea. O se dispone de fuerza material con la que poner límites a tan tenebrosas potencias, como ocurre con cualquier otra fuerza ciega de la naturaleza, o simplemente se aparta uno de su camino”.

La judeofobia es algo dado y determinado: es un dato, un fenómeno imposible de evitar. Es inamovible. Es una enfermedad específica, odio irracional que surge del miedo y que se transmite de generación en generación a través de la socialización. El pueblo judío no puede luchar contra la judeofobia mediante argumentaciones racionales: de nada vale la lucha por los derechos civiles en los países europeos ni las buenas intenciones. El pueblo judío no tiene la fuerza material necesaria como para sobreponerse a los judeófobos. Hay que realizar un cambio de estrategia: apartarse del camino. Dicho de otra manera, en vez de cambiar a la sociedad para que deje de ser judeófoba, crear una nueva sociedad libre de judeófobos. En vez de luchar por generar un cambio en la mentalidad de los europeos, dedicarse a construir un Hogar Nacional para el pueblo judío.

Las fallas de la Emancipación

Al igual que para Max Nordau, para Pinsker la emancipación europea no es la expresión espontánea de la opinión pública sino un resultado de una forma de pensar racional:

“La emancipación legal de los judíos es el punto culminante de los logros de nuestro siglo. Empero, esa emancipación legal no constituye la emancipación social, y pese al establecimiento de la primera los judíos distan aún de haber sido emancipados de su posición social de excepción. La emancipación de los judíos halla naturalmente su justificación en lo que siempre han sido los postulados de la lógica, del Derecho y del interés bien entendido. Nunca se la podrá considerar como expresión espontánea del sentimiento humano”.

En otras palabras, la emancipación de los judíos europeos no se explica por el sentimiento popular: por el contrario, las demandas populares se opusieron fuertemente a la emancipación judía en Europa. La explicación de la emancipación debe explicarse por un silogismo lógico: todos los seres humanos son iguales frente a la ley; los judíos son seres humanos; por lo tanto, los judíos son iguales frente a la ley. Esto es una emancipación legal, loable por cierto, pero insuficiente: las leyes podrán decir lo que sea, pero los judíos siguen siendo discriminados, perseguidos, ultrajados y asesinados. Sin importar lo que diga un papelito firmado por los legisladores, la masa del pueblo ruso odia a los judíos y le echa la culpa de todos los males de la sociedad: ésa es la falla de la emancipación judía en Europa. Fue una emancipación legal, pero no tuvo un correlato en la sociedad. El populacho siguió odiando a los judíos, a pesar del cambio en la situación legal. Y el fallo estriba en que la emancipación europea quiso emancipar al pueblo, pero no a los judíos como tales: no aceptó la especificidad del caso judío, ni las particularidades de su situación ni las circunstancias de su historia.

Esto puede ayudarnos a explicar el comienzo de su panfleto “Autoemancipación”, que explicita el punto de partida de su sionismo:

“Hoy como ayer, el problema inmemorial de la cuestión judía continúa excitando los ánimos. Irresoluble, como la cuadratura del círculo, sigue siendo, a diferencia de ésta, la más acuciante cuestión del orden del día. Ello es así porque no nos las vemos aquí únicamente ante un problema de interés teórico, sino con uno al que la propia vida real reactualiza de día en día y para el que perentoriamente reclama solución”.

La cuestión judía (es decir, la falta de integración de los judíos en la vida social, económica, cultural y política de la sociedad europea del siglo XIX) es consecuencia de las fallas de la emancipación que mencionábamos anteriormente: la disonancia entre la situación legal y la situación real del pueblo judío, y la aplicación de un método racional-general para hacer frente a casos particulares y específicos. La cuestión judía no es un problema teórico sino un problema real, concreto, que afecta la vida cotidiana de millones de personas: exige una solución. No hacerle frente puede llevar a la catástrofe. Las advertencias de Leon Pinsker son premonitorias: piensen en la Shoá y comprenderán el alcance de sus palabras.

¿Cuál es el problema del pueblo judío? La falta de una patria propia:

“Los judíos son extranjeros sin posibilidad de representación, pues carecen de patria. Y puesto que carecen de ella, puesto que su suelo patrio carece de límites tras los que atrincherarse, su miseria tampoco los tiene. Extranjeros por definición, la ley no ha sido escrita para ellos. En cambio, por doquier existen leyes para judíos. Y cuando la ley general es válida también para los judíos, ello debe fijarse expresamente mediante una ley especial. Al igual que los negros, que las mujeres, pero contrariamente a los pueblos libres, tienen aún que ser emancipados”.

El judío es considerado un extranjero: se le aplican leyes específicas que limitan su capacidad de desarrollarse como individuo. Se lo oprime porque no tiene patria. Fíjense que Pinsker relaciona la situación del pueblo judío con la de otros grupos oprimidos: los negros y las mujeres. Unos por su raza, otras por su género, son igual de oprimidos que los judíos: todavía no fueron emancipados. Su situación es desesperante por partida doble: no se lo acepta como miembro pleno de la sociedad ni como ciudadano; se sospecha de él por ser extranjero. Se le aplican leyes agobiantes y discriminadoras, a la vez que se declama que ya ha sido emancipado y que, por lo tanto, debe agradecer la bondad del gobierno.

Fíjense algo: Pinsker escribe que la emancipación europea no tuvo en cuenta la situación específica del pueblo judío, pero luego declara que el judío sufre leyes específicas que lo discriminan. ¿Cómo explicar la contradicción? Creo que la respuesta es simple: hay que distinguir entre el judío como individuo y como parte del pueblo judío. En cuanto individuo, el judío europeo está emancipado (al menos nominalmente, legalmente, aunque no realmente desde el punto de vista social); en cuanto miembro de su propio pueblo, el judío es discriminado (porque no se acepta que exista un pueblo judío merecedor de derechos y deberes dentro del marco de un Estado de derecho). Así, hay una cierta tensión entre la situación individual y la colectiva del judío, que se expresa en esta aparente contradicción entre la emancipación fallida por culpa de la aplicación de ideas generales a un caso particular que no encaja dentro del molde preestablecido y la sanción de leyes específicas claramente discriminadoras, que rompen con el molde preestablecido para así impedir el avance del judío como tal dentro de la sociedad.

Hasta acá por hoy. Nos vemos la semana que viene con más sobre Leon Pinsker.

Leon Pinsker (parte 2)

Contexto cultural e influencias

Leon Pinsker vivió casi toda su vida en Odesa. Este detalle no es menor: Odesa era un centro fundamental en la vida judía de la época, especialmente del movimiento de la Haskalá. Odesa era una ciudad moderna, con una fuerte movida cultural, y una de las más grandes del Imperio Ruso. A fines del siglo XIX, más del 30% de la población de Odesa era judía, lo que ayuda a explicar tanto la vitalidad de la vida cultural judía de la ciudad como los constantes pogroms y el antisemitismo. Estas dos cuestiones ocupan un lugar importante en el pensamiento de Leon Pinsker y son determinantes a la hora de captar los motivos de su evolución ideológica.

En Odesa se editó el primer periódico judío en ruso y se construyó la primera sinagoga con coro (o sea, “moderna”, adaptada a las sensibilidades de la época): esto nos muestra una ciudad en las que los judíos se están integrando a la sociedad mayoritaria. Si no, no se explicaría la necesidad de una prensa judía en ruso (en vez de yiddish o hebreo) ni la construcción de templos modernos, no tradicionales. Odesa fue la ciudad en donde vivieron y editaron sus obras figuras tan importantes de la literatura judía moderna como Mendele Seforim (uno de los padres de la moderna literatura yiddish), Ajad Haam (el fundador del sionismo espiritual o cultural) o Jaim Najman Bialik (considerado por muchos como el poeta nacional de Israel). Estamos hablando, entonces, de un centro cultural para el judaísmo de la época, muy influenciado por la Haskalá. Estamos hablando de una confluencia de Maskilim, yiddishistas, sionistas, hebraístas, asimilacionistas, autonomistas y otros “istas” que se daban una disputa ideológica sobre el presente y el futuro del pueblo judío, debatiendo vehemente la forma en la que debía organizarse el judaísmo en el futuro. En otras palabras, Odesa era, en la época de Pinsker, uno de los centros de la Haskalá.

Como contrapartida, los pogroms se repetían sin descanso: solamente en vida de Pinsker, se sucedieron pogroms en 1821, 1859, 1871 y 1881. Más adelante hablaremos de la visión que tenía Pinsker de la judeofobia y el antisemitismo pero resulta claro que las persecuciones constantes y los vejámenes a los que estaba expuesta la población judía son una variable clave a la hora de entender el pensamiento de Pinsker.

Por otro lado, creo que la formación médica de Leon Pinsker nos da algunas pistas sobre la explicación que da sobre el antisemitismo y la judeofobia y nos ayuda a contextualizar su obra. También me parece que hay una obvia influencia positivista en su método: cuando analiza la situación del pueblo judío, Pinsker utiliza el método sociológico de August Comte y lo calca de manera casi milimétrica. Hay una enfermedad (la judeofobia), un diagnóstico (la judeofobia es inevitable en el Exilio) y un remedio (el sionismo). Ya veremos más adelante en profundidad qué significan exactamente cada una de estas cosas en el conjunto del pensamiento de Pinsker pero en este punto me conformo con hacer notar que, como era usual en los círculos iluministas de la época, Pinsker toma como base las ciencias naturales, extrapolando sus métodos para comprender fenómenos sociales, en este caso la situación diaspórica del pueblo judío y la judeofobia incesante.

Hasta acá llegamos por hoy. Sé que es corto pero lo que viene va a ser más largo y complejo. Hoy simplemente quería terminar de darle forma al contexto cultural en el que se mueve Pinsker para que tengan una idea de sus influencias. En próximas entregas, nos meteremos de lleno en su análisis del antisemitismo y la judeofobia y las soluciones que propone a este flagelo.

Leon Pinsker (parte 1)

El doctor que se hizo político

Leon Pinsker (o Yehuda Leib Pinsker) nació en 1821 en Tomaszów Lubelski, Rusia (hoy, Polonia), y falleció en 1891 en Odessa. Su padre, Simja Pinsker, era un Maskil, que se dedicó a la investigación y a la docencia: era un gramático, filólogo y traductor conocido dentro del círculo de la intelligentsia de los Iluministas judíos (Maskilim), principalmente por su traducción de documentos y fuentes caraítas. Simja también fue, en 1826, uno de los fundadores de la primera escuela judía moderna en Rusia, lo que lo posiciona como un Maskil temprano. Estos antecedentes son importantes para entender el contexto cultural en el que se mueve Leon Pinsker, su educación y los valores que absorbió en su juventud: no provenía de una familia tradicional, encerrada en el mundo de la yeshivá, el estudio de Torá y el cumplimiento de las Mitzvot sino de una familia moderna, abierta al mundo contemporáneo, racionalista, materialista, con una visión científica, que buscaba integrarse a la sociedad rusa de la época.

Leon quería estudiar derecho pero, por culpa de las cotas universitarias que limitaban la cantidad de judíos que podían estudiar en la universidad, terminó por dedicarse a la medicina. Participó como médico en la Guerra de Crimea y fue condecorado por su actuación: esto nos muestra su compromiso con la patria rusa y su relación positiva con el país en el que vivía. Pinsker escribía en periódicos judíos de habla rusa y participaba de organizaciones políticas, todos ellos de tendencia asimilacionista.

Luego de los pogromos en Odessa en 1871y 1881, escribió su libro más famoso, un panfleto llamado Autoemancipación. En este panfleto, uno de los documentos sionistas más importantes, llama a los judíos a organizarse como una nación y fundar un Hogar Nacional propio. Un grupo de personas, influenciadas por las ideas de Pinsker, se unieron y formaron Jovevei Tzion (literalmente, “Amantes de Sión”), la primera red de organizaciones sionistas. Leon Pinsker fue el líder del movimiento, y de allí surgiría la primera camada de sionistas. En otras palabras, Pinsker fue el fundador del movimiento sionista. De todas maneras, en su época el sionismo era todavía un movimiento minoritario y de vanguardia y sería Herzl quien lo transformaría en un movimiento de masas.

La mirada tradicional: del asimilacionismo al sionismo

Normalmente, se suele decir que Pinsker era un asimilacionista que, luego de ver los horrores del antisemitismo en los progromos de 1881, retornó al pueblo judío y fundó el movimiento sionista. Esta presentación de la vida de Pinsker es paradigmática de la experiencia de muchos judíos modernos que encontraron en el sionismo un canal de conexión con el pueblo judío: casos como Max Nordau, Theodor Herzl o Vladimir Jabotinsky, de los cuales hemos hablado en este blog, son típicos y convencionales.

Los apoyos para esta lectura son claros: Pinsker antes de su “etapa sionista” formó parte de la “Gesellschaft zur Verbreitung der Aufklärung unter den Juden” (“Sociedad para la Promoción del Iluminismo entre los Judíos”) o, en ruso, “Obshchestva dlia Rasprostraneniia Prosveshcheniia Mezhdu Evreiami v Rossii”, u OPE, (“Sociedad para la Promoción del Iluminismo entre los Judíos de Rusia”), una organización que fue creada en 1861 con el objetivo de educar a los judíos en las nuevas normas civilizatorias del Iluminismo. Originalmente, fue fundada por judíos rusos adinerados que pretendían que los judíos se dediquen a actividades “productivas” y “útiles”, como el comercio, la agricultura, la artesanía y las profesiones liberales. El objetivo era claro: mostrarles a las autoridades políticas rusas que los judíos podían y querían ser buenos ciudadanos y así obtener derechos civiles. Para eso, intentaron transmitir a los judíos rusos la cultura moderna, difundiendo el conocimiento del idioma ruso como medio de expresión y estudios seculares como la ciencia y la literatura moderna, e incentivando que los judíos se integren al sistema educativo ruso. Obviamente los miembros de la organización eran Maskilim (Iluministas judíos) y, originalmente, muchos de ellos eran hebraístas, por lo que defendían el uso del hebreo en vez del yiddish. Leon Pinsker fue uno de los fundadores de la sede de la organización en Odessa: esta sede era conocida por su radicalismo y su postura marcadamente asimilacionista. Mientras que la organización madre pretendía formar una elite de judíos rusos intelectuales, la rama de Odessa alentaba una “rusificación” intensa de las masas judías. Leon Pinsker llegó a proponer la traducción de la Torá y el Sidur al ruso, y dejar de lado el uso ritual del hebreo. El pogrom de 1871 terminó por desalentar estas esperanzas y el antisemitismo imperante, las sospechas conspiranoicas de las autoridades y la desconfianza del gobierno hicieron que la organización tenga que cerrar por un tiempo. Cuando volvió a funcionar, sus objetivos eran diferentes y poco tenían que ver con los originales. Ya a esta altura, Leon Pinsker se había alejado de la organización y, por lo tanto, no nos interesa demasiado cómo fue su derrotero.

En paralelo, Leon Pinsker trabajó como periodista y corresponsal en distintos periódicos judíos: la mayoría de estos periódicos intentaban transmitir a los lectores judíos la cultura rusa y Occidental, a la vez que intentaban contrarrestar el antisemitismo. Es decir, tenían una doble finalidad: por un lado, educar a los judíos bajo el paradigma del Iluminismo; por el otro, mostrarles a los rusos que los judíos no eran un cuerpo extraño ni seres extraños sino personas normales, como cualquier hijo de vecino. Está claro que había un paradigma que consideraba que la “rusificación” de los judíos y la educación moderna e Iluminista generaría un nuevo escenario de tolerancia y respeto.

En resumen, según esta mirada tradicional, Leon Pinsker era un típico asimilacionista, que pretendía que los judíos tomen el molde civilizatoria de la Rusia moderna y se despojen de su identidad propia, hasta que llegó el antisemitismo, le pegó una trompada y lo obligó a replantearse las cosas.

Una mirada alternativa: del autonomismo al nacionalismo

Una nueva camada de académicos, entre los que destacan Dimitry Shumsky y Steven Zipperstein, pone en duda esta narrativa: según ellos, la conversión al sionismo de Leon Pinsker fue mucho menos brusca de lo que se había asumido. Estos historiadores se basan en la lectura de las notas y artículos periodísticos escritos por Pinsker a lo largo de su carrera para demostrar que éste nunca fue un asimilacionista radical y que, a diferencia de Jabotinsky o Herzl, siempre mantuvo un vínculo con el pueblo judío. Según esta narrativa, las etapas de la vida de Pinsker no se dividen entre una etapa “no judía” (asimilacionista) y una “judía” (sionista) sino en distintas etapas en cuanto a la solución propuesta para los problemas del pueblo judío.

Una cuestión que se destaca es que Pinsker enfatiza, a lo largo de sus artículos, que solamente los judíos ganarán el respeto de sus contrapartes iluministas rusos si defienden sus intereses particulares y enfatizan la historia del pueblo judío en el territorio del Imperio Ruso. Dicho de otra manera, hay que enfatizar la el vínculo de los judíos con la patria rusa, pero también el vínculo de los judíos con su propio pueblo. No se trata de negar el judaísmo para ganar la ciudadanía rusa sino de ser judío y ruso.

Dimitry Shumsky explica algo fundamental, y que se pierde en la traducción: en el idioma ruso, “russkiy” y “rossiiskiy” (ambos traducidos como “ruso”) tienen significados muy distintos. “Russkiy” significa etnia rusa, mientras que “rossiiskiy” significa el territorio ruso. Dicho de otra manera, “russkiy” hace referencia al componente étnico: ser parte de un pueblo, con determinados modelos de conducta y una cultura en común; “rossiiskiy” hace referencia al componente territorial: ser parte de un Estado, con un territorio determinado, independientemente de la cultura, el idioma o la identidad particular da cada individuo. En sus escritos anteriores al sionismo, Leon Pinsker siempre utilizó el término “rossiiskiy”: lo que estaba diciendo es que el pueblo judío podía formar parte del Imperio Ruso sin resignar su cultura particular ni sus lazos de solidaridad con los judíos del mundo. En otras palabras, el modelo emancipatorio que proponía Leon Pinsker no era la asimilación cultural del pueblo judío en el seno de la nación rusa ni la pérdida de su identidad particular sino la conformación de un Estado plurinacional, con varias naciones en su seno unidas por la lealtad a las instituciones estatales. El idioma ruso debía ser el lenguaje que permita la comunicación de las distintas naciones del Imperio Ruso, pero no un medio para la asimilación forzada.

El punto de Shumsky no es para nada menor: demuestra que Pinsker, si bien era un Maskil que quería que los judíos se adapten a la Modernidad, no era un asimilacionista radical. Más importante todavía, nos muestra que, ya en sus primeros escritos, antes del sionismo, Pinsker defendía una definición nacional del judaísmo, en contraposición a la definición religiosa en boga en Alemania en ese momento. Dicho de otra manera, el argumento de Pinsker no era (a la manera de Abraham Geiger o Rab Hirsch, los fundadores del reformismo y la ortodoxia alemanas) “nosotros queremos ser rusos de fe mosaica” (o sea, rusos de religión judía) sino “nosotros queremos ser judíos rusos” (o sea, personas de nacionalidad judía, ciudadanos del Imperio Ruso). Así como en Rusia había lituanos, polacos y ucranianos, entre muchas otras nacionalidades –y todos ellos eran considerados como ciudadanos rusos, sin necesidad de renunciar a sus respectivas nacionalidades-, así también los judíos pueden ser buenos ciudadanos rusos sin abandonar su cultura nacional. Así, se nos presenta una visión muy diferente a la que habíamos visto originalmente: el llamado a los judíos a “rusificarse” no significa resignar su identidad judía sino simplemente aceptar a Rusia como su patria, defender a su Estado y ser leales a sus instituciones. A cambio, los judíos pueden retener su identidad nacional, cultural y religiosa particular.

En esta misma línea, Pinsker destaca que, si bien es necesario resignar algo de los intereses particulares de cada nacionalidades en pos del bienestar común del Estado, sería ridículo hacerlo en pos de una sola nacionalidad. Dicho de otra manera, el Estado no puede estar gobernado exclusivamente por una etnia: si los rusos, los polacos o cualquier otra nación se arrogan la representatividad del conjunto de las naciones que conforman el Imperio Ruso, entonces la parte se hace pasar por el todo, oprimiendo a las minorías. Este es un osado llamado a la reforma del Estado ruso: el Estado no tiene que inmiscuirse en la esfera cultural-nacional, que es dominio exclusivo de cada nación en particular, sino que solamente debe encargarse de las cuestiones administrativas y burocráticas.

Este planteo de Leon Pinsker es muy similar a las propuestas que vimos de Vladimir Medem y Simon Dubnow: autonomía nacional en el contexto de un Estado plurinacional. Lo notable es que se adelanta unos cuarenta años a los dos. Así, la idea de separar entre el “Estado” y las “naciones” que están incluidas en el mismo, rompiendo con la idea de Estado-nación, se nos presenta como una idea que evidentemente era más común de lo que uno imaginaría en la Rusia del siglo XIX. Recordemos que, tal como vimos en el artículo sobre Medem, los marxistas austríacos Karl Renner y Otto Bauer habían propuesto ideas muy similares, distinguiendo claramente entre el Estado como aparato burocrático-administrativo y las culturas nacionales que lo conforman.

Dimitry Shumsky muestra que Pinsker escribió en tres ocasiones sobre la Jevra LeIshuv Eretz Israel (la primera organización proto-sionista de relevancia, fundada por los seguidores de Rab Zvi Kalisher): de manera más que interesante, Pinsker se muestra a favor de las actividades de la organización, aunque critica la idea de reestablecer la independencia política judía en la Tierra de Israel. Dicho de otra manera, en esta etapa pre-sionista de su vida, Pinsker estaba a favor de la actividad nacional judía, pero no de los intentos de ganar soberanía política.

El cuadro según esta mirada, entonces, no es el de un asimilacionista que, decepcionado por el antisemitismo, se transforma en sionista (esta sería la mirada tradicional sobre Pinsker); sino el de un nacionalista judío que cree posible la integración al Estado ruso mediante la educación y la acción política pero que, sorprendido por el persistente antisemitismo, llama a los judíos a crear un Hogar Nacional.