Quién soy

Si estás leyendo esto es porque te entró curiosidad y te estás haciendo la pregunta del millón: ¿quién escribe este blog? ¿Es judío? ¿Es sionista? ¿Es un agente del imperio? Vamos por partes: sí, sí y no.

Soy judío. No solo eso, si me ves por la calle, vas a decir: “Éste es súper judío”: uso Kipá, como Kosher, respeto Shabbat. Soy lo que se denomina un judío ortodoxo (no es un concepto con el que me sienta cómodo y prefiero denominarme דתי o simplemente judío pero eso es tema para otra ocasión; dicho sea de paso, obviamente eso del “súper judío” también es una exageración: no existen grados de ser judío; se es judío o no, y un laico es igual de judío que un religioso; el judaísmo no se define solamente por ir o no al templo o estudiar regularmente Torá sino que es un concepto bastante más amplio; un laico cumple Mitzvot, aunque quizás no todas las que me gustaría, y lo mismo aplico al religioso).

Soy sionista: creo profundamente en la necesidad de la existencia del Estado de Israel y su permanencia como Estado judío para el pueblo judío. Esto no excluye que vivan en él musulmanes, cristianos, árabes o rusos. Sí implica que se mantenga la relación entre el Estado de Israel y la Diáspora judía y que haya una mayoría judía en el Estado de Israel para que el pueblo judío sea el que defina el destino de ese Estado, entre otras cosas.

Soy socialdemócrata: estoy convencido de las bondades de una democracia con mirada social hacia los sectores más vulnerables. Creo en los valores de la libertad, la igualdad, la honestidad y la decencia. Repudio el autoritarismo y la soberbia de los que se creen los mejores. Para resumir, soy de centro-izquierda.

Me llamo Ezequiel. Soy argentino. Un judío argentino. Tengo veintidós años y, por ahora, vivo en Argentina. Me gustan la filosofía, la historia, el arte (principalmente la literatura), la crítica literaria, la política y la matemática. Como ven, también me encanta escribir.

¿Tenés ganas de contactarme? Mandame un e-mail a meredhakadosh@gmail.com o dejá un mensaje en el blog. Voy a estar muy contento de leer lo que quieras decirme.

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Una historia de mi judaísmo/sionismo

Nací en 1995 en una familia judía de clase media argentina. Menemismo, 1 a 1, pizza y champán, neoliberalismo, debacle económica, social y moral. Hermoso país el nuestro. Éramos “judíos ortodoxos no practicantes”: comíamos carne kosher, hacíamos kabalat shabat e íbamos al templo cada tanto pero no me vengan con la kipá, el kashrut estricto o cumplir Shabat según la Halajá, porque esas eran cosas de religiosos fanáticos.

keepshabbos

Me crié, entonces, en un ambiente sefaradí, que era demasiado religioso para los seculares y demasiado secular para los religiosos.

Fui a una escuela -jardín y primaria- que era relativamente religiosa y medianamente sionista: nos enseñaron la historia del Estado de Israel, el Hatikva, la bandera y toda la bola. Pero hay algo más, y es algo que recién ahora proceso y capto en su dimensión: mis abuelos fundaron un Kibutz y, ya desde chico, mi abuelo me fascinaba contándome historias de Israel, del Kibutz y de la Tnuá.

Cuando empecé el secundario (en un colegio secular, no judío, de alto nivel académico), por primera vez en mi vida salí de la burbuja y me encontré con el mundo exterior: gente no judía, de otros ámbitos sociales, de otras geografías y, fundamentalmente, con otros valores. Me hice amigos en el secundario, que me ampliaron mi visión del mundo y de la vida. Era un excelente alumno en las materias que me interesaban, y pésimo en el resto. Siempre me había interesado la política y a los catorce o quince años me enganché por un amigo y me puse a militar en un partido político de cuyo nombre no quiero acordarme.

Como el judaísmo seguía siendo importante en mi vida, paralelamente estudiaba en una yeshivá. Esta es una experiencia fundamental, que todo judío debería vivir: judaísmo sin yeshivá no es judaísmo. Ser judío sin comprometerse a fondo, sin leer con detenimiento las fuentes judías clásicas, sin discutirlas con fervor y devoción, es para mí un oxímoron. No quiero que me malinterpreten: no estoy diciendo que un judío que no lo haya hecho sea un “mal judío” o “medio judío” ni ninguna de esas barbaridades. Digo que no puedo concebir mi judaísmo sin esa experiencia.

Siempre fui un lector voraz. Más o menos por esta época tuve mi primer encuentro crítico con el sionismo: en mi casa, encontré unos libritos, Fuentes del pensamiento judío contemporáneo. Eran unos libros de bolsillo que se usaban hace treinta o cuarenta años en las secundarias de la red escolar judía. No sé cómo llegaron a la biblioteca, aunque estoy casi seguro que lo habrá tenido que leer mi papá cuando era adolescente. La cosa es que los leí y encontré por primera vez una aproximación al sionismo que iba más allá del slogan que se le hace repetir a un nene de siete años: encontré discusiones ideológicas, filosofía, debate al interior del movimiento.

Así que estaba entre dos mundos: por un lado, la secundaria y la política; por el otro, la yeshivá y el judaísmo. En ese momento todavía no tenía una postura definida en torno al sionismo: me parecía interesante y entendía a aquellos que se declaraban sionistas, pero consideraba que el judaísmo podía subsistir tranquilamente sin sionismo, sin Israel y sin política. Para mí, el judaísmo era Torá, y la Torá se podía cumplir en Israel, en Argentina, en Estados Unidos o en Indonesia. Ya a esta altura del partido me estaba haciendo más “religioso”: cumplía Shabat según la Halajá, comía kosher de manera mucho más estricta, etc.

Sin embargo, había algo que me molestaba muchísimo: el menosprecio de gran parte del mundo yeshivatí a los estudios seculares y a la sociedad en general. Para muchos de mis maestros, el judío ideal estudiaba Torá veinticuatro horas al día y se dedicaba pura y exclusivamente al Talmud y al Shuljan Aruj. Para alguien como yo, que ama el saber, esto era insuficiente: yo quería saber Talmud, sí, pero también historia, filosofía, matemática, ciencias y literatura. Y sabía que esas cosas eran importantes: lo vivía día a día, lo palpaba en la escuela y en mi vida.

Y ahí llegó mi primera revolución judía: conocí por internet lo que se llama “ortodoxia moderna”. Torá Umadá: Torá y ciencia. Encontré gente que decía que ser judío no significa estar divorciado del mundo, ni encerrarse en las cuatro paredes del Beit Midrash, ni negar la ciencia moderna, ni dejar de leer a Shakespeare, Sartre o Hegel. En una librería de usados de Corrientes, encontré en una mesa, tirado como si no valiese nada, un libro: La soledad del hombre de fe, de Rab Joseph Soloveitchik. Me enamoré: frente a mis ojos tenía a un Talmid Jajam, un Gadol Hador, un rabino del más alto nivel, discutiendo temas filosóficos, citando a los grandes filósofos del siglo XX y hablando sin apologías de ciencia y técnica moderna, de literatura y, por sobre todas las cosas, de la angustia existencial del hombre de fe. Una maravilla. Estaba claro: había encontrado un referente.

leonardo

¿Y el sionismo? Todavía no era sionista. No estaba en contra, no estaba a favor. Pensaba que el sionismo estaba bien para algunos y mal para otros. Punto. Tenía claro, eso sí, que no era antisionista: otro gran problema que tenía con el mundo yeshivatí era la falta de apreciación hacia el Estado de Israel. Pero la verdad es que en ese momento tampoco me consideraba a mí mismo una persona sionista: sí tenía claro que Israel era significativo para muchos judíos y sí tenía claro que me gustaba pero todavía no apreciaba su importancia. Sencillamente, todavía no había llegado a la concepción nacional del pueblo judío.

Cuando viajé a Israel por primera vez, de vacaciones, a los 16 años, pasé por una clase de un rabino sionista. Habló de Rab Hirsch y Rab Kook, dos rabinos de los que había escuchado hablar y de los que había leído cosas sueltas. Sin embargo, era la primera vez veía a alguien que los citaba y los tomaba de referentes: por primera vez en mi vida, me encontraba personalmente con un rabino que decía todo lo que yo había pensado todos estos años. Yo ya sabía que había gente que pensaba así, pero éste era mi primer encuentro personal con este enfoque. No me acuerdo toda la charla pero sí me acuerdo que dijo algo que me pareció un detalle insignificante en el momento pero que fue creciendo en mi mente: este rabino explicó que la diferencia entre Rab Kook y Rab Hirsch no era el objetivo (después de todo, los dos querían que el pueblo judío sea “Luz entre las naciones”) sino el camino (Rab Kook pensaba que los judíos tenían que juntarse en la Tierra de Israel, porque unidos somos más, mientras que Rab Hirsch pensaba que era más efectivo vivir entre los gentiles para llegar más fácilmente a ellos). Reconozco que en el momento me pareció una tontería: ¿qué cambiaba si estábamos todos en un mismo territorio o no?

Hasta que en un momento algo hizo click en mí: me di cuenta que, en una sociedad mayoritariamente no judía, ser judío es difícil. Que la inercia nos lleva a la asimilación. Que una minoría (sea la que sea) tiene que luchar contra la corriente para mantenerse viva. Que hay conflicto entre el judaísmo y Occidente. Que integrar judaísmo con cultura argentina no es sumar dos más dos. Que el judaísmo se cae frente a la cultura mayoritaria si no nos esforzamos para que esto no ocurra. Que si quiero aportar a la sociedad como judío –no solo como ser humano-, tengo que hacerlo desde el judaísmo. Y que por todas estas razones –es doloroso decirlo- el único judaísmo posible en la Diáspora es el jaredí o el que desaparece. Y si la opción es entre un judaísmo encerrado sobre sí mismo y otro diluido y edulcorado, prefiero ir por la tercer vía. Así me hice sionista.

soysionista

Porque el sionismo no es solo apoyar a Israel ni defender a Netanyahu ni contar anécdotas de Ben-Gurión ni admirar a los pioneros del kibutz ni donar plata al Keren Kayemet ni escribir notas sobre el conflicto bélico en Medio Oriente. Todas estas cosas son importantes, y son parte del sionismo. Pero mi sionismo empieza por la cultura: por entender que el judaísmo, como cultura nacional, necesita un espacio para desarrollarse. Y ese espacio es geográfico (la Tierra de Israel) pero también humano e interpersonal. Tenemos que construir un sionismo para nuestra generación, un sionismo que nos una sin importar si somos “religiosos” o “seculares”, “progresistas o “conservadores”, “de derecha” o “de izquierda”, “revisionistas” o “laboristas”. Lo cual no quiere decir que no haya diferencias, ni que haya que ahogarlas: bienvenidas las diferencias, el disenso, el debate y la discusión. Pero siempre bajo el paraguas del compromiso.

En el sionismo encontré un camino para hacer una política judía. Encontré una forma de abrazar todo lo positivo que tiene el mundo sin miedo a que eso carcoma mi judaísmo. Encontré un punto de encuentro entre los judíos del mundo. Encontré un judaísmo comprometido con el mundo (pos)moderno. Encontré un judaísmo que vibra, que crece, que se nutre de lo mejor de este mundo: en definitiva, un judaísmo creativo.

Y éste es mi judaísmo/sionismo. Por ahora.

 

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