Vladimir Medem

La leyenda del movimiento obrero judío

Vladimir Medem nació en 1879 en Liepāja, en el Imperio Ruso, y falleció en 1923 en New York, Estados Unidos. Su familia se había convertido al luteranismo y él fue criado como un católico ortodoxo ruso. Sin embargo, ya de adulto, se reencontró con su pueblo y decidió volver al seno del pueblo judío. Así, llegó a ser el principal ideólogo del Bund: lo llamaban “La leyenda del movimiento obrero judío”. El Bund fue –esta es una definición muy breve, ya hablaremos más a fondo sobre el tema- un partido político judío marxista que promovía la autonomía cultural judía en el contexto de un régimen socialista. El Bund era antisionista y proponía una solución alternativa a la cuestión judía. Les presento, entonces, la segunda parte de la serie sobre el antisionismo: ya hablamos con Rab Isaac Breuer del antisionismo ortodoxo; hoy toca hablar del antisionismo bundista, y Vladimir Medem es nuestro invitado.

Karl Marx y la cuestión judía

Antes de hablar de Medem y del Bund, hagamos una introducción a lo que piensa Karl Marx del judío y el judaísmo. Si entendemos lo que dice Marx, vamos a entender cuál es el giro del Bund, qué lo hace original y el porqué de sus choques con otras corrientes del marxismo.

Dicho mal y pronto, Marx piensa que el judío y, con él, el judaísmo son lo peor de lo peor: son el reflejo y, a la vez, hacedores del capitalismo. Marx escribe:

¿Cuál es el fundamento secular del judaísmo? La necesidad práctica, el interés egoísta. ¿Cuál es el culto secular practicado por el judío? La usura. ¿Cuál es su dios secular?. El dinero. Pues bien, la emancipación de la usura y del dinero, es decir, del judaísmo práctico, real, sería la autoemancipación de nuestra época.

Para Marx, el judaísmo no tiene contenido porque la religión ya ha caído: el judío no es más que un usurero explotador, cuyo único dios es el dinero. La caída del régimen capitalista es equivalente a la caída del judaísmo, y viceversa. Una postura terriblemente injusta, que denota una profunda ignorancia de Marx y prejuicios del más alto nivel. Pero bueno, es lo que pensaba el muchacho, ¿qué vamos a hacer?

La solución a esta situación del judío como usurero es la eliminación de la usura, y lo que ella implica, el sistema capitalista, y la instauración de un régimen comunista. En sus propias palabras:

Tan pronto logre la sociedad acabar con la esencia empírica del judaísmo, con la usura y con sus premisas, será imposible el judío, porque su conciencia carecerá ya de objeto, porque la base subjetiva del judaísmo, la necesidad práctica, se habrá humanizado, porque se habrá superado el conflicto entre la existencia individual-sensible y la existencia genérica del hombre. La emancipación social del judío es la emancipación de la sociedad del judaísmo.

O sea, el judaísmo –que es usura, según Marx- es la fuente de todos los males, y solo la destrucción del judaísmo –o sea, la usura- puede dar lugar a instaurar la justicia y emancipar a la humanidad de la explotación social, económica y política.

Como ven, la cosa es clara: Marx odia al judaísmo y al judío. Ni siquiera los entiende: es más, les digo sin tapujos que manda fruta como el mejor. Marx, a pesar de las vueltas que intenten darle a la cuestión los marxistas, era antisemita, entiéndase como se entienda ese término.

Y sin embargo, sabemos que muchos judíos se unieron al comunismo y al socialismo. Muchos judíos eran y son socialistas. Muchos judíos vieron a Marx como una especie de profeta moderno. ¿Cómo se explica esto?

Tres lecturas judías de Marx: Borojov, Medem y Trostky

Nuestra pregunta puede responderse desde un punto de vista histórico-psicológico: muchos judíos seculares sentían el anhelo mesiánico, producto de su herencia religiosa, y sustituyeron la visión mesiánica tradicional por el mesianismo implícito en el programa político marxista. También puede argumentarse que el marxismo defiende ciertos valores (igualdad, solidaridad) que la tradición judía siempre ha defendido, por lo que el judío que ya no podía creer en la religión encontraba en el marxismo un sistema de valores que le resultaba cómodo y placentero, sin necesidad de seguir creyendo en D-s o la Torá. Algunos también intentan demostrar que el marxismo fue una especie de escapismo, un refugio, una manera de aferrarse a algo: muchos judíos seculares necesitaban un sistema de valores absoluto, y lo encontraron en el marxismo.

Estas tres respuestas tienen su lógica, y habría que detenerse en cada una de ellas para ver sus méritos y errores. Ustedes podrán encontrar otras respuestas que les satisfagan más. Más allá de eso, la cuestión es que es un hecho ineludible que muchos judíos que rechazaron la religión se hicieron marxistas. Sin embargo, no todos los judíos marxistas pensaban igual: a lo largo del tiempo, se desarrollaron distintas hipótesis para explicar al judaísmo dentro de la teoría marxista y se intentaron implementar distintas estrategias políticas para resolver la “cuestión judía”.

Voy a usar a tres personalidades históricas como base para intentar explicar estas tres actitudes de los judíos marxistas frente al judaísmo, las formas de explicar el lugar del judaísmo en el sistema capitalista y las estrategias adoptadas para resolver la “cuestión judía”: Dov Ver Borojov, Vladimir Medem y Leon Trotsky. Por supuesto, los tres eran marxistas. Sin embargo, Borojov era sionista, Medem, bundista y Trotsky, internacionalista.

Empecemos con Borojov. Ya hablamos sobre él en el blog así que no me voy a explayar demasiado. Lo importante es que Borojov es un marxista convencido pero, al intentar explicar la situación del pueblo judío, tiene que introducir cambios en la doctrina marxista clásica: mientras que para Marx todo nacionalismo es reaccionario, para Borojov hay un nacionalismo progresista, obrero, y otro nacionalismo reaccionario, burgués. Mientras que para Marx el judío no existe como tal (ya vimos que Marx iguala al judío con el burgués y al judaísmo con la usura), para Borojov no solo existe el judío como individuo sino como pueblo. El desafío, para Borojov, no es solamente llegar al socialismo sino construir un socialismo nacional y popular.

Ahora vamos con Trotsky. Para ponerlo en pocas palabras, Trotsky sigue la línea de Marx al pie de la letra con respecto a la cuestión judía: el judaísmo tiene que desaparecer, los judíos se tienen que asimilar, y la llegada del socialismo es equivalente a la asimilación total y absoluta. No hay lugar para los nacionalismos dentro del pensamiento trotskista: el socialismo es internacional, o no es socialismo. Por lo tanto, el sionismo, como nacionalismo judío, no es más que una ideología burguesa y reaccionaria, sin importar que sean los propios obreros quienes la sostengan.

Llegamos a Medem. Para Vladimir Medem, el socialismo es internacionalista pero tiene que dar lugar a las autonomías culturales: dentro de la Unión Soviética, por ejemplo, hay rusos, austríacos, ucranianos, judíos, georgianos, bielorrusos, lituanos, armenios, estonios y todavía me faltan un montón más. Lo que hay que hacer no es intentar unificar todas estas culturas en un todo homogéneo (como diría Trotsky) sino apoyar cada una de estas culturas para que cada pueblo pueda recrearse a sí mismo. Mientras que Trotsky plantea que la lucha política por el socialismo tiene que estar por encima de cualquier otra cosa, Medem afirma que la lucha cultural es parte de la lucha política, y que no se puede llegar al socialismo negando las autonomías culturales porque eso va en contra del propio interés del pueblo y los deseos de los trabajadores. Para que lo vean más claro: para Trotsky, objetivamente, la existencia de nacionalidades es un invento burgués y la idea misma de autonomías culturales refleja una distracción y atomización de las fuerzas populares que luchan por el socialismo; para Medem, las autonomías culturales son un medio hacia el socialismo porque es lo que exigen las masas populares. Para Trotsky, si el pueblo quiere autonomía cultural, es porque los burgueses manejan al pueblo mediante propaganda; para Medem, si el pueblo quiere autonomía cultural, entonces lo que hay que hacer es darle autonomía cultural.

El Bund y la autonomía cultural

Ahora ustedes me van a preguntar, muy inteligentemente: ¿y qué es eso de la autonomía cultural?

Antes de responder, tenemos que definir primero qué es la cultura y por qué distintos grupos humanos tienen culturas diferentes. Miremos las palabras de Medem:

La cultura nacional es simplemente la forma que toma el contenido general humano. El contenido de la vida cultural, que es la misma en todo lugar, asume distintos colores, distintas formas nacionales, porque pertenece a grupos diferentes con relaciones sociales distintas.

Dicho de otra manera, los judíos, por su propia composición como pueblo, tienen formas culturales distintas a las de los rusos, los alemanes o los chinos. Si es así, entonces:

(La autonomía cultural) es necesaria para prevenir que las naciones sean oprimidas, dentro de lo posible, en un régimen capitalista. Tenemos que crear los mecanismos que garanticen la mayor libertad y autonomía cultural de cada nación y eliminar todo elemento que las oprima o lastime.

Trotsky dice: tiene que haber una única cultura internacional, la de los trabajadores. Medem responde: hay una cultura internacional, pero esta asume distintas formas en cada grupo humano. De esta manera, no hay que oprimir a las culturas nacionales sino apoyarlas.

Este debate sobre el lugar de las culturas nacionales dividió aguas en el movimiento revolucionario soviético, siendo una de las fronteras entre mencheviques y bolcheviques. Los mencheviques, socialdemócratas, aceptaban la existencia de grupos nacionales, mientras que los bolcheviques, comunistas, la rechazaban.

Estado-nación y Estado plurinacional

Ya lo hablamos en el artículo sobre Hilel Kook: el concepto del Estado-nación (a cada nación le corresponde un Estado, y cada Estado debe representar solo a una nación) no es universal ni aplica a todo momento y lugar. Por el contrario, es un concepto moderno, europeo y occidental. El Imperio Romano no era un Estado-nación, el Tahuantinsuyo tampoco era un Estado-nación…¡Y que nadie se escandalice por eso! La idea del Estado-nación tiene una historia, y es la historia de los modernos Estados nacionales europeos. ¿Y esto qué tiene que ver con el Bund y Vladimir Medem? Que si entendemos que el Estado-nación no es universal, vamos a entender por qué el bundismo defendía la autonomía cultural judía, y no la creación de un Estado judío. Escribe Medem:

Imaginemos el caso de un país compuesto de varios grupos nacionales (polacos, lituanos, judíos). Cada grupo nacional crea un movimiento separado. Todos los ciudadanos que pertenecen a un grupo nacional determinado se unen a una organización especial que organiza asambleas culturales en cada región y a una asamblea cultural general para todo el país. Las asambleas tendrán su propio poder financiero: cada grupo nacional se encarga de recaudar los impuestos de sus miembros, o el Estado determina una proporción de la recaudación total a cada una. Cada ciudadano del Estado pertenece a un grupo nacional, pero cada uno decidirá a cuál grupo pertenecer: es una cuestión de gusto personal y ninguna autoridad debe tener control sobre su decisión. Los movimientos nacionales están sujetos a la legislación general del Estado pero en sus áreas de responsabilidad son autónomos y ninguno tiene el derecho de intervenir en los asuntos del otro.

Ahí tienen la forma de gobierno ideal según Medem: federaciones o asambleas nacionales, unidas por un Estado que los aglutina. Este Estado no tiene poder de coerción en asuntos nacionales-culturales: no estamos frente a un Estado-nación. ¿Qué es, entonces?

Los grupos nacionales están conectados unos a otros en su vida política y económica, y están unidos en un mismo territorio y no pueden ni pensar en la independencia política. Este es un Estado de nacionalidades.

¿Un “Estado de nacionalidades”? Un Estado plurinacional, no se compliquen la vida. Pasa que Medem escribe en ídish y en 1906, en una época en la que el concepto de “Estado plurinacional” todavía no existía. La idea, sin embargo, es la misma: en un Estado conviven distintas naciones. En realidad, Medem no inventa nada nuevo: solamente habla de lo que ve todos los días. El Imperio Ruso -y luego, la Unión Soviética- eran Estados que incluían en su seno una enorme variedad de naciones (rusos, lituanos, polacos, judíos, ucranianos, letonios, estonios, georgianos, etc). Más todavía, en un mismo territorio geográfico pueden convivir judíos, ucranianos, polacos, lituanos y rusos: no es que tenemos un Estado que se llama “Español-Portugués” pero, en realidad, los españoles viven de un lado de la Península Ibérica y los portugueses, del otro. En el imperio Ruso –y luego, la Unión Soviética- había muchos territorios que no pertenecían a “una” nación sino a varias. Así, Medem disocia el concepto de nación del de territorio: el aspecto territorial no es relevante para definir a la nación. La nación se define por la libre adherencia de sus miembros a ella: es una cuestión de decisión personal, de gusto, de sentimiento.

Es muy común leer que Medem toma este concepto de Otto Bauer, un marxista austríaco que desarrolló las mismas ideas pero en relación al pueblo austríaco en vez del pueblo judío. En realidad, Medem escribe sobre el tema dos años antes que Otto Bauer así que resulta claro que no está inspirado por él, porque lo antecede, aunque la coincidencia entre uno y otro demuestra que la situación política daba pie a este tipo de desarrollos teóricos. Esta teoría sobre la nacionalidad se llama “autonomía nacional personal”.

Neutralismo

Si hablamos de autonomía cultural, surge el tema de la asimilación: ¿qué pasa si un miembro de una nación decide asimilarse y pasar a formar parte de otra nación? La respuesta nos la da la propia definición de “nacionalidad” que maneja Medem: no pasa nada. La nacionalidad es una cuestión de definición personal, que no depende de factores externos más que la propia voluntad. No hay factores objetivos que definan la nacionalidad así que si yo decido ser ruso, soy ruso; si decido ser polaco, soy polaco; si decido ser judío, soy judío.

Así, Vladimir Medem argumenta que es neutral con respecto a la asimilación e instaura la llamada “neutralidad” del Bund:

Puede ser que el veredicto de la historia sea que los judíos se asimilen dentro de otros pueblos. De nuestra parte, no vamos a utilizar nuestras fuerzas ni para detener este proceso ni para adelantarlo. No interferimos. Somos neutrales. No estamos en contra de la asimilación; estamos en contra de la asimilación como objetivo. Si la historia decide que los judíos se desarrollen como una cultura independiente, tampoco vamos a interferir en ese proceso; no nos importa su éxito o fracaso. Somos neutrales.

Para Medem, la asimilación no es ni mala ni buena: si querés asimilarte, asimilate. Si no querés, no lo hagas. Por supuesto, el problema es que el neutralismo con respecto al tema lleva, en un ambiente mayoritariamente no judío, a la asimilación: si vivís en Argentina, hay 41 millones y medio de argentinos, de los cuales unos 200 mil son judíos. O sea, un 0,5% más o menos. Si los judíos no se esfuerzan por no asimilarse, entonces se asimilan: es una cuestión numérica. Y, de hecho, es lo que terminó pasando con muchos bundistas o hijos de bundistas, que, llegados a América, vieron abiertas las posibilidades de asimilarse a la cultura mayoritaria y, entendiendo al judaísmo como una herencia cultural compuesta por comidas típicas, canciones folklóricas y lucha política progresista o socialista, terminaron desechando lo particular judío en favor de lo argentino. ¿Esto es malo? Poniéndonos en el lugar de Medem, pareciera que no le molestase demasiado. Sin embargo, si esto fuese así, cabría preguntarse: ¿por qué, entonces, la necesidad de la autonomía cultural? La respuesta, creo yo, es que Medem, por más retórico que sea con respecto al neutralismo, tiene interés en perpetuar la cultura judía, y por eso es que defiende la autonomía cultural judía en el contexto de un Estado plurinacional. Es consciente de lo que significa la asimilación porque él mismo fue criado como católico ortodoxo griego: si él hizo el camino de vuelta al pueblo judío y encontró su lugar en el Bund, y no en un partido socialista cualquiera, es porque veía valor en la cultura judía.

Las características del Bund

¿Por qué los judíos necesitan una organización política propia, el Bund? Uno podría decir, como afirma Trotsky: unámonos todos los socialistas, sin importar nuestro origen o cultura. Incluso si aceptamos la idea de la autonomía cultural, podría plantearse que, en el contexto de opresión actual del sistema capitalista, los obreros ganan más unidos que divididos y que necesitan una gran organización socialista que los defienda. Medem escribe:

Dije que nuestro movimiento tenía dos características distintivas. La primera era la de contar en sus filas muy pocos obreros de las grandes fábricas. La mayoría de nuestros compañeros trabajaban en pequeños o minúsculos talleres artesanales. La segunda característica consistía en que nuestros trabajadores eran judíos, hijos del pueblo judío, y en esa condición había dos fuerzas que los impulsaban a adherirse al movimiento: por una parte, su sentimiento de clase, la conciencia de ser trabajadores explotados y llevados a luchar junto a sus hermanos por una existencia mejor; por otra parte, su judaísmo, la conciencia de ser judíos.

Medem habla de dos características distintivas del Bund.

La primera, una cuestión práctica, se refiere a la condición económica del obrero judío. Su lugar en el proceso productivo (trabaja en talleres más que en grandes fábricas) repercute en que sus intereses socio-económicos sean particulares. Acá no hay nada específicamente judío: de hecho, esta situación de judíos trabajando en talleres quizás aplicaba al contexto en el que escribe Medem (la Rusia Zarista y de los primeros años del comunismo) pero hoy ya la situación es muy diferente. Es más, podría plantearse que es una cuestión de estrategia política: así como hay un sindicato de textiles, otro de ingenieros y un tercero de músicos, tiene que haber un sindicato de trabajadores talleristas. Pero acá no hay nada judío: se trata de representar a un sector de la población de acuerdo a su ocupación laboral y defender sus derechos, que pueden o no coincidir con los de los trabajadores de otros sectores. Si nos quedásemos solamente con esta característica, el Bund no tendría nada de judío.

Esta primera característica dio forma a una peculiaridad del Bund: su énfasis en la huelga como forma de protesta social y política. Es más, antes de tener una ideología definida, el Bund era simplemente una organización política dedicada a la agitación social. Así, puede decirse que el Bund es el mayor representante –y quizás el principal precursor- de la tendencia izquierdista en el seno del pueblo judío. Cuando piensan en los judíos que participaron en las grandes luchas laborales y en las grandes conquistas del movimiento obrero, el Bund está presente: en la Revolución Rusa, en el Levantamiento de los 20 mil, en las protestas de la industria textil en Estados Unidos, el sindicalismo argentino de principios del siglo XX.

La segunda característica es lo específicamente judío: el Bund representa a los trabajadores judíos, gente perteneciente al pueblo judío. Por lo tanto, el bundista tiene una doble filiación: judío y obrero. Vean que, para Medem, lo que define al judío como tal es “la conciencia de ser judío”: no hay una serie de características fijas que definen quién es judío y quién no sino que es simplemente es una cuestión de conciencia individual, de identificarse como miembro del pueblo judío. Podría argumentarse que la idea actual, tan difundida, de que el judaísmo es una cuestión de identidad y de decisión personal, que no importa lo que hacemos sino lo que sentimos, surge con el Bund.

El idishismo

Ya dijimos que el Bund buscaba representar al pueblo judío trabajador. Eso significaba estar cerca del obrero judío común y hablar su idioma. No me refiero solamente a hablar el lenguaje de la calle y seguir sus modismos: me refiero literalmente a hablar su idioma, el ídish. Así, el Bund tomó como propio al ídish y dio un impulso fenomenal a la cultura ídish: teatro, literatura, periodismo, música y cine en ese idioma, así como investigaciones académicas sobre su historia. El Bund desarrolló una ideología del idishmo: la idea de que el ídish es el idioma del pueblo judío, que es el patrimonio del obrero judío y que ése es el idioma que debemos hablar los judíos en la Modernidad.

En relación con esto, hay dos ideas comunes, aunque no del todo correctas: que la cultura ídish nació y se desarrolló por el Bund; y que el idishismo fue, desde un principio, el sello distintivo del Bund.

Para poder explicar cuánto hay de cierto y cuánto de falso en estas dos ideas, tenemos que hacer un poco de historia. El Bund se creó sin una ideología definida: se trataba, fundamentalmente, de defender los derechos, principalmente los laborales, de los obreros judíos y de educarlos para llevarlos hacia el socialismo. El Bund no fue creado por los obreros mismos sino por intelectuales judíos que buscaban acercar el socialismo a los obreros: esto es importante porque muestra la relación que se entabló, al menos en un primer momento, entre obreros e intelectuales. Estos primeros intelectuales, los fundadores del Bund, no eran idishistas: no idealizaban al ídish ni tenían una ideología clara con respecto al tema del idioma del pueblo judío. El uso del ídish era una cuestión estratégica: los obreros judíos hablan ídish así que nosotros tenemos que escribir nuestros panfletos en ídish para que nos entiendan. O sea, si los obreros judíos hubiesen hablado ruso o polaco, entonces los fundadores del Bund hubiesen escrito sus panfletos y periódicos en ruso o polaco. Posteriormente, sí se crearía una ideología específica, que reivindicaba el ídish como el patrimonio del pueblo judío trabajador y como el depositario de la herencia cultural del pueblo judío. El ídish, el idioma hablado por las grandes masas judías, revivía toda una serie de experiencias vitales de la historia judía: la reivindicación del ídish implicaba también bucear en las profundidades de la historia judía y rescatar personajes relegados, la literatura popular y el folklore, en detrimento de las tradiciones religiosas y los textos “elitistas” sobre el Talmud y la Halajá. Ya en esta segunda etapa de reivindicación del ídish, las asambleas del Bund se realizaban plenamente en ídish: el propio Medem cuenta en su autobiografía cómo aprendió ídish de grande, con la experiencia del día a día.

Esta concepción idishista llevó la creación de instituciones de investigación como el IWO (o YIVO), que pretendía documentar e investigar la historia y cultura ídish. En el sitio web de la Fundación IWO en Argentina dice:

Fundación IWO es una organización sin fines de lucro que, desde 1928, conserva, investiga y difunde materiales documentales sobre la historia, la cultura y los lenguajes del pueblo Judío. El nombre IW se origina en las siglas de Idisher Visnshaftlejer Institut que en ídish significa: instituto judío de investigación.

La Fundación IWO mantiene la biblioteca, el archivo histórico y el museo, creando ámbitos para el estudio, la comunicación inter-generacional y el encuentro entre culturas. Fue creada en el año 1925 en Vilna, el centro cultural de los judíos de Europa Central. En 1928 se estableció su sede en Buenos Aires que comenzó a trabajar en forma independiente a partir de la Segunda Guerra Mundial durante la cual el IWO de Vilna fue sistemáticamente saqueado y destruido. Fundación IWO ofrece una amplia oferta actividades culturales entre ellas cursos de ídish y cultura judía, talleres de capacitación en temas de patrimonio cultural, presentaciones de libros y conferencias, conciertos, y mucho mas.

Con respecto al YIVO de New York:

El YIVO Institute for Jewish Research fue fundado por un grupo de académicos e intelectuales en Vilna, Polonia, en 1925 con el objetivo de estudiar la vida judía en todos sus aspectos: idioma, historia, religión, folklore y material cultural. El YIVO se focaliza en los judíos de Europa del Este, pero colecciona libros, manuscritos y otros artefactos de comunidades judíos de todo el mundo. (…) La Segunda Guerra Mundial y el Holocausto obligaron al YIVO a relocalizarse en New York en 1940. Sus colecciones en Vilna fueron saqueadas por los Nazis. Con la ayuda del ejército de los Estados Unidos, el YIVO pudo recuperar algo de su material y comenzar de nuevo en Estados Unidos.

Tanto el actual YIVO en New York como el IWO actual en Buenos Aires son instituciones que surgen del IWO de Vilna, y, a pesar de tener buenas relaciones, son independientes entre sí.

También tenemos que hablar de la literatura ídish, que tiene a sus tres “clásicos” en Mendele Moijer Sforim, I. L. Peretz y Sholem Aleijem. El premio Nobel a Isaac Bashevis Singer fue un reconocimiento a toda la literatura ídish (ya que estamos, disipemos el lugar común: no, Bashevis Singer no fue el último escritor en ídish; algunos también discuten su calidad literaria y dicen que ni siquiera fue el mejor, pero que tuvo la capacidad de publicitarse mejor y, al propiciar la traducción de muchos de sus libros al inglés, fue mucho más leído por el público en general). El Bund buscaba propiciar una literatura ídish popular, que llegue a las grandes masas judías, y así se entablaron debates con respecto al lugar de las vanguardias y el compromiso social de la literatura. También relacionado con esto, el periodismo en ídish alcanzó cumbres altísimas: en la Argentina, por ejemplo, Di Idishe Tzeitung y Di Presse llegaron a vender decenas de miles de ejemplares diariamente; el periódico Forverts, fundado en 1897 en Estados Unidos, sigue publicándose (originalmente era en ídish, hoy se publica en ídish y en inglés).

En el terreno del teatro, había compañías teatrales tanto en Europa del Este como en Estados Unidos y Argentina dedicadas íntegramente al teatro ídish, que desarrolló una calidad y cantidad impresionante. El cine no se quedó atrás: hacia 1920 y 1930, en Hollywood se producían películas en ídish para el enorme público judío que inmigraba hacia Estados Unidos desde los países eslavos. Eran películas populares, bastante inocentes y sencillas, pero su propia existencia demuestra la cantidad de personas que hablaban en ídish y su voracidad por expresarse y consumir productos culturales en su idioma.

También en la música podemos encontrar un boom del ídish: la música klezmer, los grandes Jazanim de Estados Unidos como Yossele Rosenblatt, que eran grandes estrellas de la época, o el tango ídish y los cantantes populares, como Max Zalkind, en Argentina.

No cabe la menor duda de que el Bund fue parte integrante y propulsor de toda esta gran cultura ídish. Sin embargo, es importante recalcar que la cultura ídish existía antes del Bund y que el Bund no fue el único movimiento idishista: Simon Dubnow, por ejemplo, era idishista pero no bundista; Borojov era idishista y sionista. Lo que quiero remarcar es que la cultura ídish recibió un impulso por el Bund pero esta no es patrimonio exclusivo del Bund. El IWO no es una institución bundista: fue creado por intelectuales e investigadores de distintas corrientes políticas. Es un error identificar al idishismo con el bundismo. Sí es cierto, lo repito, que el Bund fue un impulsor enorme de toda esta movida cultural; es absolutamente falso que fue el único o que no hay idishistas no bundistas.

Paradójicamente, en la actualidad los que sostienen la cultura ídish son los más acérrimos adversarios del Bund: los Jasidim. Los únicos que siguen hablando ídish en su vida cotidiana, leen periódicos en ídish, escuchan exclusivamente música en ídish y sintonizan radios en ídish son los Jasidim. Los Jasidim, que eran vistos por los bundistas como reaccionarios, anacrónicos, ignorantes y supersticiosos, reliquias del pasado condenadas a la extinción por la mano inexorable de la historia, hoy son los sostenedores de la cultura ídish: más todavía, son los únicos que siguen hablando ídish como lengua materna.

Bundistas y sionistas

Ya dijimos que los bundistas eran antisionistas: consideraban que los sionistas eran reaccionarios burgueses e ingenuos soñadores. Los bundistas se oponían al sionismo porque estaban en contra de cualquier tipo de nacionalismo. En palabras de Medem:

Los colores son diferentes pero la esencia es la misma. Esta esencia es adular y rendir culto a la nacionalidad propio; “nosotros” es un templo, lo “extranjero” no cuenta. El interés y la propiedad nacional es el fundamento de todo su edificio socio-político. Esa es la característica en común del nacionalismo, sin importar de qué tipo sea: une a Bismarck, Dubnow, Rochefort y Ajad Haam.

A diferencia de Borojov, Medem no distingue entre nacionalismo popular y nacionalismo burgués: para Medem, por definición, el nacionalismo es burgués. Así, no puede haber lugar para el nacionalismo en el contexto del socialismo.

Por otro lado, el Bund entendía que el futuro del pueblo judío estaba en Europa del Este, más específicamente en la Unión Soviética: consideraba que emigrar a la Tierra de Israel era una forma de escapismo. Lo que había que hacer era propiciar el cambio político-social en Europa, no escaparse hacia otras tierras. Para los bundistas, el diagnóstico era: el problema es la falta de autonomía cultural y la opresión socio-económica; la solución: avanzar hacia el socialismo, que eliminará la opresión socio-económica, y lograr la autonomía cultural en el contexto de un Estado plurinacional. Para los sionistas, el diagnóstico era similar pero la solución era construir un país propio, en una tierra propia: Israel. Esto puede rastrearse a lo que hablábamos antes sobre el Estado plurinacional y el Estado-nación: los bundistas buscaban insertarse dentro de un Estado plurinacional, mientras que los sionistas entendían que la tensión inherente a ese tipo de organización política haría estallar conflictos peores y que era necesario construir un Estado para la nación judía.

Otro punto que distingue a los bundistas de los sionistas es qué significa el “pueblo”. Para un sionista, el “pueblo” es la totalidad de la población judía. En cambio, para un bundista, el “pueblo” es el pueblo trabajador: solamente los obreros son parte del pueblo. Los comerciantes, empresarios, patrones o profesionales no son parte del mismo. Así, el Bund, al hablar en nombre del pueblo, en realidad está diciendo representar a una parte del pueblo judío, no a su totalidad. Esto es muy importante porque marca una diferencia fundamental: el Bund es clasista y busca defender los intereses de una sola clase social. Esto quizás permita explicar un agujero enorme en la doctrina bundista: si el Bund dice representar al pueblo judío, ¿dónde están los sefaradíes o los judíos que viven en Europa Occidental? ¿Acaso se puede plantear una solución a la cuestión judía que no involucre a todos los judíos del mundo? Después de todo, el Bund dice que el ídish es el idioma del pueblo judío, y es obvio que eso no aplica para los judíos sefaradíes: nunca en su vida hablaron ídish ni les importa hablarlo. ¿Cómo explicar esta presunta paradoja? La explicación fácil es decir que al Bund no le importaban los judíos sefaradíes porque sus miembros no los conocían. Esta explicación es bastante poco convincente y no resulta demasiado inteligente. A mí me parece más convincente pensar que hay algo en la propia doctrina bundista que excluye a los judíos sefaradíes: la idea del pueblo judío trabajador. El obrero, según lo entiende el Bund y el marxismo en general, solo existe en un modo de producción capitalista. Los judíos sefaradíes, al vivir en los países árabes, no viven en países capitalistas. Por lo tanto, los judíos sefaradíes no son obreros. De esta manera, los judíos sefaradíes no forman parte del pueblo judío trabajador. Esta exclusión no es casual ni un error: es una consecuencia directa de los postulados ideológicos del Bund.

Una última diferencia que muchas veces se remarca entre los bundistas y los sionistas es el tema del idioma. Los bundistas eran idishistas, mientras que los sionistas defendían el retorno al hebreo como idioma vivo. Esta diferencia, simbólicamente importante, no es del todo cierta, como vimos más arriba. Después de todo, Borojov, uno de los representantes más importantes del sionismo socialista, era un firme idishista.

A pesar de todas estas diferencias, hay un punto de contacto muy importante entre el Bund y el sionismo: los dos consideran que la cuestión judía tiene una raíz política y que, por ende, su solución también es política. El Bund y el sionismo proponen distintas soluciones pero las dos son soluciones de índole político. Esto es importante porque marca una característica de la Modernidad judía: la politización. En el fondo, más allá de sus diferencias, el Bund y el sionismo son movimientos políticos, no religiosos, culturales, económicos o filosóficos: el problema judío es político, los medios son políticos y la solución es política.

La desaparición del Bund: asimilación, Shoá y la persecución stalinista

La Shoá fue un duro golpe para la judería de Europa del Este: 6 millones y medio de judíos asesinados y toda una cultura destruida. Uno de los grupos más perjudicados por el genocidio fue el Bund, que perdió a muchos miembros. También hay que reconocer el rol del Bund en la resistencia antifascista y antinazi, como la formación del Comité Judío Antifascista, y en el levantamiento del ghetto de Varsovia: Marek Edelman, uno de los líderes del levantamiento, era un joven bundista y fue uno de los pocos sobrevivientes. Ya que estamos, el levantamiento del ghetto de Varsovia es un excelente ejemplo de la diversidad política de los judíos europeos de la época: sus líderes incluían bundistas, sionistas socialistas marxistas y no marxistas, sionistas revisionistas, sionistas religiosos y socialistas internacionalistas.

El Bund, cuya principal área de actividad era la Unión Soviética, se enfrentó a los bolcheviques y a Lenin y, posteriormente, a Stalin. Esto provocó que sus líderes y miembros sean perseguidos duramente. Además, la política oficial soviética con respecto a las minorías nacionales y la autonomía cultural de ellas también dio un giro: mientras que, en un primer momento, se apoyaron y alentaron las expresiones culturales nacionales, luego se empezaron a reprimir. A medida que Stalin consolidó su poder, la Unión Soviética se comenzó a identificar cada vez más con la cultura rusa, en detrimento de las minorías culturales. Esto fue otro golpe durísimo para el Bund, que veía cómo se caía a pedazos su sueño de autonomía cultural. Para colmo, diezmado de líderes y militantes por la Shoá y las persecuciones stalinistas, el Bund perdió gran parte de su influencia y poder político. Los sobrevivientes emigraron a América y, en segundo lugar, Israel. En general, mantuvieron su ideario político pero, adaptados a las nuevas sociedades en las que vivían, se enfocaron en las luchas laborales más que en la cuestión de la autonomía cultural.

Y aquí llegamos a la tercera causa de la caída del Bund, que me parece la primordial porque se encuentra en la estructura ideológica misma del bundismo. Les voy a contar una anécdota personal para explicarlo mejor: conocí a una persona católica, que llevaba una cruz colgando y que iba a misa todos los domingos. Era una persona de izquierda, militante, y antisionista a rabiar. Esta persona me discutía que era judía porque su abuelo había sido militante del Bund y que todas sus ideas izquierdistas eran producto de su judaísmo. Cuando le señalé que era católica (¡tenía una cruz gigante, iba a misa!), me contestó que se sentía judía: ¡todo su compromiso político, argumentaba, se basaba en su herencia judía! No quiero juzgar pero quiero que vean cómo esta persona, que era católica practicante y antisionista militante…¡Se sentía judía! Y ese sentimiento, decía, le daba derecho a hablar en nombre del judaísmo. Su concepción del judaísmo, que era la concepción bundista clásica, significaba ser socialista, antisionista y militante; pero, en la Argentina del siglo XXI, eso significa estar alejado del judaísmo y de la comunidad judía y sus instituciones: la autonomía cultural, que es un hecho en nuestro país, llevó a muchos bundistas a asimilarse, antes que a mantener su judaísmo. Así, podemos decir que el bundismo antepuso su concepción socialista a su judaísmo, lo que provocó que, en el transcurso de una o dos generaciones, desaparezca como tal. Dicho de otra manera, la asimilación está presente en la propia estructura ideológica del Bund: vimos que Medem decía ser neutral al respecto y discutimos si su postura era viable o no. El problema básico de la ideología bundista es que alcanzar la autonomía cultural sin un contenido nacional propio no soluciona el problema judío sino que lo agrava: la autonomía es el marco pero no el contenido.

En definitiva, el Bund fue un movimiento político muy relevante en el contexto de principios del siglo XX en Europa del Este. La cantidad de judíos que se unieron a sus filas fue impresionante. Sin embargo, las razones de su fracaso estaban inscriptas en su misma matriz ideológica.

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