Dov Ber Borojov

Sionista y marxista

Dov Ber Borojov (1881-1917) fue uno de los principales ideólogos del sionismo socialista. Nacido en Ucrania (en ese momento parte del Imperio ruso) en una familia judía de tendencia sionista, fue un ferviente marxista que intentó adaptar la doctrina marxista a la cambiante situación social de sus días. Viendo el avance del nacionalismo en la clase obrera, buscó demostrar que éste no era necesariamente reaccionario y que podía ser un motor para la revolución social. Acusado de heterodoxo y hereje por sus compañeros en el Partido Obrero Socialdemócrata de Rusia, se volcó hacia la militancia en פועלי ציון (“Poalei Tzión”, literalmente “Trabajadores de Sión”), el partido sionista socialista de tendencia marxista, y se transformó en uno de sus principales activistas y pensadores.

Clase social y nacionalismo según Marx

Borojov parte de la posición marxista clásica: el ser humano es un ser social. Esto quiere decir que vive en sociedad: no existe ser humano que viva en un vacío. El individuo siempre está inmerso en un contexto social que determina sus acciones y pensamientos.

En toda sociedad se entablan relaciones de producción: hay individuos que son dueños de los medios de producción y otros que no. Los medios de producción son los recursos que permiten la realización del trabajo. Esto incluye bienes tangibles, como maquinaria o infraestructura, e intangibles, como conocimientos técnicos. Las clases sociales se forman de acuerdo a la relación con los medios de producción: si es es dueño o no de los medios de producción y de qué medios de producción se es dueño. Dependiendo de cuáles sean los medios de producción existentes, las relaciones de producción que haya entre las distintas clases sociales y el uso de las fuerzas productivas, estaremos frente a un tipo de sociedad u otro. Las sociedades se denominan modos de producción porque, para Marx, lo más importante es la base económica, no las cuestiones ideológicas o políticas. La ideología de una clase social en una sociedad determinada no es más que un reflejo de su situación económico-social. Por eso el marxismo es materialista: considera que la base material (la economía) determina las formas de pensar y vivir. En la sociedad capitalista moderna, el medio de producción más importante es la fábrica.

Así, Marx habla de dos clases sociales básicas en el modo de producción capitalista: la burguesía (dueña de las fábricas) y el proletariado (que no es dueño de los medios de producción y que, por lo tanto, tiene que vender su fuerza de trabajo para subsistir). Este es el modelo básico. Después lo hace bastante más completa, y agrega categorías intermedias, teniendo en cuenta medios de producción no tan relevantes (a su modo de ver) en el sistema capitalista: burguesía financiera (banqueros), burguesía industrial (dueños de fábricas), terratenientes (dueños de tierras, resabio del feudalismo), pequeñoburgueses (comerciantes y dueños de fábricas pequeñas), campesinos (trabajadores asalariados en el campo, resabio del feudalismo), proletariado (obreros urbanos) y lumpemproletariado (indigentes). Pero olvidemos este modelo más complejo y realista, y centrémonos en el modelo simple: burgueses y obreros. No es necesario complicarnos la existencia para entender el análisis de Borojov y el porqué es tildado de hereje por los marxistas más ortodoxos.

El marxismo clásico afirma que el nacionalismo es una ideología burguesa. Vale decir: es producto del capitalismo y la sostienen los dueños de los medios de producción en dicho modo de producción. ¿Por qué? Porque la burguesía necesita de un mercado unificado relativamente grande pero que pueda controlar, con una lengua y cultura en común. Estos mercados son los Estado-nación: no son solo unidades políticas sino principalmente económicas. Citemos al propio Borojov, que hasta este punto sigue siendo un marxista en toda regla:

El territorio y sus fronteras, en cuanto conciernen al burgués, representan una base operativa para el mercado mundial.

Dicho en otras palabras: el nacionalismo permite delimitar los distintos mercados que se reparten los burgueses. Así, según la ortodoxia marxista, el proletariado es, por definición y de manera antitética a la burguesía, cosmopolita e internacionalista. Los obreros del mundo tienen que unirse para luchar contra la burguesía: solo la acción conjunta puede acabar con el capitalismo y la opresión que trae consigo este modo de producción.

Clase social y nación según Borojov

Borojov critica esta concepción y dice: hay un nacionalismo burgués, que es reaccionario, pero hay otro nacionalismo, proletario, que es revolucionario. ¿De dónde surge esta distinción?

Esta distinción surge de un elemento sumamente original que Borojov introduce en la teoría marxista, pero que no deja de ser fruto del sentido común: la sociedad no es uniforme a lo largo de la geografía mundial. O si lo prefieren: así como los modos de producción se suceden unos a otros con el paso del tiempo, también coexisten simultáneamente en un mismo tiempo pero en distinto lugar. Por ejemplo: en la actualidad, no podemos decir que el modo de producción imperante en Estados Unidos sea el mismo que en Uganda. Por ende, cada sociedad (o modo de producción en el lenguaje marxista) forma una civilización distinta, pero es posible hablar de distintas civilizaciones o sociedades en un mismo momento histórico. En palabras de Borojov:

La humanidad puede ser considerada actualmente como una suma de entidades relativamente distintas entre sí.

Esto implica que cada nación, al ser una entidad separada (aunque no aislada), tiene sus propias inquietudes y necesidades. Es posible que lo que es revolucionario en una sea reaccionario en otra y viceversa. Más todavía: cada clase social en cada nación debe ser considerada una entidad separada. O sea, ya no hablamos, a la manera del marxismo clásico, de una única burguesía mundial y un único proletariado internacional sino de múltiples burguesías y múltiples proletariados: la burguesía italiana y la inglesa; el proletariado chino y el francés; y así sucesivamente.

Pero, ¿de dónde proviene la existencia de distintas naciones? Borojov, como buen marxista, busca una causa económica: las condiciones de producción. Esta nueva variable, que introduce Borojov, es la base a partir de la cual se desarrolla una economía cualquiera: el suelo y las materias primas disponibles en un territorio dado. Esas condiciones son naturales. Y justamente las naciones luchan por mejores condiciones de producción para así poder desarrollar y mejorar su modo de producción.

Veamos lo que dice Borojov:

El problema nacional aparece cuando el desarrollo de las fuerzas de producción de una nación se contradice con el estado de las condiciones de producción.

O sea, ahora tenemos dos variables: los medios de producción, cuyo conflicto se expresa en la lucha de clases; y las condiciones de producción, cuyo conflicto se expresa en la lucha nacional.

Cuando hay armonía en una sociedad, se desarrolla la solidaridad clasista (entre las distintas clases sociales) y la conciencia nacional, que es compartida por todas las clases sociales, aunque por motivos bien distintos. El terrateniente, por ser el dueño del territorio, valora el territorio, y, por ende, a la nación porque ésta es el lugar de su territorio; el burgués y el pequeñoburgués, porque la nación es la base para expandir el mercado al que accede; el proletario, porque la nación es su lugar de trabajo.

La nación y el nacionalismo

La nación, para preservarse, recurre a distintos instrumentos: la unidad política, las instituciones, el idioma, la educación nacional y el nacionalismo en sí. Esto, para Borojov, a diferencia de un marxista ortodoxo, no es negativo de por sí: todo depende del tipo de nacionalismo del que estemos hablando. Así, distingue entre nacionalismo burgués y nacionalismo proletario. Borojov dice abiertamente que el nacionalismo varía de acuerdo a la clase social. Esto no quiere decir que estos dos nacionalismos sean irreconciliables: más allá de su diferencia básica, es posible que se unan por motivos tácticos para alcanzar un objetivo común.

Antes de avanzar, aclaremos que el nacionalismo no es universal: para Borojov, como para Marx, es una creación burguesa y es un rasgo propio de la Modernidad capitalista. Borojov dice que hay dos condiciones básicas para que se desarrolle el nacionalismo: segregación del exterior y unidad interna. En el feudalismo, se cumplía la primera condición pero no la segunda. Es solamente en el modo de producción capitalista, con las comunicaciones modernas, que se llega la segunda condición y surge el nacionalismo propiamente dicho.

Otra distinción conceptual importante es la distinción entre pueblo y nación. Un pueblo es aquel que ha alcanzado todas las condiciones objetivas como para ser una nación pero no tiene la autoconciencia de serlo: no se ve a sí mismo como una nación y, por lo tanto, le falta conciencia nacional. Podemos decir que el pueblo es un eslabón anterior a la nación: toda nación fue, en su momento, un pueblo; pero no todo pueblo se transforma necesariamente en nación. La nación es, entonces, no solo una comunión económica, social o política sino también una psicológica: es más importante el sentimiento de unidad que la historia en común. Como dice Borojov:

Los miembros individuales sienten esta afinidad como algo asociado con su pasado en común. En realidad, esto no significa necesariamente que siempre tengan un pasado en común. A veces la antigüedad de este pasado en común no es más que una ficción.

La nación, entonces, se crea un pasado en común para justificar su unión actual. Pero esta unión no es aleatoria: se basa tanto en factores objetivos como subjetivos, como dijimos anteriormente.

Nacionalismo burgués y nacionalismo proletario

Ahora sí estamos en condiciones de definir el nacionalismo burgués y el nacionalismo proletario.

El primero -el nacionalismo burgués- se basa en la propaganda: pone a la nación como objetivo último. La patria está por encima de todo interés particular. Este diagnóstico, que se cumplió de manera aterradora en la época del nazismo en Alemania o del fascismo en Italia, entre tantos otros países, es del texto “La cuestión nacional y la lucha de clases” del año 1905: al menos en este punto, Borojov fue un verdadero visionario.

El segundo -el nacionalismo proletario- es aquel que no pone como objetivo último a la nación. La patria no es más que un medio para el logro del objetivo fundamental: la revolución socialista. En palabras de Borojov:

El nacionalismo genuino es el nacionalismo que no oscurece la conciencia de clase. Solamente lo encontraremos entre los elementos progresistas de las naciones oprimidas”.

Esta definición, del mismo texto que la anterior, también es del año 1905 y otra vez hay que remarcar la visión de Borojov: se adelanta a los movimientos de liberación nacional de la década de 1950, 1960 y 1970 en los países del Tercer Mundo.

Pueblo y nación judía

Aplicando todo este bagaje conceptual a la situación del pueblo judío en la Modernidad, Borojov escribe:

La causa del movimiento nacional judío es el sufrimiento real y concreto de las masas del pueblo que se arraiga en su alienación; pero el objetivo ideal del movimiento se nutre del contenido espiritual de la nación judía. Este contenido está formado por la totalidad de los valores nacionales judíos. Esta totalidad, liberada de sus bases religiosas y místicas a través de la normalización del גלות (Exilio, Diáspora), trae como resultado un Sión terrenal con una triple unidad: nación, cultura y patria. Todos los valores nacionales vitales son necesarios para la realización del movimiento de liberación nacional

Expliquemos este párrafo. El primero punto a tener en cuenta: el pueblo judío debe transformarse en una nación. Dicho de otra manera: ya están dadas las condiciones objetivas: ya somos un pueblo. Nos falta la autoconciencia para transformarnos en una nación: el pueblo judío tiene que transformarse en nación si quiere sobrevivir a la Modernidad. Y obviamente la única manera de lograrlo es organizándose como tal.

El problema básico de la nación judía es que vive en territorio ajeno, y esto le provoca una situación económica insostenible, que repercute en su cultura de manera negativa. En este sentido, Borojov se acerca en su análisis a Herzl,con dos diferencias claves. La primera, Herzl se focaliza en la clase media judía; Borojov, en la clase obrera. El motivo puede ser rastreado a su propia experiencia vital: Herzl vivió en Viena y allí la mayoría de los judíos eran de clase media; Borojov, en el Imperio ruso, donde la inmensa mayoría de los judíos eran obreros o directamente campesinos. La segunda, para Herzl, el problema es el antisemitismo; para Borojov, la falta de creatividad de la cultura judía. El pueblo judío está agonizando. El judío como individuo es oprimido por partida doble: en cuanto obrero, por la burguesía; en cuanto judío, por vivir en el seno de naciones extrañas. La única solución al problema nacional es la creación de un Estado judío en la Tierra de Israel; la única solución al problema social es la revolución socialista. En palabras de Borojov:

פועלי ציון (“Poalei Tzion”) busca responder al problema social a través del socialismo y al problema judío, a través del sionismo.

Esta doble filiación -sionista y socialista- es importante: Borojov va a llamar a todos los sionistas (o sea, a todos los judíos nacionalistas) a unirse en un frente en común para conseguir el objetivo de una patria para los judíos; a su vez, va a llamar a todos los socialistas a unirse para luchar contra el capitalismo. Este doble juego entre los ejes nación-cuestión social puede ser utilizado para explicar las diferencias entre las distintas corrientes del sionismo socialista: a mayor importancia al sionismo, menor importancia al socialismo; y viceversa. Borojov busca un equilibrio entre estos dos polos, consensuando entre el sionismo burgués y el marxismo cosmopolita. No olvidemos que para Borojov la revolución nacional en muchos casos es condición necesaria para la posterior revolución social y, por eso, va a conceder mucha importancia a la liberación de la nación judía. Para él, la fundación de un Estado judío es un paso más hacia el socialismo. Así, Borojov no piensa que deba renunciar al socialismo. Todo lo contrario: dice que el suyo es un sionismo que no renuncia a la lucha de clases.

Borojov, a diferencia de otros en el campo sionista socialista, no hace especial hincapié en el trabajo rural pero sí se preocupa por aclarar una y otra vez que el sionismo no es colonialista: el judío no busca explotar a los árabes originarios de la Tierra de Israel sino cooperar con ellos para el desarrollo del país. Y aclara también constantemente que la nación judía necesita de una patria propia: no es un capricho sino una necesidad vital. Es eso, o la inevitable desaparición del pueblo judío.

Borojov se considera un socialista anarquista. Es decir, para él la futura socialización de los medios de producción en el socialismo no debe ser hecha por parte del Estado sino por las mismas masas. Es antiestatista porque considera que el Estado solamente tiene como función cuidar la propiedad privada de los medios de producción. Como en una sociedad socialista los medios de producción son colectivas, ya no hay necesidad de un Estado. Aun así, deja muy en claro que es necesaria la unión entre los socialistas de las distintas corrientes -anarquistas, estatistas, federalistas- para luchar contra el enemigo común: la burguesía y el capitalismo. Borojov subsume las diferencias ideológicas a la estrategia política.

Sionismo sin mística

A diferencia de Ajad Haam, Borojov no cree en la esencia espiritual del judaísmo. Como buen marxista que es, se concentra en lo concreto, y no en esencias o en el espíritu. De hecho, Borojov es un ateo férreo y un ferviente antirreligioso: para él, la religión no es más que el opio del pueblo y un fósil remanente de épocas pasadas. Ni siquiera se preocupa de analizar el legado religioso del judaísmo y prácticamente no menciona los preceptos tradicionales. Cuando lo hace, siempre es en función de los valores socialistas: Borojov intenta demostrar cómo podemos extraer de determinadas prácticas judías tradicionales valores como la igualdad, la libertad o la dignidad humana pero lo cierto es que, en su esquema conceptual, la religión ni siquiera se tiene en cuenta. Digamos que es un factor que no entra en la ecuación. Así, Borojov no cree que la nación judía tenga una misión especial entre las naciones del mundo: es una más entre tantas, y tiene que integrarse al concierto de las naciones sin miedo y en condición de igualdad.

El yiddish y la polémica con los hebraístas

A contramano de la mayoría de los sionistas, Borojov es un ferviente yiddishista. El yiddish fue el idioma de las masas judías en Europa Oriental durante muchos siglos y Borojov lo valora como tal. Para él, el yiddish es el idioma del pueblo y lo defiende contra los que quieren instaurar nuevamente el uso del hebreo. Es más, Borojov es uno de los primeros -si no el primero- investigadores del yiddish: le interesa explorar la historia y el desarrollo de ese idioma porque lo ve como el idioma de los judíos. Al comienzo de su monumental investigación sobre el yiddish escribe:

De todas las ciencias, la filología tiene el rol más importante en el renacimiento nacional de los pueblos oprimidos.

O sea, a través de la filología y del estudio del folklore de un pueblo, es posible revivirlo y despertarlo de su letargo. Sus objetivos como investigador del yiddish pueden resumirse en tres:

  1. Demostrar que el yiddish es un idioma nacional judío.
  2. Ayudar al pueblo judío a reencontrarse con su propio legado, revalorizando la producción literaria y filosófica del yiddish.
  3. Sistematizar las reglas gramaticales y sintácticas del yiddish.

Con respecto al primer punto, lo logra de manera espectacular: Borojov demuestra que el yiddish tiene por lo menos 800 años, por lo que no es una jerga ni un idioma bastardo sino parte integral de la cultura judía europea por casi un milenio. Más aún, es su afán de sacarle de encima al yiddish el mote de jerga del alemán, intenta desgermanizarlo lo máximo posible y volver a las raíces eslavas del idioma siempre que sea posible.

Con respecto al segundo punto, la cuestión es más ambivalente. Por un lado, encuentra y revaloriza muchas obras escritas en yiddish desde la Edad Media hasta la Modernidad. Por el otro, fracasa rotundamente en su objetivo de llegar a las masas judías: el espectacular crecimiento del hebreo es acompañado por un igualmente espectacular declive del yiddish como idioma vivo. Hoy en día, la gran mayoría de los judíos no habla ni entiende yiddish, salvo alguna que otra palabra suelta. O sea, su visión del yiddish como idioma del pueblo, si bien correcta en su momento, no pasó con éxito la prueba del tiempo: hoy solo los investigadores y gente especializada hablan yiddish. O la gente mayor, por supuesto, de más de setenta años. O sea, paradójicamente, el enorme éxito de Borojov en su investigación es seguido de un enorme fracaso en su apreciación del lugar del yiddish en el futuro de la nación judía.

El tercer punto dará un fuerte impulso al IWO, que es el organismo encargado de regular las reglas del yiddish. Algo así como el equivalente de la RAE, para que se entienda de manera simple.

A la par de su defensa del yiddish, Borojov es muy crítico de los hebraístas (o sea, de los que quieren revitalizar al hebreo e imponerlo como idioma vivo nuevamente). Dice en su clásico ensayo “Hebraismus Militans” (del año 1913):

El caso contra el yiddish es tan antiguo y tan conocido que en los últimos 125 años los hebraístas no presentaron ningún argumento nuevo. Mientras tanto, el yiddish, junto a su pueblo, recorrió un largo camino, cambiando su apariencia: se sacó el caftán de la camisa de trabajo, se arregló el cuello y los guantes y salió a dar una vuelta en escote y con trenzas.

En palabras menos poéticas: el yiddish sigue vivo y se adapta a las circunstancias. El yiddish es el idioma del pueblo, y éste lo atesora. Ya dejó de ser el idioma de un pueblo oprimido y se está transformando en el lenguaje de una nación liberada, sin ataduras, que ya no se deja oprimir como antaño.

Y con respecto a los hebraístas Borojov es duro:

¿A quién le declararon la guerra los hebraístas? Con fervor, lucharon contra…el hebreo. No la “jerga” sino el לשון הקודש (“Lashon Hakodesh” en hebreo o “Loshn HaKoidesh” en yiddish; literalmente “idioma sagrado”, se refiere al hebreo bíblico y mishnáico y al arameo talmúdico) y el hebreo moderno son sus verdaderos objetivos. En el camino, los hebraístas se transformaron en el hazmerreír de todos: el corazón del pueblo le dio la espalda al mismo idioma que tanto reverencian los hebraístas.

En otras palabras, los hebraístas se creen una élite de iluminados, pero no captan el corazón del pueblo y por eso todo su trabajo es en vano: de nada sirven sus sutiles distinciones y discusiones sobre el hebreo si este no se transforma en una herramienta del pueblo. Más allá de sus buenas intenciones, los hebraístas cavan su propia tumba cuando siguen insistiendo en sus debates académicos de intelectuales en la torre de Marfil sobre el hebreo.El verdadero hebreo no es el de los hebraístas sino el que surge espontáneamente del pueblo.

Sin embargo, también ve un elemento positivo en la postura hebraísta:

Lo positivo del hebraísmo es la idea de un idioma revivido. El hebreo comenzó a vivir nuevamente en las bocas de una nueva generación y muestra su vitalidad. Ahora, hay que darle el crédito a los hebraístas pero, ¿a cuáles de ellos? ¿Y dónde lograron esto? El hebreo revivió en Palestina, aunque no totalmente. Esto no lo lograron los hebraístas que luchan contra el yiddish aquí sino por quienes hacen lo que predican. Hasta ahora, todo lo que se hizo en Palestina puede ser catalogado más o menos como un experimento. Es posible experimentar con el hebreo, y yo creo en esa clase de experimento. Pero, ¿debemos experimentar aquí, en גלות (“Galut”, Diáspora)?

Es decir, el yiddish tiene que seguir siendo el idioma del pueblo judío, al menos en la Diáspora. En la Tierra de Israel, que es el lugar donde los judíos van a formar su propio Estado, es posible experimentar porque hay mayor margen de maniobra. Sin embargo, el yiddish es demasiado valioso para ser negado. En este sentido, se puede decir que Borojov se opone a la negación de la Diáspora: para él, es posible que la cultura judía se desarrolle tanto dentro como fuera del futuro Estado judío. Más importante todavía, el valor de un idioma se determina no por lo que digan los especialistas sino por su vitalidad para un pueblo: es mucho más importante que los judíos hablen hebreo en la Tierra de Israel que todos los estudios y análisis filológicos que puedan hacer los hebraístas. Y mucho más importante aún son los cientos de años que el pueblo judío habló yiddish.

Precursor del nacionalismo marxista

Borojov es uno de los grandes exponentes del sionismo socialista. Como tal, es una referencia insoslayable para entender el desarrollo del sionismo. La corriente sionista socialista dominó la política sionista prácticamente desde principios del siglo XX hasta mediados de la década de 1970. Si bien no siempre se siguieron los lineamientos borojovianos -su postura con respecto al yiddish, por ejemplo, es bastante extraña y marginal dentro del movimiento sionista-, es una figura puntal para entender varias de las posturas de esta corriente, como el equilibrio entre objetivos nacionales y sociales.

Ya a nivel general, Borojov adelanta de manera notable los movimientos de liberación nacional y es una referencia para todos los interesados en articular una postura marxista con un nacionalismo popular.

En definitiva, más allá del sionismo, es indudable la importancia de Borojov; y dentro del mismo, su influencia es básica.

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Para profundizar

En inglés

Textos de Borojov

Textos y discursos de Borojov

Biografía, textos y discursos de Borojov

En español

El nacionalismo del proletariado judío

Borojov, D. (1951). Nuestra plataforma. El problema nacional y social judío, Buenos Aires: Pueblo Judío.

Borojov, D. (1971). Nuestra plataforma. El problema nacional y social judío, Buenos Aires: Diálogo.

Borojov, D. (1953). Ber Borojov. Su vida y su obra, Buenos Aires: Biblioteca borojovista.

Borojov, D. (1972). Bases del sionismo proletario, Tel Aviv: Dror.

Finkielsztein, J. (1968). Ber Bórojov, Buenos Aires: Biblioteca Popular Judía

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