Albert Memmi

Un judío árabe

Albert Memmi nació en 1920 en Túnez. De origen mizrají (=sefaradí), se crió en Túnez, que era en ese momento una colonia francesa. Luego, se fue a estudiar filosofía a La Sorbona en París y empezó a militar en grupos de izquierda revolucionarios y anticolonialistas. Su objetivo era la independencia tunecina. Filósofo y novelista reconocido por clásicos como Retrato del colonizado (con prólogo de Jean-Paul Sartre), dedicó buena parte de su obra a la identidad judía (Retrato de un judío, La liberación del judío, entre otros).

Memmi es una excelente puerta al mundo judío árabe, a la Modernidad árabe (en contraposición a la occidental), a la teoría del colonialismo en relación a Israel, el post-colonialismo, la revolución armada, el tercermundismo, la izquierda sionista y los lazos conflictivos entre judaísmo, arabismo, Islam y sionismo. Es un puente entre Francia, Túnez e Israel y una muestra interesante de las fusiones paradójicas que presenta la identidad judía moderna. Además, es un autor muy importante para trazar el ideario político del sionismo argentino, principalmente el de índole progresista de la década del 70.

El contexto

Albert Memmi nació en Túnez. Listo. Cerremos todo. Ustedes se preguntarán: ¿qué me estás diciendo? Vamos de nuevo: un judío nacido en Túnez, una colonia francesa. Completemos: un judío de lengua árabe nacido en Túnez, una colonia francesa, que estudió en un liceo francés. Digamos más: un judío de lengua árabe nacido en Túnez, una colonia francesa, criado en el barrio judío, que estudió en un liceo francés, en pleno barrio europeo. Más complejo: un judío de lengua árabe nacido en Túnez, una colonia francesa con mayoría abrumadora de población musulmana, criado en el barrio judío, que estudió en un liceo francés, en pleno barrio europeo, y que hizo la universidad en Algeria y La Sorbona.

En resumen, Albert Memmi se mueve entre Oriente y Occidente y entre el mundo europeo-cristiano, el mundo árabe-musulmán y el mundo judío. Esto es fundamental para entender por dónde discurre su pensamiento y práctica política: está en la encrucijada y utiliza ese lugar como punto de partida.

En un primer momento, Memmi fue un convencido militante de la liberación tunecina, convencido de que el fin del colonialismo francés permitiría la llegada de un gobierno progresista. En esta primera etapa a Memmi el judaísmo le importaba poco y nada: creía que el camino era la asimilación. Sin embargo, en algún momento de la década del 50 empezaría a madurar en Memmi una idea novedosa: era judío y no podía hacer nada para evitarlo.

El colonizado y el colonizador

La teoría de la post-colonización fue uno de los desarrollos teóricos más importantes de la filosofía política en el siglo XX. Según esta teoría, la colonización no es simplemente un dominio político sino también económico, religioso y, fundamentalmente, cultural. Así, aplicando esta idea al contexto argentino, podemos hablar de “colonialismo yanqui” en Argentina hasta nuestros días: es verdad que Estados Unidos no está efectivamente dominando políticamente a Argentina pero nuestros consumos culturales (cine de Hollywood, bestsellers norteamericanos, series de televisión estadounidenses) condicionan nuestra forma de pensar. Lo mismo podríamos decir con respecto al idioma (¿cuántas palabras decimos en inglés sin darnos cuenta?), la economía (¿cuántas de las principales empresas en nuestras vidas –Facebook, WhatsApp, Walmart- son estadounidenses?) y muchos otros ámbitos más. Muchos teóricos de la post-colonización fueron más allá de un simple diagnóstico y propusieron una solución: la revolución. Acabar con la dominación del colonizador implicaba un cambio rotundo a nivel político y económico pero también a nivel cultural y, fundamentalmente, de valores. Uno de los armazones intelectuales de las revoluciones latinoamericanas de la década del 60 y 70 (Revolución Cubana, Revolución Sandinista, La Vía Chilena al Socialismo, etc) era justamente la teoría de la post-colonización: la idea de que era hora de borrar de una vez por todas todo resabio de colonialismo para crear una verdadera cultura nacional y popular y así llegar a la liberación.

La idea que agrega Albert Memmi es la idea de una retroalimentación entre colonizado y colonizador: el colonizador crea una imagen del colonizado, y el colonizado se apropia de esa imagen como si fuese propia. Dicho de otra manera: vemos en las películas yanquis que los sudacas somos todos narcos, con bigotes y la camisa abierta, con pelo en pecho, y nos terminamos por creer esa imagen (sí, estoy exagerando a propósito; los mecanismos de dominio cultural son bastante más sutiles que este ejemplo). Frantz Fanon haría un desarrollo teórico similar en su libro clásico Los condenados de la tierra. También Edward Said partiría de un lugar similar para hacer una crítica durísima a la representación del Oriente –y específicamente de la cultura árabe y, en especial, la palestina- en el discurso académico de Occidente. Sartre, desde su lugar como intelectual de moda combativo y militante, también escribiría sobre el tema: sus prólogos a Los condenados de la tierra (de Fanon) y Retrato del colonizado, precedido por el retrato del colonizador (de Memmi) ya son famosos en esta área de estudio y su análisis del antisemitismo en Retrato de un antisemita y Reflexiones sobre la cuestión judía es fundamental.

Pero claro, hay algo en lo que Albert Memmi se diferencia, y esta diferencia es lo que le da su especificidad a su obra: Memmi es judío y se hace cargo de eso. Si para Sartre el judío es un invento del antisemita, que no tiene existencia real por fuera de la imaginación del que discrimina, si en el pensamiento sartreano la identidad judía no deja de ser una nebulosa vaga, Albert Memmi se para y dice: los judíos existimos. Yo soy judío, afirma Memmi. Soy judío, y no porque lo diga el otro – el antisemita- sino porque yo lo digo: para Sartre, el judío como tal no existe, porque no es más que un reflejo del antisemita; para Memmi, el judío existe en lo concreto, porque es una acción afirmativa del propio judío.

Entonces, Albert Memmi forma parte de aquel gran movimiento del pensamiento post-colonial. También se une al pensamiento existencialista francés. Y – por qué no decirlo- está incluido en todo el movimiento de izquierda africana-francesa, que pugnó por la liberación nacional de los pueblos africanos.

Los judíos árabes en la encrucijada

Ya lo dijimos: Memmi era un judío en una sociedad árabe mayoritariamente musulmana que estaba dominada por el colonialismo francés. Así, los judíos tunecinos hablaban árabe y, a la vez, tenían relación con el gobierno colonial francés. Para colmo, vivían en barrios judíos y se movían bajo los parámetros tradicionales religiosos. Y Memmi cortaría terminantemente con la vida tradicional religiosa: para él, la tradición judía ya no podía nutrir su alma y la consideraba un recipiente vacío.

Detengámonos un momento en el problema del judío árabe: judío por tradición y cultura pero árabe en cuanto a lengua y costumbres, no musulmán ni cristiano, queda parado entre el pueblo musulmán y el gobernante francés cristiano. No está ni de un lado ni del otro: es el queso del sándwich. Para intentar encajar, se falsea a sí mismo: exagera su afinidad con el arabismo o con la cultura francesa con tal de poder entrar en los cánones de la cultura dominante. Así, se niega a sí mismo: tomando como modelo a la cultura francesa o a la árabe, el judío se olvida de lo propio.

¿Por qué no la tradición?

Pero el problema es: ¿qué es el judaísmo? Tradicionalmente, el judaísmo se interpretó como una serie de Imperativos Divinos, codificados en la Halajá. Albert Memmi no cree en D-s ni en la Ley Divina y, por supuesto, no cree en la Halajá. ¿Cómo define al judaísmo, entonces?

Empecemos viendo lo que no  es el judaísmo para Memmi:

En esa época, no se trataba tanto de negarme como de conquistar el mundo. Me negaba como judío porque rechazaba el lugar que se me asignaba y los míos aceptaban. Mi judeidad se me aparecía como un conjunto de normas odiosas y ritos ridículos. Confusamente hacía dos pilas: del lado judío, una madeja de prácticas anticuadas; del otro, un sistema de acusación e injusticias. (…) ¿Por qué un día le di la espalda, definitivamente, a esa tentativa? (…) Simplemente me convencí, poco a poco, de que esa salida era equivocada, apenas una puerta pintada sobre una pared. Que vería ir más lejos, o no llegaría nunca. Que la transparencia pura y tranquila era una solución abstracta, ilusoria y, en última instancia, insostenible.

Para Memmi, el judaísmo no es Ley abstracta, idealizada, escrita en un papel, ni una serie de rituales insulsos y mecánicos; no es tradición familiar ni un conjunto de prácticas heredadas de generación en generación; no es algo estático y fijo ni un sistema de recompensas y castigos; no es cuidarse del pecado ni desarrollar la personalidad propia mediante el estudio de la Torá. En pocas palabras, podemos decir que para Memmi importa más el judío que el judaísmo. ¿Por qué?

Lo concreto sobre lo abstracto

Veamos:

Como judíos de izquierda, hasta disponíamos de un verdadero método para utilizar contra los adversarios demasiado tenaces. Era una táctica de desgaste, de reducción, semejante al deshojar de un alcaucil. Partíamos de la definición de nación enunciada por Stalin, luego pasábamos revista a los rasgos constitutivos enumerados en esta definición. Preguntábamos: ¿tienen los judíos un idioma común? Evidentemente, no. ¿Tienen un territorio común? Tampoco. ¿Tienen, aunque sea, una religión? No. La mayoría de los judíos no sabría recordar el nombre de los principales profetas, etc. Lo aburrido consistía en que, al concluir la operación, contrariamente a lo que sucede con el alcaucil, el judío seguía intacto. Sucedía un poco como en la tradicional discusión sobre la existencia del mundo exterior, y me fastidiaba tanto como cuando estudiaba filosofía. Nuestros maestros, luego de discutir una por una las características de lo que vemos y tocamos, concluían que el universo visible y sensible no existía. Repetía rabiosamente, sin llegar a demostrarlo, que el argumento debía estar viciado, dado que concluía en semejante absurdo. ¿Qué clase de lógica era esa que nos hacía dudar de nuestra propia existencia? ¡Cómo si pudiese alguna vez ser razonable, coherente y hasta digno negar la propia existencia concreta! Si hay un conflicto entre ese razonamiento y la existencia, el razonamiento es malo, y ello se debe, probablemente, a que la existencia en cuestión desborda la definición admitida.

Dicho de otra manera, lo que define la existencia del judío no es una serie de silogismos ni un razonamiento lógico ni la aplicación de una definición abstracta e ideal a un fenómeno de la realidad concreta. Por el contrario, lo que define la existencia del judío es su propia existencia: el hecho de que existan judíos. No se necesitan más pruebas: hacer un análisis partiendo de una definición idealizada del concepto de “nación” (sea esta definición liberal, marxista o fascista) o “religión” (ya sea desde un punto de vista ortodoxo, reformista o secular) es errar el camino. Hay que comenzar por lo concreto, y no por lo abstracto: el idealismo, esa enfermedad del pensamiento, tiene que dar lugar al existencialismo. La existencia concreta, el aquí y ahora, por sobre los ideales eternos e imperecederos.

Lo dice clarísimo el propio Memmi:

Decidí partir de este hecho: de mi existencia separada como judío.

Panteras Negras y Albert Memmi

Podemos trazar un paralelo entre las Panteras Negras israelíes y Albert Memmi: gente de izquierda, inspirada en el tercermundismo, que considera que la revolución es la solución a los problemas que aquejan a la sociedad; judíos de origen árabe, descendientes de familias religiosas tradicionales que ya no pueden creer en las verdades contenidas en la Torá y la tradición; jóvenes desilusionados con el orden imperante e incómodos con la sociedad que les toca vivir. En ese sentido, se puede decir que Saadia Marciano y Albert Memmi comparten un cierto recorrido político e ideológico.

Pero no llevemos las cosas demasiado lejos. La cultura de Memmi es absolutamente diferente a la de Saadia Marciano: mientras que el primero es parte de una vanguardia intelectual, el segundo es uno más del pueblo; mientras que el primero estudió en las grandes universidades europeas, el segundo ni siquiera terminó el primario; mientras que el primero escribió libros famosos e inspiró a grandes intelectuales, el segundo apenas sabía leer y escribir. Lo más fundamental: mientras que el primero es un intelectual que se presenta al margen adrede, una especie de arquetipo del Otro, porque vive en Túnez y en Francia, el segundo es un israelí pobre que lucha por mejorar las condiciones de vida de sus hermanos. En pocas palabras, la distancia entre Albert Memmi y Saadia Marciano es aquella que separa a los filósofos del pueblo llano.

(Quiero que quede claro que no pretendo denigrar a Marciano bajo ningún punto de vista: al contrario, creo que la enorme fortaleza de las Panteras Negras israelíes es precisamente el hecho de no ser una construcción de intelectuales sino un verdadero rugir del pueblo – o, al menos, de parte del mismo-).

El debate sobre la identidad judía: el judío como un oprimido

Dijimos que Albert Memmi ya no cree en la tradición. Dijimos también que rechaza la “solución” de Jean-Paul Sartre y que propone, en cambio, que el judío es una realidad concreta que se comprueba por su misma existencia. El ser judío, entonces, es para Memmi es una acción afirmativa.

Pero, ¿qué es ser judío?

Sí, el judío es esencialmente un oprimido. En todo caso, es así como he vivido, muy frecuentemente y en todas partes, mi condición de judío. Mis partidas sucesivas nunca me han arreglado definitivamente nada. Siempre me han esperado en otros lugares aventuras por lo menos igualmente transtornantes. Y por todas partes he creído encontrar una pesada negatividad en la existencia de la mayoría de los judíos. En grado diverso, pero por doquier, el judío está objetivamente separado de los otros, minoritario, viviendo bajo una amenaza más o menos aguda, sacudido periódicamente por catástrofes que atañen, al menos, a los suyos. El resultado de ello es que está también interiormente amenazado, ansioso, separado de sí mismo, viviendo una vida cultural y socialmente abstracta y amputada.

El judío es el Otro: el que está al margen, el perseguido, la víctima, el oprimido, el outsider, el que está afuera de la sociedad y que, por estar en esa posición, tiene la capacidad de criticar a la sociedad y sus valores. El judío es el crítico radical, el tábano que revolotea entre la gente.

El problema de esta concepción ya lo vimos en el artículo sobre Gershom Scholem: el peligro de la alienación del intelectual judío. Se puede defender a Memmi con un argumento sencillo: se define como sionista. Dicho de otra manera, se une a las masas del pueblo judío. No es un intelectual en la torre de marfil. Retomaremos el tema luego de un paréntesis sobre Memmi y su influencia en el sionismo argentino.

La recepción de Memmi en Argentina

Contextualicemos: década de 1970. Rebrotan la militancia política y la revolución armada; se gritan consignas como liberación o dependencia y que el peronismo es el hecho maldito del país burgués; se desata la violencia política; proliferan las dictaduras militares a lo largo de toda América Latina, la juventud clama por la revolución nacional y popular; se ponen de moda el psicoanálisis, la pedagogía y el existencialismo; se articulan teorías novedades como la teología de la liberación y el concepto del Tercer Mundo; Paulo Freire, Jean-Paul Sartre y Frantz Fanon son leídos con voracidad; la Revolución Cubana emerge como un faro político para toda América Latina. Mientras tanto, la juventud judía argentina progresista se debate entre dos ideales: sionismo y socialismo. Este dilema ya se había presentado a generaciones anteriores: Najman Syrkin, Dov Ber Borojov, Martin Buber, Yosef Trumpeldor (por poner solo algunos ejemplos que tratamos en este blog) habían intentado resolver el dilema. Pero una nueva generación se planteaba las cosas desde otro lugar y los lugares en los que encontraría respuesta serían otros: Albert Memmi fue uno de los referentes intelectuales para esa generación. La combinación de progresismo, anticolonialismo, existencialismo, militancia política revolucionaria e identidad conflictuada (¿somos judíos, árabes, socialistas, modernos, occidentales? ¿Todo a la vez? ¿Nada de eso?) resultó irresistible.

En una época en la que los intelectuales de moda eran Jean-Paul Sartre, Albert Camus y Simone de Beauvoir, nada más natural que la búsqueda de un sustituto/complemento judío. Albert Memmi vino a ocupar ese lugar.  En una época en la que la intelectualidad argentina buscaba su lugar en el mundo y tomaba como modelo al pensamiento francés, Albert Memmi aparece como el “pensador judío francés”.

Si en la década del 70 cobraba vida el “pensamiento latinoamericano” como un modo de pensar específico, diferente al “pensamiento europeo”, como un pensamiento situado en la periferia, entonces Albert Memmi aparecía como una extensión de esta manera de tratar a la filosofía, que ayudaba a los judíos latinoamericanos a entenderse en relación a la intelectualidad de la época.

Una de las tensiones fundamentales del sionismo diaspórico es la pregunta clásica: ¿hasta qué punto inmiscuirse en la política del país de origen? Dicho de otra manera, un judío sionista argentino, ¿puede y/o debe militar en un partido político argentino? O, por el contrario, ¿debe mantenerse alejado de la política argentina y dedicar todos sus esfuerzos a la construcción del movimiento sionista? En otros términos, ¿qué es más progresista, involucrarse en la política argentina o dedicarse al sionismo? ¿Son dos objetivos complementarios o contradictorios? Albert Memmi había vivido, en su propio contexto, este mismo desafío: se había unido al bando revolucionario tunecino, había luchado codo a codo con sus compañeros tunecinos…y cuando llegó la revolución, se dio cuenta que ser judío seguía siendo una barrera ineludible para su integración como ciudadano. Más fuerte: se dio cuenta que su identidad judía era parte integrante de su personalidad y que negar su judaísmo (que era el paso necesario para integrarse definitivamente a la sociedad general) era negarse a sí mismo.

Albert Memmi era una referencia para HaShomer HaTzair, HaBonim Dror y Hejalutz LaMerjav, las tres tnuot (movimientos juveniles) socialistas más importantes en Argentina. Un filósofo al que Camus y Sartre le habían prologado sus libros; un intelectual comprometido que se había jugado por la revolución en su país contra el colonialismo francés; un judío que por serlo estaba en las orillas del pensamiento y la práctica política occidental.

Así, en un cóctel notable, la juventud judía argentina sionista de los 70 mezclaba a Albert Memmi con Paulo Freire y Frantz Fanon. Acá habría que hacer un parate momentáneo y diferenciar entre aquellos judíos progresistas que se unieron a los distintos movimientos políticos de la época (el peronismo, el radicalismo, el PRT, etc), alejándose de las instituciones y movimientos específicamente judíos, y aquellos que mantuvieron su compromiso activo con el judaísmo, lo judío y el sionismo. Por otro lado, podríamos ver a Marshall Meyer como parte de este mismo proceso de integración entre el progresismo y lo judío, aunque también se puede argumentar que hay una diferencia sustancial entre el enfoque de Marshall Meyer, que parte de la religión, y el de Albert Memmi, que es esencialmente laico y secular. En resumen, podemos plantear tres movimientos que forman parte de un mismo proceso, aunque no son exactamente lo mismo:

  • Sionismo progresista en la Argentina.
  • Judíos progresistas en la política argentina.
  • Judaísmo conservador de tinte progresista.

Esto es un esquema y hay que entenderlo como lo que es: no estoy intentando trazar una línea clara sino simplemente recalcar la diferencia entre –digamos- Jorge Altamira (que tuvo educación judía pero que se define como comunista e internacionalista, rechazando cualquier afiliación con  el pueblo judío), Marshall Meyer (el rabino que modificó el rumbo del judaísmo conservador en la Argentina, dotándolo de complejidad y una fuerte dosis de activismo social) y los fundadores de Or HaNer (un kibutz construido por judíos latinoamericanos).

Pero volvamos a Albert Memmi.

El sionismo como movimiento de liberación nacional

La salida de Memmi para el problema del judío alienado es clara: construir un movimiento de liberación nacional. Este movimiento de liberación nacional es el sionismo. Así, el sionismo no es solamente construir un Estado nacional judío sino desarrollar una cultura judía vigorosa, que surja de la existencia concreta del judío. En este sentido, Memmi está más cercano al sionismo espiritual de Ajad Haam que al sionismo político de Theodor Herzl, pero sumando el componente socialista de Borojov.

Y esto es lo que lo hizo tan atractivo para aquella generación setentista: la conjunción de socialismo nacional y popular con existencialismo, post-colonialismo, crítica cultural y militancia política.

¿Albert Memmi resuelve todos los problemas del judaísmo y del pueblo judío? No, ni por casualidad. Quizás el agujero más grande en todo su esquema de trabajo sea el menosprecio por la tradición: habría que hacer un estudio comparativo entre Benny Levy y Albert Memmi para profundizar en el tema. Basta decir que lo que para Memmi es “ritual” y “prácticas anticuadas” para otros puede ser fuente de inspiración, espiritualidad profunda y una forma de vida significativa.

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