Rab Ovadia Yosef (4)

Los Beta Israel

Decía en los artículos anteriores sobre Rab Ovadia Yosef que lo que más me interesa de su vastísima trayectoria es la intersección entre Halajá y poder. O si lo prefieren, entre religión y política. Este enfoque es una consecuencia de la temática de este blog, y no quiere decir que sea lo único importante (ni lo más importante) a la hora de escribir sobre Rab Ovadia Yosef. En este último artículo sobre este enorme rabino del siglo XX, voy a mostrar dos casos de decisiones halájicas innovadoras de Rab Ovadia Yosef que tuvieron fuertes consecuencias políticas. Después plantearemos directamente una pregunta que viene sobrevolando esta serie sobre Rab Ovadia, así como los artículos de Albert Memmi y Saadia Marciano: ¿existe un sionismo específicamente sefaradí?

Ahora sí, empecemos.

Como ustedes sabrán, los Beta Israel son los judíos de Etiopía. Su historia es de novela: apartados del resto del mundo judío por una cuestión geográfica, vivieron hasta principios del siglo XX una existencia independiente, convencidos de que eran los únicos judíos del mundo. Desarrollaron sus propias costumbres y leyes religiosas: desconocían absolutamente todo lo relativo al “rabinismo” y la Halajá. Hay mucha discusión entre los historiadores sobre los orígenes y antigüedad de los Beta Israel: algunos dicen que son un remanente de una de las diez tribus perdidas o que son descendientes del rey Shlomo; otros, que tienen un origen muy posterior y que son un grupo de etíopes cristianos que se apegaron al “Antiguo Testamento” y descartaron el “Nuevo Testamento”. La opinión más aceptada hoy en día es que hay un núcleo de judíos (o israelitas) genuinos, que mantuvieron sus costumbres, y otro grupo que se unió posteriormente a este núcleo y adoptó el judaísmo. Ahora bien, al haber tenido un desarrollo histórico independiente del resto del judaísmo, los judíos etíopes mantuvieron costumbres distintas al resto de los judíos: sus rituales de “Kashrut” son muy diferentes a los del resto, no tienen rabinos sino una casta sacerdotal (llamados “Kesim”), sus libros sagrados están escritos en un idioma propio (el Ge’ez) y realizan sacrificios animales, tal como se hacía en el Beit Hamikdash.

Cuando la judería mundial conoció la existencia de los Beta Israel se desató un debate intenso: ¿los Beta Israel eran judíos o no? ¿Tenían orígenes bíblicos reales o solo era una leyenda? A partir de la creación del Estado de Israel, con su propósito declarado de proteger y ayudar a todos los judíos del mundo, la respuesta a estas preguntas se hizo más urgente: ¿el Estado de Israel debía salvar a los Beta de Israel de su pésima situación cultural, económica y social o desatenderse del asunto? La situación se complicó todavía más cuando se desató la guerra civil etíope y el nuevo gobierno, comunista y apoyado por la Unión Soviética, empezó a perseguir a los Beta Israel y a tomar una postura fuertemente antirreligiosa. Como resultado de esta situación insostenible, el Estado de Israel debía tomar una decisión: ¿los Beta Israel eran, oficialmente, judíos o no?

Hagamos un parate. Hablemos de la Ley de Retorno. Esta ley dictamina que todo judío que se instala en el Estado de Israel puede obtener la ciudadanía israelí. Es una ley civil, no religiosa: la sancionó la Kneset (parlamento) israelí, no una autoridad rabínica. De hecho, en la década de 1970 se modificó la ley para incluir a toda persona que tenga al menos un abuelo judío, lo cual no encaja dentro de los cánones de la Halajá. Según la ley religiosa, solo es judío quien nace de vientre judío (o sea, si tu madre es judía, sos judío). Quiero que entiendan la diferencia: ya lo hablamos en otros contextos (como la prohibición de ascender al Monte del Templo) pero es fundamental resaltar que la ley civil israelí no tiene por qué coincidir con la ley religiosa judía.

Sin embargo, hay una institución estatal que media entre una ley y la otra: el Rabinato. Acá entra en acción Rab Ovadia Yosef. Como Gran Rabino Sefaradí, definir si los Beta Israel eran judíos entraba dentro de su jurisdicción. En 1975, escribió una sentencia halájica que dictaminaba que los Beta Israel eran descendientes de la tribu perdida de Dan y, por lo tanto, judíos. De esta manera, era responsabilidad del Estado de Israel velar por su seguridad y bienestar. Se hicieron varios operativos para rescatar a los Beta de Israel de Etiopía y llevarlos a Israel.

Detengámonos unos minutos en la decisión halájica de Rab Ovadia Yosef sobre la condición judía de los Beta Israel. Yo antes les decía que la ley civil israelí no tiene por qué coincidir con ley religiosa judía. Sin embargo, al existir una institución estatal como el rabinato, se genera una situación de interdependencia (al menos en algunos asuntos, como quién es judío o el matrimonio). Esta interdependencia es un ida y vuelta complejo: hay que compatibilizar dos sistemas legales completamente distintos. A fin de cuentas, el Estado de Israel es un Estado de derecho con un rabinato estatal, una mezcla peligrosa. En este caso, el status halájico de los Beta Israel definía la actitud oficial del Estado de Israel hacia ellos. Sin embargo, es indudable que el rabinato también fue presionado por determinados sectores políticos, que pretendían un fallo en un sentido u otro. Más allá del poder que pueda tener o no el rabinato, ese poder deriva del Estado y, por lo tanto, el rabinato está supeditado al Estado, y no a la inversa. Un debate que se escucha cada vez con más fuerza en Israel es el rol del rabinato: ¿debe haber una dependencia entre Estado y religión o una separación parcial o absoluta? ¿Puede haber un “Estado judío” definido en términos puramente seculares? ¿Se necesita de un rabinato estatal oficial para poder definir al Estado de Israel como “Estado judío” desde el punto de vista religioso?

El dictamen de Rab Ovadia Yosef fue polémico: muchos rabinos ashkenazim (entre ellos, Rab Moshe Feinstein y Rab Elazar Shaj) se opusieron al mismo. Algunos acusaron a Rab Ovadia Yosef de no ser riguroso en el uso de las fuentes y de guiarse por intenciones políticas. La discusión tenía consecuencias prácticas: ¿el Estado de Israel era responsable por el destino de los Beta Israel o no? Aún si el Estado de Israel decidía salvar a los Beta Israel, ¿estos debían convertirse al judaísmo o no? Esta misma discusión se dio en torno a los Bene Israel (judíos de la India) y se da hoy en día con respecto a los judíos soviéticos. Este último caso tiene su propia dinámica y particularidades: basta con decir que es fruto de la divergencia de la que hablaba antes entre la definición de ser judío según la Ley del Retorno (al menos un abuelo/a judío/a) y la Halajá (madre judía).

Cuando los Beta Israel llegaron a Israel, el choque cultural fue tremendo: venían de un país terriblemente atrasado (desde el punto de vista occidental) y llegaron a un país moderno y occidental. Si los sefaradim eran considerados ciudadanos de segunda por sus compatriotas ashkenazim, los judíos etíopes directamente eran considerados ciudadanos de tercera. Para colmo, su tradición milenaria, tan distinta del tronco del judaísmo rabínico, era vista como un problema para su integración a la población judía israelí. Muchos de los jóvenes israelíes descendientes de etíopes se desatendieron de su herencia religiosa y adoptaron un modo de vida secular: lo cierto es que sus líderes religiosos no estaban preparados para tamaño choque cultural y sus tradiciones quizás no pudieron acomodarse a las nuevas circunstancias.

Los Beta Israel se integraron a la sociedad israelí. Sin embargo, en este proceso de integración sufrieron pérdidas enormes: además de la secularización acelerada de la que hablaba antes, tuvieron que negociar con el judaísmo dominante (el rabínico). Acá entramos en otra discusión, de índole religiosa: ¿el judaísmo de los Beta Israel es un tipo de judaísmo genuino o no? Desde el punto de vista de la Halajá, varias de sus costumbres y leyes religiosas son inaceptables. La más notable de estas contradicciones es el ritual de sacrificar animales: mientras que esto está prohibido fuera del Beit Hamikdash (y, por extensión, en nuestros días) por la Halajá, los sacrificios animales son una parte importante del ritual de los Beta Israel. Desde el punto de vista normativa del judaísmo rabínico, esta ley religiosa de los Beta Israel debería ser desarraigada. Por otro lado, un Beta Israel apegado a su tradición puede aducir que esta es milenaria y argumentar que es, al menos, tan original como la rabínica. Así, algunos Beta Israel ven los intentos de acercamiento e integración por parte del establishment del judaísmo rabínico como una forma de coacción o de subyugación de la identidad étnica y religiosa etíope. Un ejemplo muy claro es el siguiente: en los últimos años, un grupo pequeño pero influyente de jóvenes judíos etíopes se formó en yeshivot y se recibió de rabino. Para algunos, esto es un gran logro y un paso necesario para una integración ordenada y pacífica; para otros, una contradicción insostenible: hablar de un “rabino etíope” no tiene sentido, porque entre los Beta Israel nunca existieron rabinos. Según esta segunda postura, todo etíope que decide ser rabino está abandonando la tradición de los Beta Israel. En relación a esto, hay una competencia intensa entre el sionismo religioso y la ultraortodoxia sefaradí por captar a estos jóvenes etíopes interesados en estrechar lazos con el judaísmo rabínico y llevar a la comunidad etíope hacia posturas más o menos sionistas y más o menos jaredim.

Todo esto tiene una repercusión importante en cómo ven los judíos etíopes a Rab Ovadia Yosef: para algunos, fue su coraje y valentía la que impulsó su salvación y le están eternamente agradecidos; para otros, su actitud es un falso paternalismo, que solo busca provocar una asimilación total de los Beta Israel y la desaparición de sus tradiciones.

Los Acuerdos de Oslo

Ya hablamos de los Acuerdos de Oslo en reiteradas oportunidaeds. Por si no tienen del todo claro de qué se trata, he aquí un breve resumen: entre 1993 y 1995 el gobierno israelí (liderado por Itzjak Rabin) y la Organización para la Liberación Palestina (liderada por Yasser Arafat) condujeron una serie de negociaciones que terminaron en la firma de acuerdos para implementar un programa de “tierras por paz” (Israel se retira de territorios ocupados y otorga autonomía a los palestinos a cambio de que la OLP deponga las armas). La amplia mayoría de los partidos políticos religiosos israelíes (tanto jaredim como datiim leumim) rechazaron los acuerdos: como expliqué en el artículo sobre Rab Zvi Yehuda Kook, hay un precepto religioso de mantener la soberanía judía sobre toda la Tierra de Israel. Casi todas las autoridades halájicas se oponen a cualquier tipo de retirada de territorios pertenecientes a la Tierra de Israel, aduciendo que esto va en contra de este precepto de soberanía. Vimos alguna excepción, como la de Rab Yehuda Amital. Hoy veremos otra: Rab Ovadia Yosef.

Antes de avanzar, quiero disipar un error: es común oír que Rab Ovadia Yosef permitió, con su dictamen, todo tipo de negociación de paz. No, Rab Ovadia Yosef puso límites claros. Su argumentación es bastante similar a la que planteó Rab Yehuda Amital: tenemos dos valores contrapuestos, vidas judías vs soberanía territorial. Como las vidas humanas son más importantes que la tierra, está permitido negociar para evitar derramamiento de sangre. Sin embargo, Rab Ovadia Yosef es claro: está permitido negociar si no hay ningún tipo de duda de que el acuerdo evitará guerras y muertes. Los dirigentes políticos, jefes militares y expertos de seguridad deben estar de acuerdo en que el acuerdo será duradero y sustancial y que se evitará una guerra inminente. De lo contrario, está prohibido cualquier tipo de negociación. Como ven, Rab Ovadia Yosef no da carta blanca para que cualquier negociación sea aceptable sino que pone límites muy claros: debe haber peligro de guerra inminente y los especialistas deben coincidir en que esta guerra será evitada si se renuncia a la soberanía territorial, llevando a una paz duradera. En relación a la mayoría de las autoridades halájicas, Rab Ovadia Yosef es más flexible y permisivo. Sin embargo, en términos políticos no es para nada una paloma.

Cuando los Acuerdos de Oslo debían ser refrendados en la Kneset, los representantes del Shas se retiraron del recinto, facilitando así su sanción parlamentaria. Fíjense: no votaron a favor ni en contra. Si el apoyo de Rab Ovadia Yosef hubiera sido irrestricto e incondicional, hubieran votado a favor. No lo hicieron: se abstuvieron. Por supuesto, esta abstención permitió que se aprueben los Acuerdos de Oslo, y esto obviamente estaba calculado de antemano, pero aún así marca la actitud de Rab Ovadia Yosef. Cuando estalló la Intifada, Rab Ovadia Yosef retiró definitivamente su apoyo al proceso de paz: recuerden que la condición para aceptar el programa de “tierra a cambio de paz” era que no haya ningún tipo de duda de que este causaría el fin de la guerra y una paz duradera. Por este mismo motivo, Rab Ovadia Yosef rechazó terminantemente la retirada unilateral de la Franja de Gaza: al no haber garantías de que esta llevase a resultados concretos, no había motivo alguno para apoyarla.

El “sionismo sefaradí”

Finalmente, llegamos al final de esta serie de artículos sobre Rab Ovadia. Quiero cerrar con un análisis sobre el “sionismo sefaradí”. Ya vimos varias veces que, al no haber tenido Haskalá ni Reforma, el tránsito hacia la Modernidad fue mucho menos traumático para los sefaradim que para los ashkenazim. Una de las consecuencias de esta transición “pacífica” (por así decirlo) es la menor fragmentación: no hay tanta atomización entre partidos, ideologías, corrientes y movimientos. En general, los sefaradim siguen una línea más o menos tradicionalista/religiosa y los quiebres entre seculares y religiosos son mucho menos marcados que entre los ashkenazim.

Una de las consecuencias de esto es que no hay tanta polarización en torno al sionismo: mientras que los jaredim ashkenazim son casi todos antisionistas, los jaredim sefaradim no lo son. Es clarísimo que tanto las autoridades rabínicas sefaradim como sus seguidores tienen una visión bastante positiva del sionismo: ven con buenos ojos la creación del Estado de Israel y lo consideran un enorme avance. Por supuesto, pueden criticar determinadas líneas ideológicas, leyes puntuales o algunas normas culturales israelíes pero no están, por principio, en contra de la existencia del Estado de Israel (lo cual es, en definitiva, la columna vertebral del sionismo).

Hay una famosa declaración firmada por importantes rabinos del siglo XX (entre ellos, Rab Ovadia Yosef) que afirma que la creación del Estado de Israel es un paso positivo para el pueblo judío. Esta declaración es usada como prueba por parte del sionismo religioso de que la mayoría de las autoridades rabínicas más importantes del siglo pasado apoyaron la creación del Estado de Israel. Esto es totalmente cierto. Sin embargo, otros intentan “probar” con esta misma declaración que los firmantes veían al Estado de Israel como el comienzo del proceso de Redención Mesiánica. Es aquí donde empiezan los problemas: hubo dos textos, y no todos los rabinos firmaron el mismo. Uno utilizaba la expresión “Atjalta deGueula” y el otro, la expresión “Kibutz Galuiot”. La primera expresión significa “Comienzo de la Redención” y tiene un tinte claramente mesiánico; la segunda expresión significa “Reunión de las Diásporas” y no tiene una connotación tan fuertemente mesiánica. Yo creo que la postura de Rab Ovadia Yosef (y de la mayoría de los sefaradim, dicho sea de paso) está más cerca de esta segunda fórmula: es indudable la importancia del Estado de Israel. Puede ser que estemos cerca de la Redención Mesiánica, pero esto quiere decir que YA estemos en la época mesiánica.

Una buena muestra de la ambivalencia de Rab Ovadia Yosef con respecto al sionismo (que, como decía, creo que es consecuencia de que los sefaradim no tienen esa cosa tan ashkenazí de definirse por un campo u otro) es el Shas: es el único partido político “jaredí sionista”. En 2010, se unió a la Organización Sionista Mundial. Me parece que podemos decir, entonces, que existe un sionismo sefaradí, mucho menos ideológico que el ashkenazí y menos revolucionario con respecto a la tradición.

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