Najman Syrkin

Filósofo y político idealista

Najman Syrkin nació en Rusia (en el actual territorio de Bielorrusia) en 1868 y falleció en Nueva York en 1924. Tuvo una educación judía tradicional, aunque complementada con estudios seculares, y estudió filosofía en las universidades de Zurich y Berlín. Periodista y escritor, fue uno de los miembros más importantes de la facción socialista dentro del movimiento sionista y uno de los líderes más famosos de la misma. Sobresale no solamente por su persistente militancia sino por sus originales desarrollos teóricos.  Normalmente se lo estudia en contraste con Borojov. Esta vez voy a intentar presentar a Syrkin de manera independiente, aunque en algún lugar voy a mencionar a Borojov y compararlos en algún punto.

Lo primero que tenemos que explicar es por qué nos dedicamos a Syrkin ahora y no hablamos de algún otro referente del sionismo socialista. ¿Qué tiene de especial Syrkin que lo destaca por encima del resto? Enumeremos tres factores, que no son los únicos pero sí los más relevantes:

  1. Es el principal líder de la facción socialista en el Primer Congreso Sionista.
  2. Es un socialista utópico (o sea, no marxista).
  3. Propone un socialismo específicamente judío.

El punto 1) no sé si exige mucho desarrollo en el contexto de este artículo. Como cuestión histórica sí que es interesante pero nos estaríamos yendo por las ramas. A los efectos de hoy podemos decir que nos muestra a Syrkin como un líder comprometido desde la primera hora con el sionismo y, específicamente, con su vertiente socialista.

Los puntos 2) y 3) me parecen más interesantes y vamos a explayarnos más abajo sobre los dos.

Syrkin y Marx

Uno de los errores más comunes cuando se estudia al socialismo como ideología y/o régimen político es partir del supuesto de que todo socialismo es marxista. Sí, vos que sos sociólogo, historiador o politólogo seguro que estás pensando que lo que estoy diciendo es una obviedad pero no, no lo es. Tuve que experimentar en carne propia lo que es tener profesores que están convencidos de que no hay socialismo fuera del marxismo…Pero volvamos al tema. Antes de empezar, una aclaración: voy a arrancar desde lo más básico del pensamiento marxista. Si ya tenés una mínima noción de conceptos tales como lucha de clases, dialéctica materialista y modos de producción, podés saltearte los próximos párrafos y leer solamente el último antes del próximo título. De paso, les comento que pueden complementar esta entrada con esta otra, en la que hago referencia al marxismo en relación a Borojov y también me dedico a hacer una introducción básica a ciertas nociones del pensamiento marxista.

Decía que es un error asumir que todo socialismo es marxista. La refutación más obvia (y muchos dirán: tonta) de este supuesto es estudiar un poquito de historia y notar que ya había socialistas antes de Karl Marx. Y yendo más adelante en el tiempo, podemos encontrar millones de casos de pensadores y políticos que se definen como socialistas pero que rechazan al marxismo. Si es así, ¿por qué muchos asocian en su cabeza Socialismo=Marxismo y se olvidan de todas las otras vertientes socialistas no marxistas? La respuesta es que Marx distinguió entre dos tipos de socialismo: el “socialismo científico” y el “socialismo utópico”. El “socialismo científico” obviamente es el suyo, el marxista, un socialismo que, según él, surge del análisis científico de la realidad; el “socialismo utópico” son todos los otros, socialismos que no toman en cuenta a la ciencia ni a la realidad tal cual es y que son, por ende, obra de ingenuos soñadores.

Ahora ustedes se estarán preguntando: “ajá, muy bien, ¿no íbamos a hablar de Najman Syrkin? ¿Qué tiene que ver todo esto con nuestro protagonista?”. Ya llego, gente. Toda esta introducción (que si tenés una mínima noción de ciencias políticas o historia podrías haber salteado) es para decirles que Syrkin era socialista pero no marxista. O sea, era lo que se llama un socialista utópico. Aclaremos que Marx cuando llama a los socialistas no marxistas “utópicos” lo dice en tono peyorativo: son soñadores y utopistas, gente que no tiene los pies sobre la tierra. Sin embargo, el término se extendió y así se utiliza normalmente: en este contexto, cuando hablo de socialismo utópico no lo estoy diciendo de manera peyorativa ni estoy queriendo dar a entender que este tipo de socialismo sea más o menos correcto que el marxista sino simplemente estoy usando la terminología usual.

¿Por qué Syrkin no es marxista? En primer lugar, porque rechaza la dialéctica materialista. Empecemos con la idea de “materialista”. Syrkin no está de acuerdo con la idea marxista de que la estructura de una sociedad determina la superestructura mental, religiosa, filosófica y jurídica. Explico brevemente. Para Marx, la estructura de una sociedad es la base material, que está compuesta por la fuerza de trabajo y las relaciones de producción (para no complicarnos la vida: la economía); la superestructura es la religión, la filosofía, el arte, el pensamiento, la ciencia, el derecho, la cultura y el Estado (para no complicarnos la vida: todo lo que es intangible y no material). En otras palabras, las condiciones materiales determinan los procesos mentales. O si lo prefieren, lo material determina lo espiritual. A Syrkin le parece que esta idea está equivocada y postula que el mundo de los ideales (o sea, nuestros pensamientos) tiene el poder de determinar la realidad material y de modificarla. Si bien es obvio que acepta que la situación económica afecta el estado anímico de un pueblo, no considera que sea el factor determinante a la hora de analizar una sociedad.

Por otro lado, la dialéctica materialista también implica que hay una “dialéctica”. ¿Qué significa? Que tenemos dos componentes en la realidad que pugnan por imponerse unos contra las otros y el resultado de esta lucha es una unión de contrarios, más potente, porque los integra en una nueva unidad. Esto lo podemos aplicar a procesos históricos. Por ejemplo:

1)El laborismo en el poder con Itzjak Rabin.

2)El Likud en el poder con Itzjak Shamir.

3)Gobierno de coalición entre el laborismo y el Likud.

Otro caso algo más combativo, simplificado y abstracto:

1)Burguesía oprime.

2)Proletariado se rebela.

3)Revolución social.

Tengan en cuenta que esto es una burda simplificación. Lo importante es que, según Marx, la historia avanza mediante este conflicto entre opuestos. En realidad, esta idea no es un invento de Marx (ni de su más estrecho colaborador, Engels) sino que la toma de Hegel. Como sabrán, el pensamiento hegeliano está estructurado en torno a las ideas de tesis-antítesis-síntesis. La diferencia principal entre uno y otro es que Hegel es idealista y Marx, materialista. Syrkin acepta la dialéctica implícitamente pero, como dijimos más arriba, no acepta que el fundamento de la realidad sea material. Podríamos decir, entonces, que Syrkin es más hegeliano que marxista.

Otro elemento clave en el pensamiento marxista es la lucha de clases. ¿Qué es? Básicamente, es aplicar la dialéctica al estudio de la sociedad. Marx nos dice que, en todo modo de producción (léase: sociedad) en el cual haya un excedente de producción (léase: en el que se produzca más de lo necesario para sobrevivir) se forman dos clases sociales principales: los dueños de los medios de producción (léase: los que son dueños de la tierra, las fábricas, los medios de transporte y de comunicación, etc; en pocas palabras, lo que sea necesario para producir mercancías) y los que no son dueños de los medios de producción (léase: los que trabajan en alguna rama de la economía). A lo largo de los distintos períodos históricos, se fueron sucediendo distintos modos de producción. Los más relevantes son:

1)Comunismo primitivo: en esta etapa, no se producía lo suficiente como para que haya un excedente, por lo que no había diferencias de clase. ¿Por qué? Y…porque si uno decidía quedarse con la parte del otro, el resultado era que el otro se moría de hambre y, como consecuencia, todos seguían el mismo camino porque sin ese tipo que se había muerto, no tenían capacidad de producción. Vendría a ser el hombre de las cavernas.

2)Esclavismo: había hombres libres y esclavos. Las fuerzas de producción más importantes son el trabajo y la tierra. El ejemplo más prominente es el Imperio Romano.

3)Feudalismo: había señores feudales y vasallos. Una vez más, las fuerzas de producción principales son el trabajo y la tierra. Se corresponde con la Edad Media europea.

4)Capitalismo: hay capitalistas y proletarios. Las fuerzas de producción principales son el trabajo y el capital. Hay una contradicción irremediable entre los trabajadores y los capitalistas porque los segundos explotan a los primeros mediante la plusvalía. ¿El resultado? Hay una contradicción inherente al propio capitalismo que terminará por derrumbarlo por dentro. Y así llegamos al…

5)Socialismo: no hay diferencias de clases porque se suprime la propiedad privada de los medios de producción (¡que no es lo mismo que la propiedad privada en general, eh! Marx nunca dice que uno no pueda tener privacidad o una casa propia; el problema son los medios de producción, no todos los bienes). O sea, ya no hay capitalistas y proletarios porque ya no hay individuos que sean dueños de los medios de producción y otros que no. Por el contrario, los medios de producción están socializados: son de todos. Evidentemente, la pregunta sería: ¿y cómo nos aseguramos que sean de todos y no de un grupo que se los apropie o los utilice para su propio beneficio? Ahí entramos en un enorme debate al interior del marxismo (y uno de los grandes huecos de su teoría, permítanme decir): cómo socializar los medios de producción. Hay muchas opciones. Las más famosas serían: que el Estado sea el que los socialice; o que la propia población los socialice de manera directa, mediante cooperativas o federaciones.

Volviendo a Syrkin (no, no me olvidé de él), habría que decir que acepta el análisis marxista en este punto pero con ciertas reservas. ¿Por qué digo esto? Porque si bien es verdad que acepta la lucha de clases, no considera que esta sea el único motor de la historia. Para Syrkin, lo esencial es la fuerza física. De hecho –me estoy adelantando, ya lo explicaremos mejor más abajo-, justamente la revolución más grande que tiene que alcanzar el pueblo judío con su socialismo es acabar con el dominio del poderío físico. Por otro lado, Syrkin acepta que el socialismo es el modo de producción al que hay que aspirar, pero rechaza rotundamente que el Estado sea el encargado de socializar los medios de producción porque se estaría creando un autoritarismo basado en la fuerza. Por ello, es partidario del cooperativismo.

Otra diferencia importante entre el marxismo ortodoxo y Syrkin es el énfasis que pone éste en el desarrollo del cooperativismo lo antes posible, sin importar las condiciones económicas actuales. Me explico. Para Marx, dedicarse a fundar cooperativas en medio de un modo de producción capitalista no tiene utilidad y es un desperdicio de energías: es una desviación que distrae al proletariado del objetivo final, que es la revolución mediante la socialización de los medios de producción. Para que se entienda mejor, podemos pensarlo como una secuencia temporal. Según Marx, primero viene la revolución (o sea, que el proletariado tome el poder de la burguesía, que consiste en ser dueña de los medios de producción) y después el cooperativismo (para no complicarnos, aceptemos que Marx cuando habla de la socialización de los medios de producción se está refiriendo al cooperativismo; en realidad, esto es dudoso y las diversas corrientes marxistas discuten si Marx era cooperativista, estatista, anarquista o algún otro ista). Por el contrario, Syrkin piensa que hay que crear cooperativas y solo después, como consecuencia de estas mismas cooperativas, sobrevendrá la revolución. ¿Notan la diferencia? Para Marx, la revolución es causa del cooperativismo; para Syrkin, el cooperativismo es causa de la revolución. Esto no es solamente una diferencia semántica sino que implica una diferencia en el orden de prioridades prácticas: para Marx, hay que dedicarse a la lucha política y dejar el cooperativismo para después de la revolución; para Syrkin, la propia lucha política nos dicta la creación y mantenimiento de cooperativas.

Resumamos lo que vimos hasta ahora. Syrkin es un socialista utópico: acepta algunas ideas marxistas y rechaza otras. Acepta la lucha de clases pero la ve como consecuencia del poderío físico y la violencia. Acepta la dialéctica pero rechaza el materialismo. Acepta que el socialismo es un modo de producción deseable pero recalca que éste solo puede ser consecuencia de cambiar gradualmente el sistema económico a uno basado en el cooperativismo y no simplemente de una revolución abrupta.

Socialismo de molde judío

Syrkin llama a los judíos a crear su propio socialismo, uno de molde judío. Esto es una reacción contra los judíos socialistas de su época, que se asimilaban rápidamente. Estos judíos socialistas estaban convencidos de que la revolución solucionaría todos los problemas de la humanidad, incluido el problema judío, y eran fervientes internacionalistas, que rechazaban de plano toda forma de nacionalismo. Syrkin nos dice sobre esta situación:

Impulsados por su judaísmo al camino de la Revolución, los socialistas cometieron el gran error lógico y moral de no saber cuidar la pureza de su protesta. En lugar de destacar el rasgo fundamental de su rebelión revolucionaria contra la sociedad dividida en clases, su vinculación con la más oprimida de las naciones, para así dar a su protesta un carácter específicamente judío, y sólo después elevarla a un nivel superior y general, hicieron exactamente lo contrario, algo que estaba de acuerdo con sus hábitos raros y torcidos. Desvistieron a su protesta de toda vestimenta de carácter judío y no solamente esto, sino que reprimieron y borraron todo vestigio de su vinculación con el pueblo judío, no sin crear de tal manera, dentro del judaísmo, el matiz particular de la burguesía asimilada.

Como pueden ver, Syrkin critica a los judíos socialistas que dan la espalda a su judaísmo y les reprocha su falta de compromiso con su propio pueblo. Les achaca que, enfrascados en sí mismos, no ven que el pueblo más oprimido y sufriente es el mismo pueblo judío. Fíjense que propone crear un socialismo específicamente judío, diferente del socialismo a secas. Este socialismo, según Syrkin, surge de manera natural y orgánica de las propias fuentes e historia judías. Vean que, para Syrkin, ser socialista es consecuencia de su forma particular de ver al judaísmo: no es que es socialista y aparte judío sino que uno y otro están estrechamente relacionados.

Pero Syrkin no solo critica a los judíos socialistas internacionalistas. También hace lo propio con los judíos asimilacionistas no socialistas. En sus palabras:

La burguesía asimilada le dio la espalda al judaísmo y se desatendió de él puesto que era débil y no producía ganancias; el socialismo judío se despojó de su judaísmo porque éste no nació de un sentimiento de protesta moral contra el mundo de los explotadores, sino que el socialismo le sirvió de último refugio, una especie de albergue a la burguesía judía asimilada, abandonada también por el liberalismo. El asimilacionismo judío se inclinaba hacia el nacionalismo local y el chauvinismo patriótico. El internacionalismo sirvió al socialismo judío solo de vestimenta para cubrir su desnudez. Con todo, la separación del judaísmo, esa actitud carente de dignidad y responsabilidad respecto al vínculo nacional no tiene justificativo ni en la falsedad del nacionalismo ajeno ni tampoco en la verdad del internacionalismo general.

La crítica de Syrkin es fulminante: el judío asimilado es un cobarde que rehuye sus responsabilidades con su propio pueblo. El judío burgués asimilado se cree parte de una nación a la que no pertenece; el judío socialista asimilado niega formar parte de nación alguna y así también socava la propia lucha revolucionaria. El burgués asimilado piensa que es francés, inglés o ruso antes que judío y niega que el judaísmo sea una nación, transformándose así en un fanático chauvinista del país en el que vive. No es consciente de que está negando su propia identidad al creer que forma parte de una nación (la francesa, la inglesa, la rusa, etc) que, en realidad, lo desprecia por su propia condición de judío. En el fondo, se está engañando a sí mismo. Por su lado, el judío socialista asimilado también está negando su propia identidad: su socialismo no surge de una protesta moral sino que es un escudo, un refugio, frente a los embates del exterior. El socialista internacionalista no se da cuenta que el internacionalismo, por más que sea un ideal deseable y al cual debemos aspirar, no se puede lograr sino vía nacionalismos progresistas. O sea, para Syrkin el internacionalismo es un hermoso ideal pero no se puede llegar a él negando al pueblo judío ni a ningún otro pueblo su derecho a determinar su propio modo de vida. El judío socialista internacionalista está tomando una posición equivocada, identificándose con valores ajenos: esto no es más que un pensamiento servil y mezquino que surge de la sumisión a la fuerza de la mayoría por falta de conciencia y respeto a uno mismo.

Como pueden extraer de lo que dijimos hasta ahora, Syrkin termina emparentando al socialista internacionalista con el burgués asimilacionista: los dos están tomando lo ajeno como propio y rindiéndose frente al poder. Aunque es obvio que tiene más respeto por el socialista internacionalista que por el burgués asimilado, no se cansa de tirar dardos a uno y a otro.

La situación del pueblo judío

Ya dijimos más arriba que Syrkin pensaba que el pueblo judío era el pueblo más oprimido de todos. Esta apreciación nos puede parecer extraña a nosotros, personas del siglo XXI, habituados a que la posición socio-económica de los judíos en los países occidentales (donde vive la mayoría de la población judía mundial) sea de buena para arriba. Si somos sinceros, tenemos que decir que hoy en día los judíos vivimos uno de los períodos más fructíferos de nuestra existencia, al menos a nivel socio-económico. Sin embargo, si nos paramos en la época en la que vivió Syrkin, el panorama es muy diferente: a fines del siglo XIX y principios del XX, los judíos eran generalmente pobres y todavía regían leyes discriminatorias en la gran mayoría de los países, a lo cual deberíamos sumar incesantes brotes antisemitas, que podían terminar en pogroms, persecuciones y ataques de todo tipo. Así, Syrkin nos dice que:

En días como los nuestros, cuando las masas judías no quieren ni pueden asimilarse, cuando el judaísmo está rodeado de enemigos acérrimos, cuando la penuria y la pobreza afectan a toda la comunidad y los derechos de los judíos son cercenados abiertamente, su honra es hollada groseramente y su aflicción es objeto de escarnio, en tales días justificar la asimilación por la falta de contenido en la vida es como burlarse de un mendigo por su pobreza. No renegar de sí mismo porque la vida es hueca y falta de contenido sino existir y dar a la vida un sentido superior, este será el lema de los judíos mejores.

La situación del pueblo judío es paupérrima y es difícil encontrar sentido a la vida, concede Syrkin, pero lo que hay que hacer no es esconderse y negar el problema mediante la asimilación sino luchar de frente: defender y renovar la propia existencia e identidad judía. Sin embargo, Syrkin ya no cree en la religión: el ghetto ha caído y no podemos volver el tiempo atrás ni negar los cambios. Retornar al judaísmo tradicional, regido por las leyes rabínicas, no es una solución posible. Éste ya no atrae ni es capaz de atraer a las masas judías.

La protesta moral del pueblo judío

El judío debe rebelarse frente a la situación actual. Tiene que dejar atrás la actitud pasiva y tomar al toro por las astas. En palabras de Syrkin:

Si el antisemitismo proviene de la superioridad física, la violencia y la corrupción y se nutre también por la lucha de clases, hay algo en él que implica para los judíos un aliciente moral a la renovación de sus moldes de vida y al renacimiento de toda la comunidad.

Syrkin es consciente que no toda protesta es necesariamente positiva ni moral y por eso distingue entre dos tipos de protesta: una es egoísta porque se basa en el interés personal y, por lo tanto, es negativa; la otra es moral porque surge de la conciencia del sufrimiento propio y ajeno y el deseo de enfrentar con dignidad al enemigo.

Sionismo, un socialismo nacional

Si la asimilación no es una solución sino una claudicación y volver al ghetto no es una opción , ¿qué hacer? La respuesta de Syrkin es terminante: crear un Estado judío. Fiel a sus ideales socialistas, nos dice que este Estado debe estar basado en el cooperativismo y la colaboración mutua: una sociedad sin divisiones de clase y, por ende, sin opresores ni explotados.

Al igual que Borojov, Syrkin piensa:

La abolición de la lucha de clases por un lado y la aspiración a convertirse en una fuerza nacional independiente por el otro son las que posibilitarán, a mi parecer, la solución del problema judío.

Pero inmediatamente agrega:

La revolución social y la abolición de la lucha de clases suprimirán también la relación anormal existente entre los judíos y el medio ambiente, que es más fuerte que ellos.

¿A qué está haciendo referencia? Al trabajo rural. Quizás para entenderlo mejor, nos sirva ampliar la comparación con Borojov. Como ya vimos hace un par de meses, Borojov también era un sionista socialista pero de raíz marxista. Y como vimos más arriba en esta misma entrada, Marx nos decía que los modos de producción se suceden unos a otros en el tiempo y así el socialismo solo podía surgir del capitalismo. Dicho de otra manera, una de las condiciones fundamentales para que se desarrolle el socialismo es que antes haya existido el capitalismo. Así, Borojov piensa que un paso indispensable para que el futuro Estado judío sea socialista es que pase por la etapa capitalista: solamente como resultado de las propias contradicciones de este modo de producción podría desarrollarse el socialismo. Por este motivo, Borojov apoya la industrialización en la Tierra de Israel. Por el contrario, Syrkin, que no es marxista, no cree que el capitalismo es condición indispensable para el surgimiento del socialismo y piensa que es posible pasar de una economía poco desarrollada como lo era en esa época la de la Tierra de Israel al socialismo sin pasos intermedios. A su vez, Syrkin idealiza el trabajo de la tierra porque es una forma para que el pueblo judío vuelva a lograr una armonía con el ambiente que lo rodea. No voy a desarrollar el tema hoy pero, solo a modo de introducción, les recuerdo que los judíos tuvieron prohibido durante cientos de años ser dueños de tierras en Europa, lo que provocó que se dediquen al comercio y a la banca. Los más pobres dentro del pueblo judío eran campesinos que trabajaban tierras ajenas y, con el advenimiento del capitalismo, surgió una incipiente clase obrera judía que era explotada sin piedad. Syrkin deplora esta situación y llama a que el pueblo judío vuelva a tener una relación orgánica con el ambiente mediante el trabajo agrícola para así normalizar su propia situación existencial.

Esta idea de la importancia del trabajo rural es clave para entender el desarrollo del sionismo socialista en sus primeros años, fundamentalmente el movimiento kibutziano. Esta concepción, que puede rastrearse a las ideas tolstoianas (como ya vimos en la entrada sobre Trumpeldor), es parte esencial del mito del sionismo socialista y cautivó las mentes de una buena parte de la juventud judía de esa generación.

La misión del pueblo judío

Syrkin está convencido de que el socialismo judío tiene un contenido moral único y específico que lo diferencia del socialismo general. Este contenido está inspirado, según él, en el reclamo constante de los profetas bíblicos y en la ética judía. De esta manera, los judíos tienen que ser la vanguardia del socialismo a nivel mundial. Citemos sus palabras:

Si la guerra contra los judíos no es justa y emana de la fuerza bruta, la existencia de los judíos constituye, en cambio, una protesta contra la violencia de la lucha por la justicia, que es la aspiración existencial del hombre. En los judíos se cumplió algo –que no es poco- de los derechos humanos, que hubieran sido menoscabados con la desaparición de los judíos. Por lo tanto, la extinción de los judíos equivale a la extinción de la humanidad.

Para Syrkin, el judío tiene una misión: mostrarle al mundo que el camino a la justicia no es mediante la violencia. Hay que rebelarse contra la opresión no por un interés clasista sino por ideología: la opresión es repugnante porque surge de la violencia y del poderío físico. El deber del judío es mostrar que el camino de la espada es un círculo vicioso sin fin de sangre y destrucción para así romper con ese mismo círculo vicioso y crear una sociedad igualitaria, basada en la justicia social.

¿Visionario o ingenuo?

Seamos sinceros: Syrkin perdió actualidad. Estemos más o menos de acuerdo con sus planteos, la verdad es que está demasiado anclado a su tiempo. Si en su época la ola del socialismo parecía imparable, hoy a más de uno le sorprende la devoción con la que sus propios padres creyeron en ese ideal caído. Yo creo que podemos rescatar ideas muy valiosas de Syrkin pero resulta bastante difícil aceptar los lineamientos generales de su concepción del mundo.

A esta crítica general, que más que culpa de Syrkin es consecuencia de que vivimos en otra época, con otras características y en otra situación histórica, se le pueden sumar otras más particulares. Empecemos diciendo que los marxistas obviamente critican lo heterodoxo de su socialismo, calificándolo de utópico. Como ya vimos, toma ciertas ideas de Marx pero a otras las rechaza o las adapta a su propio sistema de pensamiento.

Por otro lado, Syrkin estuvo a favor de la propuesta Uganda en el Sexto Congreso Sionista y defendió su posición durante muchos años, por lo que muchos lo acusaron de traidor a los ideales sionistas. Al igual que como vimos con Herzl, el sionismo de Syrkin es una reacción al antisemitismo y resulta claro que la situación del pueblo judío le parecía tan insostenible que estuvo dispuesto a conceder la creación de un Estado judío (o aunque sea la Autonomía judía) en cualquier territorio, incluso si éste no era la Tierra de Israel. Ojo, no nos equivoquemos: Syrkin también es explícito en su demanda de un contenido judío y de una renovación moral, cosa que contrasta con la casi ausencia de elementos judíos en el pensamiento de Herzl. Así, también podríamos emparentarlo con Ajad Haam, aunque teniendo en cuenta que el componente socialista los diferencia inevitablemente. Esta idea de una misión moral judía muestra que había un cierto mesianismo implícito en Syrkin. Si a esto le sumamos su repudio de la violencia y su llamado a la justicia, nos encontramos con una persona extremadamente idealista. Esto, que bien puede ser una virtud, es visto por algunos críticos como falta de realismo y estrechez de miras.

En definitiva, Syrkin es una figura central para entender los comienzos del sionismo socialista. Preocupado por desarrollar un socialismo específicamente judío, amalgó ideas marxistas, tolstoianas, de Proudhon y del acervo cultural judío, entre otras fuentes. Para terminar, déjenme citarles una última frase de Syrkin:

Schopenhauer dijo, en alguno de sus escritos, que la vida es pecado y su castigo es la muerte. Los judíos están obligados a vivir ya que para ellos la muerte es un pecado.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s