Franz Rosenzweig (2)

Seguimos con Franz Rosenzweig. ¡Y todavía no llegamos al sionismo! Esto se está poniendo bastante más largo e interesante de lo que esperaba…

El judío moderno

En la primera parte de este artículo, terminábamos con las ideas de Rosenzweig sobre el pueblo judío como pueblo eterno. Dejé de lado en ese momento una cuestión muy importante, y que es fundamental para entrar de lleno en la obra judía de Rosenzweig: la idea del judaísmo como una decisión personal.

Hagamos un poco de historia antes de ponernos a filosofar. Al menos desde la destrucción del segundo Beit Hamikdash hasta la llegada de la Modernidad, de manera casi unánime el judaísmo fue definido como el cumplimiento de Mitzvot, en el marco de una comunidad dada: se era judío por nacer judío y llevar una vida judía, entendida ésta como el cumplimiento de la Halajá codificada en los códigos legales normativos (Mishná, Guemará, Shuljan Aruj, etc). Por supuesto, hubo desafíos externos (persecuciones, cruzadas, Inquisición, etc) e internos (el caraísmo, movimientos mesiánicos apocalípticos, etc) pero casi todos aceptaban como un supuesto implícito que el judaísmo se basaba en la Torá, que ésta era inamovible y que debía expresarse en una vida regida por la Halajá. Dicho de otra manera, si una persona intentaba discutir esto, quedaba automáticamente excluida del judaísmo, la comunidad judía y, por ende, del pueblo judío. Todo esto cambia con la llegada de la Modernidad: ahora se puede ser judío sin cumplir Mitzvot ni sentirse compelido a hacerlo. Millones de judíos en el mundo (de hecho, la amplia mayoría del pueblo judío) define su judaísmo en términos que nada tienen que ver con las Mitzvot ni la Halajá: lo ven como una cuestión étnica, cultural, ética y –por qué no- religiosa, pero no necesariamente legal ni normativa. Para simplificar: es recién en el siglo XIX que se empieza a plantear que se puede ser un buen judío sin cumplir Mitzvot. Hoy en día, la mayoría de los judíos del mundo se identifican como judíos sin sentirse obligados a cumplir la Torá. Antes, el límite entre un judío y un no judío era el cumplimiento de Mitzvot; hoy no. Como bien dice Rosenzweig:

(La Halajá) distingue a un judío del otro más que al judío del no judío.

Piénsenlo así: juntamos a un judío ortodoxo y a uno secular. Les preguntamos qué es el judaísmo. ¿Se van a poner de acuerdo? Seguramente no. Probablemente tengan visiones muy diferentes del judaísmo. Digamos que empiezan a discutir: que la esencia del judaísmo es esto y que la identidad judía pasa por aquello. Ahí está el nudo del problema:

Mientras uno sea, mientra se tenga ser, no se pregunta por la esencia. (Sobre la esencia alemana recién se habló profusamente durante la guerra, cuando se la puso en duda).

Cuando uno es judío (dicho de otra manera: cuando lo vive día a día, cuando respira judaísmo sin darse cuenta, cuando lo naturaliza al punto de la obviedad), no se pregunta qué es el judaísmo ni el porqué del judaísmo: se es y punto. Sin discusión, sin vueltas y sin debate. El problema del judío moderno es que no tiene ser. En palabras sencillas, que está alienado de su propio judaísmo porque ya no lo vive como una experiencia íntima y personal.

Pero, a pesar de todo esto, siguen existiendo judíos. ¿Por qué?

¿Qué mantiene o mantuvo junto al judaísmo alemán desde el comienzo de la Emancipación? ¿En qué se muestra la comunidad de la vida presente, que es lo único que puede portar el pasado superado en el futuro deviniente? La respuesta asusta. Desde la irrupción de la Emancipación hay sólo una cosa que unifica la vida de los judíos alemanes actuales, por decir así, en una ‘vida judía’: la Emancipación misma, la lucha judía por el derecho.

Desde la emancipación, hay varios caminos de ser judío: ortodoxia y liberalismo, sionismo y religión, y todo lo que está en el medio. Ya no hay una forma de ser judío. El problema es que todas estas formas, según Rosenzweig, tienen ventajas y fallos, pero ningún bando está dispuesto a dar el brazo a torcer y reconocer sus propios errores y limitaciones: ya no hay judaísmo sino judaísmos. Hay tantos judaísmos como judíos en el mundo. Lo único que une a los judíos entre sí no es el judaísmo sino la lucha por sus derechos.

Entonces, hoy el judaísmo es una decisión personal: puedo decidir cómo y en qué soy judío. Ortodoxo, reformista o conservador; liberal o tradicionalista; sionista o antisionista; secular o religioso, y podríamos seguir. Todas son opciones disponibles: desde este lugar, el judaísmo hoy es personal y único porque cada uno arma un judaísmo a la carta.

Judaísmo y germanismo

Bien. Hablamos de la Modernidad judía y explicamos el dilema de la identidad judía en la Modernidad (¿qué es el judaísmo? ¿qué es ser judío?) y explicamos que esto, para Rosenzweig, era una expresión de un problema profundo y radical del ser judío en nuestros tiempos. Como ya hablamos en este blog infinidad de veces, esto fue especialmente intenso en Alemania: allí, los judíos se integraron más o menos exitosamente en la sociedad civil, por primera vez desde el surgimiento de la civilización cristiana. El caso paradigmático es Moses Mendelsohn. Todos conocen la historia: Mendelsohn era un judío orgulloso de su identidad, que cumplía todas las leyes y mandamientos tradicionales, y que logró insertarse en la alta sociedad e intelectualidad de la época (¡le ganó a Kant en un concurso de filosofía!), pero la mayoría de sus hijos se asimilaron totalmente y rechazaron toda relación con el judaísmo. Mendelsohn puede ser visto desde dos ángulos muy distintos: como el gran héroe que mostró que se podía ser judío y moderno a la vez, o como el gran fracaso que mostró que la amalgama entre judío y moderno era imposible. Sea como sea, Mendelsohn pasó a ser el arquetipo de judío comprometido tanto con los valores particulares como universales y, simultáneamente, el del judío asimilacionista y su figura es clave para entender las discusiones intelectuales de la judería alemana.

Para la amplia mayoría de los judíos alemanes, incluidos los ortodoxos, el desafío era lograr una síntesis judeo-alemana, que mezcle lo mejor de estos dos mundos y que cree una cultura superior. Para Walter Benjamin, esto significaba que el judío debía estar en los márgenes de la cultura alemana, movilizándola y nutriéndola, para mejorarla; para Rab Hirsch, significaba que el judío debía tomar lo mejor de la cultura alemana y utilizarla para elevar su modo de vida, rechazando todos los aspectos negativos de esta misma cultura alemana según el filtro de la Torá. Hubo un grupo que criticó duramente la idea misma de una síntesis judeo-alemana: los sionistas. Gente como Gershom Scholem intentó demostrar que esa idea era un error: que si se es judío no se puede ser alemán, y viceversa. Sobre este tema, Rosenzweig escribe lo siguiente:

Hoy necesitamos menos de los libros. Y no más que nunca, pero sí como siempre, necesitamos de las personas. De la persona judía, por decir de una vez la consigna que hoy se trata de depurar del tufillo partidario que le es inherente. Pues no habría que entender este término en el sentido sólo aparentemente amplio, y en realidad demasiado estrecho, y casi diría “pequeñojudío”, en el que acaso quiere entenderlo un sionismo puramente político o incluso puramente nacional-cultural. Aquí más bien se lo piensa en un sentido que incluye seguramente al sionista, pero que va más allá. La persona judía: esto no significa aquí ninguna demarcación contra otras formas de humanidad; no hay que levantar ningún muro divisor en este caso; puede que aun dentro del individuo haya diversas esferas que desean conectarse o separarse; la realidad, que sólo una empecinada obstinación podría desmentir, no señala otra cosa. Por cierto que esta obstinación y su contraparte, la cobarde negación, parecen delinear el rostro de la actualidad judía. Y si el problema está planteado como lo plantean los partidos extremos de ambos bandos, sionistas y asimilacionistas: judaísmo y germanismo, entonces claro que la solución sólo puede ser la dicotomía entre obstinación y negación. Pero se le hace una injusticia a lo judío de la persona judía se lo pone en una misma línea con su germanismo. El germanismo se distingue necesariamente de las otras nacionalidades. El germanismo de una persona judía excluye simultáneamente su condición inglesa o francesa. El alemán es llanamente alemán, y no francés o inglés al mismo tiempo. La lengua misma se resiste distintivamente a hablar de una persona alemana. El alemán es alemán, no una “persona alemana”. Entre su germanismo y su humanidad quizás existen conexiones sobre las que los filósofos de la historia gustan cavilar y que pueden volver realidad la obra de la historia viva y dinámica misma. Pero entre su judaísmo y su humanidad no existen “conexiones” que debieran ser descubiertas, o meditadas, o ser vividas, o creadas. Aquíi es diferente: como judío, se es ser humano, como ser humano se es judío. Se es un “niño judío” a cada respiro.

Quiero que nos detengamos un momento: expliquemos mejor este tema porque me parece fundamental. Lo que nos está diciendo Rosenzweig es que plantear la cuestión en los términos de Scholem (a mayor germanismo, menos judaísmo; a mayor judaísmo, menor germanismo) es un error porque ser alemán es una nacionalidad, mientras que ser judío no. O sea, se puede ser judío y alemán a la vez. Hasta acá, nada raro. Pero, al mismo tiempo, plantea algo que a muchos les puede sonar extraño: el judaísmo no implica ningún muro divisor. ¿Cómo? ¿Acaso no hay leyes o dogmas en el judaísmo? ¿No hay valores particulares en el judaísmo? ¿No hay cosas –sean cuales sean éstas- que diferencian al judío del no judío? Sí, sí y sí, y Rosenzweig no lo niega. ¿Entonces qué nos está diciendo? Para decirlo sin vueltas, Rosenzweig piensa que se es judío como se respira: es más que una religión, una cultura o un modo de vida: es una forma de ser. Es algo ontológico. Habría que meterse en su Estrella de la Redención y su complejo sistema filosófico pero, para simplificar, digamos que Rosenzweig piensa que el judaísmo, el cristianismo y el paganismo son las tres formas de relacionar a D-s, el mundo y el hombre. Así, hay algo en el judaísmo que está inscripto en la base misma del mundo.

En base a todo esto, algunos académicos argumentan que Rosenzweig contrapone a la clásica síntesis judeo-alemana una resistencia del judaísmo al germanismo: según esta lectura, el judío estaría a un costado del camino, luchando contra la cultura dominante, abriendo las grietas de la misma y mostrando sus puntos flacos. Esta lectura no es alocada pero tiene un error fundamental: subordina el judaísmo al germanismo. De nuevo: para Rosenzweig, germanismo y judaísmo pertenecen a categorías distintas, y no hay comparación ni resistencia posible entre uno y otro. No hay convivencia: hay tensión. Por otro lado, también se puede criticar esta idea de la resistencia desde un lugar más práctico y menos conceptual: Rosenzweig está inmerso en la cultura alemana. No pretende dejar de estarlo: si hay una resistencia al germanismo, es desde adentro, no desde afuera. Sus obras están llenos de alusiones a la filosofía y literatura alemana. Rosenzweig se entiende mucho mejor si atendemos al contexto: el expresionismo, el existencialismo, Heidegger, la rebelión contra el intelectualismo kantiano y el historicismo hegeliano estaban en el aire y nos ayudan a situar a Rosenzweig. No sale de un repollo: está metido de lleno en lo alemán. Entonces, uno podría preguntarse: ¿es una resistencia verdadera? Basta pensar en un Benny Levy, mano derecha de Sartre y maoísta en su juventud devenido en judío ortodoxo, y compararlo con Rosenzweig para que nos cuestionemos hasta qué punto hay una resistencia de Rosenzweig. Siguiendo con esta misma línea, podríamos ser más extremistas: resistencia es Kirias Yoel. Entonces, ¿Rosenzweig qué es? Seamos duros y pongamos el peor de los escenarios: es un intelectual de salón, que se la da de rupturista pero que, en realidad, es alemán hasta la médula. No es más que parte de una moda de intelectuales que se sienten incomprendidos. ¿Es así? No lo creo, pero sí hay algo cierto: Rosenzweig no es para todos. Cuentan que muchos iban emocionados a sus clases en el Lehrahus…solo para salir decepcionados por no entender absolutamente nada de lo que decía. Rosenzweig era un pensador genial y tenía ideas maravillosas, pero reconozcamos que no era alguien fácil de seguir: mucha de su obra puede parecer críptica. Hay que saber MUCHO del pensamiento alemán de la época para entenderla: como decíamos, si hay resistencia, es desde adentro.

Algunos toman esta idea de la resistencia a la síntesis judeo-alemana y la generalizan: Roma y Jerusalén, Israel y Atenas. El judío está ahí, al borde, resistiendo a la cultura occidental, pero formando parte de la misma. O sea, forma parte, pero hasta ahí. En este sentido, habría que distinguir el enfoque de Rosenzweig del de Walter Benjamin: mientras que el segunda habla del judaísmo sin formar parte de una comunidad judía ni sentirse identificado con el pueblo judío, Rosenzweig justamente toma al judaísmo y la vida judía como el principio de toda su filosofía. O sea, Benjamin toma al judaísmo como un gesto de rebeldía contra la cultura dominante, mientras que Rosenzweig vive el judaísmo: Benjamin toma ideas judías como un gesto de provocación contra los pequeñoburgueses, Rosenzweig toma ideas judías porque las respira en su vida cotidiana.

Judaísmo y cristianismo: el tiempo mesiánico y el pueblo judío como resto

Rosenzweig es uno de los filósofos judíos más queridos por los cristianos por una característica peculiar de su pensamiento: considera que tanto el judaísmo como el cristianismo son verdad. Normalmente tanto judíos como cristianos piensan que tienen la verdad y que, en todo caso, los otros tienen acceso a una parte de la verdad pero no a toda. Dicho de otra manera, un judío dice: el judaísmo es verdad; el cristianismo tiene algunas cosas que son verdaderas pero, fundamentalmente, es falso. Y lo mismo dicen los cristianos, pero a su favor. Rosenzweig plantea algo muy diferente: el judaísmo y el cristianismo son verdad.

Ustedes estarán pensando: seguro que Rosenzweig argumenta que los judíos y los cristianos compartimos los valores judeo-cristianos, que son la base de la civilización occidental, la única que alcanzó tan excelsos niveles de moralidad y…Bueno, no. Nada que ver. La argumentación de Rosenzweig no pasa por ese lado sino que tiene que ver con su visión particular de la religión y la teología, que se expresa en su concepto de la redención y el tiempo mesiánico.

¿Por dónde empezar para no abrumarlos? Quizás lo mejor sea partir del concepto del tiempo. Usualmente, pensamos al tiempo como una línea recta, que va hacia adelante sin detenerse, de manera inexorable: pasa el tiempo y sigue pasando, se nos escurre de las manos y nada podemos hacer para evitarlo. En pocas palabras, el tiempo sigue su curso. En la Modernidad, a esto se agrega una nueva idea: el progreso. A medida que pasa el tiempo, la sociedad se va civilizando, la ciencia se va expandiendo y todo tiende a mejorar. Así, tenemos un tiempo que transcurre hacia el futuro, que será mejor y esperanzador. Todos conocemos también el concepto del Mesías: va a llegar un tiempo dorado, en el cual todo será perfecto y no habrá guerras, conflictos ni muerte. Normalmente se piensa que vamos a llegar a esta era mesiánica por el propio devenir histórico: el progreso de la humanidad nos va llevando poco a poco a esta era dorada de prosperidad, amor y hermandad.

Viene Rosenzweig y nos dice: no. ¿Cómo que no? No, el progreso y lo mesiánico no tienen nada que ver. La Redención Mesiánica es un quiebre con la historia, no su consecución natural. Miren esta cita:

Dios debe redimir al hombre, no a través de la historia sino, en realidad -no hay otra alternativa-, como “Dios de la religión” (…) La lucha contra la historia en el sentido del siglo XIX es para nosotros, por ello, al mismo tiempo, lucha por la religión en el sentido del siglo XX.

¿Y esto qué tiene que ver con el judaísmo y el cristianismo? Para Rosenzweig, tanto el judaísmo como el cristianismo tienen un rol en la historia: el cristianismo debe expandirse y llevar su mensaje al mundo; el judaísmo tiene que permanecer y mantenerse. El cristianismo tiene que llevar el amor a D-s al mundo; el judaísmo tiene que seguir siendo lo que es. El judío está para decirle al cristiano: tu misión no termina, todavía falta algo. El pueblo judío tiene una misión histórica que está enlazada con la era mesiánica y la redención: el mundo es imperfecto y perfectible. La esperanza en una era mesiánica implica que este mundo no es perfecto y que tiene que ser mejorado: el pueblo judío existe para enseñarle al mundo esta verdad.

De esta manera, el pueblo judío siempre es un remanente, un resto: algo que “sobra”. Existe como algo fuera de la historia y eterno que tiene como finalidad romper con el Todo y el más de lo mismo: está para cortar con la unidad del mundo y señalar que todo es mejorable. El judaísmo es extrañeza: ser judíos significa ser, en cierto sentido, un extranjero del mundo. Para Rosenzweig, entonces, el judaísmo siempre es un ideal a futuro: en la base del judaísmo hay mesianismo.

Ahora bien, ¿por qué el judaísmo y el cristianismo? ¿Por qué no el Islam, el budismo, el hinduismo o el taoísmo? Según Rosenzweig, la cuestión fundamental es asumir que el hombre es más que un animal político: está en busca de la santidad. Ésta solo puede alcanzarse mediante la Revelación, que es un gesto de amor. D-s se revela al hombre por amor; el hombre decide obedecer a D-s por amor. La Revelación también nos muestra los límites de este mundo: D-s viene de afuera y nos señala que hay algo más. El amor es lo que nos permite abrirnos al Tú y al Otro: expandirnos y pasar del Yo al Nosotros. La oración o el rezo son una doble tentación también basada en el amor: de D-s al hombre y del hombre a D-s.  Según Rosenzweig, las únicas religiones que cumplen la condición de estar basadas en el amor son el cristianismo y el judaísmo. Por supuesto, esto le ha valido enormes críticas de algunos filósofos que argumentan que menosprecia al Islam, la tercera gran religión monoteísta. Básicamente, Rosenzweig piensa que el Islam es una caricatura de la religión verdadera.

Hay una frase muy linda de Rosenzweig que dice:

Los problemas teológicos quieren ser traducidos en términos humanos y los humanos elevados hasta el nivel de la teología.

Dicho de otra manera, tenemos que relacionar a D-s y al hombre, y no verlos como cosas inconexas o entes que pueden ser pensados de manera independiente y autosuficiente.

Algunos comparan lo mesiánico en Rosenzweig con la Mesianicidad sin mesianismo de Derrida. Hay un parecido, desde ya: los dos hablan del mesianismo, y lo hablan en términos no tradicionales. Sin embargo, lo mesiánico en Derrida está disociado de toda religión y es aconfesional, mientras que lo mesiánico en Rosenzweig está relacionado con el judaísmo y el cristianismo. También hay un paralelismo jugoso entre el Resto de Rosenzweig y la Diferencia de Derrida: una vez creo que la diferencia fundamental está en que Rosenzweig está enraizado en el judaísmo, mientras que Derrida no.

Basta por hoy. Prometo que en el próximo artículo seguiremos hablando de Rosenzweig.

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