Martin Buber

Filósofo y educador

Martin Buber nació en Alemania en 1878 y falleció en Israel en 1965. Es uno de los filósofos más importantes del siglo XX, tarea que complementó con las de editor, periodista, docente y escritor. Como veremos en este artículo, también fue una persona muy activa en términos políticos, específicamente en el movimiento sionista. Antes de avanzar, la aclaración usual: acá nos enfocamos en el sionismo. Buber es un pensador genial y podríamos pasarnos muchísimo tiempo analizándolo, criticándolo, admirándolo, disfrutándolo y/o destrozándolo. El tema del blog es acotado, y eso hace que el enfoque de este artículo también lo sea: vamos a hablar de sionismo. Voy a dar una introducción al pensamiento buberiano pero me voy a explayar específicamente en el tema del sionismo y lo que se relacione con el mismo. Si lo que buscabas era algo más general, hay muy buenos resúmenes de la filosofía buberiana dando vueltas por internet como este de la Enciclopedia Stanford de filosofía  (en inglés) y aplicaciones de su filosofía a algún tema puntual como este paper en castellano. Buscando por internet, no es difícil encontrar buenos textos sobre este pensador. Obviamente, como siempre, hay muchos textos poco claros, incompletos, densos, demasiado cortos o directamente malos y por eso lo mejor es remitirse a lo que dice el autor y no lo que otros interpretan así que les recomiendo leer los libros de Buber. Si no quieren/pueden comprarlos, supongo que será fácil conseguirlos por la red. Ahora sí, empecemos…

Los judíos alemanes

Decíamos que Buber es un filósofo y que nació en Alemania. O sea, es un filosófo judío alemán. Para que dimensionen la calidad y variedad del pensamiento judío alemán les tiro unos nombres al voleo: Moses Mendelsohn, Hermann Cohen, Walter Benjamin, Franz Rosenzweig, Erich Fromm. ¿Quieren que siga? Rab Isaac Breuer, Rab Shimson Rafael Hirsch, Leo Baeck. ¿Vamos por más? Guersom Scholem, Hannah Arendt, Leo Strauss. Y estoy mencionando solamente los primeros que me vienen a la mente sin pensarlo demasiado y con dos condiciones: que sean alemanes (porque hay muchos judíos austríacos o de los alrededores que estudiaban en Alemania) y que tengan obras enfocadas en el judaísmo. Si no, podríamos ampliar la lista e incluir a Theodor Adorno, Karl Marx o Viktor Frankl sacando la segunda condición o a Emanuel Lévinas, Yeshayahu Leibowitz, Rab Eliezer Berkovits, Rab Joseph Soloveitchik y Rab Abraham Joshua Heschel sacado la primera. ¡Y no estoy mencionando a todos sino solo los que me vienen a la mente! En pocas palabras, el ambiente intelectual judío en Alemania fue de gran efervescencia y para entender la filosofía judía de los siglos XIX y XX es fundamental leer a estos autores. Todo esto lo digo por dos motivos:

  • Para que contextualicen la obra de Buber.
  • Porque Buber es uno de los promotores de esta movida intelectual. De hecho, creó muchas instituciones educativas a lo largo de su vida y él mismo fue un educador muy influyente.

Martin Buber tuvo una infancia peculiar y fue criado por sus abuelos. Es más, su abuelo era un académico del Midrash y publicó ediciones críticas de muchos de ellos. Ya desde joven, Martin se interesó por la filosofía. Nietzsche lo impresionó profundamente, aunque luego rechazaría la filosofía nietzscheana de manera terminante. Es difícil resumir las influencias de Buber porque es muy original pero digamos lo siguiente: Buber tuvo una etapa en su juventud en la que se sintió muy atraído por el misticismo pero más tarde se transformó en un existencialista. Es más, quizás se puede decir que es EL existencialista judío por excelencia junto a Franz Rosenzweig.

Justamente es junto a Rosenzweig que Buber haría una de sus tareas más importantes: la traducción de la Torá al alemán. Su traducción es considerada como una de las mejores de todos los tiempos y fue muy influyente en su época, especialmente en círculos judíos.

Martin Buber también es conocido por haber sido el primero en recopilar las leyendas y enseñanzas jasídicas y exponerlas a un público amplio, tanto judío como no judío. Una de las principales influencias de Buber precisamente sería el pensamiento jasídico, al menos tal como él lo entendió. O sea, antes de Buber ya existían antologías jasídicas y obviamente los propios jasídicos conocían sus propias ideas pero sería Buber el que las llevaría a las universidades. Buber también se opondría al racionalismo exagerado y propondría al jasidismo como alternativa al racionalismo seco y árido.

Buber fue una persona profundamente religiosa y nos ha dejado una buena cantidad de escritos maravillosos sobre D-s, la tradición judía, el Tanaj, el judaísmo y muchos otros temas de índole similar. Sin embargo, no fue bajo ningún punto de vista un judío ortodoxo ni un judío tradicional y no cumplía (ni estaba interesado en cumplir) muchas Mitzvot. Su visión, aunque no antinómica, parte de la premisa de que el hombre debe decidir qué preceptos cumplir y cuáles no de acuerdo a un examen personal honesto: debe cumplir lo que lo interpela y lo que no, no. Esto lo pone en una situación peculiar: debido a que no acepta a las Mitzvot como obligatorias, muchos judíos que aceptan la Halajá como normativa lo ven como un hereje; por otro lado, al tener un pensamiento tan impregnado de religiosidad, a muchos judíos seculares les resulta difícil identificarse con su obra.

Una filosofía del diálogo

Una idea fundamental en Buber y que necesitamos tener en cuenta para entender su posición con respecto a muchísimas cuestiones, incluida la del sionismo y el problema árabe, es la del diálogo. Resumiendo (ya dije que esto es solo una introducción y que no quiero irme por las ramas), se puede decir que para Buber la verdad se encuentra en el diálogo. ¿Qué significa esto? Veamos…

En el pensamiento filosófico occidental tradicional, normalmente se considera que hay una verdad y que ésta es única y propiedad de uno: si yo pienso A y vos B o vos o yo tenemos razón pero es imposible que los dos tengamos razón al mismo tiempo. Es decir, o A es verdad o B es verdad pero no las dos. Para Buber, en cambio, ni yo ni vos somos propietarios de la verdad sino que la verdad se encuentra en un punto intermedio entre los dos y solo podemos alcanzarla mediante el diálogo. Buber asume que es posible que dos personas tengan razón pero no por eso tienen que estar de acuerdo. Al contrario, pueden estar en tensión una con la otra y estar totalmente en desacuerdo. Y sin embargo, de esa tensión puede surgir la verdad. La única condición es que haya un diálogo sincero y abierto.

Socialista utópico y comunidad

¿Se acuerdan que con Syrkin habíamos hablado del socialismo utópico? Con Buber tenemos que redoblar la apuesta. Buber no solo es un socialismo utópico: se declara orgullosamente como tal. Hay un libro excelente que se llama Caminos de utopía en el que Buber analiza la historia del socialismo utópico y va rescatando las ideas principales de distintos socialistas utópicos que le sirven para delinear su propia concepción.

Una vez más, podría explayarme largo y tendido, pero quiero ir al tema así que resumamos. Para Buber, el socialismo no significa la eliminación de la propiedad privada de los medios de producción ni la revolución del proletariado ni el desarrollo de una sociedad sin diferencias de clase sino la instauración de un orden social basado en la comunidad. ¿Qué quiere decir esto? Digámoslo así: hay que desarrollar una sociedad que sea cooperativista tanto en el consumo como en la producción, pero no solamente porque esto permite justicia social sino, fundamentalmente, porque es la única manera de formar una sociedad de amigos. Para Buber, la célula económica básica tiene que ser la cooperativa porque permite la solidaridad entre sus miembros. Una vez más, noten la idea que subyace: el diálogo entre las personas, un diálogo honesto y abierto. Sin esto, de nada valen los cambios de dirigentes ni las mejoras sociales.

Buber es un crítico férreo del estatismo en todas sus vertientes y acusa a la Unión Soviética de implementar un socialismo distorsionado. Más aún: acusa a Marx de ser el culpable de esta distorsión al haber dado más importancia a la lucha por el poder político que al desarrollo concreto de cooperativas y otras células de regeneración económica de la sociedad. O sea, Marx, al subsumir todos los conflictos al juego político, termina por provocar un estatismo que, en vez de solucionar los problemas del capitalismo moderno, los agrava. Para Buber, la solución es la creación de un nuevo orden social basado en el cooperativismo voluntario. Las cooperativas, a su vez, tienen que unirse de manera orgánica en federaciones.

Es importante resaltar que Buber considera que la regeneración de la sociedad es una regeneración total: política y económica, sí, y social, por supuesto, pero también cultural y moral. Escindir un dominio del otro lleva a la fractura en la vida del hombre. Ya hablaremos más delante de esto cuando veamos la visión buberiana del Kibutz.

Pueblo, nación y nacionalismo

Antes de entrar de lleno en el tema del sionismo, hagamos una (no tan) breve introducción a las ideas buberianas de pueblo, nación y nacionalismo. Esto nos va a ayudar a entender plenamente el sionismo buberiano. Citemos textualmente las definiciones de estos tres términos (pueblo, nación y nacionalismo) del ensayo “Acerca de la idea nacional” y expliquemos:

…Siempre un pueblo se constituye a partir de una unidad de destino: cuando diversos grupos que constituyen una nueva entidad se funden y se fusionan, en ese momento aquellos elementos que el destino entrelaza. Esta nueva “personalidad” que a través de las generaciones vive y se desarrolla, como dijera Goethe, se mantiene gracias a la unidad de simiente que impera de allí en adelante.

¿Qué nos está diciendo Buber? Que un pueblo se conforma como tal por un grupo de personas que se ven unidas por un destino en común: yo, como judío, me identifico con el porvenir de todo el pueblo judío, no solo con el de mis familiares cercanos o de mis amigos. Pero hay más: esta unidad tiene que perdurar en el tiempo. Y la única manera que tiene de perdurar es mediante una unidad de simiente. O dicho de otra forma, mediante una continuidad biológica: evitando los matrimonios mixtos o, por lo menos, haciendo que los hijos de esos matrimonios mixtos sigan formando parte del pueblo y no se asimilen. Pero claro, la continuidad biológica es necesaria pero no suficiente: sin continuidad espiritual (o, si quieren despojar al término de connotaciones religiosas, sin continuidad cultural), de nada valen los matrimonios endogámicos. Esta continuidad espiritual es la actividad del pueblo: su forma de vida, su pensamiento, folklore, idioma, etc. Para resumir, digamos que Buber nos dice que un pueblo es un grupo de personas que se ven hermanadas por tener un pasado, presente y futuro en común y que el pueblo, para subsistir, tiene que tener una doble continuidad biológica y espiritual.

¿Qué es una nación según Buber?

Nación es aquella misma unidad captada como una separación activa y consciente. (…) Lo que determina y da forma a una nación es un cambio interno decisivo en el status adquirido, un cambio profundo en el modo en que un pueblo se concibe a sí mismo.

En pocas palabras, un pueblo está separado del otro. Estos pueblos se constituyen en naciones cuando son conscientes de esta separación y trabajan activamente para mantenerla y profundizarla. La diferencia entre pueblo y nación es muy simple: un pueblo no es consciente de la separación porque se separa intuitivamente; la nación sí, y consciente y deliberadamente se separa. Ahora, ¿esta separación entre las naciones no es tonta o directamente perjudicial? Si la humanidad es una sola, ¿por qué no formar una gran hermandad entre todos los seres humanos y dejar atrás las divisiones ocasionadas por la existencia de las naciones? La respuesta de Buber es tajante: cada nación tiene una misión o función específica. Es esa particularidad la que la distingue de las otras naciones. Recuerden: la nación se forma por un cambio interno, porque se modifica la manera en la que pueblo se ve a sí mismo. ¿Dos ejemplos? Uno es la Roma republicana: solamente con el advenimiento de la República, Roma es consciente de su orden, su fuerza y su función y justamente eso es lo específico de su nacionalidad. Otro es Francia luego de la Revolución Francesa: Francia alcanza su desarrollo como nación cuando defiende los ideales de Libertad, Igualdad y Fraternidad. Quiero que noten que, para Buber, una nación no es una unidad arbitraria de individuos sino que cada nación representa una idea. Esa idea nacional es la semilla que la define como tal.

¿Qué es el nacionalismo, entonces?

En determinados momentos de la vida nacional, se pone de manifiesto un fenómeno conocido con el nombre de nacionalismo. Por naturaleza, es un signo de enfermedad. Del mismo modo que un órgano dentro del cuerpo comienza a llamar la atención desde el momento en que su funcionamiento no es normal, lo mismo sucede en este caso: el nacionalismo es, en su raíz, un sentimiento de carencia, falla o enfermedad, y el pueblo percibe en grado creciente la necesidad de reparar esa carencia, corregir ese defecto o curar dicha enfermedad. Entre esa función inmanente de la nación y su situación interna y externa se ha producido una contradicción, que afecta a la consciencia misma del pueblo; a la reacción espiritual que se produce en respuesta a esa contradicción la denominamos nacionalismo.

Lo que Buber nos está diciendo es lo siguiente: el nacionalismo es una reacción a un problema de la nación. Esta reacción no necesariamente es mala o buena: es un síntoma. Si una persona se enferma, su cuerpo reacciona con fiebre. La fiebre es un síntoma, no es la enfermedad en sí. De hecho, que tenga fiebre significa que el cuerpo está actuando contra la enfermedad. Sin embargo, también la fiebre es peligrosa: si no se le pone un límite, puede terminar siendo más dañina que la enfermedad que la ocasionó. Ahora imaginen que la fiebre es el nacionalismo y el cuerpo, la nación. Como podrán apreciar, no es que el nacionalismo (=fiebre) sea malo ni bueno de por sí: es bueno cuando cura la enfermedad de la nación (esa carencia, esa contradicción entre la situación interna y externa); es malo si traspasa esos límites y se transforma en amo y señor de la vida de la nación.

Para que lo vean de la manera más clara posible, vuelvo a citar a Martin Buber:

El pueblo es un fenómeno de vida, mientras que la nación es un fenómeno de conciencia y el nacionalismo es un fenómeno de conciencia exagerada.

Los dos tipos de nacionalismo moderno

Buber hace una breve historia del nacionalismo moderno: empieza diciendo las condiciones del mismo y habla de dos tipos de nacionalismo moderno: uno cultural y otro político.

Curiosamente, Buber menciona al Maharal de Praga (Rab Yehuda Loew) como antecesor de la idea nacional moderna  y lo cita para dar las características de la misma:

  • Libertad e independencia en la vida del pueblo.
  • Libertad de territorio.
  • Libertad de fe.

En pocas palabras, una nación necesita un territorio propio, una cultura propia y la libertad para definirse como desee.

Decíamos que Buber hablaba de dos tipos de nacionalismo moderno. El político lo rastrea a Jean-Jacques Rousseau y el cultural a Johann Gottfried Herder. El primero, más estrecho, asume que la nación es una unidad política y termina por poner por encima de todo a la nación y negar a las otras naciones; el resultado indefectible es el chauvinismo. ¿Por qué? Porque el individuo se subsume a la voluntad común del pueblo. Rousseau, según la lectura que hace Buber, llama a la creación de leyes patrióticas y una educación nacionalista más cercana a la propaganda que a un ejercicio reflexivo y crítico. Herder, más amplio, ve a la nación como una unidad cultural y a la cultura humana como la colaboración de las entidades nacionales creadoras. Así, la labor educativa es despertar esas fuerzas elementales de la nación que se encuentran en la literatura popular y en las leyendas, poemas y canciones folklóricas. Este enfoque, más amplio, se opone a la soberbia nacional porque no ve a la nación como un fin en sí mismo sino como parte de la humanidad: aporta su propia cultura a la cultura humana global.

Más allá de si Buber está en lo correcto en adscribir a Rousseau y a Herder uno y otro tipo de nacionalismo, lo importante es la distinción entre un nacionalismo político y otro cultural. Ya veremos cómo lo aplica al sionismo más adelante (si leyeron el artículo sobre Ajad Haam, ya se imaginarán por dónde viene la mano).

El sionismo buberiano

Ahora sí, con todo este bagaje previo, entremos de una vez en el sionismo. Buber fue uno de los grandes líderes del sionismo en Alemania: fundador de una base sionista en Leipzig y una unión de estudiantes judíos, líder de la Facción Democrática en el Quinto Congreso Sionista, director de Die Welt (el periódico oficial del movimiento sionista, fundado por Herzl), líder del judaísmo alemán, fundador de instituciones educativas para adultos. Como verán, la actividad de Buber es frenética. Lo más increíble es que sus ideales son claros y están presentes en todas sus actividades políticas: no hay una subyugación de los ideales a la realidad ni de la moral a la Realpolitik sino todo lo contrario.

Ahora, ¿por qué el sionismo es tan importante en la vida de Buber? Porque el sionismo es el cable a tierra, la conexión que encontró Buber con su propio pueblo. A los veinte años, cuando parecía que más se debilitaba su vínculo con el pueblo judío, Buber descubre el sionismo y, a través de él, abraza con todas sus fuerzas a su pueblo. Unos pocos años después, Buber conocería el Jasidismo y se enamoraría de él. Convencido de su importancia para la renovación del pueblo judío y de la humanidad en general, recopilaría sus enseñanzas y leyendas, las reescribiría y publicaría.

Detengámonos unos minutos en el Jasidismo. ¿Qué es? El Jasidismo es un movimiento dentro del judaísmo fundado por Baal Shem Tov a mediados del siglo XVIII que enfatiza la piedad devocional, el canto, el baile y la alegría como caminos para llegar a D-s. Se caracteriza por la existencia de liderazgos carismáticos y fuertemente personalistas: un Rebe con un grupo de seguidores incondicionales. Hoy en día, hay muchos grupos jasídicos. Los más conocidos son Jabad, Satmer, Gur y Breslov. El Jasidismo es un movimiento que ha ejercido y ejerce una profunda influencia en el judaísmo contemporáneo. Entonces, ¿qué es lo que hace tan especial a Buber por haber recopilado algunas de sus enseñanzas? En que fue el primero en llevar el Jasidismo hacia círculos no jasídicos. Ubíquense en la época: principios del siglo XX, racionalismo, industrialización acelerada. Los judíos alemanes se asimilaban a pasos agigantados. Los que no, adherían a visiones muy racionalistas. Para que se den una idea, los libros de historia de filosofía judía simplemente ignoraban a la Cabalá tachándola de superstición estúpida. Y de repente, ¡aparece Buber, un joven prometedor, un respetado filósofo y líder político excepcional que nos trae unos cuentos de esos jasídicos piadosos anacrónicos antirracionalistas! ¡Y es un éxito! ¿Qué está pasando? Buber es el que lleva el Jasidismo hacia los judíos asimilados y hacia el mundo no judío. Como decía antes, es el primero en llevar el Jasidismo a las universidades. Pero su enfoque no es el de un investigador académico: él quiere ver qué hay de relevante en el Jasidismo para el judío moderno, no hacer una investigación histórica. Buber, para resumir, toma orgullosamente una postura no racionalista y nos dice: no prejuzguemos, no neguemos una parte del legado judío porque no nos suena lindo. Entremos, zambullámonos en esos textos que nos parecen tan lejanos y encontraremos verdaderas gemas.

¿Por qué Buber es sionista? Si aplicamos las definiciones que vimos al principio de pueblo, nación y nacionalismo y asumimos que el sionismo es el nacionalismo judío, entonces llegamos a una conclusión: para Buber, la nación judía sufre de una enfermedad. Esa enfermedad tiene que ser curada. El sionismo, el nacionalismo judío, es la reacción a esa enfermedad. ¿Cuál es la enfermedad? Habíamos visto que es el desajuste entre la conciencia de la nación y su situación real. ¿Más concreto? La nación judía está decaída, su cultura está en capa caída y ya no tiene un centro vital. No hay un contenido judío en la vida del judío europeo promedio. Hay que renovar el judaísmo y a la nación judía.

Renacimiento judío

Esta renovación no es una Reforma a la manera del Reformismo que surgió en la judería alemana. No es un cambio en los rituales religiosos ni un cambio en el status político o civil del judío. Es mucho más profundo: es una renovación nacional-cultural (o lo que es lo mismo para Buber: espiritual).

El modelo de Buber es el Renacimiento italiano. Así, nos habla de un renacimiento que no se suscribe al ámbito político sino que abarca a la vida como una totalidad. En el ensayo “Humanismo hebreo y nacionalismo” escribe que el Renacimiento Italiano tuvo una visión maravillosa:

Afirmar al hombre y a la comunidad del hombre y la creencia que tanto los pueblos como los individuos podían renacer.

O sea, es posible renovarse y purificarse tanto a nivel individual como nacional. En el caso de la nación judía, esto implica romper con el Galut (Exilio) entendido no como una condición política sino como un modo de pensar y vivir. Pero no nos equivoquemos: Buber no es Max Nordau. Romper con el Galut es desatarse y dar rienda suelta a la creatividad cultural-espiritual de la nación judía. Es indispensable, sin embargo, que esta liberación no sea desproporcionada porque, en caso contrario, terminaría llevando a la opresión y a un falso triunfalismo.

El Renacimiento tiene que ser total y abarcar toda la vida, ser concreto, provocar que el individuo se una a la nación de manera orgánica. No puede ser apostado ni fingido. Tiene que ser real, claro y prístino. En palabras de Buber:

No estamos luchando meramente por un movimiento intelectual sino por un concepto que engloba toda la realidad de la vida. (…) Debemos alcanzar una finalidad más lejana: la transformación concreta de toda nuestra vida interior no nos es suficiente. Debemos luchar por nada menos que la transformación concreta de toda nuestra vida como totalidad. Este proceso de nuestro ser interior debe expresarse en el cambio de nuestro ser exterior: de la vida del individuo tanto como la de la comunidad. Y el efecto debe ser recíproco: el cambio externo debe estar reflejado en nuestro interior y debe renovarlo una y otra vez.

El Kibutz y la misión de la nación judía

¿Cuál es el cambio del ser exterior de la nación judía? Buber nos está diciendo que no alcanza con cambiar la autoconsciencia del judío: no basta con los ideales. Hay que actualizar esos ideales, llevarlos a la práctica. Hay que cambiar en lo concreto, no solo en lo abstracto. Ese cambio es la modificación de la sociedad por una más justa y equitativa. Dijimos al principio de este artículo que Buber era un socialista utópico y que escribió un libro en el que justamente rescata a los socialistas utópicos y los propone como una alternativa frente al marxismo.

A nivel de la nación judía, esto implica crear una sociedad ejemplar en la Tierra de Israel: una que señale al mundo el camino a seguir. Para Buber, como para Syrkin, el pueblo judío tiene que ser la vanguardia de un socialismo renovado, un verdadero socialismo que haga hincapié en la regeneración moral, social y económica de la sociedad. Dicho de otra manera, la nación judía tiene una misión específica: ser el portavoz del lema “Verdad y justicia entre las naciones”. Por eso, el sionismo no puede ser imperialista. Y, más importante todavía, no tenemos que dejar que sea percibido como tal. En sus palabras (del bosquejo de la propuesta que presentó Buber en el 12° Congreso Sionista):

En esta hora en que los representantes más conscientes del pueblo judío se reúnen por primera vez luego de ocho años de separación, nuevamente será afirmado ante las naciones occidentales que el vigoroso núcleo del pueblo judío está dispuesto a retornar a su antigua patria y construir allí una nueva vida basada en el trabajo independiente, el cual se desarrollará y perdurará como el elemento orgánico de una humanidad nueva.

¿Cuál es la célula socio-económica básica por la cual se regenerará la sociedad? La respuesta de Buber es: el Kibutz. No se trata solamente de que el Kibutz sea útil a los efectos del reasentamiento de la nación judía en la Tierra de Israel ni que sea una buena táctica que combine la agricultura con la colonización de la tierra. No, el Kibutz es mucho más: es la célula en la que se asienta el germen para el nuevo socialismo y, con él, la nueva humanidad. El Kibutz, esa cooperativa agraria de producción y consumo, tiene que ser una comunidad ejemplar, que influencie al mundo para que se vuelque hacia un auténtico socialismo basado en el cooperativismo.

Más todavía: para Buber, el Kibutz es la alternativa al estatismo soviético. Contra esa picadora de carne que es el estatismo, contra esa maquinaria estatal que subyuga todo al interés político, contra ese monstruo administrativo que consume a los soviéticos, contra ese falso socialismo que se disfraza como tal para ganar adhesiones, la nación judía tiene que construir una alternativa real y verdaderamente socialista y humanista: Israel tiene que ponerse a la vanguardia de un socialismo basado en el diálogo.

De esta manera, Israel tiene que transformarse en un puente entre Oriente y Occidente que una estos dos mundos tan dispares. El Kibutz, por su lado, tiene que ser un ejemplo de organización socialista porque reúne todas las características de una sociedad orgánica y organizada de manera voluntaria y cooperativa: contacto con la naturaleza, trabajo de la tierra, camaradería, buena voluntad y esfuerzo conjunto.

Humanismo Hebreo y Humanismo Bíblico

Este socialismo renovado no es ateo sino todo lo contrario: surge de una fe profunda en D-s. En palabras de Buber:

Los hombres bíblicos son pecadores como nosotros pero hay un pecado que ellos no cometen, nuestro pecado capital: no se atreven a confinar a D-s a un espacio circunscrito, o a una división de vida, a la “religión”. No tienen la insolencia de delimitar límites alrededor de los mandamientos de D-s y decirle: “hasta aquí eres soberano pero más allá de estos límites empieza la soberanía de la ciencia o de la sociedad o del Estado”.

Buber está criticando al secularismo de los últimos siglos, esa tendencia de la sociedad occidental a dividir entre los ámbitos sagrados y profanos, esa tendencia a decir: “en la sinagoga, D-s; en la universidad, el hombre”. No, nos dice Buber, todo es una unidad: no tenemos que vivir una vida desgarrada. Dividir los ámbitos es un error: si D-s está en todo, también está en la ciencia, también está en el Estado, también está en la casa. Ojo, Buber no es un fundamentalista: no es que nos dice que la Biblia es la Verdad revelada y que es inmutable y literalmente verdadera. No está arguyendo contra la Teoría de la Evolución o el Big Bang. Para nada, esos son temas que a Buber (¡y a cualquier pensador con dos dedos de frente!) no le interesan en lo más mínimo. Lo que nos está diciendo Buber es que la vida es una unidad. Ni más ni menos.

La Torá, para Buber, es una tradición lingüística: es un lenguaje, con todo lo que ello implica (un modo de pensar, una manera de expresarse, una forma de vida, un enfoque sobre cómo relacionarse con los otros, con D-s y con la sociedad como un todo; en pocas palabras, una cultura). Y la Torá –esto es fundamental- tiene valor normativo, no histórico ni nacional. No leemos la Torá porque nos cuenta anécdotas divertidas ni porque hace muchos años la escribió un grupo de judíos y tenemos que repetir como loros lo que ellos dijeron. Tampoco la leemos como documento histórico. La Torá debe ser leída con el objetivo de extraer enseñanzas prácticas: no tenemos que leerla con la mente puesta en aprender ni historia ni ciencia ni teología ni metafísica sino moral. Vean que este proceso no es automático ni implica repetir lo que hicieron nuestros abuelos porque así lo hicieron: no es tradición por la tradición misma. Al contrario, Buber argumenta que la Halajá no es vinculante: si uno es interpelado por ella, que la cumpla; si no, bienvenido sea. La cuestión central no es cumplir o no la Halajá sino hacer un examen sincero de uno mismo y cumplir solo aquellas partes que lo llaman a uno de manera personal. Uno debe recibir la tradición pero también tiene el derecho y el deber de criticarla y tomar aquellas partes que le resultan significativas, rechazando las que no lo son.

Un Estado binacional

Ya hablamos de que Buber se oponía terminantemente al imperialismo y a la opresión de un pueblo hacia otro en cualquiera de sus formas. En base a esto, Buber fue uno de los primeros sionistas en llamar la atención sobre el problema árabe en la Tierra de Israel: hay árabes viviendo allí y son un pueblo. Si no los tratamos con el debido respeto, se desatará un conflicto de proporciones incalculables. Habrá guerra y violencia por doquier. Y no solo eso: el pueblo judío estará oprimiendo a otro pueblo. Y si es así, evidentemente no estará cumpliendo con el objetivo de ser un ejemplo para el mundo

¿Cuál es la solución de Buber? Crear un Estado binacional conjunto entre la nación judía y la nación palestina. Este Estado binacional tiene que estar basado en la cooperación genuina y no en cálculos políticos fríos.

Pero entonces, ¿cómo hacer para que ese Estado se transforme en un centro de cultura judía y no en un Estado gobernado por los palestinos con una minoría judía? Buber llama a establecer junto a los árabes de la Tierra de Israel una cota mínima de inmigrantes judíos y a un mínimo entendimiento y respeto mutuo. Ya creado el Estado de Israel, llamó a la creación de una Confederación de Medio Oriente. Junto a algunos colegas, fundó una organización política, Brit Shalom, dedicada a reconciliar a árabes y judíos y a buscar vías de diálogo para solucionar el conflicto. Todos estos proyectos tuvieron un apoyo muy limitado tanto de parte de los judíos como de los árabes y fracasaron.

Buber polemiza con Ben Gurión. Dice, por ejemplo:

Sión es algo mucho más grande que un pedazo de tierra en Medio Oriente, o un Estado judío en ese pedazo de tierra. Sión implica una memoria, una exigencia, una misión. Sión es la roca fundamental, el lecho y la base del edificio mesiánico de la humanidad. El sionismo es el destino ilimitado del alma de la nación. (…) Detrás de todo lo que ha dicho Ben Gurión subyace, me parece, el deseo de que el factor político tenga supremacía sobre cualquier otro. Él es uno de los que propone ese tipo de secularización que cultiva sus pensamientos y sus visiones tan diligentemente que impide a los hombres oír la voz del D-s viviente. Esta secularización toma la forma de una politización exagerada. Esta politización de la vida aquí hiere al mismo espíritu. El espíritu, con todas sus visiones y pensamientos, desciende y se vuelve una función de la política.

En base a esto, algunos antisionistas han querido argumentar que Martin Buber es antisionista. Nada más lejano a la verdad. Este intento de apropiación de uno de los más destacados pensadores sionistas es una falta de respeto a su figura. Lo mismo podemos decir de diversos pensadores post-sionistas: su intento de apropiación de Buber es simplemente un despropósito. Como respuesta a esto les dejo un par de frases de Buber:

Si nos hubieran preguntando: “¿Están luchando por un país judío en Israel?” les hubiéramos respondido: “Estamos luchando por Sión, y para establecer a Sión deseamos la independencia de nuestro pueblo en nuestro país”. Aún hoy ,hay muchos sionistas que comparten este sentimiento, no solo entre los de más edad (…) Este cuasi-sionismo que lucha solo por poseer  un país ha conseguido su objetivo. Pero el verdadero sionismo, el amor a Sión, el deseo de establecer algo como “la ciudad de un gran rey”, “del rey”, es algo viviente y perdurable.

He aceptado al Estado de Israel como la forma de la nueva comunidad judía que ha surgido de la guerra. No tengo nada que ver con los judíos que creen que pueden oponerse a la forma que ha tomado la independencia judía en la práctica. El mandamiento de servir al espíritu, hemos de realizarlo hoy en este Estado, a partir de él.

 Herzl y Ajad Haam

Martin Buber tuvo una estrecha relación tanto con Herzl como con Ajad Haam. Con Herzl, por haber sido editor de Die Welt (el periódico que había sido fundado por el propio Herzl y que era la tribuna principal del sionismo). Con Ajad Haam, por haber sido el líder de la Facción Democrática, grupo interno dentro del movimiento sionista que reconocía a Ajad Haam como modelo y mentor espiritual.

Herzl era el gran líder del movimiento sionista. Buber lo veía como un Rebe moderno, y veía a sus seguidores como su corte de Jasidim. Esta analogía jasídica no es casual: denota la influencia del Jasidismo en Buber. Cuando Herzl propuso la creación de un Hogar judío en Uganda, Buber estuvo entre sus mayores detractores. Junto con sus compañeros de la Facción Democrática y muchos otros, se retiraron del recinto cuando se votó una resolución para enviar un grupo para que explore el territorio de Uganda. Herzl interpretó este gesto como desobediencia hacia su persona y una ofensiva contra su liderazgo. Más tarde, cuando Herzl publicó su libro Altneuland (La Vieja Nueva Patria), Ajad Haam lanzó un ataque furibundo contra su visión, acusándolo de asimilacionista y utópico y criticándole su falta de raíces y conocimientos judíos. Herzl  encomendó a Nordau escribir un artículo contra Ajad Haam y Nordau atacó sin piedad, poniendo en tela de juicio el liderazgo político y espiritual de Ajad Haam. Estas críticas recíprocas desencadenaron una reacción en cadena y salieron a relucir antiguas rivalidades y diferencias ideológicas en el seno del movimiento sionista. Como resultado, Herzl envió una carta a Buber en el que lo acusaba de traidor a la causa y se distanciaba de él y su facción.

La diferencia de fondo entre Buber y Herzl se puede ilustrar con una anécdota: en 1901, se reunieron los dos. Charlaron un rato. De repente, Herzl señaló un mapa orográfico de la Tierra de Israel y empezó a explicar el potencial económico del territorio: acá podemos construir industrias, por allá plantar naranjales; de aquí extraeremos energía, de más allá, agua potable. Buber, absorto, miraba asombrado. Para Herzl, la Tierra de Israel era un territorio más en el vasto planeta Tierra y había que explorar sus posibilidades técnicas y económicas; para Buber, la Tierra de Israel era la Tierra Prometida, Sión.

Muchos años después, Buber diría sobre Herzl que:

Lo venerábamos y lo amábamos pero una gran parte de su ser era ajeno a nosotros. Dicho en pocas palabras, el liberal Herzl no tenía nada que ver con nosotros.

Quizás recuerden que en el artículo sobre Beguin citamos a Israel Eldad diciendo algo similar sobre Jabotinsky. Salvando las distancias (que son abismales), estamos frente a un problema similar: la diferencia generacional, distintos grados de asimilación, distintas relaciones con la cultura europea, distintas prioridades, distintos enfoques. En definitiva, formas diferentes de vida.

Ya en su madurez, Buber conceptualizaría su relación con Ajad Haam y Herzl diciendo que el primero era un maestro mientras que el segundo era un líder. Cada uno tiene sus ventajas y desventajas pero los dos son necesarios. Herzl era un líder nato, cuya mayor debilidad era, paradójicamente, su mayor virtud: su personalismo. Este rasgo le permitió amasar una enorme popularidad y transformar al sionismo en un movimiento de masas. Si a eso le sumamos un optimismo innato, encontramos a un líder natural. Y sin embargo, es ese personalismo el que lo llevó varias veces a ser poco (o nada) democrático, a intentar aplastar el disenso interno y a ser poco tolerante frente a toda forma de crítica hacia su persona y su liderazgo. Por el contrario, Ajad Haam era mucho más reflexivo y calmo. Eso le permitía ser un gran mentor espiritual, un maestro. Y sin embargo, su falta de resolución y su poco carisma le impedían ser el líder. Lo más interesante es que Buber acepta a cada uno tal cual es y rescata lo positivo de los dos. A pesar de haber formado parte de la Facción Democrática, identificada con Ajad Haam, Buber no deja de reconocer los grandes logros de Herzl ni de criticar a Ajad Haam cuando lo considera necesario.

Un profeta

Martin Buber es uno de los más grandes pensadores judíos de la historia. Su sionismo es original: la idea del Renacimiento hebreo, el rescate del Jasidismo, la búsqueda de un socialismo genuino, la crítica a la politización exagerada y al nacionalismo como fin en sí mismo, el llamado a respetar los derechos del pueblo palestino, entre tantos otros temas, son de una actualidad alarmante.

Por otro lado, hay que decir que su desprecio de las Mitzvot y la Halajá puede resultar bastante problemático (pueden ver más sobre esto en el maravilloso debate que tiene con Rosenzweig) y su visión de un Estado binacional peca de ser ingenua. Además, a más de uno le podrá parecer que su idealización del Kibutz es bastante inocente y que su socialismo no se sostiene en nuestros días. También se lo puede criticar por partir de una visión bastante crédula de la naturaleza humana o por su uso del Jasidismo (algunos lo critican por tergiversarlo a su antojo y otros directamente por desenterrar una visión antirracionalista o, aunque sea, no racionalista). Sea como sea, nada de esto empaña ni la originalidad ni la profundidad ni la vigencia de su pensamiento.

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