Yonatan Ratosh

Un poeta político

Yonatan Ratosh nació en 1908 en Varsovia, Polonia, aunque su familia emigró a la Tierra de Israel cuando él era un niño. Fue criado en una escuela sionista secular y su lengua materna era el hebreo. Su nombre original era Uriel Halperin y usó muchos otros pseudónimos (A. L. Haran, Uriel Selah, A. Paran, Mar Sasson), aunque el más famoso es Yonatan Ratosh. Fue militante del Brit HaBirionim y del Leji y, más tarde, daría forma al canaanismo, una ideología que pretendía erigirse como alternativa al sionismo. Fue también un famoso poeta israelí, muy innovador y vanguardista, y traductor de autores como Albert Camus o George Bernard Shaw. Falleció en 1981.

El origen revisionista

Ratosh empezó de muy joven su militancia política en el sionismo revisionista, más específicamente en el ala más radical, Brit HaBirionim. Esta organización estaba liderada por Abba Ajimeir y, aunque se inspiraba en Jabotinsky, era mucho más extremista que el fundador del revisionismo. La divergencia entre Ajimeir y Jabotinsky sería tal que Jabotinsky terminaría por desautorizarlo y acusar a Brit HaBirionim de desviarse de su ideario político y moral. Brit HaBirionim era abiertamente fascista y ultranacionalista y acusaba al oficialismo (tanto dentro del sionismo revisionista como del sionismo socialista) de no estar a la altura de las circunstancias, no levantar los verdaderos estandartes del sionismo y desoír los reclamos de la juventud. A nivel práctico, la gran innovación de Brit HaBirionim fue tomar una actitud antiimperialista, usando la violencia contra las autoridades británicas. Esta actitud sería recogida años más tarde por el Leji y, en menor medida, el Irgún. A nivel ideológico, los miembros de Brit HaBirionim descreían de los partidos políticos, el liberalismo, el socialismo y el comunismo, lo que los alejaba del establishment de la época. A nivel político, proponían dar prioridad a la creación de un Estado judío, mediante la expulsión de los mandatarios británicos, a quienes consideraban usurpadores coloniales, por encima de la inmigración judía a la Tierra de Israel. Para que quede más claro: mientras que Jabotinsky o Ben Gurión priorizaban la llegada de una masa crítica de judíos a la Tierra de Israel como condición para el establecimiento de un Estado judío, Abba Ajimeir argumentaba que la creación de un Estado judío desencadenaría la inmigración masiva de judíos hacia éste. En definitiva, se trataba de tomar una iniciativa militar y dejar de lado la diplomacia. Brit HaBirionim terminaría por desaparecer debido a su falta de penetración popular, su ostracismo en la arena política y su radicalización excesiva.

Más tarde, Ratosh se uniría al Leji, una agrupación paramilitar escindida del Irgún y heredera en muchos aspectos de Brit HaBirionim. Ya hablamos del Leji en los artículos de Israel Eldad y Natan Ielin-Mor así no me voy a explayar demasiado. Digamos solamente que Leji tenía una línea dura frente al Mandato Británico, al que consideraba ilegítimo, y se opuso por todos los medios posibles, incluidos la violencia, las armas y el terrorismo, al colonialismo inglés. El Leji tenía una línea autoritaria, mesiánica y fascista y, paralelamente, otra antiimperialista y anticolonialista. De allí surgirían la mayoría de las alternativas al sionismo clásico, de tinte socialista y humanista. Una de esas alternativas sería justamente la ideología creada por Yonatan Ratosh, el canaanismo.

Entonces, podemos decir con seguridad lo siguiente: en una primera instancia, Ratosh se consideraba a sí mismo sionista y formaba parte de organizaciones muy radicales, que lucharon denodadamente contra el colonialismo británico. Estas organizaciones tenían su origen en el sionismo revisionista de Jabotinsky, aunque habían llevado sus postulados hacia límites insospechados. La tensión entre Jabotinsky y la juventud radicalizada sería tal que Leji terminaría por romper con el revisionismo. El Leji se veía a sí mismo como un movimiento más allá de las barreras partidarias tradicionales de izquierda y derecha y esta particularidad también nos ayuda a entender el desarrollo de sus líneas internas a lo largo del tiempo.

El origen revisionista de Ratosh es muy importante porque el revisionismo hablaba de los “hebreos”, no de los “judíos”. En un primer momento, la palabra “hebreo” hacía referencia a un judío libre, sin las ataduras mentales del Galut, que vivía en su propia tierra y en su propio Estado. O sea, la diferencia entre “hebreo” y “judío” era la diferencia entre la existencia estatal y el Exilio. Ya vimos cómo Hilel Kook llevaría esta distinción hacia otros rumbos. Ratosh (que influenció a Hilel Kook) haría de esta distinción un credo de fe básico, completamente fundamental en su pensamiento político. Ratosh se decepcionaría profundamente de Jabotinsky, a quien terminaría acusando de ser un viejo ignorante de la geopolítica mundial, y del movimiento revisionista, al que vería como un aparato partidario de burgueses anticuados que se apoyaban en la militancia de una juventud ciega. Todo esto lo llevaría a criticar duramente al sionismo como ideología: su distanciamiento del sionismo se fundamentaría en la distinción entre hebreos y judíos.

La “juventud hebrea”

Yonatan Ratosh se consideraba a sí mismo vocero de la juventud hebrea (es decir: la primera generación de ascendencia judía nacida en la Tierra de Israel y criada bajo los moldes del sionismo). Esta nueva generación se había criado con el hebreo como lengua materna, había tenido una educación genuinamente sionista y sentía a la Tierra de Israel como su propio hogar, sin dobles lealtades: no había sufrido el antisemitismo ni la inmigración; no había sido criada bajo la tradición religiosa; no había sufrido el choque entre la sociedad judía y la gentil; no sentía el sentimiento de inferioridad del judío diaspórico. En definitiva, la juventud hebrea era el resultado del sionismo: una vanguardia juvenil fresca y vivaz, abierta a la cultura, militante, anticolonialista por naturaleza, abiertamente hostil a los británicos, rebelde y activa.

(Resultaría interesante comparar el mito de la “juventud hebrea” de Ratosh con el del típico “Sabra”. Lo vamos a dejar para otra ocasión para que este artículo no resulte interminable…)

En un primer momento, dijimos que el objetivo de Ratosh no era romper con el sionismo sino llevar al mismo hacia un nuevo límite: que la juventud se transforme en líder y que deje atrás las viejas formas, renovando al sionismo desde adentro. Sin embargo, en 1938 Ratosh, desilusionado con Jabotinsky, el revisionismo y el sionismo en general, viajaría a Francia para proseguir sus estudios y conocería a Adia Gur Horon, un historiador del antiguo Israel que también provenía del sionismo revisionista y que proveería las bases para una modificación radical de las ideas de Ratosh, que finalizaría con la formación de la ideología canaanita.

Las bases históricas del canaanismo

Adia Gur Horon argumentaba que, en la Antigüedad, el pueblo hebreo era un continuo cultural y político que se extendía a lo largo de toda  ארץ הפרת (“Eretz HaPerat”, Tierra del Eufrates), desde la frontera egipcia hasta el río Tigris. El pueblo hebreo incluía los Bnei Israel, cananeos, edomitas, fenicios, sumerios y otros pueblos semitas. Según esta interpretación histórica, el antiguo pueblo hebreo no era monoteísta y los Bnei Israel compartían las creencias religiosas politeístas de sus vecinos. El judaísmo solo surgiría como respuesta al Exilio babilónico y se formaría como tal en la época del Segundo Templo: el monoteísmo sería una innovación de esa época tardía. El propio Tanaj no era un libro nacional sino un documento escrito por un remanente monoteísta, una élite de escribas que había reinterpretado toda la historia desde un punto de vista monoteísta y, bajo una visión particular, había inventado un pasado judío glorioso que nunca había existido.

Dicho de otra manera, según Gur Horon, la arqueología, la literatura comparada y el registro histórico muestran que, en la Antigüedad, existía una sola civilización a lo largo de toda la Medialuna Fértil. Pero, ¿el Tanaj no es acaso una prueba rotunda de que el pueblo judío era el único monoteísta de toda la Antigüedad y que todo el tiempo había guerras con los países vecinos? La respuesta de Gur Horon es notable: el Tanaj fue escrito por un remanente, que sí era monoteísta, y que fue el que fundó al pueblo judío. Pero la mayoría del pueblo hebreo antiguo era politeísta. La prueba está en el mismo Tanaj: cada reproche y sermón de los profetas por la iniquidad y la impiedad del pueblo es una demostración clara, al juicio de Gur Horon, de que éste era politeísta y compartía las creencias de los pueblos circundantes. Así, el Tanaj no es más que una invención literaria de un grupo de iniciados monoteístas que, caída la gran civilización politeísta de la Antigüedad, tomó el control del remanente y lo transformó en monoteísta. Esto quiere decir que no hubo un Estado judío en la Antigüedad sino un Estado politeísta, hebreo. Vean que Gur Horon distingue claramente entre “hebreo” y “judío”, al igual que hacían todos los sionistas revisionistas de la época. Sin embargo, mientras que para los revisionistas la distinción era solamente una forma de marcar la diferencia entre un judío en una época estatal y otro en una época diaspórica, para Gur Horon se trataba de dos conceptos fundamentalmente distintos: el hebreo era miembro de una civilización semita, politeísta; el judío era un invento del remanente en exilio, que se había hecho monoteísta.

Gur Horon hablaba de dos eras bien diferenciadas: la época del Primer Beit HaMikdash había sido la “era hebrea”, mientras que la época del Segundo Beit HaMikdash había sido la “era judía”. La civilización hebrea había sido mucho más extensa que el remanente judío: era un continuo político, cultural y religioso muchísimo más grande de lo que uno supondría leyendo las fuentes judías. Para Gur Horon –y para los canaanitas en general- esto suponía revalorizar las fuentes históricas no judías: así, se focalizarían en redescubrir la literatura y el arte de las civilizaciones semitas.

El judaísmo es diaspórico

Si todo esto es cierto, si el antiguo Israel no era monoteísta y el judaísmo solo surge como consecuencia del Exilio, entonces la conclusión es lapidaria: el judaísmo es, por definición, diaspórico. No existe un “judaísmo estatal”: judío y hebreo son cosas fundamentalmente diferentes.

Yonatan Ratosh cuenta cómo se dio cuenta de la diferencia fundamental entre los hebreos y los judíos durante su estancia en Europa:

Fue mi primer contacto con la Diáspora, y me forzó a reevaluar mi propio mundo hebreo.

¿Cómo?

No hay hebreo que no sea hijo de la Tierra de Ever, la Tierra de los Hebreos. Y quien no es nativo de esta tierra, la Tierra de los Hebreos, no puede transformarse en hebreo: no es ni fue un hebreo. Y quien venga de la dispersión judía, sus tiempos y lugares, es, desde el comienzo al final de los días, un judío, no un hebreo, y no puede ser sino un judío, bueno o malo, orgullosa o lastimosamente, pero siempre un judío. Y un judío y un hebreo nunca pueden ser lo mismo. Quien es hebreo no puede ser judío, y quien es judío no puede ser hebreo.

¿Qué nos está diciendo Yonatan Ratosh? Empecemos por lo obvio: judío y hebreo son cosas distintas. Más todavía: son cosas contradictorias. O sos judío o sos hebreo, pero no las dos cosas juntas. Ya vemos una diferencia fundamental entre Hilel Kook (que también hacía esta distinción entre judíos y hebreos) y Ratosh: para el primero, se puede ser judío y hebreo (aunque no es necesario ser las dos cosas); para el segundo, la combinación es imposible.

¿De dónde surge esta diferencia entre Ratosh e Hilel Kook? Para Ratosh, el judaísmo es una religión. Como tal, es universalista. Por su parte, el ser hebreo es un nacionalismo y, como tal, es particularista. Hasta acá, nada demasiado diferente a Hilel Kook. Sin embargo, Ratosh afirma que el hebreo no surge del judío: por el contrario, el hebreo antecede históricamente al judío. El judaísmo es un remanente de la antigua civilización hebrea, y un remanente al que Ratosh no tiene en demasiada estima. El hebreo debe cortar sus lazos con el pueblo judío y el judaísmo: hay que romper con la historia judía. El pueblo hebreo renacido en la Tierra de Israel no es una continuación del pueblo judío histórico sino del pueblo hebreo de la Antigüedad, aquella civilización que abarcaba a todo el mundo semita. En la base de la argumentación de Hilel Kook, está el liberalismo clásico; en la de Yonatan Ratosh, la arqueología y el mito.

El canaanismo

Y acá está el corte: en este punto, Ratosh se separa irremediablemente del sionismo y da forma al canaanismo. Si el sionismo habla del “nuevo judío”, y el hebreo, desde la óptica sionista, no es más que un judío reformado, el canaanismo de Ratosh llama a cortar toda relación con el judaísmo. Para Ratosh, el “nuevo judío” que creó el sionismo ya no es judío: es hebreo, y es una continuación directa de la grandiosa civilización semita antigua. Este parricidio de la juventud hebrea, por el cual rechaza toda su herencia cultural judía y se intenta recrear una herencia propia, relacionada con el espacio geográfico en donde vive, es notable.

Israel no es ni debe ser un Estado judío sino un Estado hebreo. El canaanismo proponía una absoluta desconexión entre este futuro Estado hebreo/el Estado de Israel y el judaísmo. El canaanismo se definía como antisionista precisamente porque el sionismo afirma ser una continuación orgánica y natural del judaísmo. Decían los canaanita: no, el Estado de Israel no debe tener nada que ver con el judaísmo ni con el pueblo judío. Estamos creando otra cosa, superior, acorde a los tiempos que vivimos. El judaísmo es una religión; como tal, es universal y, por ende, no puede engredar un movimiento nacionalista. El nacionalismo es lo opuesto a la religión: el sionismo es romántico y utópico al proponerse como equivalente o continuador al judaísmo. Así, el “hebreo” (en términos actuales, podríamos decir el “israelí”) no es un “judío nuevo” sino algo enteramente diferente. El judío debe desaparecer para dar lugar al hebreo porque el pueblo judío ya no tiene las fuerzas necesarias para sobrevivir: es un ente medieval y ya no tiene razón de ser.

Para el canaanismo, el Estado de Israel no viene a solucionar la cuestión judía sino a revivir a la nación hebrea dormida. La cuestión judía solo la pueden resolver los judíos. Como dijimos antes, para el canaanismo el Estado de Israel debe desconectarse del pueblo judío. Entonces, ¿cuál es la razón de ser del Estado de Israel? Ser un hogar: la tierra de la nación hebrea, no de la nación judía.

El objetivo del canaanismo es el siguiente:

La cuna de la civilización humana volverá a su antigua gloria, a la tierra clásica de los hebreos como Babilonia y Asiria, del canaanita y del amorita.

Contra el judaísmo

Ya vimos que Yonatan Ratosh veía al judaísmo como un ente diaspórico y universalista: era una religión anacrónica que nada tenía que ver con su pertenencia a la nación hebrea. En una anécdota muy reveladora, cuenta que se le acercó un judío religioso en Shabat y le dijo que apague el cigarrillo porque está prohibido fumar en Shabat. Ratosh, muy tranquilo, le contestó: “no soy judío, soy hebreo”. Fíjense: no le dijo que no era religioso, que era un judío secular o que no le importaban los preceptos tradicionales. ¡Le dijo que no era judío sino hebreo! Este quiebre radical aleja a Ratosh de la amplia mayoría de los israelíes, para quienes su pertenencia al Estado de Israel representa su judaísmo. Contra la visión dominante, Ratosh argumenta lo siguiente:

Este enemigo (el judaísmo) nos va a devorar vorazmente (…) si no lo eliminamos, estamos perdidos. Este país no puede ser hebreo y judío, y si no pisoteamos esta cultura enferma de inmigrantes y peregrinos, la lepra nos va a infectar a todos.

Pero si cortamos de raíz nuestra relación con la historia judía, entonces tenemos que buscar una narrativa histórica alternativa, y esa narrativa es justamente la de Horon Gur. Para que quede claro: para Ratosh, el hebreo no es un “judío” ni un “israelita” ni “de fe mosaica” sino el individuo que revitaliza la antigua nación hebrea. Como ven, Ratosh intenta establecer una relación entre cultura y territorio, divorciando a la cultura hebrea del judaísmo, mediante una argumentación histórica. Se trata de proponer una nueva visión de la historia: como en el caso de Gershom Scholem, estamos frente a alguien muy consciente del poder de la historia como cohesionadora de la sociedad. Por supuesto, la forma en que Ratosh y Sholem usan la historia y las conclusiones a las que llegan no podrían ser más opuestas pero los dos están usando a la historia como fuente de valores para el presente.

Círculo de intelectuales

El canaanismo buscaba extender su ámbito de influencia a la política, el arte plástico, la literatura, la religión y la cultura en general pero nunca llegó a tener más de cuarenta o cincuenta miembros. Era un movimiento increíblemente pequeño pero tuvo una influencia enorme en el pensamiento y la praxis de los intelectuales israelíes (aunque no en la opinión pública ni en la política). Muchos intelectuales veían al canaanismo como una alternativa real al sionismo y a la cultura judía en Israel y, por lo tanto, como un peligro a tener en cuenta y al que había que atacar con uñas y garras.

Los canaanitas eran un grupito de familiares y amigos y escribían en revistas culturales como Alef y Shem en donde debatían sus ideas. Los miembros más importantes del grupo, aparte del propio Ratosh y de Gur Horon, eran Uzi Ornan, Amos Kenan, Biniamin Tamuz, Aharon Amir, Boaz Evron, Uri Avneri e Itzjak Danziger. Todas son personalidades destacadas en el contexto de la inteligentzia intelectual israelí y están muy comprometidos a nivel político.

Como intelectuales y artistas que eran, buscaban reflejar su ideario en su arte y en sus investigaciones académicas. El ejemplo más conocido es el Nimrod de Danziger. De esta manera, revalorizaron el arte plástico semita de la Antigüedad. Más o menos lo mismo es aplicable a la literatura. Los canaanitas se oponían con fervor a la “literatura judía”: querían una “literatura hebrea” y utilizaban giros lingüísticos de lenguas extintas. Muchos canaanitas tenían un gusto nietzscheano por lo orgiástico y lo desenfrenado. No solo eso: en su afán de despegarse del judaísmo, algunos canaanitas propusieron la romanización del idioma hebreo, con el fin de dejar de usar al alfabeto hebreo.

Me quiero detener en esto porque encontramos una tensión muy fuerte: por un lado, el canaanismo se presenta como un movimiento que pretende revivir la antigua cultura hebrea; por el otro, está formado por un grupo de intelectuales, muy influidos por las vanguardias artísticas y la ciencia moderna. Retomaremos más adelante esta tensión cuando veamos las interpretaciones que hicieron distintos críticos del canaanismo.

En el fondo, los canaanitas no eran más que un grupo de intelectuales sofisticados que se sentían alienados de la cultura israelí y que buscaron una alternativa a la cultura dominante.

Los palestinos y el panarabismo

Este es un punto que desata grandes discusiones: ¿cuál era la posición del canaanismo con respecto a los palestinos? Digo esto porque, en principio, los canaanitas tenían una posición muy clara y definida con respecto al tema pero, con el paso del tiempo, muchos de los miembros originales del grupo cambiarían sus ideas. Partamos desde lo básico: dijimos que el canaanismo se proponía revivir la antigua cultura hebrea. Explicamos que, para Ratosh, esto significaba una civilización que incluía a todos los pueblos semitas. También dijimos que Ratosh venía del Leji y concebía su ideología como anticolonialista y antiimperialista.

Con estos elementos en mente, podemos decir que Ratosh considera que el pueblo palestino es un invento: no existe como tal. Es una fantasía. Lo mismo argumenta con respecto al pueblo judío. Son creaciones ficticias modernas, construcciones sin asidero histórico ni territorial. En realidad, el conflicto israelí-palestino parte de un malentendido fundamental: ni los judíos ni los palestinos son pueblos. En realidad, tanto los palestinos como los judíos que viven en la Tierra de Canaán son hebreos: los une la historia. Sí, leyeron bien: hay una fraternidad profunda que surge del registro arqueológico, que muestra que los palestinos y los judíos tienen un origen en común, el pueblo hebreo, y es eso lo que debería importar en la actualidad.

Por otro lado, Yonatan Ratosh fue un oponente feroz del panarabismo: así como no existe el pueblo judío, tampoco existe un pueblo árabe. El Islam es un ente medieval, anacrónico y oscurantista. No hay una cultura árabe en común ni un territorio en el que viva la nación árabe. Por lo tanto, ésta no existe y es un invento de la propaganda política. Miren esta cita:

Obviamente, existe un “mundo arabizado”. Es una región en la que viven poblaciones de diversos orígenes, que adhieren a distintas formas de Islam y que hablan distintos dialectos del árabe, bajo condiciones económicas, demográficas y geográficas muy diferentes. (…) Se puede hacer un cierto paralelo entre “arabizado” y eslavo o latino: es algo amorfo, no político, nada en realidad. Pero éste no es un paralelo correcto para la actualidad. El mejor paralelo, el más cercano a la realidad, quizás sea el del “mundo arabizado” con respecto a la Europa medieval.

Vean que Ratosh presenta al canaanismo como alternativa a los tres grandes movimientos de Israel y Palestina: el sionismo (que da sostén ideológico al Estado de Israel), el nacionalismo árabe (que da sostén a la OLP) y el panarabismo (que da sostén a Hamas).

Si el panarabismo y el nacionalismo palestino son formas de opresión y colonialismo, entonces la solución es la creación de un Estado nacional hebreo. De nuevo: hebreo, no judío ni palestino ni árabe. La denominada “solución de dos Estados” es una fantasía: estaría dividiendo a la nación hebrea en dos. La solución al conflicto es la ocupación. Más fuerte todavía: ¡lo que comúnmente se llama “ocupación” es la liberación de la nación hebrea oprimida por el Islam y los falsos nacionalismos árabes! Ustedes se preguntarán: ¿acaso los judíos y los palestinos no se odian mutuamente? Ratosh piensa que no porque no existen judíos y palestinos sino hebreos. ¡Y son todos hebreos! Es más, justamente la existencia de un Estado que ocupe toda la antigua Tierra de Canaán difuminará tanto al judaísmo como al Islam: al mezclarse unos con otros, desaparecerán de una vez por todas estas barreras religiosas anacrónicas.

La estrategia política que proponía Ratosh era formar alianzas con las minorías de los países árabes, como los drusos y kurdos, para así poder hacer frente al panarabismo, que se presentaba como un desafío serio a su proyecto de unidad nacional hebrea (tal como él entendía a esta nación). Esto está relacionado con la explicación que da Ratosh al conflicto árabe-israelí: si los árabes odian a los hebreos, no es porque son judíos sino porque rompen la uniformidad del “mundo arabizado”. Dicho de otra manera, el problema no es el judaísmo sino ser una minoría, y la manera de oponerse a esto es justamente formando una alianza con otras minorías nacionales oprimidas por el panarabismo.

Una alternativa al sionismo

El canaanismo se presentó a sí mismo como una alternativa al sionismo. Muchos de sus mayores críticos lo tomaron como el mayor peligro para el proyecto sionista desde el punto de vista intelectual. Por eso, a pesar de no tener el apoyo de la opinión pública ni de tener tracción política, el canaanismo se discutió con fervor en el terreno intelectual. Si el sionismo presenta una narrativa en la cual el pueblo judío surge con la salida de Egipto, se consolida con la entrega de la Torá y se afianza con la entrada a la Tierra de Israel, sufriendo un largo exilio que finaliza con el retorno a la Tierra añorada, el canaanismo se presenta como una contranarrativa, que desenfatiza la importancia del pueblo judío, al que ve como una creación diaspórica, y que se focaliza en la civilización semita como un todo. Si los judíos siempre nos hemos enorgullecido de traer al mundo el monoteísmo, los canaanitas desprecian al monoteísmo y se declaran ateos y, en algunos casos, proponen volver al politeísmo y a una vida basada en el mito antiguo, desenfrenado, bárbaro y orgiástico. Si el sionismo presenta al Estado de Israel como la continuación histórica del pueblo judío, el canaanismo lo ve como un quiebre radical y terminante con el mismo. Si el sionismo se ve a sí mismo como el retorno del pueblo judío a la historia, el canaanismo se ve a sí mismo como la restauración de la antigua civilización cananea/semita/hebrea. Si el sionismo ve al Tanaj como su bien más preciado y como la fuente de su historia, el canaanismo lo considera uno más de los tantos documentos que representan su historia, junto a la literatura ugarítica y cananea. Si el sionismo considera que su misión es salvar al pueblo judío (ya sea física o espiritualmente), el canaanismo argumenta que hay que desconectar al pueblo que vive en la Tierra de Israel del judaísmo. Si el sionismo intenta mantener viva la llama del pueblo judío, el canaanismo quiere apagarla de una vez por todas.

Ratosh llega al punto de argumentar que el Estado de Israel no es legítimo: al declararse como Estado judío, niega la existencia de la nación hebrea y la oprime irremediablemente. Hablar de “Estado judío”, según Ratosh, es tan ridículo como hablar de “Estado de marineros” o “Estado budista”.

Canaanismo y sionismo religioso

Algunos autores intentan trazar un paralelo entre el canaanismo de Ratosh y el sionismo religioso de Rab Z. Y. Kook. Unos pocos han llegado a argumentar que, en el fondo, Ratosh y Rab Kook hijo son dos caras de la misma moneda: representan dos formas de canaanismo. Según esta visión, los dos son desafíos al sionismo que terminan por separarse del tronco de la ideología sionista básica, creando un paradigma alternativo, que propone un serio desafío al ethos del Estado de Israel. Para estos autores, tanto Ratosh como Rab Z. Y. Kook anteponen el componente territorial a cualquier otro objetivo político o valor, creando así una ideología que pregona la conquista de toda la Tierra de Israel/Canaán como fuente de nacionalidad y creatividad cultural.

Este paralelismo no es del todo incorrecto. Tanto el canaanismo como el sionismo religioso mesiánico de Rab Z. Y. Kook tuvieron su apogeo luego de la Guerra de los Seis Días, con la euforia israelí por los territorios históricos recuperados. Sin embargo, no creo que haya que llevar las cosas tan lejos: lo cierto es que Rab Z. Y. Kook era un judío observante, que priorizaba el cumplimiento de las Mitzvot y que nunca buscó romper con el judaísmo ni con el pueblo judío sino que, por el contrario, llamó a volver a las fuentes y a un proceso de תשובה (“Teshuvá”, arrepentimiento, retorno) nacional.

Mientras que Rab Z. Y. Kook se regocijaba con cada avance territorial porque esto significaba un paso hacia la Redención, para los canaanitas era desesperante que las guerras ganadas por el Estado de Israel eran percibidas como guerras del pueblo judío y no como guerras del pueblo hebreo. No podían concebirlo: para un canaanita, cada avance del judaísmo era un retroceso del pueblo hebreo. Así, eran capaces de criticar terriblemente a Jabad porque, acercando a los judíos al judaísmo, los alejaban del pueblo hebreo. Esta dialéctica, si así se la quiere llamar, implica un grito al cielo contra toda forma de judaísmo organizado: para el canaanismo, había que señalar claramente la diferencia entre un hebreo y un judío. Dicho de otra manera, para Rab Z. Y. Kook, ser un patriota israelí y un judío comprometido son la misma cosa; para Ratosh, ser un hebreo implica romper con el judaísmo. Para Rab Z. Y. Kook, las guerras de Israel son guerras santas, que tienen una raíz religiosa; para Ratosh, son guerras de liberación nacional del pueblo hebreo.

Canaanismo, post-sionismo y neo-sionismo

Hablamos del post-sionismo en los artículos sobre Ielin-Mor e Hilel Kook y sobre el neo-sionismo en el de Israel Eldad. Vimos que estas dos ideologías no tenían su origen en el sionismo laborista ni en el sionismo religioso como normalmente se piensa sino en el Leji. Les comentaba al principio de este artículo que del Leji surgirían las grandes corrientes que se opondrían al sionismo oficial. La primera es el post-sionismo; la segunda, el neo-sionismo; la tercera, el canaanismo.

Yonatan Ratosh sería un canaanita hasta su muerte y siempre argumentaría que tanto el Estado de Israel como el nacionalismo palestino eran ilegítimos. Sin embargo, otros miembros del círculo canaanita, como Amos Kenan, Boaz Evron y Uri Avneri, llegarían a la conclusión de que una solución de un solo Estado es imposible y se transformarían en las voces más importantes a favor de una solución de dos Estados y los derechos nacionales palestinos. Es muy importante esta transición de la creencia en la existencia de una nación hebrea y, por lo tanto, la ilegitimidad tanto del sionismo (o sea, el nacionalismo judío) y el Estado de Israel como del nacionalismo palestino y la OLP a la aceptación de la OLP como interlocutor válido y representante de la nación palestina y al Estado de Israel como la plataforma de acción política para este cambio. Es decir, los canaanitas pasaron de criticar la existencia misma de Israel y Palestina a aceptar a los dos, aun cuando critiquen duramente sus políticas.

Algunos argumentan que el canaanismo es una de las fuentes del post-sionismo. Algo de razón hay en esto. Sin embargo, también hay que aclarar una diferencia fundamental: el post-sionismo parte de que el sionismo fue algo bueno y legítimo pero que ya cumplió su objetivo y su ciclo histórico, por lo que hay que superarlo; por el contrario, el canaanismo rechaza darle legitimidad al sionismo y lo ve como un movimiento que usurpa los derechos nacionales del pueblo hebreo. Para que vean la diferencia práctica entre el post-sionismo y el canaanismo, pongamos un escenario: la educación. Para un post-sionista, el Estado de Israel tiene que garantizar la igualdad y los derechos de las minorías nacionales, por lo que en las escuelas en las que estudian niños árabes debería enseñarse árabe. Para un canaanita, esto es inconcebible: el idioma de la nación hebrea es el hebreo, y las escuelas tienen que enseñar ese idioma. ¡No existe ninguna minoría nacional en la Tierra de Israel porque todos son hebreos! Para un canaanita no hay árabes ni judíos ni palestinos ni musulmanes: hay hebreos y punto.

¿Qué es el canaanismo? Las discusiones de los intelectuales

Los intelectuales discuten muy seriamente sobre los orígenes ideológicos del canaanismo: para Gershom Scholem, el canaanismo es una vuelta al mito antiguo y una reacción dialéctica a la religión. Según esta postura, Gush Emunim y el movimiento canaanita son dos caras de una misma moneda: dos ejes de una balanza que se contraponen. Para Yaakov Shavit, el canaanismo es un intento de formar una conciencia nacional-territorial mediante imágenes del pasado rescatadas por la arqueología. Para Israel Kolat, el origen del canaanismo puede rastrearse a la izquierda israelí, mientras que Yaakov Shavit argumenta que el canaanismo tiene sus orígenes en la ultraderecha. Algunos, como ya vimos, ven al canaanismo como un precursor del post-sionismo. Unos pocos intentan demostrar que el antisionismo radical de tipos como Gilad Atzmon tiene su origen en el canaanismo.

Yaakov Shalit muestra cómo el canaanismo hunde sus raíces en el París de 1938: la importancia de la poesía y el mito, la literatura comparada como fuente de conocimiento histórico y la revalorización de los bárbaros son todos signos de la influencia de Levi-Strauss y el estructuralismo francés.

También hay discusión entre los académicos sobre el lugar del mito y la naturaleza en el canaanismo. Algunos argumentan que el canaanismo busca volver a una forma de vida primitiva, bárbara, mítica y pagana, mientras que otros argumentan que no hacen más que un uso retórico de tropos poéticos y literarios, pero, que en realidad, no son antimodernistas ni buscan romper las cadenas de civilización ni volver a la naturaleza. Se trata, entonces, de un mecanismo retórico, que busca inspiración en fuentes alternativas (los mitos semitas) más que un llamado literal a una vuelta al pasado.

La crítica más lapidaria al canaanismo la articuló Baruj Kurzweil, un crítico literario israelí nacido en Alemania muy influido por Rab Isaac Breuer y Franz Rosenzweig. Según Kurzweil, el canaanismo es la consecuencia de la secularización a la que fue sometida el judaísmo en los últimos doscientos años. El canaanismo no surge en un vacío sino que es la consecuencia del sistema educativo israelí, viciado por la subjetivización del judaísmo. En primer lugar, para Kurzweil, el judaísmo es un fenómeno ahistórico: la Ciencia del Judaísmo, al intentar aplicar la metodología de la historia científica al judaísmo, lo falseó en su propia esencia. Segundo, el sionismo es un movimiento nacional secular, nacido bajo el calor de los nacionalismos europeos, mientras que el judaísmo es, por esencia, religioso y trascendente. Tercero, la literatura de Mija Yosef Berdichevsky, Zalman Shneur y Shaul Tchernijovsky, con sus odas al paganismo y al judío concreto por encima de la abstracción del judaísmo tradicional, trastocaron el judaísmo tradicional. Cuarto, el canaanismo es una forma floja de pensar, absolutamente superficial: los canaanitas se juntaban en los café y debatían durante horas, y esto para Kurzweil era una banalización del pensamiento, que debía hacerse frente al libro abierto, meditando y analizando detenidamente en silencio, no a los gritos y discutiendo en un bar. Quinto, Kurzweil ve al mito mesiánico como un peligro que niega las decisiones humanas: dentro del mito mesiánico, incluye todo tipo de sistema que intente encasillar al ser humano en una totalidad mayor, como la “episteme”, la “estructura” o el “arché”.

Kurzweil suma todos estos factores (secularización,  historización del judaísmo, las odas al paganismo, la forma de pensar superficial, el mito mesiánico) y argumenta que son precursores del canaanismo: la secularización da pie a un quiebre radical como el del canaanismo, que rechaza toda forma de religión como anticuada y anacrónica; la historización da lugar a una reconsideración del registro arqueológico y la (re)construcción de una nación hebrea, en contraposición al judaísmo como ente ahistórico; los “jóvenes nietzscheanos” (Berdichevsky, Tchernijovsky, etc) prefiguran la vuelta al mito semita del canaanismo; la superficialidad marca el ritmo del pensamiento del canaanita promedio; el mito mesiánico les permite tomar la “estructura” de Levi-Strauss como base para sus fantasiosas ideas. Los canaanitas, al ver al Tanaj como mito, lo corrompen: el Tanaj, para Kurzweil es precisamente la erradicación del mito mediante el llamado a servir a D-s sin reservas.

Kurzweil argumentó que el canaanismo era un peligro mortal para el proyecto de un pensamiento judío serio y tenía que ser refutado con la mayor vehemencia. En pocas palabras, el canaanismo quería reemplazar al logos (el pensamiento racional, sistemático y ordenado) por el mythos (el pensamiento superficial, vago, sugestivo, incoherente y desordenado).

En definitiva, Kurzweil intentó demostrar que el canaanismo, por más que levante la voz y declame lo contrario, no es más que un hijo del sionismo.

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2 comentarios en “Yonatan Ratosh

  1. La ideología de los “canaanitas” nunca tenía posibilidades de triunfar, pues tiene muy poco asidero en la historia judía, y la idea de una separación radical de dicha historia era poco atrayente para la gran mayoría de judíos. En este sentido, el pensamiento de Ahad Ha-Am como alternativo al sionismo religioso es infinitamente superior, pues recoge el Tanaj en forma mitologizada, y lo valora no por su veracidad literal, sino por el protagonismo decisivo de estos textos fundamentales en la historia judía.

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    • Robert:
      Comparto plenamente tu crítica a los “canaanitas”. Ahora mismo estoy leyendo una tesis sobre Adya Gur Horon (el fundador del canaanismo), en donde el autor, Romans Vaters, explica que justamente para Horon el judaísmo era algo negativo: era la decadencia de la civilización hebrea. O sea, para Horon la “historia judía” no era importante: él distinguía entre “hebreo” y “judío”, y le interesaba lo “hebreo”. Para Horon, el judaísmo era una creación diaspórica: David y Shlomo no eran “judíos” sino “hebreos”. Él quería revitalizar una (supuesta) civilización antigua, de la cual los judíos no somos sino remanentes minúsculos. Creo que hay mucho de mitología en esta visión, y comparto que la mayoría de los judíos rechazamos esta postura.
      El atractivo del canaanismo frente al sionismo espiritual de Ajad Haam radica precisamente en ese quiebre radical con la herencia y la historia judía, con el pueblo judío y con el judaísmo. Los canaanitas se presentaban a sí mismos como legítimos continuadores de la nación hebreo, no del pueblo judío.
      En cuanto a Ajad Haam como alternativa al sionismo religioso, ciertamente lo es. Sin embargo, no creo que los sionistas religiosos valoremos al Tanaj por su “veracidad literal”. De hecho, no creo que ningún judío valore al Tanaj por su “veracidad literal”. Los judíos no somos fundamentalistas del texto: nuestra lectura del Tanaj está mediatizada por la Torá Oral. Me parece que la diferencia entre Ajad Haam y el sionismo religioso pasa por el grado de adhesión y fidelidad a esta misma Torá Oral, codificada en la Halajá, no por una lectura más o menos fundamentalista de los textos fundacionales del pueblo judío.
      Un placer leer comentarios como estos ;).

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