Rab Joseph Dov Soloveitchik (parte 5)

Ciencia, filosofía y religión

Una de las cuestiones que más pone en guardia a los religiosos de todo credo es el candente tema de “ciencia vs religión”. Del lado religioso, predomina una visión que intenta demostrar o bien la superioridad de la religión con respecto a la ciencia o bien la armonía final entre ciencia y religión; del lado antirreligioso, predomina una visión que intenta demostrar la superioridad de la ciencia por encima de la religión. Estos dos bandos, con sus respectivos enfoques, son puestos en tela de juicio por Rab Soloveitchik. Al comienzo de su libro The Halakhic Mind, escribe lo siguiente:

Cuando el científico y el filósofo se ponen de acuerdo, el homo religiosus es enfrenta a un embarrass de choix. O bien desarrolla una filosofía apologética, o bien admite su impotencia a la hora de aprehender el misterio de la creación, o bien se rebela contra la hegemonía de la razón. Cuando el homo religiosus se pone apologético, nace la racionalización de la religión (escolasticismo). Cuando confiesa ignorancia, se hace agnóstico y frases como credo quia absurdum est caracterizan su punto de vista religioso. Y cuando se rebela contra la razón, surge el misticismo.

Sin embargo, ni la complacencia racionalista ni la desesperación agnóstica ni la ruptura mística van a solucionar el problema religioso del hombre moderno. El homo religiosus busca, tranquila pero persistentemente, su propio camino para aprehender el mundo. Reivindica libertad de metodología…

Rab Soloveitchik nos está diciendo algo muy sencillo y, a la vez, muy interesante. El hombre religioso (homo religiosus), al enfrentarse a la ciencia y la filosofía, hace una de tres cosas: apología de su religión, intentando armonizar ciencia, filosofía y religión mediante racionalizaciones; agnoticismo y desesperación frente a la duda, defendiendo la religión como una decisión irracional y antirracional; o abandono de la razón, dando paso al misticismo. Sin embargo, estos tres caminos –atrayentes para muchos- son falsos: no solucionan el problema de fondo así que no son más que evasiones. El hombre religioso no necesita la justificación de la ciencia, ni el científico la justificación de la religión. La solución correcta al dilema se nos presenta cuando aceptamos una pluralidad de métodos: cuando nos damos cuenta que sintetizar, fusionar o mezclar ciencia con religión no tiene sentido alguno porque cada una tiene su propio método, su propio enfoque y su propio ámbito. La filosofía moderna, especialmente a partir del siglo XX, ha demostrado que cuando el individuo se enfrenta a la realidad y quiere solucionar un problema determinado, elige uno o varios aspectos o facetas de la realidad que le sirven para sus propósitos, dejando de lado así otros aspectos o facetas inexplorados. Por ejemplo: si un politólogo, un biólogo, psicólogo, un economista y un sociólogo intentan explicar el triunfo de Netanyahu en las últimas elecciones israelíes, cada uno dirá una cosa distinta. El politólogo explicará que los votantes eligieron a Netanyahu por sus dotes de liderazgo y sus propuestas políticas; el biólogo explicará que los seres humanos, al ser mamíferos, tenemos una tendencia a vivir en sociedad y organizarnos en torno a líderes para así sobrevivir frente a un medio hostil; el psicólogo hará referencia a la psicosis de masas; el economista, a la utilidad derivada de elegir un candidato por sobre otro y al “voto bolsillo”; el sociólogo, a la necesidad de mantener el orden social para la reproducción de la sociedad. (Por supuesto, estoy inventando las explicaciones; lo importante es mostrar la pluralidad de enfoques, y cómo todos son perfectamente válidos de acuerdo a su propia metodología y punto de partida).

De esta manera, cada forma de comprehender la realidad (ciencias, filosofía, religión, etc) no hace más que recortarla, enfocándose en lo que la resulta de interés para resolver una pregunta, problema o desafío determinado.

Si esto es así, entonces se abre un espacio para la religión, que no depende de la apología ni de la irracionalidad ni del misticismo:

El homo religiosus debe recuperar su posición en el campo cognitivo. Ya no es la criatura emocional, tironeado por sentimientos oscuros y emociones efímeras; tampoco es el idealista ético en búsqueda eterna de aprobación y autoridad. Es un tipo cognitivo, que quiere tanto entender como interpretar. La realidad, en cuanto objeto hacia el cual el acto cognitivo se dirige, no puede ser solamente el dominio del científico y el filósofo, sino también del homo religiosus. Esto no significa que la religión tenga que repetir los errores de la Edad Media y competir con la ciencia. Solamente significa que el conocimiento no es el dominio exclusivo del teórico de la ciencia; la religión también tiene un acercamiento cognitivo a la realidad.

Noten algo importante: la religión, para Rab Soloveitchik, no es una cuestión emocional ni una simple búsqueda de autoridad moral. El hombre religioso es alguien que se enfrenta a la realidad de una manera determinada, con el objetivo de extraer de la misma algo determinado, y utiliza para ello una metodología distintiva. Noten que Rab Soloveitchik no está diciendo que hay que armonizar ciencia con religión, interpretando al texto bíblico para hacerlo conformar con los descubrimientos científicos contemporáneos: lo que está diciendo es que la religión tiene una forma propia de acercarse a la realidad, y que esta forma tiene que ser aceptada como un complemento al acercamiento del científico y del filósofo.

En pocas palabras, podemos resumir lo que hemos visto hasta ahora en las siguientes palabras: Rab Soloveitchik defiende un pluralismo metodológico, por el cual cada parcela de conocimiento y de la experiencia humana debe entenderse en sus propios términos.

Filosofía de la religión: un dominio cognitivo propio

¿Cuál es ese dominio cognitivo propio de la religión? Uno estaría tentado a pensar que la religión debe igualarse a la metafísica: se trata de rasgar el velo de la realidad material y comprehender las esencias que se esconden detrás de este mundo. Uno estaría tentado a pensar que la filosofía de la religión nos tiene que hablar de teología: de los atributos de D-s, de la Revelación Divina, de los misterios de la Creación, de lo que hay en el Mundo Venidero, de las maravillas del Jardín del Edén. Sin embargo, vamos a ver que Rab Soloveitchik plantea justamente lo opuesto:

El problema principal de la filosofía de la religión no es la teosofía ni la teología sino la compresión del mundo sensible. El homo religiosus no es solamente teocéntrico sino también ontocéntrico. No se preocupa por interpretar a D-s en los términos del mundo sino al mundo en los términos de D-s.

La filosofía de la religión, entonces, no es especulación metafísica, teología ni teosofía. No se trata de la idea de D-s o el alma, trascendentes e inmaculadas allá arriba y a lo lejos, flotando en el aire de los Cielos Superiores: Rab Soloveitchik dice explícitamente que nadie que haya rendido culto a D-s, ningún hombre religioso, ha aislado la idea de D-s de este mundo concreto. La filosofía de la religión nos habla de este mundo, no de mundos superiores: nos habla de nuestra experiencia diaria y concreta en este mundo que nos ha tocado vivir. La filosofía de la religión tiene que hablar de nosotros, de nuestras vidas y de nuestra experiencia cotidiana, no de entidades metafísicas supranaturales. La filosofía de la religión tiene que tomar los conceptos de la ciencia y reexaminarlos a la luz de un enfoque propio:

Todos los conceptos básicos de la realidad tienen que reexaminarse: la causalidad, el espacio, la cantidad, la calidad, la necesidad, etc van a asumir nuevos significados.

De nuevo: no se trata de decir que la ciencia está equivocada sino de redescubrir una nueva perspectiva de conceptos familiares, enriqueciendo así nuestra visión del mundo. La religión no está en contra de la ciencia ni la religión está en contra de la religión; pero tampoco hay que intentar una síntesis, falseando así las conclusiones particulares de una o la otra. Hay que mantener la distinción para así comprender a cada una en su justa medida: hay que verlas como complementos, no en el sentido de que se unen y fusionan, sino en el sentido de que, separadas, echan luz a distintos aspectos de una realidad con múltiples dimensiones.

Un caso concreto: la teoría de la evolución

Veamos un ejemplo concreto de tensión entre la Torá y la ciencia: todos sabemos que la teoría de la evolución, que postula que todos los seres vivos que habitamos la Tierra tenemos un antepasado común y que los seres humanos descendemos de los homínidos (¡no de los monos, por el amor de D-s!), se contradice frontalmente con el relato Bíblico de la creación del hombre. También sabemos que, de acuerdo a la evidencia disponible, la teoría de la evolución tiene altas probabilidades de ser cierta, por lo que argumentar en contra de ella parece ser bastante desacertado. Además, la definición del estatus científico o no de la teoría de la evolución debería ser asunto de la ciencia, no de la religión. Rab Soloveitchik habla respecto al tema en The Emergence of Ethical Man:

Uno de los hechos científicos más complicados al que el homo religiosus moderno se enfrenta y trata vanamente de armonizar con su creencia es la así llamada teoría de la evolución. En nuestro idioma cotidiano, llamamos a esta antinomia “evolución versus creación”. Esta frase no refleja correctamente el meollo del problema, porque el asunto no gira en torno a la creación Divina y el mecanismo de la evolución. Podríamos encontrar una solución a esta controversia. Lo que es teóricamente irreconciliable es el concepto de hombre como portador de la imagen Divina con el del hombre como igual a las plantas y los animales. En otras palabras, la autonomía óntica o la heteronomía del hombre es el problema.

Fíjense que Rab Soloveitchik no critica a la ciencia, ni dice que la teoría de la evolución esté equivocada porque contradice el relato Bíblico. Lo que hace es diferenciar entre la teoría científica y la enseñanza moral que podemos extraer de ella: la primera no es dominio de la religión; la segunda sí. Dicho de otra manera, discutir que la teoría de la evolución tiene que ser mentira porque contradice una lectura literal de la Torá es una tontería: sencillamente, es no comprender que ciencia y religión tienen distintas metodologías y ven la realidad desde puntos de vista diferentes. Sin embargo, lo que no es negociable desde el judaísmo es que el hombre está hecho a imagen y semejanza de D-s (esta proposición, por otra parte, tampoco es dominio de la ciencia: ningún científico que se precie intentaría investigar el alma o D-s porque están más allá del dominio de la ciencia). Es interesante que, en otro contexto, Rab Soloveitchik rescata una enseñanza moral positiva de la teoría de la evolución: que el ser humano es parte de la naturaleza, y no es un ser separado de las plantas y los animales sino parte de un cosmos abarcativo. Para que se entienda mejor el enfoque de Rab Solovetchik, podemos pensar que él piensa que discutir la teoría de la evolución en función del relato Bíblico es erróneo; lo que hay que discutir son las enseñanzas morales negativas que podemos extraer de la teoría de la evolución, como el darwinismo social, y proponer enseñanzas morales-religiosas positivas. Estas enseñanzas morales son extra-científicas: ni el darwinismo social ni la idea de que el hombre está hecho a imagen y semejanza de D-s son ciencia.

Ciencia, fe y valores

Al principio de su libro más conocido, La soledad del hombre de fe, Rab Soloveitchik escribe una reflexión interesantísima que nos va a ayudar a profundizar en el asunto de “religión vs ciencia”:

Nunca me ha preocupado realmente el problema del enfrentamiento entre la doctrina bíblica de la creación y la narración científica de la evolución, tanto en el nivel cósmico como en el orgánico, ni tampoco me ha perturbado la confrontación entre la interpretación mecanística de la mente humana y el concepto bíblico espiritual del hombre. La imposibilidad de encajar el misterio de la revelación dentro de la estructura del empirismo histórico no me deja perplejo. Más aún, ni siquiera me han inquietado las teorías de la crítica bíblica que contradicen los propios fundamentos sobre los cuales descansan la santidad y la integridad de las Escrituras. No obstante, a pesar de que las oposiciones teóricas y las dicotomías nunca han atormentado mi pensamiento, no he podido desalojar esa sensación inquietante de que el papel práctico del hombre de fe dentro de la sociedad moderna es realmente difícil y, más aún, paradójico.

Rab Soloveitchik es claro: los descubrimientos científicos no lo perturban. Ni la teoría de la evolución ni la teoría del Big Bang ni las modernas teorías de la neurociencia ni la crítica bíblica son problemas existenciales para el judío comprometido con la Torá y las Mitzvot. Estas oposiciones teóricas no son relevantes desde el punto de vista práctico: lo que aqueja al hombre de fe en la sociedad moderna no es un problema intelectual sino uno existencial. La discusión no debe ser la validez de una teoría científica porque la religión no tiene nada para decir de la ciencia en cuanto ciencia (sí, como dijimos antes, tiene mucho para decir cuando extraemos enseñanzas extra-científicas).

Más adelante veremos con más detalle algunas de las ideas principales de La soledad del hombre de fe porque nos van a servir para entender mejor la concepción de Rab Soloveitchik con respecto al sionismo, pero por ahora digamos que Rab Soloveitchik hace una lectura de la creación del hombre muy interesante: transforma a Adán y Eva en símbolos, arquetipos y metáforas. Como judíos, cuando leemos la Torá, no nos importa la verdad histórica sino la enseñanza que podemos extraer del texto: a partir del análisis literario y una lectura atenta, Rab Soloveitchik destaca que la Torá no viene a decirnos que el primer hombre se llamó Adán e hizo tal o cual cosa (eso sería trivial), sino que viene a enseñarnos una lección para cada uno de nosotros. De nuevo: el dilema es existencial, no intelectual.

En la próxima entrega, veremos la crítica de Rab Soloveitchik a la filosofía judía moderna y su lectura de Maimónides (que busca, en parte, remediar lo que ve de negativo en sus contemporáneos).

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3 comentarios en “Rab Joseph Dov Soloveitchik (parte 5)

  1. Te felicito por otro trabajo bien hecho. Considero especialmente conmovedor tu relato de como compraste el libro del Rav y encontró allí algo que habló a tu alma. He leído varias cosas sobre Rav Soloveichik, pero no he leído ninguno de sus libros. Quizá uno de estos días…

    Lo que me ha ocurrido leyendo tu ensayo es que la filosofía de *Torá Umadá* en general, y del Rav Soloveitchik en particular, principalmente tiene poder de atraer personas como tú que nacieron y crecieron en un ambiente ortodoxo pero que también anhelan y respetan conocimientos seculares. A lo que voy es que me parece poco probable que un judío no practicante o – menos aún – un ateo convicto decida abrazar la fe de sus antepasados luego de leer algún libro de Soloveitchik. Al contrario, lo que más atrae la mayoría de *baale tshuva* parece ser el elemento emotivo y primitivo del judaísmo que los lubávitcher tan bien encarnan y expresan.

    Bueno, estaré pendiente de las próximas entregas de tu ensayo.

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    • Hola Robert:
      Te agradezco por tus comentarios. Siempre son interesantes.
      Gracias a la tecnología, hoy podemos acceder a un montón de cosas: la forma más fácil de leer a Rab Soloveitchik es la página de Masuah (http://masuah.org/). Bajo la pestaña “Filosofía y preceptos” hay libros y ensayos de Rab Soloveitchik. Si no, en la página de Tradition (http://traditionarchive.org/), la revista más importante de la ortodoxia moderna en Estados Unidos, podés buscar a un costado y van a aparecer varios ensayos (en inglés); incluso en la página de Majshavot (http://majshavot.org/index.php?/revistas/buscador), la revista del Seminario Rabínico Latinoamericano, hay un par de ensayos de Rab Soloveitchik. Todo eso sin ir a una librería y en la comodidad de tu casa ;).
      Tu punto con respecto al público que se siente atraído por Rab Soloveitchik es válido: no está haciendo kiruv. Estoy pensando en tu planteo y me parece correcto: conozco gente que hizo Teshuvá y después leyó a Rab Soloveitchik y le gustó pero no conozco a nadie que haya hecho Teshuvá leyendo a Rab Soloveitchik. Por otro lado, me parece que un ateo convencido o un judío no practicante pueden disfrutar de la lectura de Rab Soloveitchik y aprender mucho (aunque estén completamente en desacuerdo con sus premisas), mientras que no sé si se puede decir lo mismo de otros pensadores judíos ortodoxos.

      Saludos!

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