Moses Mendelssohn (parte 1)

El Sócrates judío

Moses Mendelssohn nació en 1729 y falleció en 1786. Vivió toda su vida en Alemania y fue el precursor más importante de la Haskalá (Iluminismo judío). Fue un filósofo famoso y reconocido, un firme defensor del Iluminismo, un activista por los derechos civiles de los judíos y un educador. Para que se den una idea de su importancia como pensador, ganó un concurso de filosofía, dejando en segundo lugar a Kant (¡sí, a Kant!). Para muchos historiadores es el primer “judío moderno”; para muchos judíos, sirvió y sirve de inspiración como un ejemplo de integración entre judaísmo y cultura general. En tiempos de hostilidad al judío y el judaísmo por parte de la sociedad alemana, se codeó con los grandes filósofos y artistas de la época (era muy amigo de Lessing, por ejemplo) y llegó a ser respetado por los intelectuales y el pueblo llano. Sin embargo, esta misma apertura ocasionó que sea visto con recelo por reaccionarios y conservadores (tanto judíos como no judíos), que lo veían como un elemento revolucionario, que rompía con el orden y la armonía de la sociedad.

A pesar de la imagen difundida de Mendelssohn como un reformista ajeno al espíritu del judaísmo histórico, escribió varios libros en hebreo y tradujo y comentó la Torá. Ya hablaremos más tarde de la recepción de Mendelssohn por parte de los distintos movimientos religiosos (ortodoxos, conservadores y reformistas) y políticos (sionistas, pro derechos civiles y reaccionarios).

El Estado liberal moderno

Hablamos muchas veces de la Emancipación de los judíos europeos: vimos cómo el surgimiento del Estado liberal moderno trajo a primera plana la cuestión de los derechos políticos, económicos y sociales de los judíos y cómo esta cuestión causó divisiones y luchas políticas de toda índole. Este proceso es complejo y tuvo sus particularidades en cada país: Rusia no es lo mismo que Alemania, ni estos dos se parecen a Inglaterra.

A grandes rasgos, sin embargo, se puede plantear lo siguiente:

El Estado liberal moderno está basado en el contrato social, por el cual los individuos deciden salir del estado de naturaleza y formar una comunidad política, delegando parte de sus derechos naturales a un soberano para que éste regule y controle a la sociedad mediante leyes y normas. Según esta concepción liberal, el ser humano, naturalmente, es solitario e individualista: para poder vivir con otros seres humanos, necesita ordenar de alguna manera sus relaciones con estos y limitar sus acciones. De otra manera, los individuos se matarían unos a otros. Para evitar este peligro, crean una comunidad política: de la libre unión entre individuos surge el Estado, que encarna la voluntad conjunta de estos individuos asociados. Más allá de las diferencias puntuales entre los diferentes contractualistas (o sea, entre los distintos filósofos que defendieron la idea del contrato social), lo relevante es que en la base de su argumentación está el individuo, y no la comunidad: el individuo aparece, en el hilo argumentativo, primero. Es por ello que los derechos de primera generación (a veces llamados también “derechos burgueses”) son los relacionados con el individuo: el derecho al comercio, a la libertad de expresión y a la libertad de culto son quizás los más importantes. Por otro lado, este Estado liberal moderno se caracteriza tener el monopolio de la fuerza: es el único con autoridad legal y legítima para imponer multas y castigos a aquellos que transgreden la ley.

Ahora bien, la pregunta es la siguiente: ¿cuál es la situación legal del judío y de la comunidad judía? ¿Los judíos, en cuanto individuos, deben tener los mismos derechos que los cristianos? ¿La comunidad judía, en cuanto tal, tiene derechos? ¿Qué ocurre con la autonomía de la que gozaba la comunidad judía para dirimir sus propios asuntos, al menos en cuestiones religiosas? ¿Es compatible la existencia de una comunidad judía autónoma con las instituciones de un Estado liberal moderno? A nivel más general, ¿cuáles deberían ser las relaciones entre Iglesia y Estado?

Recordemos que durante la Edad Media prevaleció una concepción política según la cual la Iglesia debía estar por encima del Estado, velando porque se siga la moral y el dogma católicos. Según esta concepción, el papa era una autoridad por encima de los reyes, y podía y debía controlarlos, marcando mediante sus directivas los límites del poder del soberano estatal. Dentro de este esquema, se aceptaba, en teoría y aunque más no sea a regañadientes, que la comunidad judía tenía una cierta autonomía en asuntos religiosos: si dos judíos tenían una disputa legal, la resolvían en sus propios tribunales de justicia (en un Beit Din), y no en los tribunales eclesiásticos católicos. Dicho de otra manera, los católicos seguían el derecho canónico, mientras que los judíos seguían la Halajá. Cada uno seguía su propio sistema legal, y si bien es cierto que eran los católicos los que ostentaban el poder y la fuerza, también es cierto que, al menos en teoría, permitían que la comunidad judía maneje sus propios asuntos. Un ejemplo un tanto dramático de esto son los procesos de la Inquisición: dejando de lado el morbo, cuando se torturaba a un judío converso para que “confiese sus pecados”, no se hacía por gusto sino porque, según la propia ley eclesiástico, la Iglesia no tiene jurisdicción sobre un judío. Por lo tanto, para poder juzgarlo primero tenían que hacer que el judío se convierta al cristianismo. Por más ridículo que pueda sonar esto a nuestra sensibilidad moderna, es importante tenerlo presente: más allá del poder real de la Iglesia, había límites teóricos en su jurisdicción. Como nos explicaba una profesora de historia que tuve en el secundario: “Te decían: mi jurisdicción llega hasta el purgatorio. ¡Esos eran papas!”.

Caído este modelo medieval de la relación entre Estado e Iglesia por la Reforma y la aparición de liberalismo, surge el modelo moderno según el cual la Iglesia está supeditada al Estado. Es el soberano (ya sea el rey, la voluntad general o el parlamento) quien decide los límites del poder eclesiástico, y no a la inversa. Este modelo puede tomar dos formas básicas –y esto es esencial para entender muchas de las discusiones en torno a Mendelssohn-:

  • El soberano es la cabeza de la Iglesia.
  • El soberano y la Iglesia no tienen nada que ver.

Pongamos como ejemplo del primer caso al anglicanismo. Según este grupo cristiano reformista, la autoridad religiosa en Gran Bretaña es el mismo rey, y no el papa.

Un ejemplo del segundo caso pueden ser los pietistas luteranos, que planteaban que la Iglesia debía ser independiente del Estado y que había que tener una vida virtuosa (según las enseñanzas de su Iglesia, evidentemente) al margen del poder estatal y del gobierno.

En los dos casos, como pueden ver, la relación entre Estado e Iglesia es muy distinta a la planteada en la Edad Media: en los dos modelos, el Estado se independiza de la Iglesia. Si lo prefieren en otros términos, se crea un espacio para una política secular, no religiosa, y, por lo tanto, por encima del cristianismo.

Recuerden que aquí estamos hablando del Estado liberal moderno, desde el siglo XVIII hasta principios del siglo XX, que no es exactamente el mismo que el Estado de bienestar europeo de la posguerra (después de la Segunda Guerra Mundial), con los derechos sociales asociados al trabajo. Acá estamos hablando de derechos individuales: el individuo siempre prevalece por sobre lo social y lo comunitario. Esto es importante para entender en qué contexto intelectual, político, cultural y económico se mueve Moses Mendelssohn.

El Iluminismo

Moses Mendelssohn escribió un ensayo titulado ¿Qué es el Iluminismo? en el que intenta responder a esa misma pregunta.

Antes de entrar a ver qué es lo dice Mendelssohn, una breve explicación sobre el Iluminismo para aquellos que no sepan de qué estoy hablando: el Iluminismo o Ilustración es el movimiento intelectual más importante del siglo XVIII, que privilegiaba el uso de la razón y atacaba a la religión tradicional y las instituciones feudales por oscurantistas y atrasadas y que tuvo su culminación en la Revolución Francesa. Sin dar demasiadas vueltas, digamos las cosas claras: el Iluminismo está en la base del pensamiento moderno y es el punto de partida para entender los últimos doscientos cincuenta años de la historia mundial.

En la época de Mendelssohn ser un Iluminista era ser un intelectual progresista, que intentaba cambiar el sistema político y el clima cultural europeo. La pregunta sobre qué era y qué no era el Iluminismo era candente (y, en algunos sentidos, lo sigue siendo): ¿cuáles son los límites del Iluminismo? ¿Qué pretendemos nosotros, los Ilustrados? ¿Qué estamos dispuestos a hacer? ¿Somos una elite o debemos expander nuestras actividades para llegar al pueblo llano? Estas eran preguntas urgentes, y los intelectuales debía responderlas con contundencia y tomar posición.

Mendelssohn considera que el Iluminismo es una cuestión cultural y educativo, y no tan solo política. En sus palabras:

Un estado de mente “iluminado” es para el desarrollo personal lo mismo que la teoría a la práctica, el conocimiento a la moralidad y la crítica al gusto.

Dicho de otra manera, la persona “Iluminada” o “Ilustrada” es aquella que tiene un conocimiento crítico de las cosas, y que utiliza este conocimiento crítico para examinarse a sí mismo. Noten que Mendelssohn escribe explícitamente que el Iluminismo no es una cuestión política (liberarse de la tiranía o tener un gobierno democrático, por ejemplo) sino que es una cuestión de desarrollo personal: si lo prefieren, de espiritualidad o crecimiento personal. Es un estado de la mente, una forma de pensar y sentir que nos hace relacionarnos con D-s, el mundo y otros seres humanos de una manera distinta de la “común”.

¿Cómo se “ilumina” a una nación?

Un idioma se “ilumina” a través de la ciencia, pero se cultiva a través de la poesía, la elocuencia y los modales. Por el primero se acerca a los objetos de la teoría, y por el segundo a aquellos de la práctica. Entre los dos dan al idioma esa cualidad que se denomina civilización.

Creo que en la “ciencia” Mendelssohn incluye no solo las ciencias exactas, naturales y sociales sino también la metafísica (en su forma “crítica”, tal como él la entiende; más sobre esto en la próxima parte del artículo). Lo importante es que Mendelssohn considera que hay que hacer un esfuerzo educativo para transmitir los ideales del Iluminismo y que estos ideales deben expresarse en la práctica.

En este sentido, Mendelssohn polemiza con aquellos que confinan al Iluminismo a un simple movimiento político, igualando a las luchas por los derechos civiles y la ciudadanía. Por el contrario, Mendelssohn es consciente de que puede haber contradicciones entre el individuo en cuanto tal y el individuo en cuanto ciudadano:

La “Ilustración” de un individuo puede no ir de la mano con la del ciudadano. Muchas verdades que son útiles para el individuo en cuanto tal pueden ser perjudiciales para él en cuanto ciudadano. Aquí debemos valorar las consecuencias (…) Sin la condición esencial de los ciudadanos, la constitución política de la sociedad dejaría de existir….

En otras palabras, hay que intentar mantener el equilibrio, y no propiciar un Iluminismo desaforado, que se lleve por delante el orden de la sociedad. Es decir, Mendelssohn está a favor de una evolución gradual y sostenida, antes que de una revolución brusca. Siguiendo con esta misma línea, escribe:

Infeliz el país en donde la condición esencial del hombre no está armonizada con la condición esencial del ciudadano, en donde el grado de información que es necesario para cada hombre no puede ser enseñado a todas las clases sin poner en peligro la constitución política.

Es decir, no debería haber contradicción entre lo que el hombre conoce y lo que puede conocer de acuerdo a su origen social. Es obvio que Mendelssohn está pensando en su propia experiencia: nacido como judío en una época en la que eso significa estar excluido de los círculos de la alta sociedad, se hizo lugar en ella a base de esfuerzo.  La extensión de los derechos civiles debe hacerse de manera tal que no impida que aquel que lo desee pueda ilustrarse, ampliar sus conocimientos y llegar a ser un “Iluminado”. Más sencillo: el sistema político no tiene que poner trabas para el desarrollo personal del individuo.

De esta manera, para Mendelssohn es una cuestión de cultura y de educación, no simplemente una cuestión política. Una vez más, tal como vimos con Rosenzweig o Isaac Breuer, hay un énfasis en lo que los alemanes llaman “Kultur” y “Bildung”. La primera es la cultura, algo así como una civilización nacional, que dicta los términos en los que se relaciona la alta sociedad con la cultura. La segunda es la educación sentimental (por ponerle un nombre): es el camino por el que pasa el niño para convertirse en un hombre educado, mediante la lectura de los clásicos y el desarrollo de su carácter.

En la próxima parte veremos el contexto de la filosofía alemana en vida de Moses Mendelssohn, hablaremos de la Haskalá (Iluminismo judío) y del proceso de Emancipación de los judíos europeos. Luego, en próximas entregas, nos meteremos de lleno en el pensamiento filosófico de Mendelssohn, en su concepción del judaísmo, en la recepción de su obra en distintos sectores del pueblo judío y -como siempre- en los elementos “sionistas” (protosionistas, más bien) de su obra.

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