Moses Mendelssohn (parte 5)

Contrato social y judaísmo

Ya hablamos en la primera parte de nuestro gran artículo sobre Mendelssohn del contractualismo, aquella teoría que justificaba la existencia del Estado como un emergente de un contrato social: los individuos se unen, dejan de estar en estado de naturaleza y delegan parte de sus derechos a un soberano que gobierna por encima de ellos y del cual emanan los poderes estatales. Dependiendo del autor, este soberano puede ser el rey, la voluntad popular, el parlamento, etc.

Moses Mendelssohn acepta plenamente la teoría del contrato social. De hecho, está en la base de su concepción del Estado y las relaciones entre religión y política. Es más, hay varios autores contemporáneos que plantean una similitud entre la entrega de la Torá y el contrato social moderno: hay una aceptación mutua de deberes y responsabilidades, por las cuales un pueblo pasa de un estado primitivo a uno más civilizado. La Revelación en Sinai puede ser pensada como un pacto entre D-s y el pueblo de Israel, por el cual D-s eligió al pueblo de Israel y éste se comprometió a cumplir con la Torá. Sin embargo, Mendelssohn utiliza la teoría del contrato social para poner límites al poder de las autoridades religiosas y precisamente remarca que no aplica a D-s. Veamos…

Todo derecho surge de una necesidad. Por ejemplo: existe el derecho a la propiedad porque existe una necesidad de mantener nuestras posesiones. Y todo derecho, a su vez, implica una obligación. Mi derecho a la propiedad implica que vos no debés robar mis cosas. Todo perfecto, ¿no? Hasta aquí, nada raro. Lo original de Mendelssohn viene después: él nos dice que D-s, al ser omnipotente, no tiene necesidades. Por lo tanto, tampoco tiene derechos. Si no tiene derechos, entonces no es posible realizar un contrato con D-s: los contratos solo pueden existir entre entidades (personas, instituciones, Estados, etc) pasibles de derechos. Si D-s no puede tener derechos (y, según Mendelssohn, no puede por la misma definición de D-s como omnipotente y, por ende, carente de necesidades), entonces tampoco puede existir un pacto/contrato entre D-s y el pueblo de Israel. Si es así, ¿en qué se basa el judaísmo? ¿Por qué cumplir con la Torá?

Mendelssohn argumenta que la obligación de cumplir con la Torá no deriva de un pacto ni de un contrato sino del amor a D-s. Como en la base del judaísmo hay amor a D-s –y no un imperativo del tipo “si no me hacés caso, te vas a ir al infierno” ni un contrato legal-, no hay base contractual para el uso legítimo de la fuerza: la coerción religiosa, según Mendelssohn, se contradice con la base misma de la religión, que es el amor a D-s, no la realización de un contrato legal en el que se calculan costos y beneficios y se decide en función de estos. Al estar basada en el amor, es una cuestión personal: cada individuo por separado decide si quiere o no entablar una relación de amor con D-s. Cualquier tipo de imposición por la fuerza de una religión es perjudicial y una tergiversación del judaísmo original.

Hay una dificultad. En un momento histórico, la Torá estuvo inserta en un marco legal coercitivo basado en un contrato social (y, por lo tanto, legítimo): en la época bíblica, cuando el pueblo judío tenía un Estado propio, los judíos debían obedecer los imperativos de la ley religiosa porque había un Estado derivado de un contrato social. Con la destrucción del Beit Hamikdash, este marco legal se derrumba: los judíos cumplen con la Torá por amor a D-s, no por imposición coercitiva. En la actualidad, como los Estados nacionales son legítimos porque surgen de un contrato social, los judíos deben obedecer las leyes de los mismos. Por supuesto, esto es así en la medida que sean legítimos. Es decir, que no se rompa el contrato social. Así, los judíos obtendrán la tan ansiada ciudadanía y serán pasibles de derechos civiles como cualquier otro miembro de un Estado nacional moderno.

Me quiero detener unos momentos en este punto. Hay una vacilación de Mendelssohn aquí: por un lado, afirma que las obligaciones religiosas no tienen nada que ver con el contrato social; por el otro, dice que en los tiempos bíblicos el pueblo judío, al tener un Estado, regulaba sus obligaciones religiosas mediante un contrato social. Creo que la contradicción puede resolverse de la siguiente manera: en un mundo ideal, Mendelssohn considera que las autoridades religiosas no deben tener poder coercitivo. Su judaísmo ideal, aquel judaísmo original perfecto que nos fue entregado en el monte Sinai, no les da a las autoridades religiosas el derecho al uso de la fuerza. Sin embargo, por circunstancias históricas, esto se modificó y las autoridades religiosas “usurparon” ese derecho, utilizando a la fuerza como un método disciplinador. En el judaísmo ideal de Mendelssohn no hay lugar para la fuerza ni la coerción: cosas como la pena de muerte, los castigos físicos o las multas son males necesarios para regular el orden social pero no tienen nada que ver con la religión. Frente a la objeción obvia de que en la Halajá todas estas cuestiones están codificadas legalmente, supongo que Mendelssohn respondería que no debería ser así; y que si las cosas son de esta manera, esto es fruto de circunstancias históricas, pero no porque esencialmente así deba ser el judaísmo.

Tolerancia: universalismo y particularismo

Cuando Mendelssohn argumenta que las autoridades religiosas no deben tener derecho al uso legítimo de la fuerza, está intentando enviar un mensaje de tolerancia. Específicamente, él quiere eliminar la excomunión. Es decir, el derecho de cualquier comunidad o institución religiosa de expulsar a un miembro mediante el uso de la fuerza. Probablemente inspirado en el caso de Spinoza, que al día de hoy sigue generando debates intensos e interminables, Moses Mendelssohn busca abolir la excomunión. Es más, él argumenta que en el judaísmo original no había excomunión, y que esta prerrogativa fue un surgimiento tardío. En esencia, según Mendelssohn, el judaísmo es una religión tolerante tanto al interior como al exterior: al interior, porque no hay excomuniones; al exterior, porque no hay proselitismo. En ese sentido, Mendelssohn marca una diferencia del judaísmo con respecto al cristianismo: los judíos no intentamos evangelizar a nadie ni convencer al mundo de que nuestra religión es la única verdadera ni pensamos que no hay salvación fuera de nuestro círculo reducido. Al contrario, aceptamos y damos la bienvenida a las diferencias.

Mendelssohn dice que el pueblo judío no está preocupado por la fuerza ni el poder. Ahora bien, ¿esta falta de poder político es parte constitutiva del judaísmo o un derivado indeseado de la situación diaspórica actual y, por ende, corregible? Dicho de otra manera, ¿el programa de tolerancia de Mendelssohn es una reforma radical o una vuelta a las bases del judaísmo?

El proyecto de Mendelssohn es, ante todo, educativo: se trata de corregir la tolerancia interna (eliminar la excomunión, abrir paso a un cierto pluralismo dentro de la comunidad judía, aceptar a aquellos que no cumplen la Torá al pie de la letra como parte integrante del pueblo judío) para luego trabajar sobre la tolerancia externa (que judíos y cristianos se acepten como pares).

Mendelssohn ejemplificó este ideal con su propia vida. Muchas veces se comenta su relación con Lessing, de quien era un gran amigo, como un modelo de relaciones amistosas entre un judío y un cristiano, los dos orgullosos de su religión pero respetuosos de sus diferencias también.

Creo que una posible objeción al planteo de Mendelssohn es discutir el mito de la unidad de las religiones monoteístas. ¿Verdaderamente podemos decir con honestidad que “todos creemos en el mismo D-s” o que “en el fondo, todos buscamos lo mismo”? Sé que entro en un tema espinoso y que da para largo. No es mi intención discutirlo en detalle. Solo quiero resaltar que tolerancia no es lo mismo que respeto, y que el amor puede surgir de la diferencia; que hay que tener mucho cuidado para no confundir aceptación del Otro con dilución de las diferencias; y que el diálogo entre iguales es sencillo, lo difícil es el diálogo entre distintos.

También creo que podemos encarar el problema desde otro lugar, considerando las diferencias entre un enfoque “católico” y otro “protestante” (para más detalles, vean el artículo sobre Yeshayahu Leibowitz). En términos sencillos, un enfoque católico parte de una concepción holística, en la que la religión ocupa todas las esferas de la vida, mientras que un enfoque protestante distingue entre la esfera privada y la esfera pública, enfatizando que la religión es una cuestión personal e individual. Cualquier semejanza con el planteo de Mendelssohn… ¿es pura coincidencia? Evidentemente no. Mendelssohn vivió en Alemania, la cuna del protestantismo, y es obvio que está pensando en estas cuestiones cuando plantea sus ideas.

¿Por qué ser judío?

¿Por qué ser judío? ¿Por qué mantener la cultura judía? Si todo el objetivo del hombre en esta tierra es ser feliz, disfrutar de la vida y ser buena persona, ¿para qué ser judío? Mendelssohn considera que todo individuo forma parte de una tradición cultural: no nacemos en un vacío sino que, desde que llegamos a este mundo, somos criados en un contexto cultural determinado. La cultura tiene un aspecto teórico y formal (la Aufklärung o Ilustración) y un aspecto práctico (la Kultur o cultura, en el sentido de prácticas nacionales civilizatorias). Estas dos facetas de la cultura forman la Bildung, la educación y formación del individuo, que crece espiritualmente mediante el cultivo de sus potencialidades físicas, psicológicas, intelectuales y emocionales. Los judíos nacemos en una cultura determinada, la cultura judía, y ésta nos nutre, nos educa, nos cultiva y nos hace crecer como individuos: nos formamos como seres humanos dentro del judaísmo porque cargamos con la herencia cultural judía.

Por otra parte, Mendelssohn argumenta que toda tradición religiosa basada en una Revelación (como lo es el judaísmo) tiene en su raíz una “confianza” del individuo en la autoridad del testimonio dado por aquellos que presenciaron la Revelación. Si nosotros como judíos aceptamos la verdad histórica de la Revelación en el monte Sinai, es porque nuestros antepasados nos narramos esta historia: confiamos en que nuestros abuelos, y los abuelos de nuestros abuelos, no mienten. Esta confianza en la tradición, y sus transmisores, es un reflejo, a escala de una comunidad religiosa particular, de la confianza en el sentido común que comparten todos los seres humanos.

Siguiendo el argumento hasta el final, Mendelssohn propone una fórmula interesante: dice que es razonable para nosotros confiar en nuestra tradición. Pero también es razonable para un budista confiar en su propia tradición. Todo individuo que ha recibido una tradición religiosa actúa de manera razonable si prefiere confiar y creer en las verdades y creencias de su propia tradición religiosa, si es que éstas no son irracionales. Dicho de otra manera, entre dos creencias aparentemente igual de válidas, es preferible aceptar la que proviene de nuestra tradición, y no de la ajena.

Como ven, Mendelssohn nos propone un camino de tolerancia mutua. Decir hoy, en pleno siglo XXI, que los miembros de distintas religiones deberíamos respetarnos mutuamente y aceptar nuestras diferencias pareciera ser una obviedad y un lugar común. Más allá de la intolerancia (que existe en todos los sectores, ¿quién puede negarlo?), hoy es políticamente incorrecto salir a decir que una religión es más “verdadera” que otra. El planteo de Mendelssohn fue tan exitoso que lo hemos asumido como natural y como parte del sentido común. Sin embargo, no lo es: es una construcción de los últimos doscientos años. Una construcción hermosa de la sociedad occidental. Una construcción que parece estar en peligro. Por eso la importancia y la vigencia de Mendelssohn: nos muestra un camino posible para aceptar al Otro en su diferencia y su Otredad.

Seguiremos con Mendelssohn (¡esto no termina más!) en próximas entregas.

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