Emmanuel Lévinas (parte 13)

Vergüenza y arrepentimiento

La vergüenza es un sentimiento que incomoda: pone mal, molesta. Es feo sentir vergûenza: enfrentarse con los propios defectos puede ser una experiencia desgarradora. Imaginemos un escenario: una persona está a dieta porque quiere bajar de peso. Sabe qué debe y qué no debe comer. Pasa por la cocina y ve una torta. Piensa: ¿y si como un pedazo…? Agarra un pedazo de torta y se lo come. Al minuto, se paraliza: ¿para qué habrá comido? Se siente mal. Llora en silencio. Sabe que lo que hizo está mal…y sin embargo, lo hizo. ¿Cómo corregir el pasado?

La vergüenza lo está enfrentando a sus defectos: amplifica su lado negativo y lo obliga a confrontar una parte de sí mismo que le molesta. La vergüenza es el motor del cambio de personalidad. Sin vergüenza, somos felices como somos y no nos preocupamos por mejorar: total, da todo lo mismo.

Por supuesto, la vergüenza en exceso también puede ser paralizante: avergonzarse de uno mismo puede llevar al autodesprecio y la falta de autoestima. Sin embargo, un nivel razonable de vergüenza es fundamental para el mejoramiento del carácter. Sentir que algo está mal, que las cosas no cierran: cuando hay dolor porque las cosas no están bien, entonces podemos movilizarnos para cambiar las cosas.

Veamos cómo habla el propio Lévinas:

El judaísmo trae este mensaje magnífico. El remordimiento -expresión dolorosa de la impotencia radical de reparar lo irreparable- anuncia el arrepentimiento generador del perdón que repara. El hombre encuentra en el presente con qué modificar el pasado, cómo borrarlo. El tiempo pierde su irreversibilidad misma. Se postra nervioso a los pies del hombre como un animal herido. Y lo libera.

El arrepentimiento (“Teshuvá” en hebreo) tiene el poder de modificar el pasado: mediante el arrepentimiento, la persona deja de estar dominado por el tiempo y pasa a dominarlo. Siento remordimiento o vergüenza cuando tomo conciencia que hice algo malo e irreparable: no puedo viajar con la máquina del tiempo y evitar cometer el error. Cuando me doy cuenta de lo irreparable de la pérdida, de la grandeza de mi error, cuando asumo que me equivoqué, entonces me libero del tiempo: dejo de ser esclavo de mi pasado. Ahora mis errores, mis faltas y mis pecados se transforman en méritos. La vergüenza genera arrepentimiento, y el arrepentimiento provoca el perdón. El perdón es un regalo Divino, sí, (como destaca el propio Lévinas: pensemos en la raíz de la palabra “rajamim”, “misericordia” en hebreo”: “rejem”, útero; hay una íntima relación entre la misericordia y la maternidad, y quizás podamos asemejar nuestra relación con D-s con la relación madre-hijo) pero acá hay algo más profundo: el propio acto de arrepentimiento es una forma de volver a D-s, dándole la espalda a lo que uno es. Sería aleccionador comparar este enfoque con el de las luminarias del Musar, como Rab Elyahu Dessler, o del Jasidut, como Rab Menajem Mendel Schneerson.

A partir de esto, podemos entender a Lévinas cuando explica que la vergüenza es el catalizador del arrepentimiento. Si volvemos a conceptos que ya hemos visto anteriormente, podemos pensar en la demanda infinita que nos viene desde afuera, desde el Otro, y en la “mala conciencia”: la vergüenza es salir de uno mismo a partir del sentimiento de que las cosas pueden ser de otro modo. Lévinas lo resume en una frase que me parece excelente:

Nadie puede quedarse en sí mismo.

Todos estos conceptos tienen claras raíces en las fuentes judías. Cuando leía a Lévinas para escribir este artículo, pensaba en la historia de Tamar y Yehuda: al final de la misma, Yehuda se expone, con toda su vergüenza, reconoce su enorme error y así repara el pasado. De la simiente de Tamar y Yehuda, surge el rey David y, por consiguiente, el Mashiaj.

Hospitalidad

Hay un concepto en la obra de Lévinas que será luego retomado por Derrida, quizás el filósofo que más hizo para ubicar a Lévinas como un referente en la filosofía contemporánea: la hospitalidad.

¿Qué es la hospitalidad? Es ponerse en contacto con el Otro, ese Otro que no puedo domesticar y que escapa a toda estructura cerrada: es dar preferencia al Otro y abrirle las puertas de mi propia vida. En otras palabras, estar abierto a las necesidades del Otro. Salir del encierro en uno mismo: escuchar al Otro, cubrir sus necesidades, amarlo como a un prójimo. Estar para el Otro.

Somos una puerta: podemos cerrarla y quedarnos enfrascados en nosotros mismos, en nuestras propias preocupaciones y sueños, o abrirla y dejar espacio para el Otro.

Piensen en la vida en pareja, en familia, en la amistad o en la comunidad: se trata de dar lugar al Otro e invitarlo a nuestro espacio. Dar de uno para el Otro. Ser para el Otro. Estar atento a lo que el Otro necesita, en vez de a lo que uno quiere.

Apertura e indefensión

Ahora podemos introducir un nuevo concepto: la apertura. Estar abierto al Otro. El siguiente pasaje probablemente sea mi preferido de todo lo que leí de Lévinas:

La apertura es lo descarnado de la piel expuesta a la herida y el ultraje. La apertura es la vulnerabilidad de una piel ofrecida, en el ultraje y en la herida, más allá de todo lo que puede mostrarse, más allá de todo lo que, de la esencia del ser, puede exponerse a la comprensión y a la celebración. En la sensibilidad, “se pone al descubierto”, se expone un desnudo más desnudo que el de la piel que, forma y belleza, inspira a las artes plásticas; desnudo de una piel ofrecida al contacto, a la caricia de siempre, y aun en la voluptuosidad equívocamente, es sufrimiento por el sufrimiento del otro.

Estar para el Otro. Abrirse. Exponerse. Dejar ver la herida. Estar desnudo frente al Otro. Rebajarse. Mostrarse vulnerable. Entregarse. Humillarse.

En resumen:

La palabra “sinceridad” toma aquí todo su sentido: descubrirse sin defensa alguna, estar entregado.

Me resulta muy claro que la inspiración judía de Lévinas es el tzaraat (mal traducido de manera popular como “lepra”). El tzaraat era una enfermedad cutánea que se podía expresar de muchas maneras: una herida abierta en el cuerpo de uno que expresaba una falta espiritual. Un dolor en el cuerpo que expresa un dolor en el alma. En otras palabras: la vergüenza expuesta hacia afuera. En términos de la medicina moderna (y a riesgo de ser reduccionista), un trastorno psicosomático: la externalizaciòn de lo interno.

Hasta acá por hoy. La próxima, más de Lévinas: veremos su concepto de la política y la justicia y los contrastaremos con lo que dijimos hoy.

Nos vemos cuando nos veamos.

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